La bandera inglesa: Imre Kertész

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Imre Kertész, La bandera inglesa, Trad. Adan Kovacsics (Barcelona: Acantilado, 2005)

Comenta Kertész, en la contraportada del libro: «Siento por estos relatos algo muy especial, porque son fragmentos de mi propia vida: el desaparecido mundo de mi juventud en Budapest, bajo el estalinismo; aquellas figuras pintorescas, preparadas para sobrevivir, algunas de las cuales no me eran en absoluto ajenas; mi encuentro con la música de Wagner y con la literatura; el despertar de una gran aventura intelectual... y la súbita ruptura, simbolizada en el pasar de un jeep con la bandera inglesa. Cuando terminé de redactar estos relatos, tuve durante largo tiempo la sensación de que acababa de hacerme un regalo a mí mismo».

"¿Para qué la experiencia? ¿Quién ve a través de nosotros? Vivir, pensé, es un favor que le hacemos a Dios" (Kertész)

Si los gobiernos del mundo se pusieran a pensar, tan solo un poco, en el inmenso e irreversible daño que provocan en la vida humana cuando son dictaduras, totalitarismos, o, también, malos gobiernos, otra cosa sería la humanidad. Al recordar lo que las guerras hicieron en Hungría (por hablar solo de este país donde transcurre el cuento), recorrer las calles de Budapest punza, da rabia, como da el reflexionar lo que ha sucedido en nuestro propio país que aunque diferentes situaciones han causado dolor, impotencia y miedo, miedo a ver lo que sucede ahora o a que vuelva a suceder lo que ya se produjo porque, como dice Kertész, “si ya pasó, puede volver a pasar”. Paralelamente existe siempre la esperanza por un mundo mejor, tanto el propio como el ajeno, que es uno solo.

Imaginemos la vida de un joven de veinte años, como el protagonista de “La bandera inglesa”, el primer relato de este libro del nobel Imre Kertész, una vida que “aspiraba, con todas sus energías, a vivir” y que, sin embargo, “transcurre en la oscuridad, se mueve a tientas en la oscuridad, que carga con el peso de la oscuridad, pues solo así podía vivirla”. Este joven se mantenía en contacto con el mundo a través de su gran pasión por la lectura, “como a través de un traje protector”. La lectura era su mundo mendaz, “pero aun así vivible y, de vez en cuando, casi tolerable”.

El joven del que hablamos acudía todas las mañanas, “a una hora atormentadora: a las siete”, a la redacción; era un joven que quería vivir, aunque su vida solo transcurría. Se movía en una época en la que el asesinato era un hecho más, en donde comía a través de tarjetas de racionamiento, en particular “tratándose de la carne”, donde los grandes almacenes eran de propiedad extranjera, de las fuerzas de ocupación, y en los cuales sí se servía carne, pero al doble del precio habitual (“es decir, el doble de lo que habrían pedido en otro sitio, si en otro sitio hubieran servido carne”). Cuando en aquél entonces le acechaba algún peligro de muerte en la redacción, en la forma de alguna “reunión”, por ejemplo, él se iba a comer al Corvin, se regalaba:

Un filete de carne rebozada (muchas veces gracias a un adelanto sobre mi sueldo del mes siguiente, porque la institución del adelanto se mantuvo vigente durante un tiempo, por causa de algún olvido sin duda, cuando todo había perdido la vigencia); y por mucho que me enfrentara a numerosos, diversos y fatalmente aburridos peligros de muerte, la conciencia de haberme “regalado” algo antes, o sea, la conciencia de mi prevención, de mi secreto, es más, de mi libertad inherente a aquel adelanto y a aquella carne rebozada adquirida sin la tarjeta de racionamiento, de los que, salvo yo, nadie podía saber con la excepción del cajero, que solo sabía del adelanto, y del camarero, que solo sabía de la carne rebozada, dicha conciencia me ayudaba ese día a superar horrores, infamias, humillaciones.

Los días de diario en aquellas fechas, nos cuenta el profesor húngaro, narrador del relato que nos refiere su propia historia, se habían convertido en días de infamia sistemática ante la cual decide no hacer formulaciones y mejor entregarse a la mera práctica de la vida, considerarla como algo dado, “lo mismo que el aire que debía respirar o el agua en la que podía nadar”. Cuando, tiempo después de estos hechos, desde el aquí y el ahora de la narración (1991), un grupo de amigos le anima a contar la historia de la bandera inglesa (esto de “he de contar la historia de la bandera inglesa” es recurrente, un leitmotiv. Historia muy conmovedora de la que nos enteramos al final del relato) y sus alumnos (que se habían reunido para festejarle su cumpleaños) le hacen preguntas como, por ejemplo, si él se creía las acusaciones planteadas en aquellos procesos o si creía en la culpa de los acusados, etc., él les responde:

En el mundo que entonces me rodeaba –el mundo de la mentira, del horror, del asesinato-, ni tan sólo se me ocurría pensar que aquellos procesos no fueran pura mentira, que los jueces, los fiscales, los testigos y hasta los acusados no mintiesen, que no funcionara, eso sí, de manera infatigable, una única verdad, la del verdugo, o que pudiera funcionar una verdad que no fuese la de la detención, la del encarcelamiento, de la ejecución, del tiro en la nuca o de la horca. Todo esto, sin embargo, sólo ahora lo formulo con agudeza (…). Significaban, digámoslo así el espesamiento del peligro continuo y, por consiguiente, de mi repugnancia continua, la intensificación del peligro que quizá no me amenazaba directamente o, para usar una fórmula poética, el oscurecimiento del horizonte, junto al cual, no obstante, aun se podía leer algo, si es que lo había.

