Querido Juan:
Una vez dijiste que Catulo “escribe siempre el mismo poema y mira/ el universo que alumbra/ el umbral de su casa”. Desde hace siempre, la poesía tuya está repleta de preguntas, muchas preguntas, desde En abierta oscuridad hasta el País que fue será.
Te la has pasado preguntando, Juan, y ahora, por preguntador tal vez, te han dado el Premio Cervantes, el Premio Juan Cervantes a vos, Miguel de Gelman, y el apellido que sigue es el de un barrio que conocés como si fuera la Condesa: Saavedra.
Juan, nos pusimos todos contentos y nos llamamos por teléfono y hasta me escribió un viejo amigo desde Madrid para preguntarme si tal vez te acordabas de cuando te presentó a Henri Curiel en París, otro que andaba haciendo preguntas por el mundo.
Juan, un rey te va a dar el Premio Cervantes, el rey Juan Carlos, y todo va a estar regio, no te andes preguntando por el protocolo y esas cosas, todo va a estar bien como tú digas, Juan Cervantes.
Pero yo quisiera saber ahora, Juan, si en todas tus preguntas, como en los poemas de Catulo, la pregunta que escribes es siempre la misma:
“¿La búsqueda de la verdad siempre es tristeza?” “¿Adónde fue la rosa que cantaba en mi tarea?” “¿Quién canta ahora mismito en un recuerdo sitiado?” “¿Dónde quedaba ese país que busqué a ciegas en una canción humana?” Y sobre todo, Juan: “¿A dónde se fue el cóncavo bar, los vasos soñadores, las llamadas por teléfono al futuro ocupado?”
Ahora te irás, preguntador, a recibir un Premio que es como si un pedacito nos tocara a cada uno del montón de nosotros que no sabemos contestar ni una sola pregunta. Pero mira, Juan, cuando estés allá, yo quisiera que en el momento menos pensado le hicieras a quien corresponda tu pregunta más amarga, como el tango con que Margo regresó a la ciudad:
“¿Quién paga los derechos del velero que escribe adiós en la tarde que no puede volver?”.
Si te contesta, bien. Y si no, cuando regreses nos juntamos todos, no a encontrar respuestas sino a imaginar nuevas preguntas para el próximo viaje.
Adolfo Gilly
Publicada en La jornada
¿Y qué les pareció el Premio Cervantes 2007 para el notable poeta Juan Gelman? (su blog).
Entrevista a Enrique Vila-Matas
Per Subal Quinina, El lamento de Portnoy i Guillem Miralles
Les respostes de Vila-Matas en versió original
1.
Aquí en este país, hasta hace muy poco, si alguien casualmente se enteraba de que, por ejemplo, yo leía a un tal Blanchot, lo consideraban una anomalía más de las mías. En realidad esas anomalías no han consistido más que en ser normal, culturalmente hablando, en un país de anormales. Esas anomalías han consistido siempre en estar interesado por todo y leer cualquier cosa que se ponga a mi alcance, hasta los papeles de periódico que el viento mueve en la calle.
Ahora parece que sea anómalo —hasta usted mismo parece extrañarse— de que merodee por Internet y lea blogs. Pero yo creo que, conociéndome, es algo normal que suceda. Que a los solemnes escritores españoles famosos se les caigan los anillos por leer blogs no significa que yo no lo haga, no significa que no pueda bajar a la arena de internet y perder anillos que, a fin de cuentas, recupero pronto.
Leo blogs literarios como leo periódicos y libros. No le cierro puertas a ninguna lectura ni información. Y sí, me divierte y me instruye y me interesa ver qué se dice y qué se mueve en ciertos blogs que considero honestos e interesantes, y no conducidos por el tontolaba de turno. Pondré ejemplos de blogs muy diversos pero todos francamente estimulantes: El lamento de Portnoy, El dormitorio de Maud, el de Pierre Assouline en Francia, Apostillas literarias de la mexicana Magda, Borra el humo de tu frente, La segona perifèria, el Moleskine literario de Iván Thays en Perú, Paraguas en llamas en el barrio del Clot de Barcelona, el de la madrileña Cristina Núñez Pereira, Hasta siempre Elena, el del Llibreter, el de Guillermo Urbizu, el de Miguel SanFeliu, el de Daniel Link en Argentina (Linkillo. com), No ha lugar en Murcia, el de Enrique Ortiz, el de Gustavo Faverón en USA, el de Fadanelli en México... Ahora que ya he compuesto esta lista —que era lo que más pereza me daba hacer—, creo que cualquier día de éstos dedicaré uno de mis dietarios volubles de El País a los blogs literarios.
2.
Me hace gracia esta cuestión porque hace un tiempo me preguntaron en una encuesta de El País sobre el rey Juan Carlos (que cumplía años) qué pensaba yo que había tenido que sacrificar el monarca para serlo. Y dije que al ser rey había tenido que renunciar a una vida normal como las de los demás y eso le había impedido saber quién era realmente, salvo que estuviera convencido de que él era el Rey.
3.
Si precisamente «Niño» es un gran cuento (en esto parecen coincidir muchos lectores) es porque está abierto ―ya para siempre― a muy distintas interpretaciones. Respecto a lo que insinúa usted de la bohemia (la mía) creo que ya ironicé lo suficiente en París no se acaba nunca, donde me reía de mí mismo vestido de negro en esa ciudad y jugando a ser un poeta maldito, aunque le diré que en realidad casi únicamente me interesan hoy en día las personas que van de negro y son poetas y tienen un concepto vagabundo de la vida, de modo que, ojo con mi ironía, porque siempre suele ser ambigua. En «Niño» lo que quería contar era esa idea de fondo que anida en muchos padres al dar la vida a sus hijos y que es la de también sentir el poder de darles muerte. También surgió el cuento por la necesidad que tuve, en un momento dado, de incluir en el libro un falso explorador de abismos, del mismo modo que no sé, por ejemplo, en Historia abreviada de la literatura portátil sentí la necesidad de incluir un traidor a la conspiración shandy.
3bis.
Herr Direktor..., Señor Subal, supongamos que en la entrevista te arrepientes inmediatamente de lo preguntado, te disculpas y me dices que en realidad lo que querías preguntarme era... Y va entonces la nueva pregunta que me haces.
[…]
No has de pedir disculpa alguna, no me ha molestado la pregunta en absoluto, todas las preguntas me interesan. No la he percibido como una insolencia, más bien me ha parecido que contenía curiosidad. Lo que he contestado a la supuesta insolencia, ha sido muy sincero. «Niño» surgió en parte de la necesidad de narrar ese deseo de matar que hay a veces en el que engendra. Y creo que hasta se puede interpretar también «Niño» como un comentario al derecho que tiene el propio autor de asesinar a los personajes que crea, etc.
