18 de abril de 2021

El café de nadie. Los estridentistas

El café de la Colonia Roma en la Ciudad de México, donde se reunían escritores y pintores hace 100 años.
En la colonia Roma existió un café, hoy casi olvidado, donde se escribieron algunas páginas de obras como La señorita Etcétera de Arqueles Vela y Andamios interiores de Maples Arce. Los artistas vanguardistas de la década de 1920, llamados estridentistas, lo bautizaron como Café de Nadie e hicieron de él la sede de sus tertulias. Abundaba café, alcohol y cigarrillos, considerados estimulantes intelectuales.

Hace cerca de cien años, durante la década de los “alegres veintes”, cuando la Roma era apenas una colonia naciente de la Ciudad de México, existió en una de sus calles un lugar donde la realidad se hundía entre las tazas de café de los artistas. En la avenida Jalisco número 100, hoy Álvaro Obregón, había un rótulo que lo anunciaba como Café Europa, pero una vez que la literatura se coló hasta su cocina fue conocido como Café de Nadie. “Es un Café sombrío, huraño, sincero… De nadie. Por eso (Febronio) Ortega le ha llamado así. No soporta cierta clase de parroquianos, ni de patrones, ni de meseros”, explicaba Arqueles Vela en El Universal Ilustrado de 1924, “No es de nadie. Nadie lo atiende, ni lo administra. Ningún mesero molesta a los parroquianos. Ni les sirve... Hemos ido evolucionando hasta llegar a ser ese nadie”. Él era un personaje frecuente de aquel café que, decía, parecía parte de una “ciudad petrificada” con “paredes de tiempo”, donde no existían leyes físicas, las personas y objetos ascendían entre “cigarrillos intelectuales” y “el alcohol que destilan las tardes”. Arqueles Vela contaba que ahí nació el estridentismo, un movimiento artístico literario fundado por el poeta Manuel Maples Arce a principios de 1922, buscaba, como lo sugiere su nombre, causar un estruendo, romper con la tradición.
Según los investigadores Marco Frank y Alexandra Pita González, Maples Arce quería “una renovación radical de la poesía y del arte” para el México posrevolucionario, al modo de las vanguardias europeas, mediante provocaciones, polémicas y el uso de la prensa. Aunque su naturaleza era el escándalo, los estridentistas encontraron inspiración en el silencio del Café de Nadie, con cuyo nombre todos estaban de acuerdo, menos su dueño, según afirmó un periodista anónimo de El Universal Gráfico en 1924. “Manuel Maples Arce se enseñoreó de aquel café bohemio y callado, donde resonaban los pasos como en la nave de un templo… Quería desfigurar la máscara de la poesía haciéndola más real o más incongruente todavía”, escribió Argos en El Universal Ilustrado de 1926.

Lo documentado sobre el Café de Nadie se sirve acompañado con pedazos de ficción. El escritor Germán List Arzubide imaginó, por ejemplo, una suerte de mito fundador: “Una noche lamida por la llovizna, Maples Arce salió en recurso de un lugar cordial para su pensamiento; iba por la Av. Jalisco, cuando al pasar por una puerta, sintió la soledad de un establecimiento que lo invitaba a pasar; penetró, saludó, seguro de que no había ninguno que le respondiera, y se sentó a la mesa; luego fue a la pieza siguiente, donde en una cafetera hervía el zumo de las noches sin rumbo y se sirvió una taza; regresó a su mesa y bebió en el tiempo su café. Al concluir, regresó la taza a su sitio, puso en el contador el precio que solicitaba su tarifa y se marchó. Había descubierto El Café de Nadie”. Sin embargo, en sus memorias, Maples Arce relata otra versión sobre su primer encuentro con este local al que llegó durante un paseo nocturno, lo describía cómodo y agradable, con varios salones, acabados de madera oscura y un jardín interior. “Esta tranquilidad era exactamente lo que yo necesitaba. Mi búsqueda de soledad y silencio me hacía utilizar el sótano de mi casa destinado a los baúles vacíos. Este café fue mi refugio. Allí nadie me molestaba ni interfería y no pocas veces salí de él sin que el camarero hubiera aparecido. Necesitaba palmotear insistentemente y ni así se presentaba. Desde entonces fui a instalarme en dicho café para leer y escribir los artículos de la revista, particularmente cuando el mal tiempo interrumpía mi habitual paseo y la lluvia tamborileaba en las vidrieras”. Según el cronista Marco Antonio Campos, esta historia es “más realista y más fiel a la verdad pero mucho menos bella”.

