3 de noviembre de 2016

Bioy Casares y Elena Garro: un relato

Nueva York, 1956. De izquierda a derecha: Elena Garro, Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz y Helena Paz Garro
Andábamos huyendo
Eduardo Cerdán

Abstract: Con base en la correspondencia y en las obras de dos narradores de lo fantástico: Adolfo Bioy Casares y Elena Garro, Eduardo Cerdán construye un cuento brevísimo sobre la relación que durante la segunda mitad del siglo XX mantuvieron ambos.

Ya no estoy muerto: estoy enamorado.
Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel

Fue en el George V donde nos presentaron, en un París de 1949. Luego de almorzar juntos ahí, te invité al auto que había alquilado y te pedí que diéramos un paseo por el Bois de Boulogne. Recuerdo muy bien esa caminata, el olor de los cedros, el ruido sordo de nuestros pasos y el rumor de la cascada, ésa que une los dos lagos. Mientras paseábamos me invadió una enorme ansiedad por tenerte. La resolana caía en tu pelo que ondeaba al viento, en tu frente amplia y en el rojo de tus labios que aún no soplaban las treinta velas. «Quítese el rouge», te dije de usted, «que la voy a besar». No respondiste y a nuestro alrededor se formó un silencio opresivo que luego se fundió con el murmullo del agua.

Tras un rato callados, aceptaste ir conmigo a una pensión modesta en los alrededores de la ciudad. Nuestras memorias mantuvieron lo que pasó en ese cuarto de modos dispares; pero lo importante, lo que ambos siempre supimos, es que ese día los dos andábamos huyendo. Por eso nos quisimos tanto: a partir de entonces nos unió la fuga. No se me olvida lo que dijiste en el Théâtre des Champs Elysées la primera noche que salimos: cuando viéndome a los ojos me contaste que sentías un gran respeto por los que huyen.

Durante los periodos en que no estuvimos juntos, mientras estabas en México, yo extrañaba tu compañía y la de tu hija la Chatita, las tardes en tu casa parisina de Víctor Hugo 199 y el té de las seis. Cuando cerraba los ojos, en ese extraño espacio entre el sueño y la vigilia, creía verte y oírte. Despertaba con el pecho turgente por la congoja de estar sin ti. Alguna vez me reprochaste mis lágrimas fáciles, pero, aunque me habría gustado que tuvieras razón, estabas equivocada. En realidad parecía que mis ojos se habían secado como, según dijiste más tarde, se secó tu amor por mí.

A partir de 1968 las cosas se complicaron en tu país. Te acusaron de instigadora y envenenaron a tres de tus gatos: Humitos, Juan Lamas y Conradino. Después, cuando emigraste, como no querías que Anamaría, Lafitte, Maxi y Tomi se quedaran en tu país por miedo a que también les hicieran algo, entonces acudiste a mí. Recuerdo tus palabras precisas: «Adolfito, es el momento de que te pida un favor muy delicado al que no puedes negarte», me dijiste. El favor consistía en recibir en mi departamento a tus cuatro «bichitos», los que enviarías en un avión a mi ciudad.

Me arrepiento de haber aceptado, pero no sé qué habría sido peor: si decirte que no, o lo que hice. Como tenía perros en mi departamento de Argentina, no pude mantener mucho tiempo a tus gatos allí, así que opté por llevarlos a una casa de campo para que anduvieran con mayor libertad. Nuestro amigo, el indiscreto Pepe, te contó sobre esto que nunca me perdonaste. Más tarde me enteré de algo que contabas a los cuatro vientos: a partir de entonces, era como si jamás me hubieses amado. Me dolió saber esto porque yo, aun con todo, acepto que nunca quise a nadie como a ti, que «siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho», como dijo el indio enamorado que aparece en uno de tus cuentos.

Tu excentricidad, que me habría parecido encantadora de haberla vivido contigo, no era bien vista por la gente. Sé que te llamaban loca. Aunque me fui cinco años antes que tú, me enteré de todo lo que ocurrió contigo. Supe de tus conflictos políticos, de tus huidas con la Chata, de lo que pasó con Octavio, de las decenas de gatos adueñándose de tu vida y de tu espacio, de los cigarros mentolados que a pesar de tu cáncer chupabas ansiosa con la boca desdentada.

Estoy aquí pensándote. Eso creo, al menos. A veces me he preguntado si soy no una simple alma en pena, sino un monstruoso fantasma de los celos de Octavio. Quién sabe. Él, tú, yo, y también Silvina, hemos muerto. Pero aun así te hablo y te quiero y te extraño. Lo que me queda es el grato recuerdo de nuestro tiempo juntos. Me calma pensar que en algún tiempo, en París, tú y yo andábamos huyendo. Y hoy te hablo a lo lejos y continúo mi fuga. Ahora escapo de la muerte mientras imagino, mi Elena, que te beso. Que recibes en tu calavera «un besito de Bioy»

31/10/2016 Fuente: Contratiempo MX

3 comentarios:

Ferragus dijo...

Qué bien quedó este relato. Un saludo grande para ti.

Magda Díaz y Morales dijo...

¡Saludos!

Anónimo dijo...

Muy buen relato

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