Toda esta atmósfera totalitaria (es la época de comunismo en Hungría) no le provoca al personaje repercusiones morales, la atraviesa reflexionando a través de sensaciones que le dejan mella, como “la repugnancia mencionada, la alarma, la extrañeza, la incredulidad pasajera y la inseguridad generalizada”. En el instante que nos cuenta la escena de un señor todopoderoso que llega a la redacción a darles una conferencia en la sala de máquinas y que a la salida, que este señor retarda lo más que puede, lo espera un coche negro para llevárselo quien sabe donde y que vuelve a ver en la avenida Andrássy cinco o seis años después hecho un anciano destrozado, roto y medio ciego, uno como lector siente el suceso como si lo estuviera viviendo junto con él en ese momento. La forma de escribir de Kertész, es magistral y poética, seduce.

El protagonista, periodista con talento y después sin él al perder la visión de lo que era realidad y lo que era mentira a su alrededor, deja la redacción, se mete de obrero para posteriormente dejar de ser obrero y dedicarse a sus estudios (gracias a una enfermedad congénita que le permite dedicar su tiempo a lo que desea), aprender italiano, leer a Kafka y vivir en un cuarto realquilado de su futura esposa, después de luchar por recobrarlo y después de año y medio de estar en la cárcel (se la llevaron presa sin decir por qué motivo y sin pretexto alguno); además de la lectura, amaba la música, era un joven que solo encontraba un refugio para resguardarse de la catástrofe generalizada, pública y personal: en las aguas termales de los baños Lukács y en la penumbra de La Ópera, solo en estos dos lugares se sumía “en un ambiente distinto y vislumbraba en algunos instantes afortunados la idea de una vida privada, eso sí, lejana e inalcanzable”.

De pronto el profesor, rodeado de sus amigos y alumnos, mientras su esposa prepara en la cocina los platos con fiambres y las bebidas, recuerda aquél día en que caminando por la calle, con el ensayo sobre Goethe y Tolstói bajo el brazo:

En la misma curva en que desapareció la bandera inglesa fueron apareciendo al cabo de unos días, viniendo de la dirección contraria, los tanques. Tambaleándose casi por las prisas, el nerviosismo y el temor, se detenían por un isntante en la curva y, aunque todo, la acera, el barrio, la ciudad, estuviera desierto y no hubiese nadie por ningún sitio, los tanques, como queriendo adelantarse hasta un posible pensamiento, soltaban cada vez un único disparo antes de proseguir su marcha. Como la posición de tiro, la dirección y la trayectoria del proyectil eran siempre las mismas, en cada ocasión acababan destrozando aún más, si cabía, las ventanas, los muros y las paredes de una habitación de un viejo edificio modernista, de tal manera que el vacío que allí se veía acabó semejando la boca de un muerto, abierta en su último momento de asombro, de un muerto, para colmo, al que ahora le arrancaban incluso los dientes.

Luis Cernuda: Juan García Ponce

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Los versos de Luis Cernuda resuenan con claridad en la mente de Juan García Ponce (Premio Juan Rulfo 2001), uno de los pocos presentes en el funeral del poeta sevillano. En este recorrido, el autor de Casa en la playa se detiene con moroso placer en las imágenes de quien nunca pudiera conciliar las fuerzas opuestas de la realidad y el deseo.

Cuando José Ángel Valente estuvo en México con dos amigos ingleses, pidió en el panteón Jardín el mapa que les permitiría localizar la tumba de Luis Cernuda y fue a visitarla. Ante ella dijo: "Sólo tú permaneces". Homenaje de un gran poeta y un gran espíritu a otro gran poeta y gran espíritu. Yo tuve la suerte de escribir, en vida de Cernuda, sobre su libro Pensamiento poético en la lírica inglesa, y poco después de su muerte apareció Ocnos, cuya nueva edición él esperaba y sobre la que escribí también. Cernuda había visto la edición completa, publicada por el Fondo de Cultura Económica, de su gran libro La realidad y el deseo, título único que él escogió para la totalidad de su obra poética, que antes había sido publicada también por el Fondo de Cultura Económica, pero con el último libro de poemas, titulado Desolación de la Quimera, todavía incompleto. Este libro fue publicado independientemente por Joaquín Mortiz.

Al morir el poeta sólo doce o trece personas, todos refugiados españoles incluyendo a mi entonces esposa Mercedes de Oteyza, y yo, como único mexicano, estuvimos en su velorio y luego en su entierro. Después, Carlos Pellicer dejó sobre el ataúd un ramo de violetas. Dato muy significativo, Cernuda tiene un poema titulado "A Larra con unas violetas". La Revista Mexicana de Literatura, bajo mi dirección, le dedicó un número entero de homenaje póstumo; di una conferencia en la Universidad Iberoamericana, organizada por Carolina Calderón, en la cual cité varios poemas de Cernuda de memoria y celebré su postura homosexual y anticristiana ("Desprecio a su Dios exangüe", dice Cernuda en un poema), y para los directores de la Iberoamericana la conferencia fue un escándalo; también escribí un largo ensayo cuando publicaron en España su prosa completa. Ésos son los datos sucintos; la inmortalidad de Luis Cernuda en la poesía está asegurada.

Hay que dar ahora una breve justificación de por qué considero esta inmortalidad asegurada. En vida de Cernuda su obra ya era apreciada, y además de sus méritos estéticos hay que subrayar su radical sinceridad. Él nunca dejó de afirmar su actitud homosexual y sus opiniones básicas, lo cual podría ser en cierta época muy valiente. Pensemos en España durante los primeros años treinta, antes de la Guerra Civil. Hablar entonces de "muchacho" cuando todos usaban las palabra "muchacha" para ocultar su homosexualidad, debe haber sido por lo menos escandaloso. Cernuda tenía una actitud semejante a la de otro de mis ídolos: Robert Musil. Cuando Canetti le dijo a Musil, alborozado al recibir sus felicitaciones por su primera novela, que la novela también le había gustado a Thomas Mann, Musil dejó de hablarle, y Canetti lo cuenta aprobando la actitud hosca de éste. Cernuda tenía un carácter difícil, su timidez era excesiva hasta el grado de que otro poeta español, Pedro Salinas, en sus cartas a Jorge Guillén, le decía: "Cernida". Emilio Prados, que era muy amigo suyo, tardó un momento en abrirle la puerta cuando Cernuda fue a visitarlo una vez; luego lo vio bajar las escaleras ignorando todos los gritos que con acento andaluz lo llamaban: "Luí, Luí". Esto me lo contó Juan Martín, que vivía muy cerca de la casa de Prados y era de las pocas personas a quien Cernuda veía y que, con gran regocijo mío, me dijo que mi nota sobre Pensamiento poético en la lírica inglesa le había gustado a Cernuda.