Voy recogiendo opiniones sobre mi libro y me sorprende lo simpático que cae «Niño», el hijo de ese relato, el farsante. Me parece que no pretendía yo eso. Por supuesto, esa es la gracia de publicar cuentos, todo el mundo los ve de forma distinta.
Creo coincidir contigo en cuáles son los dos grandes textos del libro —el tercero sería «Niño»—: el cuento de Sophie Calle y La gloria solitaria.
¡Ay, ese texto, «La gloria solitaria»...! En realidad, a mí me gustaría poder escribir siempre como lo le hecho en ese ensayo que cierra Exploradores del abismo. En ese escrito es donde más me reconozco. Ahí precisamente queda claro que el público lector puede ser a veces un gran engorro. Como no estoy actualmente para perder el tiempo, creo que cada vez haré más lo que realmente quiero hacer y que por tanto mi literatura se dirigirá hacia ese tipo de escritura en la que me siento más auténtico y más libre.
En otro orden de cosas, ayer estuve un rato con Ricardo Piglia. Le comenté mi cambio de vida y lo mucho que me apasionaba la nueva historia que estaba viviendo, la historia de mi cambio de vida y mis esfuerzos por huir discretamente de mi pasado. Me habló de su admiración por El gran Gatsby, «un personaje que se esfuerza por cambiar su pasado», me dijo. Creo que en realidad con tanto hablar en mi última novela del caso de Pasavento y de su desaparición, lo que ha ocurrido es que con el colapso físico quien realmente ha desaparecido soy yo o, mejor dicho, el «yo» que era yo el año pasado. Ahora quizás me haya convertido en alguien que se esfuerza por cambiar su pasado. Necesitamos todos —tanto si escribimos como si no— vivir otras historias. Estamos constituidos por historias.
4.
Al contrario, creo que no soy valorado lo suficiente en este país porque no voy —como otros— de «importante». No soy solemne y soy autocrítico y si la gente no se inclina a mi paso es porque yo así lo he querido para poder sentirme, entre otras cosas, cómodo. Y es que soy un pendejo. Me he recorrido en otra época todas las barras de todos los bares del mundo y he hecho el ridículo en mil lugares y en otros mil he brillado. Lo he pasado genial y los mediocres han creído encontrar ahí un flanco para hundirme. No saben que mentalmente soy fuerte y puedo destrozarme a mí mismo y salir incólume. Por eso me hace gracia que algún ratón sin obra me considere vulnerable e intente, encima, medrar a mi costa. Estoy más cerca de Montgomery Clift o de Guy Debord que de cualquier monstruo académico de nuestra literatura. Soy barriobajero cuando quiero, detesto todo lo solemne, soy una víbora, soy abyecto, soy una bellísima persona en mis ratos libres. Mi literatura ha ido creciendo en importancia sin que yo haya movido un dedo para ello y en los últimos años el reconocimiento ha ido cayendo por su propio peso. Me ha divertido ver cómo me ninguneaban y cada dos por tres caía un premio nuevo en el extranjero (algunos de esos premios han sido, por cierto, silenciados por nuestra prensa cuando, de tratarse del premio a otro autor, habrían llenado páginas enteras). Encuentro un placer morboso en esto, en imaginar la contrariedad del mediocre de turno viendo que le adelanto cuando ya se creía próximo a la meta.
5.
Dice Rodrigo Fresán, en su nota sobre Exploradores del abismo, que haga yo lo que haga, siempre me ocurrirán cosas vila-matasianas. Es cierto que ficción y realidad se confunden notablemente en mí, pero yo no he inaugurado esto, pues estamos hablando de una pasión por la vida y la literatura de tipo cervantinos. ¿Que me ocurren cosas vila-matasianas? Lo sabe todo el mundo que me conoce. Basta salir un momento conmigo a la calle, ir a algún sitio y armarse de una relativa paciencia y al poco rato verá usted que ocurre siempre algo que parece salido de uno de mis relatos. Toda la realidad se parece a lo que escribo. En esta situación, Vila-Matas es obviamente uno de mis personajes. Y se da, por cierto, la paradoja de que gracias a escribir de forma tan aparentemente autobiográfica, mi verdadera vida personal se ha preservado por completo, pues no ha estado nunca ni remotamente al alcance del público. Me hace gracia cuando a veces alguien pregunta para qué sirve la literatura. Yo lo tengo precisamente muy claro...
6.
Para que tenga sentido vestido de negro en esa ciudad y jugando a ser un poeta maldito, aunque le diré que en realidad casi únicamente me interesan hoy en día las personas que van de negro y son poetas y tienen un concepto vagabundo de la vida, de modo que, ojo con mi ironía, para mí, la literatura tiene que hablar en un lenguaje libre y totalmente distinto de los lenguajes que tienen secuestrados a los pobres ciudadanos corrientes: el lenguaje de los políticos, el lenguaje laboral, familiar, deportivo, económico y, presidiéndolo todo, el lenguaje de la televisión, que es la máquina más sólida e impresionante de fabricar zombis.
7.
No se me escapa que se ha embarcado usted en su blog El lamento de Portnoy en una investigación profunda sobre por qué el narrador de Bartleby y compañía es jorobado. Yo puedo ayudarle, pero tengo que advertirle que lo del jorobado es más simple de lo que piensa. En los días en que escribí ese libro, recuerdo que estaba cansado de que, cada vez que publicaba una novela, me preguntaran los periodistas si era autobiográfica. En El viaje vertical, que es mi libro anterior a Bartleby, el protagonista era un anciano de 80 años, pero también me preguntaron si era autobiográfica. Entonces decidí que desde el primer párrafo de mi nueva novela, Bartleby y compañía, me distanciaría marcadamente del narrador con algún dato que era fácil ver que no encajaba con mi físico. No soy jorobado, pero aún así volvieron a preguntarme si el libro era autobiográfico. Añadiré algo a todo eso. Le diré algo que puede servirle para su investigación, que supongo, por otra parte, que no cesará con lo que le he dicho y le llevará a descubrir algo que ni yo sabía y que me dejará sorprendido. Le añado esto: le hice jorobado pensando en Georg Christoph Lichtenberg, que creció apenas lo suficiente para hacer inexacto el apelativo de enano, pero era jorobado y de salud precaria. Desde el primer momento imaginé que mi narrador era bajito y con joroba como el autor alemán y tenía una salud mental Bartleby. ¿Ha leído los aforismos de Lichtenberg?: «A lo más que puede llegar un mediocre es a descubrir los errores de quienes lo superan.» ¿Le digo otro aforismo? «En Zezu los profesores enseñan sentido común. Los estudiantes viven abatidos.»
