21 de septiembre de 2007

Literatura y cosmética

Literatura y cosmética
Rafael Gumucio

Es difícil no enamorarse por carta, por correo-e o por Messenger. Nada enamora más que la distancia, que la espera, que la impotencia, la imposibilidad de poseer al otro ahora mismo. El amor se nutre de los aplazamientos; el sexo puede detestar la impotencia, el amor es finalmente siempre una forma de ésta. Amamos lo que no tenemos, porque es nuestra única forma de tenerlo. O de sentir al menos por un segundo que lo tenemos. Amamos a la que se fue, porque a través de las cartas, de los Messenger, de la urgencia siempre aplazada de nuestros sentimientos, podemos mentirnos y pensar que no se ha ido. Amar es en gran parte una forma de salvar las distancias, de negar la muerte -esa distancia final.

Amamos por carta, por correo-e, por Messenger esa distancia, pero también admiramos a un extraño tipo de belleza que se abriga en la escritura. Pocas son las personas que logran ser feas por escrito. Basta que alguien nos escriba con cierta gracia, con cierta sinceridad, evitando los más vistosos lugares comunes, las más atroces pedanterías, para que le encontremos gracia, estilo. Si no conocemos a la persona que nos escribe, nos imaginamos una armonía sutil en su rostro, un cuerpo indestructible, una sonrisa plena que nos hace bien. Estamos acostumbrados a atribuirle al que escribe una cierta belleza estándar -que llamamos normalidad- que no existe fuera de las letras. Es quizás la verdadera razón por la que tantos se dedican a la literatura. Quieren igualar bajo la sintaxis los accidentes de su cutis. Quieren verse bien.

Solemos al leer saltarnos el contexto del que nos habla, la banalidad de una cara, la normalidad de un gesto que por escrito se parece al gesto de Dante. Nos sentimos solos frente a otro ser que, lo quiera o no, se convierte para nosotros en el momento de la lectura en un Dios. Lo sabe cualquier narrador: la belleza de un personaje no necesita ser casi descrita, con dos o tres trazos la imaginamos perfectamente; la fealdad en cambio, o la mediocridad, tiene que sernos descrita con precisión, con cuidado, para que la creamos.

Ante alguien que cuenta, somos los que escuchamos, los que leemos, impotentes y ciegos. Nos guía el narrador, nuestro lazarillo, nos convence -porque dependemos de su voz, porque es nuestro único contacto con el mundo- de que su rostro es perfecto, que su aliento es divino, que sus intenciones son las mejores del mundo. Nos enamoramos tarde o temprano de nuestro salvador, de nuestro amo, de nuestro abusivo guía. Le creemos hasta que otro guía lo desmienta, y nos enseñe hasta qué punto el guía anterior nos engañaba. Sócrates se hizo filósofo para, ante los ojos de sus auditores, transmutar su fealdad en poder, su vulgaridad de ateniense medio en verdad eterna. El ciego Homero contaba historias de Troya porque cuando recitaba parecía ser el único que veía. Los otros, los que lo oían, eran los ciegos.

La vanidad de los escritores no es espiritual o ideológica, es ante todo física. Se escribe para decir algo, o para ser querido -como decía García Márquez-, pero sobre todas las cosas se escribe para ser buenmozo. Los gordos escriben para ser flacos, los flacos para ser sólidos, los feos para acostarse con mucha gente, los buenosmozos para ser, de viejos, cuando sus rostros los abandonen, al menos interesantes. Nada de raro que los problemas y manías de los escritores -y más aún de esta contradictoria categoría de los escritores jóvenes- se parezcan a las modelos de pasarela. La vida sexual de muchos escritores, que sin la literatura permanecería en la rigurosa abstinencia o monogamia, es promiscua y deshilachada. Poseedores de una belleza artificial, de una belleza prestada, intentan una y otra vez probar los límites de su nueva apostura, hasta que ésta se gaste.

Los autores que rechazan sus fotos en las solapas, lo hacen por pura vanidad cosmética. Da lo mismo que en el relato confiesen tener una joroba, o alimentar tres verrugas en la nariz; la fealdad que puede imaginar un lector siempre es infinitamente menos desagradable, siempre más sublime o heroica, que la que el autor esconde en su pieza. No quieren que los lectores al ver la foto en la solapa bajen del pedestal al autor. La fealdad, la monstruosidad por escrito es siempre única, la fealdad -y la belleza- en la vida real es banal, generalmente común, se pierde en la calle, se confunde, fluye sin que la podamos tocar.