Usurpación de identidad

Posted by Magda Díaz Morales

Queridos amigos, alguien ha dejado mensajes en mi nombre en algunos blogs. La persona que hizo esto es de Cartagena, Murcia. Usa Firefox 5.0 y una Macintosh.

Afortunadamente han sido en blogs amigos que me conocen desde hace tiempo y que han tenido la atención de comentarme sobre este asunto, pero de todas maneras es algo muy sucio. Les comento por si a ustedes los visitan en mi nombre, o el de otra persona bajo estos términos, dejándoles un mensaje. No comprendo el por qué de estas cosas. Pero en fin, solo quiero comentarles esto por si esta persona se presenta en sus bitácoras.

Paul Lafargue y Laura Marx

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El miércoles 29 de noviembre de 1911, Pablo y Laura entraron en un cine de París para “matar el tiempo”. Esa noche debían acudir a una cita en verdad importante —y la tarde se arrastraba a paso de tortuga. Habían elegido un buen lugar para el encuentro: la cama. A la salida del cine, camino a casa, entraron en una pastelería donde tuvieron una última y acalorada discusión, pues ella prefería las crujientes tentaciones del hojaldre a los antojos de su esposo: un muestrario completo de las panetelas almibaradas que se exhibían en la vidriera. Amigos cercanos a la pareja, explicaban así aquel amor casi ejemplar: desde el escandaloso noviazgo, ambos defendían con pasión sus puntos de vista, en especial los divergentes; sin embargo, estaban dispuestos a ceder espacios con tal de ser irresistiblemente felices.

Como tantas veces en cuarenta inviernos de matrimonio, Pablo y Laura se complacieron; él acabó comprando los pastelillos de hojaldre —y ella, las crepas de miel. Cuando llegaron a casa (una villa campestre en Draweel), los enamorados hicieron un balance de sus vidas y llegaron a la tranquilizadora conclusión de que no dejaban pendientes. La herencia que el tío Federico dejó a Laura garantizaba una buena pensión para el jardinero y su mujer —quienes a su vez se ocuparían del perro Nino, la traviesa mascota—. Durante la semana, habían visitado a sus camaradas para anunciarles sin dramatismo que planeaban suicidarse el próximo miércoles. Ninguno de los amigos dudó que cumplirían el pacto, pues sabían que Pablo Lafargue, ese voluntarioso negro de Santiago de Cuba, y Laura Marx, la hija preferida de Carlos Marx, odiaban la idea de cumplir 70 años. El político Manuel Azaña dijo al saber la noticia: “A un hombre que da tanta importancia a ese acto y lo prepara con tanta minuciosidad y anticipación no hay más que decirle: ¡Váyase, señor, ya que se empeña!”

Pablo y Laura se habían conocido en neblinoso Londres de 1866. Al cubano, nacionalizado francés, lo acababan de expulsar de la universidad de París por buscapleitos, y pretendía terminar sus estudios de medicina en Inglaterra. Fue un amor fulminante. Carlos Marx nunca toleró a su yerno. No le gustaba el color de su piel ni sus antecedentes confusos ni su caribeña manía de toquetear a Laura, en público. El mismo año que los jóvenes comenzaron el romance, Federico Engels (el tío) convenció a su testarudo compadre de que debía internarse en el sanatorio de Morgate. Al viejo filósofo no le cabía en el cuerpo un padecimiento más. Tenía hemorroides, el hígado perforado, tumores supurantes, depresión crónica, insomnio y, por si fuese poco, carbunclos, una enfermedad propia de caballos, también humana. Desde Morgate, Marx escribe a su hija Laura: “Ese maldito de Lafargue me está atormentando con sus ideas y modales, y no va a dejarme en paz hasta que no le siente bien el puño en su cabeza de criollo”.

A Marx no le faltaba razón. Lafargue intentaba fundir el hedonismo al marxismo. Luchador de la Comuna, autodeclarado discípulo de su suegro, amigo de Lenin, el cubanito amaba la buena vida. En su libro “Elogio de la pereza” escribe: “El fin de la revolución no es el triunfo de la justicia, de la moral, de la libertad, y demás embustes con que se engaña a la humanidad desde hace siglos, sino trabajar lo menos posible y disfrutar, intelectual y físicamente, lo más posible. Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse”. Para él, el trabajo no era el objetivo máximo de la clase obrera: era el placer. Nadie debería trabajar más de tres horas, “holgazaneando y gozando el resto del día y de la noche. En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica”.

Aquel miércoles de noviembre, Pablo y Laura mordisquearon los pastelillos, alivianaron el té con cucharadas de veneno y se acostaron en las camas pegadas, cubiertos por el edredón de la noche. El jardinero y su mujer encontraron los cadáveres, al amanecer del jueves. Como buen cubano, Pablo tenía gran aprecio por la posteridad, y dejó una carta de despedida:

Sano de cuerpo y espíritu, me doy la muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno detrás de otro los placeres y goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás. Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años; he fijado la época del año para mi marcha de esta vida, preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años.