8.
Difícilmente puedo sentirme heredero de Perucho cuando no lo he leído, sólo —como se sabe— lo he espiado, y no en sus escritos sino únicamente en persona, en el autobús de la línea 24, cuando regresábamos ambos a casa, él hacia la República de Argentina y yo hacia la Travesía del Mal, en los alrededores de Lesseps, y era inútil que le hablara porque él no me conocía de nada.
9.
El próximo lunes hemos quedado Quim Monzó y yo para comer. Un mano a mano. Tal vez sorprenda esto, dado que la cultura controlada por la política (véase Frankfurt) ha creado la absurda imagen de que hay un abismo entre los escritores de Barcelona en lengua castellana y los de lengua catalana. Y no es exactamente así. Monzó, al igual que Pàmies, son amigos míos desde hace 30 años y yo conecto mil veces más con lo que escriben ellos que con lo que escribe el cebollo de Trapiello, por ejemplo. He dicho Monzó y Pàmies. Y bien, son dos escritores que considero imprescindibles. Pero también conecto con autores como Carme Riera, como el oulipiano Màrius Serra, como Lluís-Anton Baulenas, Ramon Solsona, Jordi Coca, Francesc Serés (tan distinto de lo que yo hago, pero al que admiro por su inteligente y vigoroso trabajo), como Biel Mesquida (por su constante vanguardismo), como Miquel de Palol (especialmente por El jardí dels set crepuscles), como Lolita Bosch, como Empar Moliner, como Pere Guixà. Y presidiéndolo todo, el profesor Jordi Llovet, uno de los últimos intelectuales sabios que le queda a Cataluña.
10.
Marcel Duchamp. Me hace pensar en Duchamp y en el ambiente de los jugadores de ajedrez, que es mucho más simpático que el de los artistas. Se trata de personas totalmente obnubiladas, completamente ciegas, provistas de orejeras. Locos de una cierta calidad, al igual que se supone que ha de serlo el artista, aunque no lo es, por lo general. Mire a su alrededor. ¿Cuántos artistas que sean grandes locos de calidad ve usted en este momento?
Agradezco mucho la generosa mención de mi blog, me siento emocionada.
Rosa Beltrán, Alta infidelidad (México: Alfaguara, 2006)En la pasada Feria Internacional del libro compré Alta infidelidad, me ha parecido muy buena novela. Cuando terminé de leerla, me quedé reflexionando en quien de los cuatro tenía más razón de las acciones cometidas en el transcurso del despliegue narrativo, después veremos por qué comento esto. Sí Julián: divorciado, bueno en la cocina, con un hijo adolescente que pasa con él los fines de semana (siempre con problemas porque lo cree culpable de que su madre sufra), con una ex-esposa con la que no sabe por qué se casó, profesor de filosofía y a punto de cumplir cincuenta años. O si Marcela, Sabine y Silvina, sus tres mujeres, tres mujeres con las que sostiene una relación al mismo tiempo. Por obvia lógica, un hombre que tiene tres mujeres al mismo tiempo no sólo puede parecer un cínico sin ninguna ética, sino un mujeriego con alguna patología. Sin embargo, en la novela no se percibe así, al menos yo no lo veo así. Más bien me pareció un personaje que retrata al hombre insatisfecho de muchas cosas en la vida, con una profunda soledad y muy poco comprendido. De las tres mujeres, Marcela es quince años menor que Julián, cuando es niña:
Primero había sido el tío, a sus cuatro años, cuando ella, vestida como un pastel, se acercó a saludarlo y él la sentó en sus piernas. Bajo el vestido de encajes sintió de pronto que la mano del tío sacaba algo blando de un cierre y que ponía aquello debajo del vestido hampón. Y sintió también cómo se mecía y se apretaba el tío, deteniéndose sólo para aplaudir entre un número y otro de aquel festival, como si estuviera muy contento con lo de los perritos brincando aros, tomando las manitas de ella y haciéndola aplaudir también.De adolescente tenía un rostro sembrado de barros, le decían "vodka", porque estaba hecha de grano. A los 17 años se va a vivir sola. Entra a la Universidad a estudiar literatura, se le desaparecen los barros, se convierte en una mujer atractiva y después de varios problemas que la llevan a devorar libros, se gradúa y obtiene una plaza de investigadora "en lo único que parecía tener todavía sentido, dada su afición a leer al revés o más bien a desleer: los estudios de género". Más tarde escribe un libro sobre mujeres ilustres. A Julián, lo conoce porque un día irrumpió en la revista que ella editaba y "luego de mirarla de arriba a abajo, sonriendo, le dio a entender que tal vez querría algo más que publicar ahí".
Inician una relación bajo cánones bastante conocidos: ella va dos o tres veces a la semana a la casa de Julián, tienen relaciones sexuales, y los fines de semana él sale con su hijo. Una mañana llega Marcela a casa de Julián (se habían citado) y él no está, la sirvienta que le hace el aseo del departamento le abre y ella encuentra entre los papeles del profesor de filosofía una carta amorosa de una mujer. A partir de ese momento, los celos se apoderan de ella y cambian muchas cosas. La escena que tiene lugar durante una reunión (Marcela se emborracha y se pone a gritar cosas a Julián sobre intimidades) resulta el inicio de otra relación en la vida de Julián, entra en escena Silvina, una mujer exitosa que vive en Nueva York y que se embaraza después de un tiempo de salir con Julián (aunque éste no quería más hijos ni se entera de nada hasta que ella ya está embarazada). Estas dos relaciones lo tienen en un estado nada agradable. Silvina lo llama constantemente, es muy demandante, y Marcela ya no es aquella mujer con la que él se sentía bien, ha cambiado hasta su manera de vestir y no lo deja ni a sol ni a sombra.
Este estado lo lleva a la relación con Sabine, la hija del matrimonio formado por Pável y Helga, sus amigos. Una jovencita de 24 años que lo introduce a las drogas, una adicción que lo lleva a tener una crisis que termina en el hospital. Sabine es anestesista y con dinero de él monta su clínica (él le da el dinero, pero además aprende a hacer su firma y con ello usa su chequera para varias cosas, como pagar el psicoanalista de la ex-mujer de Julián). Mientras Julián está en el hospital recuperándose, las tres mujeres, que ya habían descubierto el engaño de Julián, se encuentran perfectamente: Marcela ha publicado su libro sobre mujeres ilustres, Sabine tiene su clínica y Silvina sigue exitosa y está por ver llegar a su hijo al mundo. Las tres ya son amigas.