El alimento estridentista

Cafeína y nicotina fueron el alimento estridentista. Maples Arce había leído en las obras europeas que el café y el tabaco eran estimulantes intelectuales. En 1920 llevó el hábito de beber café desde Veracruz a la Ciudad de México, detalla Elissa J. Rashkin en La aventura estridentista, “junto con sus ideas políticas y sus ambiciones literarias, lo que sin duda contribuyó al insomnio que con tanta frecuencia describía en sus poemas”. La historiadora Victoria Aupart, explica en entrevista sobre lo que distingue a esta bebida de otras: “el café dentro de sus propiedades estimulantes es una droga, una bebida con cierta alteración en el sistema nervioso, no pone a uno inconsciente, que el café altere los nervios da una lucidez inusitada”. Además, comenta que en los cafés del siglo XX la dinámica trascendía la plática, eran espacios para el ocio, la dispersión, la intelectualidad, la espiritualidad o incluso la soledad. En Soberana juventud, Maples Arce relata que la vida veracruzana se mezclaba con la de los cafés, a los cuales consideraba una “universidad libre y liberal”: “en ellos saludamos a los amigos, nos enteramos de la noticia del día, cambiamos impresiones y discutimos”. En medio de esa aventura cafetalera, Maples Arce frecuentaba uno llamado Nuevo Mundo, al que iba después de la escuela: “Mi paso por el café era advertido por un reguero de colillas, pues entonces acostumbraba fumar insistentemente mientras repetía las tazas de café”. Tal retrato pintaba que en una ocasión le dedicaron una calavera literaria: “Murió de neurastenia literaria / este poeta temblón y cafetero, / que vivió siempre solo, cual un paria, / llevando un piloncillo por sombrero.” 

En su artículo “El Café de nadie como espacio de sociabilidad del movimiento estridentista”, Marco Frank y Alexandra Pita exponen: “La tradición del café literario, en donde los intelectuales y los escritores se intercambiaban ideas, novedades y escritos, ya se acostumbraba en Europa desde el siglo XIX, y había evolucionado con el tiempo, así como evolucionaba la figura del intelectual”. En esa época había otros cafés como el Café Tacuba, la Flor de Mayo, El Principal y Las Olas Altas, además del español Tupinampa, el cual resultó insoportable para algunos artistas, explica el investigador Marco Antonio Campos, pues “¿Qué mexicano aguanta la conversación estruendosa de los españoles aun cuando formen un grupo llamado estridentista?” El Café de Nadie compartió la avenida Jalisco con otros sitios históricos. Ahí vivió el presidente Álvaro Obregón, en el número 185, después de su asesinato, en 1928 la vía fue rebautizada con su nombre; a un lado, en el 187, tenía su casa Conchita Acevedo, la monja acusada de ser la autora intelectual del atentado que concluyó con su vida. Además, en el número 73, habitaba el poeta Ramón López Velarde, a quien Maples Arce visitaba con frecuencia.

La colonia Roma de aquellos años tenía avenidas de estilo europeo, anchas y arboladas como las de París, dicen Frank y Pita, “no debe entonces sorprender el atractivo que un café ubicado en esta colonia representaba para los jóvenes vanguardistas”. La colonia había nacido en 1902 y estaba pensada para la burguesía pre y pos revolucionaria. Los autores explican que había otros sitios de reunión para los estridentistas, como el departamento-taller de Germán Cueto, la librería de Cesar Cicerón, la Academia de Bellas Artes y sus oficinas en la calle Donceles 19, no obstante, “el Café de Nadie fue el más reconocido por los propios estridentistas como el lugar privilegiado y aquel que los identificaba mejor”.