Un fuerte olor a almendras amargas flotaba en el aire. Dicen que así huele el cianuro de potasio. Murieron abrazados.

Nino, el perrito, estuvo aullando una semana.

"Maldito Pablo"
por Eliseo Alberto
Publicado en La crónica, 2004

Evocando a Pierre Klossowski

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En una de nuestras conversaciones sobre literatura con Patricia de Souza, le comentaba que como traductor, García Ponce introdujo en el ámbito latinoamericano a autores como Robert Musil, Pierre Klossowski, George Bataille, Heimito Von Dederer, Julian Gracq, George Trakl. Que, además, había traducido al castellano, entre muchos otros más, La larga marcha, de William Styron; Eros y civilización, El hombre unidimensional y Ensayo sobre la liberación, de Herbert Marcuse, y la trilogía La vocación suspendida, Roberta esta noche y El Baphomet, de Pierre Klossowski.

Recordé haber leido, cuando esto le manifestaba, que ella había tenido la fortuna de entrevistarlo, hecho que me confirmó. Podrán imaginarse, dada la admiración que siento por Klossowski, cuya obra obviamente conocí a través de García Ponce, que le pedí me contara sobre esta experiencia. Intentando resumir, me dijo que Klossowski vivía en una casa modesta y pequeña, que era una persona poseedora de una inmensa ternura, sereno y un tanto melancólico. Qué le habló de Rilke y le aconsejó leyera a Lautréamont, que le había regalado un libro que firmó con una mano y que había conocido a su esposa. Patricia, escribió un texto sobre este escritor y pintor, hermano del notable Balthus, que quiero compartir con ustedes:

Pierre Klossowski, el inasible
Patricia de Souza

Pierre Klossowski (1905-2001), nunca ha tenido un verdadero rostro. Ni filósofo, ni teólogo, ni escritor, ni pintor, “el autor clásico más importane de fines del siglo XX”, como me lo dijo una joven editora, poco antes de su muerte y antes de que le hiciera una visita en su modesto departamento de la rue Glaciere, en el barrio XIII de París. Klossowski estaba muy anciano y Denise, o Denise Maria Roberte, la inspiración de sus libros y de sus pinturas, estaba con él, mucho más joven, pero devota de esa vida creativa, justa, austera. La vida de Klossowski, su creación, es una autobiografía, o una autoficción a la manera cómo la entendió Marcel Duchamp (en cierta forma otro diletante); ella, se construye a través de una serie de objetos, libros, pinturas, películas, etc... Klossowski, Bataille, Blanchot, y más tarde, Deleuze, Foucault o Derrida, forman parte de esa generación que vive la crisis de después de la guerra, crisis simbólica, pero sobre todo, religiosa. Sus búsquedas estéticas, y más que nada en el caso de Klossowski, Bataille y Blanchot, se mantienen siempre al límite de lo indecible, del no poder decir, o hacer, nada más, y hacen de la transgresión una forma de conocer la realidad. Realidad y sueño confundidos como producto de la desesperación de no poder creer y desear hacerlo, en resumen, un ateísmo creyente.

En el caso de PK, su primer aporte es pensar que el erotismo es una forma de representación, recorrer el cuerpo de la mujer es recorrer su propio cuerpo, o una gnósis, en el sentido clásico de sí mismo. Así como Sade (el libro Sade, mi próximo, es revelador) crea un sistema de transgresiones y perversiones para oponerlo a un sistema político, el monárquico. Es decir, ahí donde la libertad no existe, el mundo de Sade es el único terreno del libre pensamiento y de la total libertad en el actuar. Y tal vez Klossowski no haya estado tan lejos de esa forma de sentir de Sade, pero las épocas eran otras. Por eso nunca tuvo un verdadero lugar, demasiado teólogo para ser un libre-pensador, demasiado plástico para ser un escritor, demasiado clásico para ser un autor realmente moderno. Klossowski escribe: "Retengan esto para la alegría de mis detractores: no soy ni un escritor, ni un pensador, ni un filósofo, ni nada que sea en ninguna forma de forma de expresión, nada de eso, antes de haber sido y ser un monómano”.

A los 16 años, Klossowski, quien había conocido a André Gide por intermedio del poeta Rainier Maria Rilke, decide convertirse en su pupilo eperando sacar una verdadera educación espiritual de su maestro. Esta relación es fundamental para el futuro de Klossowski, quien empezará por traducir del alemán, los Poemas de la locura de Holderlin (1930), y seguirá con traducciones de Nietszche, Kafka, Benjamin, Heidegger, o Wittegenstein. Su relación con los libros era un estado casi natural puesto que la proximidad de Rilke, durante el tiempo que duró la relación de su madre con el artista (1920-1926), fue determinante. Mucha gente rumoreaba que tal vez Klossowski era hijo del poeta y que esa era la razón por la cual, su hermano menor, conocido como Balthus, había cambiado de nombre.

La exposición en Beaubourg

En la sala donde se exponen los “Cuadros vivos” de Klossowski, hay varias cosas que llaman la atención, primero, la dimensión de sus personajes, y luego, la suspensión de cada uno de ellos. Roberta, la mujer que representó siempre a las míticas Diana, Lucrecia, Salomé, se mantiene inasible de cualquier manera. Aparece en una serie de representaciones eróticas, acosada por una especie de “genio maligno” masculino, víctima de su propio cuerpo, atrapada en un goce sufriente, análogo al de la Julieta de Sade, entre la bondad y la perversión. Todos estos cuadros tienen que ver con las novelas que son complementos de toda esta fantasmagoría erótica: Roberta esta noche, El edicto de Nantes, Las leyes de la hospitalidad, etc... Algunas fotos del cineasta Pierre Zucca son muy sugerentes, erotismo al límite de la perversión, es una etapa de la escena artística francesa que ha dejado sus huellas: Klossowski, Bataille (hay que leer Las lágrimas de eros) y Blanchot.