Parece ser que el amor cambia cuando los celos se instalan en las relaciones. Ese estado de demanda constante convierte a las personas en otras personas, las lleva a realizar acciones que nunca se creía poder realizar, hasta perderse a sí mismas y convertirse en lo que se cree la pareja quiere que la mujer se convierta. El resultado es la soledad para todos, la imposibilidad del amor. De igual forma, los asuntos del mundo se ven diferentes cuando se tienen cincuenta años, como Julián, que cuando se tienen veinte o treinta años, como Marcela, Sabine o Silvina.
El siguiente fragmento está en la novela, lo he titulado: Sonia y Tolstoi"Lo enigmático para Marcela, al estudiar a las Mujeres Ilustres, era darse cuenta del papel protagónico que los celos tenían en la construcción del genio. Esa extraña cualidad que distingue a ciertos seres de quienes simplemente viven y perciben el mundo a través de los demás atravesó la vida de Lev Tolstoi, el monstruo totalizador del siglo XIX. Estaba presente en su obra, en su relación con el medio, en la férrea voluntad de volverse alguien que no era. ¿Quién podría negarlo? ¿Quién podría dejar de ver en él al genio creador al leer Guerra y paz o Ana Kerenina? La respuesta es: casi todos. O una inmensa mayoría. Los tiempos actuales prefieren ver en él al gurú, al octogenario intransigente y feroz que vestido de mujic y excomulgado funda su propia iglesia. Prefieren ver al santo. Al hombre que renuncia a sus bienes y recibe a cientos de fieles anuales en su tumba. En cambio es dificil ver al conde luego de una cabalgata en la nieve o sentado bajo el gran pino de su finca de Yasnia Poliana rodeado de los trescientos treinta ciervos que no se ven, que no deben ser vistos, dando órdenes a Masha, decepcionado de Serguéi, aplaudiendo a Saha, dirigiendo, en fin, las pompas del mundo a las que supuestamente renunciaba sin mirar a Sonia, su mujer y la madre de los nueve hijos de trece que aún (en esta escena) están vivos. Más difícil es no ver a Sonia sola, no sólo por su propio peso en la vida del genio tras cuarenta y ocho años de matrimonio, sino porque el mito ha hecho de ella la causa del infierno que fue la vida doméstica del conde y el detonador de su huida final a Astrapovo, huida que le provocó una neumonía y la muerte. En nuestro imaginario, Sonia aparece así:
Enfurruñada, reprochando a su esposo que pase tantas horas escribiendo;
De pie, con las manos en jarras, echándole en cara que tenga ella que ocuparse de las cuentas;
Celosa, arrojándose al estanque helado, de donde es casi imposible sacarla por el peso del agua en las botas;
Furibunda, blandiendo papeles, el enterarse de que su marido ha renunciado a los derechos de sus libros.
Raras veces la imaginamos copiando las distintas versiones de la abundante obra de su esposo; pasando en limpio páginas llenas de correcciones; reescribiendo varias novelas enteras; opinando, aconsejando a aquél que le agradecía ser su mejor lectora; al frente del futuro, de las tierras y los hijos. O llorando por causas que no están exageradas o absurdas, como la muerte de tres de sus hijos, en particular de Alexei, quien murió a los cuatro años y medio, de amigdalitis, después de un angustioso día y medio de respirar cada vez con mayor dificultad. "Pero qué débil es la pobre" escribió Tolstoi, "cómo no se alegra, cómo no ve en la muerte de su hijo la voluntad del Señor".
No imaginamos tampoco a Lev Tolstoi en su depresión brutal, a los cuarenta y nueve años, hundido en la espiral del sin sentido y de las tentaciones suicidas. No lo imaginamos, en parte, porque la genialidad da un matiz distinto a estas reacciones. Pero, sobre todo, porque la figura enorme de su mujer tratando de arrojarse por las ventanas o dándose de golpes en el corazón con un martillo es más literaria y por tanto, más memorable. Para nosotros, ella es la suicida. La esposa perturbada que chilla, que atormenta, que sale corriendo casi desnuda al bosque nevado, que amenaza con arrojarse al pozo o envenenarse con opio y amoníaco. La mujer que vemos lanzarse una y otra vez en nuestra mente en la primera zanja disponible.
(...) Marcela tiende a pensar que no fue azaroso que Lev Nicolaievich Tolstoi escogiera a Sonia, esa mujer de dieciocho años (teniendo él treinta y cuatro) y de menor rango. Porque lo que sentía por Sonia era pasión: "Estoy enamorado comop no pensé que se podía amar. Estoy loco, acabaré por pegarme un tiro si esto sigue así". Y en el mejor momento de esa pasión, es decir, en el más terrible e intenso, los primeros años de matrimonio, fue cuando escribió sus mejores obras y cuando la pasión decayó, dejó de escribir y se hizo aspirante a santo. ¿Habrá que creer que la pasión opera en nuestro favor a pesar nuestro?
Algunos dirán: Lev Tolstoi produjo a pesar de Sonia, lo habría hecho con o sin ella. Pero esto es una especulación. El hecho irrefutable es que lo hizo con ella".
Fotografía.
Han pasado años y aún me parece increíble que si los estudiantes sabíamos cómo iba todo en este curso, 22 estudiantes de 25 no leyeran la novela y se fueran a extraordinario y los más hayan repetido el curso pues reprobaron el extraordinario. Mi generación tuvo suerte de tener un profesor que conocía el libro al revés y al derecho, pero se de profesores en varias universidades de dentro y fuera del país que dan el curso y no han leído El quijote completo. Igual sucede con varios libros, como apuntó Pierre Bayard.
Esta viñeta de Forges, es estupenda. Si Cervantes la mirara...
El siguiente anuncio de libros o con libros lo ha realizado Guinness, una cerveza negra "elaborada por primera vez por el cervecero Arthur Guinness en la empresa cervecera denominada St. James's Gate Brewery ubicada en la ciudad de Dublin, Irlanda". Si bien se comprende que al final se vea toda una cerveza hecha con miles de libros ¿qué tiene que ver la cerveza y los libros? Pero además está la participación de todos los habitantes del lugar.