La literatura del Café de Nadie 

Los estridentistas eran “el grupo de vanguardistas por excelencia en México”, afirma Marco Antonio Campos. Además de Maples Arce, Germán List Arzubide y Arqueles Vela, eran parte del movimiento (y posibles visitantes del Café de Nadie) el poeta Salvador Gallardo, el periodista de El Universal Febronio Ortega, los músicos Manuel M. Ponce y Silvestre Revueltas; colaboraban con pintores como Diego Rivera, Leopoldo Méndez, Germán Cueto, Ramón Alva de la Canal, Jean Charlot y Fermín Revueltas. En 1924 Arqueles Vela describió que el Café de Nadie era un “laboratorio intelectual y sentimental”, ahí encontraron comienzo dos de sus novelas: La señorita Etcétera y El Café de nadie. En esta última obra, el autor empuja definitivamente al Café Europa en un universo literario, incluso describe sus alimentos hipotéticos: “Menú de hoy: Sopa de ostiones, huevos al gusto, asado de ternera, chilacayotitos en pipián, ensalada, frijoles al gusto, dulce, té o café”. Asimismo, en ese sitio Maples Arce escribió algunos poemas de Andamios Interiores. Según Frank y Pita, ahí se planeó la revista Irradiador y la exposición artística llamada la “Tarde estridentista”, en la cual Arqueles leyó fragmentos de la historia del Café de Nadie y se expusieron obras de Jean Charlot, Leopoldo Méndez, Ramón Alva de la Canal y Germán Cueto. Jerónimo Coignard redactó en 1924 una “epístola estridentista” en El Universal Ilustrado, donde contaba el “consejo cósmico” que le dio alguna vez Arqueles: “procuro ‘arrancarme el cerebro y lanzarlo al infinito’, para penetrar hasta la hipodermis de estas cosas subjetivas”. En este modo, de acuerdo con Frank y Pita “el café fue también una especie de oficina y de taller literario artístico”; asimismo fue un espacio de reunión donde circulaban las novedades europeas, las ideas y obras estridentistas. 

En 1926, Silvestre Paradox, seudónimo de Arqueles Vela, habló sobre la aparición de una nueva bohemia que prefería la vida ajetreada y acudía a los “quick lunch”, restaurantes al estilo estadounidense donde las tertulias se hacían con hot cakes: “Las reuniones literarias y artísticas ya no se hacen alredor de la mesa del café más recóndito, más destartalado, más inmóvil, como aquellas de que nos hablan los libros… Asistiendo a las tertulias de los literatos modernos, apenas se cree que hayan existido las de la Maison Raté, del Café de Nadie, del Café  de Tacuba y las de aquellos otros cafés que albergaron, en un tiempo, el humo de las pipas, las rebeldías y las ensoñaciones de los escritores jóvenes”. También lee: Los quick lunch, donde las tertulias se hacían con hot cakes.

Ese mismo año, el periodista Argos escribió una frase que bien podría colocarse en el obituario de este sitio de la antigua avenida Jalisco que hoy ha olvidado ese nombre: “Aquel café bohemio y callado—peldaño de una escuela de poetas—, aquel Café de Nadie, lleno de resonancias y de hondos recuerdos perceptivos, pasó de moda y fue el Café de Todos”. Un año después, en 1927, terminó el periodo del estridentismo y la pista del Café de Nadie se perdió entre las páginas antiguas. Si visitamos el número 100 de la avenida hoy conocida como Álvaro Obregón encontraremos un establecimiento de hamburguesas y cervezas, donde quizá de vez en cuando sale a flote una tertulia.

Fuente: El Universal 
Texto: Nayeli Reyes Castro 
2021

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