He puesto en la parte de abajo el texto de García Ponce, Ante la muerte de Pierre Klossowski, para completar el recuerdo de grandes escritores que ya no están, pero cuyas obras son su presencia inolvidable, su errancia sin fin...

Ante la muerte de Pierre Klossowski: Juan García Ponce

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Ante la muerte de Pierre Klossowski
De Juan García Ponce
Septiembre, 2001

"Difícilmente puede encontrarse una vida tan singular como la de Pierre Klossowski. Fue hijo de Baladine Klossowska y Erick Klossowski. Él era crítico de arte; ella pintora, y entre sus méritos está el haber encontrado el castillo en ruinas casi, y por supuesto sin ninguna de las exigencias de servicios, que, arreglado más o menos para ser habitado, fue el luego famoso castillo de Muzot donde Rilke, después de una paciente impaciente espera de diez años, escribió Las elegías del Duino y Los sonetos de Orfeo. El primer verso le había sido dictado por el espíritu de la inspiración en otro castillo, el de Duino, en 1912. Siendo capaz tan sólo de escribir unos cuantos versos, Rilke realizó en Muzot durante unos días Las elegías del Duino y además Los sonetos de Orfeo. El castillo estaba en el valle del Ródano.

Ahí recibió en una ocasión la visita de Paul Valery. Lo esperó con la bandera francesa en una de las torres del castillo. Valéry comentó después que Rilke vivía en una peligrosa intimidad con el silencio. Pero si Baladine Klossowska se había trasladado con su marido y sus dos hijos a Suiza era porque, siendo alemán, Erick Klossowski tuvo que abandonar París al estallar la Primera Guerra Mundial. En Suiza, Balthasar Klossowski, más conocido con su nombre de pintor, Balthus, realizó los dibujos infantiles inspirados por la pérdida de su gato Mitsou y publicados con una breve pero magistral introducción de Rilke, quien ya era amante de Baladine, a la que le escribió cartas en francés incluidas en el grueso libro de cartas que por indicación de Rilke debía ser publicado como perteneciente a sus obras completas.

Los hermanos Klossowski gozaron de la amistad de Rilke durante ese tiempo. ¿Puede encontrarse enseñanza mayor? Para entonces Pierre Klossowski deseaba ser actor y fue homosexual con varios niños de su edad. Rilke lo recomendó a André Gide para que pudiese realizar sus deseos al regresar a París. En tanto, la familia Klossowski vivió después de la guerra en Alemania. Luego regresaron a París. Pero Pierre Klossowski ya se había trasladado ahí para vivir en casa de Gide. A él le contó sus aventuras homosexuales, despertando su insaciable curiosidad. Nunca llegó a ser actor. Se inició como escritor traduciendo con Pierre Jean Jouve los Poemas de la locura de Hölderlin. Fue amigo muy cercano de Georges Bataille, para cuyo Colegio de Sociología tradujo del alemán la Antígona de Kierkegaard y dio una conferencia sobre Sade y la revolución. Después tuvo una crisis religiosa. Decidió convertirse en cura y, a pesar de la opinión de Gide contra ese propósito, pasó los años que duró la Segunda Guerra Mundial en un seminario. De ahí, cuando ya había superado su crisis religiosa, tomó sus experiencias como seminarista para escribir su primer libro, La vocation suspendue, hiriendo a varios de sus amigos católicos, a quienes utilizó como personajes.

Conoció en una reunión en la casa de Jean Whal a Denise Morin Sinclair, quien ya había estado casada con alguien que murió en la Segunda Guerra Mundial y fue miembro muy activo de la resistencia. Con su primer marido ella había tenido una hija. Klossowski se casó con Denise. Publicó un segundo libro, Sade mon prochain, y en su tercer libro, Roberte ce soir, ya aparece Denise Morin Sinclair con el nombre de Roberte y el tema de las leyes de la hospitalidad, o sea, el préstamo de su mujer a los amigos que visitan la casa. Para evitar la temida censura de esa época ante un tema tan escabroso se proyecta publicar el libro con dibujos de su hermano, conocido ya como Balthus. Los dibujos nunca llegan a complacer por entero a Pierre Klossowski y el libro aparece con ilustraciones suyas. Georges Bataille escribe una nota en su revista Critique sobre este libro titulada "Más allá de los límites". Roberte sería el personaje de La révocation de l'Edit de Nantes y también del siguiente libro, cuyo tema es la consecuencia de haber escrito Roberte ce soir y La révocation de l'Edit de Nantes, titulado Le Souffleur. En este libro las inclusiones de personajes dobles son casi infinitas, hasta hacerlo sumamente difícil de comprender. Se incluye también un prefacio y un postfacio tan complicados como el libro. Klossowski nunca tendría un éxito definitivo entre los lectores. Sin embargo sus libros son extremadamente valiosos. Hay que recordar sobre este aspecto a José Lezama Lima: "sólo lo difícil es estimulante". Y en efecto, con sus complicaciones o sin ellas, para los lectores empecinados sus libros son ricos y le dan a Klossowski un carácter de primera línea entre los escritores modernos.