Aquí el video.
21 de diciembre.
Queridos amigos, hay dos opiniones referentes a la relación de la cerveza y los libros en el video. Una es de Alba, nos comenta lo siguiente: "Al final del anuncio dice: Good things come to those who wait -Buenas cosas vienen para los que esperan-. Ahí está la relación: se requiere tiempo para leer y para obtener una buena cerveza".
Y la otra es de nuestro amigo Chesús, nos dice: “Es obvio el mensaje de Guinness: "Fijaos si son importantes los libros que son absolutamente imprescindibles muchos volúmenes para poder representar una gigantesca pinta de la mejor cerveza negra del mundo". No han escogido cajas de vídeos para hacer el juego, ni carteles de Mónica Bellucci siquiera, ni ordenadores portátiles... No, han escogido libros. La clave es la participación de todos. La dimensión universal de la bebida la consiguen mostrando no una taberna irlandesa, sino un poblado de algún lugar más o menos remoto de América Latina” (que por cierto, no atino a saber qué lugar es).
Muchas gracias a los dos.
Sándor Márai, La hermana, Trad.: Mária Szijj y J.M. González Trebejo (Barcelona: Salamandra, 2007)He querido que pasara al menos un día después de terminar La hermana, para ser lo más objetiva posible. Es una novela en la que paralelamente a la admiración por una excelente escritura, se presenta un estado de sobrecogimiento. Creo que parte de esto último se debe a que afecta a quienes hemos pasado por esos momentos en que la enfermedad de un ser querido se muestra así, de pronto, sin ser requerida ni nombrada, sólo sabes que ahí está, que se revela y lo percibes, guardándola en secreto lo más posible para no desfallecer en ese momento.
La novela nos ofrece dos historias, "el lenguaje es creador cuando se pone al servicio de la ficción", como apunta Genette. En el primer relato hallamos un segundo relato que viene a incrustarse en el discurso narrativo como componente configurativo del propio discurso, esto es: leemos una historia contada por un narrador, mismo que al paso del tiempo (dentro del tiempo del relato) nos ofrece otro relato escrito por otro narrador. La primera historia se nos presenta como pre-texto narrativo de lo que después será muy importante. El narrador de la primera historia es un escritor, el de la segunda es un famoso pianista y compositor húngaro, Z.
Es una navidad durante la última guerra mundial y en un apartado hotel en la montaña de un hostelero rumano, se encuentran varios huéspedes. Entre ellos hay un escritor, un célebre pianista, Z., una pareja distinguida y algunos cazadores. Los días son muy húmedos, hace extremo frío y no para de llover. Bajo este gris ambiente una tragedia tiene lugar, una pareja de amantes se suicida en su habitación. Aunque el escritor ya conocía tiempo atrás al pianista por haberlo escuchado en algunas de sus presentaciones, en su estancia en el hotel no habían cruzado palabra fuera del "buenos días" o "buenas noches" acostumbrados. El escritor sabía que el pianista se había retirado de la música, lo que no sabía es por qué lo había hecho, estaba en la cumbre de la fama y las noticias no habían dado explicación alguna sobre el suceso.
El suicidio de los amantes es el motivo que une al escritor y a Z. al comentar sobre el terrible lance, digamos que se hacen amigos, por decirlo de alguna manera. De esta forma, el escritor se entera "de la verdad sobre el destino de Z.". El compositor le dice que le gustaría leyera un manuscrito suyo del que no puede jactarse que sea una obra literaria, "pero usted es escritor, tal vez lo entienda". Sin embargo, el pianista se va del hotel sin dejarle nada al escritor, ni una nota de despedida. Pasan ocho meses y "un día de otoño, leyendo el periódico del medio día en el tranvía", el escritor se entera de que Z. ha fallecido. Tres semanas después le llega por correo, remitido por la embajada de Suiza, el manuscrito de Z., él había dispuesto que se lo hicieran llegar como herencia. Y es en este instante cuando se inicia la otra historia: "He aquí el manuscrito de Z.", nos dice el primer narrador.
¿Que hay en este manuscrito? La narración de Z. sobre su enfermedad y lo que la envuelve: cómo surge (el día en que los alemanes ocupan Varsovia), su asunción, el verla a veces como castigo, el amor, el erotismo, el dolor a veces inaguantable y sólo soportable gracias a las drogas, la posibilidad de la muerte, la comunicación con dos médicos que le hablan tanto de un Dios como único capaz de curarlo como de un erotismo que lo puede llevar a salvarse. Es de destacar la importancia de la música (este tema de la música merecería un texto completo para él solo), del cuerpo, así como la relación sensual con la hermana (una monja que lo cuida en el hospital). Mientras transcurria mi lectura me preguntaba ¿por qué se llama "la hermana" la novela? ¿será por la hermana del pianista? una hermana que aparece un segundo en todo el libro. Pero después se cae en la cuenta del por qué del título. Asimismo, es substancial su relación pasada con E., tal vez el detonante de esa enfermedad que lo aqueja... E, es una mujer casada y frígida, pero a él esto parece no importarle:
Algunos hombres aman con el cuerpo, otros con el dinero o con el intelecto. Yo amo con la música. En nuestra relación, la música ha constituido un vínculo más estrecho que cualquier vínculo erótico y carnal. Tú que entiendes de todo y me hablas de la otra orilla, seguramente sabes qué fuerza tan inmensa posee la música. Tiene más fuerza que el beso, que la palabra, que el tacto. Lo que uno ya es incapaz de contar con el cuerpo y el espíritu, termina contándolo con la música. Yo he sido la única persona que ha sabido hablarle a ese cuerpo precioso y enfermo... ¿Acaso no lo sabías? Le hablaba con la ayuda de la música.
Del amor:
¿Qué sabemos sobre la verdadera naturaleza y las intenciones de esa fuerza? El sabio afirma que el amor es una de las manifestaciones de la locura, una ataque de nervios agudo que se supera con el tiempo; la literatura de cada época da un sentido distinto a esta pasión, la ennoblece, la califica como la manifestación emocional más sublime o la más depravada del ser humano. Pero ¿cuál es la realidad?
Hay algo que tiene más fuerza que mi cuerpo, más fuerza que mi enfermedad, que la pasión y la voluntad del mundo, si, algo más fuerte que el destino y Dios: la disciplina del artista, la conciencia del demiurgo que no se apaga mientras no haya cumplido la tarea de la creación.
