3 de setiembre de 2005

La quijotita y su prima

El escritor mexicano José Joaquin Fernández de Lizardi (1776-1827) escribió la novela costumbrista La quijotita y su prima (1819), una obra excelente. Su crítica a la inconveniente o mala educación de las mujeres, sería el tema principal. Expresa que la mujer debía de recibir educación intelectual y moral para poder desenvolverse en el mundo. Esto puede sonar lógico ahora, pero a inicios del siglo 19 era insólito, y más con el virreynato encima o recién librándose de él. Era necesario intentar establecer muchos puntos en el México independiente después de tantos enfrentamientos, luchas, controles, conflictos: el papel de la familia, los valores cívicos, la educación, la censura eclesiástica que era horrenda (especialmente con lo que se publicaba), etc. Podrán imaginarse qué sucedía después de tres siglos en completa opresión si se era indígena, y obviamente que no había más que indígenas (grandes culturas), así que pasar de ésta a hacer lo que les viniera en gana con la libertad que jamás debieron perder al estar en su propio país, era algo que debió de ser increible. Les copio un fragmento que hallé de La quijotita y su prima para que puedan ver una pequeñita parte de su notable escritura:

En efecto, fueron todos el jueves, no a la hora señalada, sino después de almorzar; pero, cuál fue la sorpresa del coronel, de Matilde y Pudenciana, al hallarse con la sala llena de gente y a Pomposa en medio muy colorada y hecha una víbora de rabia, con un papel en la mano diciendo:
—Los colegiales, sí, los malditos colegiales me han puesto por mal nombre Quijotita. ¿Qué me ven esos malditos de Quijota? ¿Soy yo acaso loca, flaca ni trigueña como don Quijote? ¿Soy hombre?, ¿tengo Rocinante?, ¿tengo escudero?, ¿acometo molinos de viento, ni hago ninguna fechoría como diz que hacía ese buen señor, que en paz descanse? ¿Pues por qué me han de llamar Quijotita? ¡Maldito sea el que tal nombre me puso y ojalá yo supiera quién fue, que me lo había de pagar, le había de decir que era un grosero, indecente y mal criado, y se había de acordar de mí para todos los días de su vida!, pero ya que no lo conozco, a lo menos les prometo que no ha de volver a pisar mi casa ni un colegial.
De esta manera se explicaba Pomposita, hecha una furia, hasta que el coronel le dijo:
—Vaya, vaya; ¿qué te han hecho los colegiales que estás tan enojada con ellos?
—¡Qué me ha de suceder, tío!, respondió Pomposa, ¡qué me ha de suceder!, esos pícaros, groseros, indecentes, me han puesto por mal nombre Quijotita y me lo han dicho casi en mis bigotes. ¡Mire usted qué atrevimiento! Este papel me dejaron esos condenados dentro del clave. Quién sabe cómo diantres lo pusieron sin que yo lo viera, y luego luego se despidieron y se fueron.
Decir esto Pomposa y poner el papel en manos de su tío, todo fue uno. Entonces el coronel se sentó, y como había muchas personas de visita, lo hubo de leer en alta voz y todos oyeron que decía ni más ni menos que como sigue:

Pomposa, aunque seas bonita,
Y aunque ves que te queremos,
No por eso dejaremos
De llamarte Quijotita;
Y pues tu locura incita
A ponerte este renombre,
Ten paciencia, y no te asombre,
Que ya sea en prosa, o en verso,
Diga todo el universo:
Quijotita sea tu nombre.

Acabó de leer el coronel; las visitas prudentes se sonreían y las no prudentes soltaron la carcajada, con lo que se puso de peor condición Pomposa, y echando espuma por la boca decía:
—¿Qué dicen ustedes?, ¿no son infamias las de estos perros, malcriados, indecentes? ¿Quijotita yo?, ¿yo Quijotita? ¡Voto a mis pecados! Esto no es sufrible. ¿Qué me habrán visto de Quijotita estos malditos? Pero como vuelvan, yo les prometo que les he de decir cuántas son cinco y los he de echar muy mucho noramala de mi casa.