Escribió también un libro en el que se resalta el mítico episodio en el cual Artemisa para los griegos o Diana para los romanos se baña con sus ninfas y es espiada por Acteón, quien está enamorado de la diosa y al que ésta castiga por verla convirtiéndolo en ciervo. El libro comienza lamentándose sobre cómo civilizaciones tan perfectas como la griega o la romana han podido desaparecer. Después publica una quinta novela, El Baphomet, cuyo tema es la persecución de los templarios acusados de homosexualidad, tal como ocurrió hace mucho tiempo cuando la Inquisición todavía tenía un poder absoluto. No obstante los templarios se crearon como una orden de monjes soldados para defender la tumba del supuesto redentor cristiano y lo hicieron con tal valor que diez de sus superiores perecieron cumpliendo esta tarea. El último de ellos, Sire Jacques de Molay, fue quemado por la Inquisición en el centro de París y en nuestros días su nombre aparece en una placa que todavía es posible ver. La acusación de homosexualidad pudo o no ser cierta, pero es utilizada por Pierre Klossowski para escribir su libro, en el cual aparece una dama llamada Valentine de Saint-Vit (Saint-Vit en lenguaje pornográfico es igual a Santa Verga) y su sobrino Ogier de Beauséant (que sería Ogier de Bellas Nalgas). Ella quiere recuperar las tierras que supone suyas y para ello decide servirse de su sobrino Ogier haciéndolo entrar a una de las comandancias-convento de la orden del templo donde debería seducir a los monjes soldados. La novela se desarrolla cuando todo esto ya ha ocurrido y Sire Jacques de Molay es el encargado por Dios de cuidar a las almas de los muertos, que ya son unos puros soplos. Su argumento incluye a Santa Teresa de Ávila, quien le informa al comandante monje que ya el cielo pertenece a otra época y ella quiere ser incluida entre los soplos para poder recuperar a un joven teólogo que siempre estuvo enamorado de ella y no puede ser otro para los lectores que San Juan de la Cruz. Hay todo un juego de reencarnaciones, de tal manera que en la última de ellas Santa Teresa es Roberte y San Juan de la Cruz el marido que la cede a sus amigos. Entonces Sire Jacques de Molay le mete a Ogier, o a su cadáver —que permanece incorrupto a pesar de haber sido ajusticiado junto con su tía por los templarios—, el alma de Santa Teresa. Ogier resucita siendo un andrógino. Pero en realidad todo ocurre durante una celebración de los fantasmas en el aniversario de su ajusticiamiento. Ogier reaparece montado sobre un oso hormiguero, el cual es Nietzsche. Y el rey Felipe participa también en ese banquete utilizando como pretexto que hay un alzamiento en su contra y ha tenido que refugiarse en el monasterio cuartel donde habitan los templarios. Por supuesto todo es ficción convertida en realidad por el arte de Pierre Klossowski. Así él participa en el banquete y la novela concluye con Ogier en la celda del personaje que es Klossowski y lleva el nombre del hermano Demian. Y termina, igual que Roberte ce soir, con un cuadro vivo cuyos protagonistas son el hermano Demian y Ogier.

Con esto se cierra el ciclo de novelas creadas por Klossowski. Si antes había escrito un libro sobre Sade, ahora hace otro sobre Nietzsche titulado Nietzsche et le cercle vicieux y, fuera de pequeñas ediciones de Sade et Fourier o de Origines culturelles et mythiques d'un certain comportement des Dames Romaines, se dedica enteramente a la pintura. Sus cuadros son enormes papeles sobre los que dibuja con lápices de colores diversas escenas que ya conocíamos por sus libros. Luego pasa a la escultura con temas igualmente parecidos a los de sus cuadros. Podemos decir que el artista utiliza diversas formas de expresión para dar vida a sus obsesiones personales. Finalmente, sin abandonar la pintura y la escultura hace con Pierre Zucca una película titulada Roberte en la cual Denise Morin Sinclaire y el propio Klossowski son los actores principales.

El círculo de la creación es interminable, pero sus creadores son humanos, demasiado humanos, para utilizar un título de Friedrich Nietzsche, y la muerte ha terminado la obra creadora de Pierre Klossowski el 12 de agosto de 2001, cuando él ya había alcanzado la edad de 96 años. Sin embargo, separada ya de su creador la obra es inmortal. En ella vivirá para siempre Pierre Klossowski".

Receta de varón: Gioconda Belli

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Intercambiando opiniones con Fernando García, sobre Gioconda Belli, recientemente ganadora del Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral (Video), me comentaba sobre un poema de esta poetisa nicaragüense que se titula Receta de varón. Fernando, me decía que el poema podría interpretarse como una descripción del "hombre ideal". ¿Ustedes, qué opinan del poema?

«No importa si no es hermoso
-la fealdad en el hombre puede despertar ciertos atávicos instintos femeninos–
pero es esencial que el pecho sea acogedor
y que los brazos ofrezcan la promesa
de abrazos apretados y tiernos.

Vello en el cuerpo o no,
es cuestión de gustos.
Personalmente los prefiero
tapizados,
con espacios de sombras oscuras
suaves al tacto,
y capaces de llenar el olfato
con el olor del día a flor de piel.

La cintura que se defina, por favor;
que no le sobre, ni le falte,
que no acuse el descuido del dueño,
mas que en ciertas épocas permisibles
donde unas libritas demás,
son sólo testimonio de amables libaciones.

Las manos son definitivas:
deben saber detener la cabeza de la mujer
con el celo con que el marinero escatima al viento
la única lámpara de aceite en medio de la tormenta;
ser ágiles como pájaros o cabras de monte,
capaces de la forja del hierro, la lágrima,
de esculpir los intrincados artesonados del placer.

Las piernas también son importantes
pero les perdonamos las torceduras,
lo tosco, las imperfecciones,
si al encontrarnos con la boca
vemos una sonrisa en la que poder confiar
y unos ojos que nos aseguren la mañana.

La espalda masculina debe ser extensa
como una pradera por donde puedan pasear los búfalos
y los heliotropos,
y es fundamental que en las caderas
se alcen dos colinas
inequívocas, sólidas,
que se nos queden prendidas en la memoria
cuando el hombre se vuelva para marcharse,
alejándose en la noche.

La voz que resuene con vibraciones de bajo
pero que sepa modular
la tensa y dulce melancolía del acordeón,
lamentando el fin de la luna en la ventana.

