13 de febrero de 2016

La tenacidad de la mosca, Enrique Serna

Sobre Fernando del Paso.

La tenacidad de la mosca
Enrique Serna
 
En las primeras 100 páginas del colosal armatoste no pude encontrar un solo chispazo de verdadera poesía

Así como la arquitectura sería un arte inútil sin el auxilio de la albañilería, la imaginación de un escritor alcanza su vuelo más alto cuando la magia de la intuición se complementa con el rigor y la disciplina. Los talentos malogrados por lo general tienen más intuición que perseverancia y si acaso conciben obras de largo aliento, las abandonan por abulia o desánimo. Enemigo del esfuerzo intelectual, Renato Leduc se ufanó de pertenecer a la aristocrática subespecie de los genios apoltronados: “No haremos obra perdurable. No tenemos de la mosca la voluntad tenaz”, escribió en un poema de juventud. Aunque menospreciaba la disciplina por su carácter mecánico y rutinario, paradójicamente le concedió más valor del que tiene. Un escritor disciplinado está a salvo de malograr sus buenas ideas, pero la disciplina por sí sola no puede crear nada perdurable. La plaga más funesta del mundo literario, la de los escritores macheteros y testarudos a quienes las musas jamás han visitado, y sin embargo publican una novela al año, no existiría si una saludable hueva o un prudente respeto a los caprichos de la intuición los disuadiera de escribir libros inocuos a marchas forzadas.

Sin la tenacidad de la mosca, para decirlo en los despectivos términos de Leduc, no existirían La divina comedia, El Quijote o En busca del tiempo perdido, de manera que sería injusto menospreciar esa necesaria virtud. Creo, sin embargo, que en la actualidad la crítica académica tiende a sobrevalorar la disciplina, como si bastara con ella para suplir los hallazgos de la intuición. Cuando un esfuerzo intelectual es demasiado evidente, hasta cierto punto fracasa en su cometido, pues el arte literario más arduo consiste en aparentar espontaneidad y facilidad. Probablemente Fernando del Paso sea el novelista más esforzado y voluntarioso de la narrativa contemporánea en lengua española, pues en novelas totalizadoras como José Trigo y Palinuro de México se impuso la hercúlea misión de escalar en zancos el monte Everest. Si la literatura consistiera en implantar marcas mundiales descabelladas y estúpidas como las que figuran en el libro de récords Guiness, Del Paso sería la máxima figura de las letras universales. Si tenemos, por el contrario, un gusto literario más hedonista, y valoramos el placer que una novela nos proporciona por encima de las dificultades que su autor se echó encima (o nos echó encima por no haberlas resuelto), probablemente su enorme tenacidad nos causará un tremendo fastidio, como acaba de ocurrirme en una lectura inconclusa de José Trigo, su primer prodigio de albañilería pura.

Nunca nadie ha compilado un mayor despliegue de erudición mexicanista. Se necesita, sin duda, un esfuerzo titánico para introducir en cada párrafo seis o siete arcaísmos o neologismos que ningún lector culto conoce. Los doctores en letras que escriben tesis sobre este magnífico ejemplo de literatura Guiness deben gozar hasta el paroxismo cada vez que Del Paso los remite al diccionario de mexicanismos o los reta a descifrar un mot- valise metido con calzador. Pero en las primeras cien páginas del colosal armatoste (hasta ahí llegó mi masoquismo) no pude encontrar un solo chispazo de verdadera poesía, una frase memorable, un conato de fabulación o una aguda observación del carácter: sólo artificios retóricos tan caducos y fallidos como la pedantesca preceptiva estructuralista a la que Del Paso rindió pleitesía en los años 60 y 70 (la retórica engañabobos ha tenido dos edades de oro: la primera en la Roma de los césares, la segunda en Francia durante esas décadas). Cuando la disciplina predomina en forma tan aplastante sobre la intuición, la lectura se convierte en algo parecido al levantamiento de pesas. Talento indisciplinado, Renato Leduc daba para más de lo que escribió. Dejó algunos poemas memorables, pero cometió el error de menospreciar la disciplina. En las antípodas de esa lamentable indolencia, Fernando del Paso nos ha entregado una excelente novela histórica, Noticias del imperio, y varios récords mundiales de voluntad férrea.

Domingo, El Universal
4.2.2016

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