Leopoldo Brizuela
Hay un misterio en las novelas de Sándor Márai, en el silencio de sus personajes, en la oscura motivación de sus acciones y sus reposos tensos, en las sombras de esos escenarios opulentos y decadentes, ya para siempre perdidos. Ese misterio empezó a conquistar a millones de lectores en todo el mundo desde 1999 (diez años después del suicidio del autor y a medio siglo de su partida de Hungría), a la vez como un presagio y una clave del horror que pronto estallaría. Algo parecido pasa con su vida. Los recuerdos de su familia, que lo concibió y lo crió como la flor de una estirpe y una clase social; sus prematuras memorias; los infinitos testimonios dejados por la prensa y la crítica, que durante al menos veinte años lo reflejaron según el molde del "escritor exitoso"; y por fin, las miles y miles de páginas de los diarios personales que llevaron, durante décadas y décadas, él y su esposa; todo ese material revela, por contraste, un itinerario irreducible a cualquier esquema o mote, empezando por el que él mismo eligió ponerse: el de burgués.
¿Quién era Sándor (Alejandro) Márai?, se pregunta el lector de sus relatos, perplejo ante la reserva de sus biografías, intuyendo que en él hubo alguien capaz de mirar a los ojos la tragedia y de sobrevivir a ella. "Pero ¿qué puede responderse con palabras?", replica uno de los personajes de su novela El último encuentro. "¿Y de qué vale, en todo caso, una respuesta dada en palabras y no en la moneda de una vida entera." Así, mientras dure nuestra pasión por su literatura, quizá no nos quede otro remedio que narrarnos una y otra vez la historia de Sándor Márai, dispuestos a corregirla cuando un nuevo dato invalide el esbozo anterior; guiados apenas por la esperanza de recibir, en su moneda, el pago a la templanza que exige su lectura.
El escritor que hoy conocemos como Sándor Márai nació en la primavera de 1900, cuando el Progreso llevaba a las capitales de provincia más alejadas de los imperios, a Oporto y a Calgary, a Melbourne y a Tacuarembó, los sorprendentes monumentos de la ciencia y la industria. Al pie mismo de esas montañas boscosas a las que alude el nombre Transilvania (durante siglos y siglos, el límite inestable de Europa, de la seguridad, de la civilización, del logos), los habitantes de Kaschau, la segunda ciudad de Hungría, se jactaban, no ya de sus iglesias y de los antiguos hitos de su lucha contra los bárbaros, sino de una espléndida estación de trenes sorprendentemente parecida a la de La Plata; de la flamante red de alumbrado público que permitía, en torno a la estación, el florecimiento de los cafés y en ellos una vida cultural; y por supuesto, de una media docena de palacios en los que vivían los sacerdotes del nuevo credo del "capitalismo sin cese". Entre ellos, la mansión de los Grosschmidt (tan inconcebiblemente compleja como para haber logrado albergar, no solo a cada nueva familia que se incorporaba al clan, sino incluso la sede del principal banco húngaro y un cabaret de lujo disfrazado de restaurante) se destacaba ante todo por la entrada semejante a la de un escenario por donde el gran patriarca salía, cada mañana, obeso y determinado, rumbo a las oficinas que mantenían un imperio financiero; y por donde entró, aquel anochecer del día de San Alejandro de 1900, a conocer al primogénito y a sacarlo, casi inmediatamente, a uno de los doce inmensos balcones que medía la fachada; uno se imagina a los habitantes del Kaschau contemplando allá arriba al recién nacido e intuyendo, ya, algo de esa importancia que nosotros aún no podemos definir. Y al propio chico, que habrá visto también en el horizonte lo que nadie veía: el perfil amenazante del bosque, de la barbarie, del mito.
Como fuera, ese gesto paterno (Sigue aqui).
Obras literarias de la UNAM, en internet
Posted by Magda Díaz Morales in Escritores mexicanos, Libros
Interesados en obras literarias emblemáticas publicadas por la Dirección de Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México, podrán ser consultadas y hasta se pueden imprimir si se desea. Estas son las direcciones:
1) Literatura
2) Periódico poesía
3) Material de lectura
4) Punto en línea
Santiago Roncagliolo, Matías y los imposibles, Ilustraciones de Ulises Wensell (Madrid: Siruela, 2006)Santiago, el narrador de este libro, es un escritor que nos relata una historia que a él le han contado los personajes de un cuento que ya no existe. Estos personajes han buscado el número del escritor en la guía y le llaman por teléfono, se reúnen en su casa y le solicitan que por favor escriba un cuento, será un relato que ellos le van a contar y de esta manera dejarán de vagar buscando papeles secundarios en otros cuentos porque ya tendrán su propio cuento y mientras alguien lo lea, vivirán para siempre.
El protagonista de Matías y los imposibles era feo, el más feo de los feos: "Tenía unas orejotas puntiagudas y era muy bajito y narigón, y sus gafas eran tan gordas que sus ojos se veían chiquititos ahí dentro, como dos huecos de nariz". Afortunadamente al tímido Matías, el ser feo y que en el colegio hicieran chistes sobre ello no le preocupaba mucho. Sin embargo, se sentía solo porque jugaba mal al futbol y nadie lo invitaba a los partidos, tenía pocos amigos. Así que no le queda otra que ser estudioso, especialmente le agradaba escuchar historias. Su abuelo le contaba cuentos siempre con los mismos personajes: "el príncipe Guillermo, el brujo Gorgon y el hada Luz. El príncipe era muy guapo, pero el envidioso Gorgon lo convertía siempre en sapo, en murciélago, en examen de matemáticas y en otras cosas horribles. Entonces aparecía el hada Luz y lo salvaba. Y juntos derrotaban al brujo".
Aunque estas historias que le contaba su abuelo eran todas casi iguales, a Matías le gustaban porque mostraban un mundo en el que a él le gustaría vivir pues todo terminaba siempre bien y nadie se burlaba de nadie ni nadie tenía que jugar al futbol si no quería. Pero además le agradaba que mientras su abuelo contaba las historias, también ponía música y bailaba con la escoba:
El abuelo era genial. Cazaba lagartijas y mariposas con una red sólo para mirarlas, y luego las soltaba en el río del pueblo. Cocinaba fatal, eso sí. Su plato más exquisito era arroz seco con pedazos de tomate crudo. Pero hasta eso era divertido. Matías siempre había vivido con él, y aunque veía que los demás chicos tenían padres y madres, nunca sintió que le faltase nada.