El hombre, al fin,
ese mítico animal
que reinventa siglo tras siglo
las quimeras que pueblan las obsesiones femeninas,
habrá de conservar,
-perdida la absoluta hegemonía–
todas aquellas cosas
galantes, fuertes, acogedoras,
que, a pesar de todos los pesares,
lo mantienen sólidamente anclado,
en el profundo, incansable mar,
de las hembras».

Encuentros

Posted by Magda Díaz Morales in

Hace algunos años, al inicio en esto de los blogs, conocí a través de los nuestros a Patricia De Souza, una escritora y periodista cultural peruana que radica en París. Pasó el tiempo y solo nos escribíamos algunas veces por correo-e, pero no nos conocíamos personalmente. Antes de visitar Lima en las fiestas de diciembre le comenté que a ver si a su regreso a México, ya que está pasando unos días en este país, venía a conocer Xalapa y el Puerto de Veracruz. Le gustó la idea y comenzamos a planearlo. Ha venido a esta ciudad, nos hemos conocido personalmente y ha sido muy grato.

Recorrimos la ciudad, platicamos mucho, sobre todo de literatura. También de México, de Perú, de París, de nuestras costumbres latinoamericanas semejantes y de otras que son totalmente distintas. Pasamos veladas estupendas, Patricia es encantadora, tuve la sensación de que la conocía desde siempre.

Bien dice Blanchot, la literatura, además, genera amistad.

La cámara lúcida: Roland Barthes

Posted by Magda Díaz Morales in

Roland Barthes, La cámara lúcida, Trad. Joaquim Sala-Sanahuja (Barcelona: Paidós, 1999)

"¿No estamos enamorados de ciertas fotos?", Roland Barthes

Cuando muere un ser querido, su imagen en fotografía es una presencia en la ausencia. Las páginas de La cámara lúcida del semiólogo francés, están plagadas de nostalgia del amor materno. El libro es un homenaje del autor hacia su madre, fallecida poco antes. Barthes, apunta que cuando sacamos una fotografía lo que fotografiamos se atrapa, se apresa. Cuando vemos nuevamente esta fotografía la imagen que vemos no está en presente, ha pasado el instante captado, es un recuerdo. Un recuerdo que para él, es igual a muerte. La fotografía está unida al amor y a la muerte:

La fotografía lleva siempre su referente consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa fúnebre: están pegados el uno al otro, miembro a miembro, como el condenado encadenado a un cadáver en ciertos suplicios; o también como esas parejas de peces (los tiburones, creo) que navegan juntos, como unidos por un coito eterno.

Agrega, que "sea lo que sea lo que ella ofrezca a la vista y sea cual sea la manera empleada, una foto es siempre invisible: no es a ella a quien vemos porque el referente (lo que ella representa) se adhiere. Y esta adherencia hace que exista mucha dificultad en enfocar el tema de la fotografia". Para investigar sobre ello, que le provoca mucho interés, toma como punto de partida algunas fotos, "aquellas, dice, de las que estaba seguro que existían para mi". En las fotografías distingue dos temas: El studium y el punctum.

El studium, aclara, no quiere decir "el estudio" sino la aplicación a una cosa, el gusto por alguien. Por medio del studium me intereso por muchas fotografías, es como culturalmente participo de los rostros, los aspectos, los gestos, de las acciones. El punctum, observa, sale a escena como una flecha y punza. Son los puntos sensibles, es un pinchazo:

Punctum es también pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad. El punctum de una foto es ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza).

Una de las fotografías que muestra en el libro es de Lewis H. Hine, Disminuidos en una institución, Nueva Jersey, 1924:

¿Cuál sería para ustedes el Punctum en esta imagen?

Barthes tuvo una infancia dominada por la pobreza. Su madre viuda, Henriette Barthes, tenía que salir a trabajar para poder vivir ella y su hijo. En un libro cuyo título ahora no recuerdo, leí un texto conmovedor del semiólogo, respecto a estos momentos de ausencia de su madre que no tenía otra opción que dejarlo solo para salir a trabajar: "Viví días de abandono interminable, esperando por las tardes ómnibus tras ómnibus en la parada donde ella debía arribar, sólo para descubrir que no estaba en ninguno".

La cámera lúcida fue su último libro publicado en vida. La muerte de su madre lo sumió en un estado de profunda depresión. La fotografía que encuentra de su madre joven tiene el efecto de un punctum, una imagen que le traspasa el corazón. "Lo que la imagen le evocó, además de recordar la presencia física de la persona que más había amado en el mundo, era la extraña rareza de una forma de arte que simplemente mostraba lo que allí estaba:

Algo que se conforma con denotar, sin introducir ninguna de las connotaciones que sitúan a la mayoría de las representaciones del mundo, verbales o visuales, en un contexto ideológico". (1)

Para Barthes, pues, en la fotografía Disminuidos en una institución de Lewis H. Hine, que muestro arriba, el punctum, ese pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad, ese azar que en la foto me despunta (pero que también me lastima, me punza), ese suplemento que añado a la foto y que sin embargo está ya en ella, es:

El inmenso cuello a lo Danton del chiquillo, y el dedal en el dedo de la chica.

(1) Philip Thody y Ann Course, Barthes (Buenos Aires: Era naciente, 1997).

