Ayer leía, en el el suplemento cultural Arena de Excelsior, una reseña de Armando González Torres titulada "Enfermos de libros". La acompañaba un cuadro de Carl Spitzweg que me gusta mucho, pero era demasiado pequeño y en blanco y negro, así que mejor lo busqué para que lo podamos ver mejor. Se titula El arte de la escritura, aunque también se encuentra como El poeta (1839). He observado que en varias ocasiones se retrata al escritor en habitaciones desordenadas, un tanto sucias, casi siempre sin lujos, y el protagonista con ropa zurcida o rota (aunque también hay pinturas que los muestran rodeados de la naturaleza o en mansiones o estudios grandiosos). El arte de la escritura pertenece al primer grupo, es un cuadro muy bello: AQUÍ lo pueden ver.
La reseña "Enfermos de libros" nos habla de un personaje creado por Cyril Connolly: Jonathan Edax, "un bibliófilo frío y avaro, cuya única obsesión en la vida consiste en acumular primeras ediciones". Pero también nos comenta sobre la bibliofila, está interesante:
La reseña "Enfermos de libros" nos habla de un personaje creado por Cyril Connolly: Jonathan Edax, "un bibliófilo frío y avaro, cuya única obsesión en la vida consiste en acumular primeras ediciones". Pero también nos comenta sobre la bibliofila, está interesante:
La bibliofilia es una afición generalmente considerada benigna que, sin embargo, puede convertirse en una adicción. Dicha adicción a los libros, como otras, suele afectar la vida del adicto y la de los demás. Hay muchas síntomas de esta adicción: el experimentar las manifestaciones fisiológicas del enamoramiento ante la vista de un volumen bien encuadernado; el gastar la mayor parte del presupuesto familiar en libros; el consumir las sacrificadas vacaciones visitando bibliotecas y librerías o el comprar libros en lenguas exóticas que uno no domina. Sin embargo, los síntomas más notorios de esta enfermedad son los que tienen que ver con la erosión de las reservas morales en torno a la adicción al libro: cuando alguien roba o miente para satisfacer su apetito libresco es evidente que ha sido infestado.
Ciertamente, el bibliófilo sostiene con frecuencia que su amor a los libros es una legitimación moral para expropiar o timar y, uno puede advertir, cuando por descuido franquea la entrada de su biblioteca a uno de estos maniacos, esa mirada de ansiedad y codicia sobre algunos de los volúmenes, que se modifica rápidamente en una entonación de falsa indiferencia al preguntar si uno estaría dispuesto a prestar, cambiar o vender tal libro. Un símbolo de esta manía incontrolable y nociva por los libros es Jonathan Edax, un personaje tan vivaz como execrable, inventado por Cyril Connolly. Edax es un bibliófilo, frío y avaro, cuya única obsesión en la vida consiste en acumular primeras ediciones. Dado que su pulsión no conoce ningún límite moral, Edax suele visitar la casa de un amigo, también bibliófilo, para cometer toda clase de hurtos mediante las técnicas más ingeniosas (por ejemplo, se coloca estratégicamente cerca de los libros que le interesan y, en los momentos en que el anfitrión se descuida levemente, con rapidísimos movimientos sustituye las primeras ediciones autografiadas por volúmenes normales). Edax no duda en coquetear con la esposa de su amigo para visitarla en la ausencia de éste y continuar robando con mayor confianza. En alguna ocasión, mientras la mujer de su amigo le trae un té, Edax se hiere la mano al intentar extraer un libro de una de las vitrinas cerradas con llave de su huésped, la mujer, al verlo sangrando, lo cura conmovida, le declara su amor y le regala uno de los tesoros más preciados de esa biblioteca, el valioso volumen de un viejo poeta simbolista. Edax, inflamado de entusiasmo, se desentiende de los ruegos amorosos de la mujer y se dirige de inmediato al domicilio del poeta para obtener su autógrafo. En su casa, el poeta simbolista agoniza y los médicos le niegan la entrada a Edax, pero éste se hace pasar por su hijo para ingresar. El viejo, al descubrir al intruso y sus mezquinas intenciones, lo maldice y la ira apresura su muerte. Ante el escándalo, Edax huye pero olvida el preciado volumen, regresa a su propia casa enfurecido y desesperado y tropieza mortalmente en una escalera.
La fábula de Edax alude a aquellos cuya pasión impune por el coleccionismo admite la intriga, el fraude y el pillaje; aquellos que aman más los libros que la lectura, más los caracteres de imprenta que a los seres humanos. Por supuesto, la pasión por la acumulación de libros, facsímiles, manuscritos e incunables no siempre equivale a la pasión por la lectura y hay numeroso casos de individuos con bibliotecas ricas y bien surtidas que sólo han nutrido su intelecto con solapas. Para el apasionado de la lectura, la posesión es lo de menos y, como confesaba Cervantes, un buen lector es capaz de levantar los papeles que encuentra tirados en la calle para satisfacer su avidez y curiosidad. Poreso, frente al acumulador compulsivo, Connolly sugiere que el buen bibliófilo no sucumbe a la codicia de los profesionales del acaparamiento: la bibliofilia se distingue de la mezquindad anticuaria tal como el buen bebedor se distingue del alcohólico en que sabe degustar y moderarse. El fundamento de la bibliofilia es, entonces, el amor a una serie de autores, a una tradición y la aspiración de preservarla, pero la bibliofilia no se limita a la posesión sin sentido y un bibliófilo puede ser alguien que "...solo poseerá un ejemplar de cada edición y se limitará a coleccionar aquellos libros que puede disfrutar leyendo, convirtiendo su biblioteca en un monumento dedicado al tipo de escritor que le gustaría haber sido".