Al poco tiempo el abuelo cae gravemente enfermo. Ya no comía, no podía moverse, nada. Matías intenta contarle un cuento para ver si se anima, como el abuelo hacía con él, pero nada, no puede, se da cuenta de lo difícil que es contar cuentos. Pero de pronto, la última noche, el abuelo habló y le empieza a contar un cuento cuyo final no llega, el abuelo muere antes de narrarlo. En ese cuento también el hada Luz está a punto de morir. Matías va a dar a un orfanato de donde se escapa:
Cuando llegó a casa, Matías se sentó a comer solo, se fue a lavar los dientes solo y se puso el pijama solo. Y entonces percibió la ausencia del abuelo. La compañía de una persona está llena de ruidos: la cadena del váter, el grifo de la cocina, las toses. Para Matías, estar solo significaba que nada sonaba a su alrededor. Esa noche, en vez de meterse en la cama, se cubrió con las mantas de la cama. Y así permaneció durante horas y horas, porque quería no estar en ninguna parte, quería desaparecer y que nadie le hablase nunca más de tan triste que se sentía.
Hasta que a media noche alguien tocó la puerta del armario...
Matías y los imposibles no es sólo un libro para niños, lo es también para adultos como la mayoría de la llamada literatura infantil. El trabajo del narrador es de destacar: en ocasiones está contando y de pronto detiene por unos instantes su narración para ponerse a dialogar con el lector, le hace preguntas o le comenta alguna precisión que cree necesaria. Un libro bastante recomendable y muy entretenido en el que, además, encontramos un tratado interesante sobre el proceso de escritura.
Si observamos, cuando se habla de Frida Kahlo se dice más sobre sus sufrimientos, dolores, amarguras, que si era bisexual o no, que si era alcohólica, que le perdonó a Diego Rivera que se metiera con su hermana y demás infidelidades, y tantas cosas más cargadas de morbo, que sobre su obra en sí. Quizá ello se deba a que su vida fue sumamente dificil y mueve el espíritu y a que su misma obra refleja todo lo que vivió y sintió. La película no me pareció mala, pero excelente tampoco. No la vería dos veces, tiene mucho de Hollywoodense. Esas escenas surrealistas como ver a Chavela Vargas, el personaje de la Muerte, cantándole "La llorona" a Frida Kahlo, me pareció desgarradora, y patéticas las que muestran a hombres y mujeres -algunas de ellas amantes de Diego Rivera- cuando llegan a la cama de la pintora a tener relaciones íntimas con ella, eso según la cinta.
Frida Kahlo probablemente fue todo esto que refleja la película o no. De lo que estoy segura es de que fue mucho más que todo ello. Si a alguien le interesa conocer más de la artista por favor visiten esta página: Museo Frida Kahlo.
Mariana Alcoforado, Cartas de amor de una monja portuguesa (México: Ediciones Coyoacán, 2005).El libro está compuesto por cinco cartas escritas por Sor Mariana Alcoforado, entre 1667 y 1668, en el convento de Beja, en Alentejo. Están dirigidas a Noel Bouton de Chamilly, miembro del ejército francés que apoyaba, dice Ida Vitale en el Prólogo, los afanes portugueses por independizarse de España. En el momento que escribe las cartas es ya una monja profesa. Según se nos cuenta, un día ve pasar desde la terraza del convento a un grupo de oficiales franceses entre los cuales distingue a Noel Bouton. Éste a su vez repara en Mariana.
El rigor de los conventos no era mucho, señala Vitale, como es bien sabido; no faltaba la comprensión y la complicidad de otras religiosas, por lo mismo que abundaban las que se consumían por intereses familiares o por simple abandono en una clausura para la cual carecían de vocación. Cierta amplitud de mangas aseguraba contra perturbaciones mayores, arrebatos de misticismo, endemoniadas y milagrosas, epidemias que se contagiaban de un convento a otro combatidas por la iglesia a sangre y fuego.
Estas cartas fueron publicadas originalmente de manera anónima en Francia por Claude Barbin, adaptadas al francés por Gabriel de Lavergne, conde de Guilleragues. Se llegaron a editar con el nombre de Guilleragues, gracias a Frederic Delofre. De esta forma pasaban a ser mera ficción, borrando del mapa a Mariana Alcoforado. Después, en la época de Rousseau, "con su habitual desdén por el intelecto femenino había descartado la posibilidad de que una simple mujer pudiese no sólo experimentar pasión sino expresarla por escrito de manera convincente". Sin embargo, siguieron las investigaciones y una búsqueda profunda afirmó la existencia de Mariana Alcoforado:
Se supo que fue algo más que portera de su convento; llegó a superiora del mismo. No murió de amor como pensó en algún momento de su desesperada pasión sino que vivió hasta los ochenta y tres años, sobreviviendo en ocho a su amante.
Lamento, sólo por vuestro amor, todos los placeres infinitos que habéis perdido: ¿es posible que no los quisiérais gozar? ¡Ah! Si los conociérais sin duda veríais que son mucho más intensos que lo que os produce mantenerme engañada y comprenderíais que uno es mucho más feliz, que siente algo mucho más fuerte, cuando ama de manera violenta que cuando es amado.(Fragmento de la tercera carta).
Aún las religiosas más severas se compadecen del estado en que estoy, incluso me tratan con cierta consideración y miramientos. Todos se sienten conmovidos por mi amor. Sólo tu permaneces en tan profunda indiferencia, sin escribirme más que cartas frías; llenas de reiteraciones, la mitad del papel sin utilizar, se me hace groseramente evidente que te mueres de ganas de terminarlas rápidamente (Fragmento de la cuarta carta).
Pedro Castera, Carmen. Memorias del corazón, 3ª. Ed. (México: Porrúa, 1986) El Romanticismo en el siglo XIX no se circunscribe solamente a una forma de expresión literaria, existe como interpretación de la vida en la mujer y el hombre de esa época. Sienten, piensan, se mueven, actúan como románticos. Julio Jiménez Rueda, en Letras mexicanas en el siglo XIX, apunta: “La razón del ser del mundo está en el hombre mismo, no en su inteligencia, que no comprende, sino en su pasión que todo lo adivina. He aquí la razón de ser del Romanticismo”. La importancia de la obra literaria del poeta, narrador, político y periodista Pedro Castera, dentro de este periodo en que vivió y escribió, está bien resumida por Luis Mario Schneider: "En la literatura mexicana, Pedro Castera se redime como pionero, como innovador extravagante y por esta relación en la que el hombre y obra se trasmutan y en la que el delirio cobra su precio".