La vanidad de la escritura parece más duradera, más profunda, más interesante que la de las quinceañeras, o la de los modelos de Calvin Klein. Es a la postre más monstruosa, más patética, sobre todo cuando no va acompañada de talento. Un talento que sabe que es en el flujo vulgar de rostros que no nos dicen nada, en esa piel llena de errores que llevamos, en esa vulgaridad que escondemos detrás de las palabras, donde está el verdadero sentido de la escritura. El talento que sabe que ese poder, el del que cuenta, es también una dictadura; que esa belleza, la del que nos hipnotiza, es también una de las formas del horror.

El mercurio
16.09.07

11 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Un amigo me ha enviado este artículo que me parece muy bueno. He entrado a ponerlo para compartirlo con ustedes. No me he mejorado mucho que digamos, pero tampoco he empeorado, que ya es bastante.

Un abrazo para ustedes.

entrenomadas dijo...

Cuídate mucho, guapa.
No había forma de dejarte mensajes, no se podía.
Me encanto ayer la referencia a Goytisolo, sobre todo porque durante un tiempo, hace ya muchos años, mi familia mantubo una relación muy especial con Luis y José agustín.
De todos los hermanos, José Agustín fue siempre el preferido. Y así seguirá para siempre.

Apostillas literarias dijo...

Gracias Marta, esto de la gripe es un engorro. Mi nariz parece la de Bozo (es un payasito).

El poema de Goytisolo a mi también me encantó. No lo conocía, y te llega muy profundo.

Que especialmente bonito haber tenido una relación con personas de tanto talento y destacada sensibilidad. Cuantas anécdotas debe de guardar tu familia. Qué maravilla, son esas cosas que la vida regala para enriquecerla mutuamente.

corsaria dijo...

Cuídate y que te mejores. Un abrazo. :)

Orlando dijo...

Lo que dice Gumucio es muy acertado, uno se enamora de la escritura del que escribe. En lo que me es dificil estar de acuerdo es cuando señala que -La vanidad de los escritores no es espiritual o ideológica, es ante todo física- ¿será?

Qué se mejore pronto, hoy inicia la Feria y tiene que estar buena y sana para asistir a tanto buen evento.

un tordo dijo...

la distancia, las cartas, la imposibilidad, las proyecciones, las esperas, los espejos, los espejismos, ingredientes todos que hacen del amor, como diría Ortega y Gasset, un género literario. pero una vez adentro de ese rapto cómo guardar distancia, cómo prevenirnos si nos ocupa ese acto creativo, ese narrarnos y leernos en lo amoroso. cualquiera diría que es casi una enfermedad...

que te cures pronto de tu gripa Magda,
saludos.

Diana L. Caffaratti dijo...

Hola AMiga:
Espero que la gripe ya haya sidoi superada.

En cuanto al artículo, te diría que me he enamorado de quién lo ha escrito...
No. Sólo es un abroma,para decir que creo tanto como él en lo que afirma.
Yo conozco casos de la vida real: Uno, de enamorados vía Internet -uniendo América y Europa -, y que,desde ambas puntas había un exquisitez en el decir, (imposible de creer que no sean escritores consagrados), no pudieron menos que enamorarse. Al conocimiento real, la cosa no duró un año.
La Literatura ha dado cuenta de muchos casos en los que se narraban historias de enamorados del estilo ( y muchas veces de supuestos autores de las cartas).
Un acierto tu publicación, como siempre.
Abrazos

malvisto dijo...

Me ha gustado mucho; además que puede ser que pase eso mismo, y para mi, en este mismo momento.
Buena salud, Magda.

SONIA dijo...

Magda, estoy completamente de acuerdo con estas palabras. Yo (que según las malas lenguas) soy una experta en las distancias corroboro que la cercanía hace que la belleza y la admiración emprendan una carrera sin tregua hacia otros lugares en los que entiendan su cometido y su Destino, es decir que son deseables porque son intangibles. Si tuviéramos en casa a Richard Gere ya no nos parecería tan apetecible, ¿no crees?

Un abrazo.

Ana Muñoz dijo...

ay, qué gracia. se me ocurre q ayer o antes de ayer descubrí un libro que relacionaba la literatura y la gastronomía: escritores y recetas... muy bueno, supongo!!

estás malita?? bueno, mejórate entonces. besos!

Apostillas literarias dijo...

Muchas gracias a tod@s por sus comentarios. He estado de Feria del Libro y por ello un tanto ausente de aquí, pero ya el 30 acaba.

Un abrazo para ustedes.

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