25 de octubre de 2005

El arte de gozar

La fascinación por el otro es un tema siempre vivo, y cómo no va a serlo si la vida se inicia precisamente de dos cuerpos abrazados…

El filósofo francés Julien Offroy de La Mettrie (1709-1751) escribió un libro sobre todo esto que tanto apasiona: El arte de gozar o escuela de la voluptuosidad (Madrid: Valdemar, 2000). Me gusta su pensamiento porque fue contrario a la concepción espiritualista cartesiana de separar alma y cuerpo (creencia desafortunadamente muy arraigada hasta la actualidad). Por esta postura obviamente que se le consideró libertino (forma sencilla de etiquetar a quienes pensaban diferente a los dogmas establecidos). Podemos imaginar que al expresar en el siglo 18 que “la naturaleza nos impulsa al goce sensorial”, la opinión pública se le vino encima, y más porque estaba convencido de que las religiones son las genuinas enemigas de la moral y amedrentan a la humanidad, motivo por el cuál las repulsaba todas. Rechazaba toda autoridad y era totalmente materialista (la idea de que lo primordial en el universo es la materia, el cuerpo, y que los fenómenos espirituales o mentales son algo derivado de esa materia). Esto me recuerda nuevamente a Bataille cuando apunta que hay personas para quienes las relaciones sexuales son repugnantes, llevándoles a aniquilar dentro de sí esta capacidad gracias a sus ideas aferradas a un moralismo religioso. Para La Mettrie, no hay nada mejor que el ejercicio de la sensibilidad porque ello permite a las personas amar la vida y acariciar la voluptuosidad. Es muy bello el pasaje adonde vincula el erotismo con las flores:

¡Qué encantos tiene un simple ramo para un amante! ¿Está el amor escondido en esas flores? Dafnis cree respirarlo él mismo, se diría que quiere atraerlo a su corazón por una vía nueva. ¡Pero qué fuego secreto! ¿Y cuál es la causa de ello? Es que ha estado pegado al corazón de su querida Teresa. ¿Recibe ella uno a su vez de las manos de su pastor? Él la sigue con los ojos. ¡Qué felices son esas flores por estar tan bien colocadas! ¡Adornan el trono de los Amores! Él envidia su suerte, quisiera, como ellas, expirar sobre aquello que ama.

Sería especial vivir la vida como nos recuerdan las palabras de Sade: “Sostuve mis extravíos con razonamientos, no me puse a dudar... supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres".

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