31 de marzo de 2016

Imre Kertész

Falleció hoy mi admirado y queridísimo escritor, Imre Kertész. Nobel de literatura 2002. Excelente y maravilloso, nos deja su extraordinaria obra.

Descanse en paz. Qué tristeza...

"El próximo 6 de abril, la editorial Acantilado publicará La última posada , el libro póstumo de Imre Kertész , todo un testamento literario que él mismo definió como “la culminación de mi obra”. Claramente autobiográfico, en este texto vemos cómo un escritor enfermo de cáncer decide escribir un testimonio de sus experiencias, por perturbadoras que estas puedan resultar. Aplicando el mismo método con el que diseccionó antes la cotidianeidad de los campos de concentración nazis, aquí narra su declive físico al tiempo que diversos detalles de sus últimos días. Se refiere a su esposa Magda como M o Magdi, y le atribuye a ella la decisión de regresar a morir a Hungría, esa ciénaga intelectual”.

Tres fragmentos inéditos de la obra:

Fragmento 1

Hoy, en la revisión, le han encontrado a M. una alteración de los ganglios en la axila. Para ambos es demasiado pronto para morir. Algo, sin embargo, me sugiere que dentro de poco tendremos que decidirnos. De hecho, estoy preparado para la muerte, aunque siento dejar mi trabajo inacabado. Por otra parte, la irreflexión con que hablo sobre la muerte… ¿Es serio o no es serio? Creo que es más serio de lo que pensamos, y creo que es menos serio de lo que pensamos. El sufrimiento… Sólo el sufrimiento es cosa seria. Temo que Magdi sufra, y solamente puedo aliviar su sufrimiento sufriendo con ella, por lo que será un doble sufrimiento, para ella y para mí. Todo es más fácil para aquel que no ama.

La terrible realidad ha confirmado la terrible realidad. A Magdi le han encontrado metástasis en los ganglios linfáticos. Le esperan cosas terribles, y también a mí. Pero hemos decidido aguantar. Existe una frontera que no merece la pena traspasar; sin embargo, no hemos llegado aún a ese punto. Dice M. que todavía no ha podido asumirlo; pero es que aquí no hay nada que asumir. Recuerdo mi conversación con el biólogo celular. El biólogo me explicó con mirada encendida el funcionamiento de las células en el organismo humano. Estas células existen y actúan de forma completamente independiente, según sus propias leyes o—si se quiere—sus propios caprichos. Se juntan y se separan, provocan o sufren mutaciones, etcétera. Y cuando observé que eso era terrible, el biólogo celular me miró asombrado. ¿Por qué?, preguntó. La enfermedad no tiene nada que ver con nuestras concepciones; la enfermedad, de hecho, no tiene nada que ver con nosotros, a lo sumo nos mata. No tiene nada que ver con la moral, nada que ver con nuestros actos, no guarda ninguna relación con nuestras virtudes o nuestros pecados. Las células son ciegas y nos gobiernan de una manera absurda. Por eso la vida no es un asunto demasiado serio. Le damos una importancia mucho más grande que la que le corresponde en la realidad. En la realidad, una vida humana equivale a cero. Es un ejemplar de la especie ni siquiera digno de mención. Sólo a nosotros nos duele esa vida humana, sea porque amamos, sea porque da la casualidad de que es la nuestra.

Analizar seriamente por qué me aferro tanto a la vida (teniendo en cuenta en particular la vejez que me espera, la degradación, la miseria física que humilla profundamente y lo despoja a uno de toda autonomía, de toda la dignidad que le queda).

Sé que con el día de ayer concluyó la parte más bella de mi vida. ¿Y qué fue esa parte más bella, sin considerar lo más bello, la creación? Ya no recorreremos la Provenza en coche; ya no viviremos despreocupados y liberados. En nuestros cuerpos y en nuestras almas, las huellas de las operaciones, del delirante deseo de muerte de nuestra existencia física; los fundamentos de nuestra confianza en la vida se han tambaleado. Nos amenaza el horror de la decadencia física, nos volvemos más feos, más débiles, nos deslizamos hacia fuera del mundo. Se adueña de mí la autocompasión cuando pienso que he pasado gran parte de mi existencia en la dictadura maligna de un país maligno y provinciano, mientras en la otra mitad de Europa, la mejor, florecía la buena vida, el bienestar y el brillo de cuarenta años felices y libres de responsabilidad, con sus posibilidades únicas. Ahora que los rusos le han endilgado la Europa del Este, allí también han empezado los problemas. Esto se llama responsabilidad política, que durante cuarenta años no han tenido que asumir. Quien ha vivido esos cuarenta años en Europa occidental ha podido experimentar algo nuevo, algo en que, sin embargo, todavía se percibía la fragancia del Ancien Régime, de su estabilidad, de su cultura, de su europeísmo.

Fragmento 2

Conversaciones mortales con M. A la luz de esas conversaciones, se ve claramente mi absurda situación, y también la de ella. Por mi trabajo di la espalda al país en el que no se me valoraba en absoluto, en el que no tenía un sitio, en el que desde el primer instante viví bajo la sombra de una sentencia de muerte. Recibí el Premio Gordo Mundial de Literatura, conseguí la libertad y la posibilidad de vivir en la civilización occidental… Ahora M., por su familia y porque no se siente a gusto en este país, hace todo lo posible por que vuelva a la ciénaga intelectual, a nuestro piso situado a pocos pasos de la familia, y eso que uno de los orgullos de mi vida consiste en haber evitado la corrupción que también recibe el nombre de familia. Podría ser el abuelo de cuatro niños, un señor de barba blanca que apacienta a los nietos en los parques infantiles… He conseguido evitar ese destino y ahora me quieren arrastrar ahí. Por otra parte, sin embargo, también hay que comprender a M., claro está…

Fragmento 3

Todo es impreciso. Nada ocurre «exactamente». Nuestra vida es una descripción imprecisa. Escribir una y otra vez. (Reescribir una y otra vez). La curiosa relación de Musil con los gatos. Lo cierto es que desde el accidente me cuesta arreglármelas con el ordenador. Otra cosa: unos gastos enormes. Nadie me tiene ninguna consideración, nadie me dice que debo pensar en guardar ciertas reservas para el final… Eso sí, se plantea la pregunta de quién se «encargará» de mis obras después de mi muerte: habría que crear una «curaduría», dice M. ¿Quiénes habrán de ser los miembros de esa «curaduría»? Ya lo hablaremos después de mi muerte, dije (o, mejor dicho, no lo dije).
 
Fuente | La vanguardia
31.03.2016

2 comentarios:

C. Martín dijo...

Me acordé mucho de ti, Magda, cuando me enteré de la noticia. Ley de vida pero la suerte de los escritores es que reviven cada vez que alguien los lee.
Un abrazo.
C.Martín

Magda Díaz y Morales dijo...

¡Qué alegría saludarte, Carmen!
Un abrazotote

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