Pedro Castera pierde la razón en 1883; sus biógrafos aducen que el cúmulo de actividades periodísticas, la producción y publicación de sus obras y la preocupación por un litigio personal que sostenía, pudieron conducirlo a una crisis metal. Fue conducido al hospital de enfermos mentales de San Hipólito, del cual salió después de seis años. En 1890 comenzó nuevamente a publicar en El universal, hasta que su enfermedad vuelve a presentarse y lo lleva a terminar sus días en su casa de la colonia Tacubaya en la Ciudad de México, en una situación precaria.
En Carmen. Memorias del corazón, novela sentimental publicada en 1882, se plantea el problema del incesto por primera vez en la literatura del siglo XIX, sino me equivoco. En ella, se puede explicitar ya el enfrentamiento de dos planos: el del discurso erótico sentimental del Romanticismo, que prescinde aludir a la entrega física, frente al discurso erótico sensual del Modernismo, en el que emerge una sexualidad menos etérea entre la pareja y adonde el cuerpo ya constituye un referente deleitoso y concupiscente. El relato inicia desde el punto de vista del narrador-personaje (NP) que nos manifiesta su situación:
Tenía yo veinte años y, a mis solas, me juzgaba un poquito calavera. En las noches jugaba, bebía y enamoraba a veces con consecuencias (…) Todas las noches me proponía volver cuanto más temprano me fuese posible, pero el hecho es que yo siempre llegaba a las dos de la mañana, eso sí, lleno de remordimientos y de propósitos de enmienda. –Yo soy un borracho decente.
Carmen se enamora de su padre. El narrador ya lo había intuido, ayudado por el tío, que ella lo amaba cuando ésta, estando él de viaje, le escribe una carta en la que le dice: “El ser que te ama a ti… está muerta para todo lo que no eres tú”. Pero Carmen está enferma, nos enteramos de ello bastante pronto. La madre del narrador le dice: “Lleva algunos días de quejarse del corazón”, pero Carmen dice que solamente se debe a que lo extrañaba mucho. Al enterarse Carmen de que no es hija del narrador le guarda profundo agradecimiento, expresa conmovida y con lágrimas: “Vida, educación, sentimientos, ideas… ¡Todo, todo me has dado! ¿Comprendes lo que yo siento?”.
Carmen cada día se vuelve más celosa y a pesar de saber y sentirse amada, los celos siempre estallan. La existencia de Carmen está consagrada a la de quien un día creyó su padre y se angustia, sufre, teme por los celos, por la presencia de un rival: el pasado del protagonista. El final de la novela es muy conmovedor…
Para el siglo XXI esta novela resultaría demasiado sentimental. Si bien los temas del amor, los celos, el incesto, la muerte, no son de época, sí influye el tiempo histórico en que éstos fueron plasmados en la literatura, en las obras de ficción. Carmen es una adolescente enamorada de un hombre que le dobla la edad y sufre por ello, pero sufre mucho, exageradamente se podría decir. La ausencia del ser amado la postra hasta enfermarse; y él, si ella le faltara, no podría vivir. El hombre es la paradoja de la inmanencia y la trascendencia, este aspecto paradójico del hombre se pone aún más de relieve en el amor. Pedro Castera, en el momento que le tocó vivir, parece entenderlo así.
Todo México mantiene la tradición prehispánica de honrar a los muertos en cada 2 de noviembre. Ante la riqueza cultural de esta festividad, la opción meramente consumista del Halloween importado resulta una soberana estupidez.
“Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía” (Octavio Paz).
"El Día de Muertos es una celebración anual de raíces prehispánicas y modalidad cristiana, que se lleva a cabo el día 2 de noviembre para conmemorar a los fieles difuntos. Aunque presenta múltiples manifestaciones según la región en que se practique, es muy común encontrar en los hogares mexicanos altares que permanecen varios días, adornados con papel picado y flores de cempasúchil, en los que se colocan, además de velas y veladoras, imágenes de santos o de difuntos y ofrendas consistentes en platillos típicos de la zona (tamales, moles, atoles y en general todos aquellos que prefirieron los difuntos). Esta tradición se basa en la creencia de que en esta época del año las "almas" de los muertos pueden visitar a sus parientes de este mundo; las luces de las veladoras hacen las veces de faros que guían a cada una hasta su altar respectivo, para que al llegar a éste pueda consumir lo que se les ha preparado.
El origen del ahora llamado Día de muertos es incierto, se remonta según algunos estudiosos hasta el año 800 a.c. en el llamado festival de muertos, celebrado entre los aztecas durante los meses de julio y agosto, como una fiesta para celebrar el final de la cosecha de maíz, frijol, garbanzo y calabaza, que formaban parte de la ofrenda a la diosa Mictecacihuatl, reina de Chinahmictlan, guardiana del noveno nivel del infierno, llamado Mictlán. Algunos aseguran que la tradición del festival se mezcla con la costumbre prehispánica de enterrar a los muertos con objetos, comida y ofrendas para su viaje a la otra vida.
Esa tradición nace de la creencia que al morir, las personas pasan al reino de Mictlán, donde tienen que estar un tiempo para después ir al cielo o Tlalocan. Para el viaje, nuestros seres queridos necesitan comida y agua para el camino; veladoras para alumbrarse; monedas, para pagar al balsero que los cruza por el río, antes de llegar a Mictlán y un palo espinoso para ahuyentar al diablo. Todo esto, se colocaba en su tumba y en el altar de muertos, para su visita anual a los vivos, en el que se coloca copal y flores de cempasuchil para marcar el camino.
Al llegar los españoles, estas creencias fueron adaptadas al calendario cristiano y se celebran el 1 y 2 de noviembre. En la actualidad, el día de muertos consiste principalmente en altares en las casas para los seres queridos de la familia: parientes, amigos, personajes públicos. Además, en esos días se consume "pan de muerto", hogazas de forma semiesférica adornadas con "huesos" y "lágrimas" de la misma pasta; dulce de calabaza y "calaveras" de azúcar que llevan nombres propios y son un regalo común. También es popular el uso de “calaveritas”, versos dedicados a personas públicas o personajes del imaginario popular, en tono de sátira o burla".
Nota: Lo escrito es propiedad de: Nuestro Hammam. Sólo copio una breve parte, quien tenga un poco de tiempo por favor pase a ver que lindas imágenes han puesto y que cosas tan interesantes cuentan sobre esta tradición mexicana. Incluye un excelente video.
Datos personales
Etiquetas
Dietario
* La historia de Jean (impactante y muy triste).
* Clásicos en la biblioteca.
* Nabokov según Amis.
* Wallander ¿pierde la vida?