El Cronista de la Red

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Acaba de publicarse el nuevo número-versión de El Cronista de la Red, y está estupendo. El contenido es el siguiente:

- Fernando Aínsa: Alegato a favor de lo “maravilloso utópico”
- Jesús Jiménez Domínguez: Fundido en negro (selección de poemas). Ilustrados con obra de Fernando Zobel
- Fernando Sarría: Cartas marcadas (poemas). Ilustrados con obra de Natalio Bayo.
- Sonia Fides: Mirar y ser mirada (selección de poemas). Ilustrado con obra de Víctor Mira.
- Segio Borao: La Cordillera (relato), Ilustrado con fotografías de Carlos Manzano
- Javier López Clemente: El vestido azul (relato). Ilustrado por Rabodiga
- Sobrenombres 10. Por Fernando Andú: Biografía de Abû Bakr Algazzãr (El Carnicero), y Luisa Miñana: orientación bibliográfica en Internet sobre La Aljafería de Zaragoza.
- Miguel Angel Latorre: Valentino (fotografía)
- José Antonio Melendo: No es frío (fotografía)
- Voladuras, la sección de relatos gráficos de Chema Lera
- Rafael Lobarte: Mahábharata: aproximación y traducción de algunos fragmentos
- Nuestras Palabras, la sección que conduce Marisa Lamarca
- Luisa Miñana: Los días sicilianos, un viaje particular
- Libros en Aragón, con las reseñas sobre “La marea del despertar” de Roberto Malo, y “En las orillas del cielo” de José Verón Gormaz
- Nuestras Miradas, la sección dedicada a la creación de los pequeños, con dibujos de Guillermo Alcalde Fernández

Enhorabuena por este número, querida Luisa.

Philip Roth: Una visión del amor

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No he podido resistir traer a Apostillas literarias, el interesante diálogo que Antón Castro ha puesto en su blog titulado "Philip Roth: Una visión del amor". Nos comenta que “está leyendo párrafos de la última novela de Philip Roth, Sale el espectro, donde el autor intercala unos diálogos entre dos personajes: el hombre maduro, y la joven. Él está deslumbrado por ella, y ella lo ama a su manera, aunque está casada. Sin embargo, hay un instante en que él le pide a ella que le cuente sus amores, y le cuenta esto de un anterior amante”:

ÉL: Entonces adoración no significa que sólo esté enamorado de ti, sino también de tu vida.

ELLA: Sí, mi biografía le tiene maravillado. Palabras rapsódicas de amor son todo lo que oigo. Cuando me visto o me desvisto es como estar detrás de una ventana por la que él mira con la cara pegada.

ÉL: Las curvas no son menos hipnóticas que el balancín.

ELLA: Cuanto estoy en el dormitorio, iluminada desde atrás, no deja de entonar alabanzas sobre mi silueta. Cuando estoy sin nada más que las bragas en la cocina, preparando el café de la mañana, y él se me acerca por atrás para tomarme los pechos y lamerme las orejas, recita a Keats:

Hay un suspiro que dice sí y un suspiro que dice no
y un suspiro que dice ¡no puedo soportarlo!
Oh, ¿qué puede hacerse, nos quedamos o huimos?
¡Oh, cortemos la dulce manzana y compartámosla!.

Nuevos manuscritos de Wittgenstein

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"Se publican en edición crítica dos fragmentos inéditos del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein, cuyo pensamiento permeó la filosofía del siglo XX.Bajo el título Luz y sombra se reúnen estos dos textos, editados por Ilse Somavilla, los que reflejan la relación del pensador con la religión, señalando puntos de vista aún válidos, aunque los escribiera hace más de 80 años.

"Imagínate un ser humano que desde su nacimiento vive siempre en una estancia en la que la luz entra sólo a través de cristales rojos. Éste quizá no se pueda imaginar que haya otra luz que la suya (la roja), considerará la cualidad roja como esencial a la luz, en cierto sentido no notará en absoluto la rojez de la luz que le rodea". Con esta variación del mito platónico de la caverna comienza uno de los dos manuscritos inéditos de Wittgenstein descubiertos y publicados por Ilse Somavilla con el título Luz y sombra.

En el primer texto -estamos en enero de 1922-, Wittgenstein relata un sueño en el que su hermana preferida, Hermine, lo elogia por su inteligencia sobresaliente. La alegría que él experimenta por esta lisonja le provoca tal sentimiento de culpa que se despierta atormentado por el remordimiento de esta vanidad. Se cree moralmente culpable y aplastado por la percepción de la propia nulidad como criatura que le impone la omnipotencia y la perfección de Dios. Experimenta entonces "temor y temblor" y se persigna. Levantándose con dificultad para mirarse al espejo, se espanta de su propio rostro. En ese momento, apaga la luz, pero al tocar inadvertidamente el cable de la corriente, es golpeado por una descarga eléctrica. El dolor físico es casi un alivio, una distracción momentánea de las turbaciones interiores. El recuerdo de la pesadilla se interrumpe en este punto, y Wittgenstein comenta: "Hoy durante la noche me he dado cuenta de mi completa inanidad. Dios se ha dignado mostrármela. Mientras sucedía todo, he pensado continuamente en Kierkegaard y he creído que mi estado era el de «temor y temblor»".

Reseña completa, muy interesante.

La crítica literaria

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Ha surgido una polémica, en favor y en contra, por la publicación del Diccionario crítico de la literatura mexicana 1955–2005 de Christopher Domínguez Michael. Según parece, porque yo aun no lo he leido, el libro falló.

En el último Confabulario, Armando González Torres, escribe un artículo qué desde el título podemos percibir que lo que viene caerá como un baño de agua fría: "El país de la simulación. La imposibilidad de la crítica en México", e inicia de la siguiente manera:

En el ejercicio de la crítica literaria, la realidad impone su pragmatismo: las emociones, las vísceras, los egos, las conveniencias, los intereses comerciales y los grupos funcionan como mordaza. Los enredados mecanismos de la República de las Letras mexicana obstaculizan el trabajo de quien debiera fungir como interlocutor entre los libros y el público. En las líneas que siguen, Armando González Torres desciende al piso bajo de una empresa que, por momentos, malbarata su compromiso para transformarlo en simulación y en farsa.

Quien desee leer el texto completo puede hacerlo en la referencia, solo deseo comentar que dice muchas verdades, algunas nada agradables pero son así. Cuantas veces no hemos visto el carácter elitista que existe para elegir a quien se publica y a quien no, a quien se reseña y a quien no, de quien se habla bien y de quien no, a quien se ignora y a quien no, ya sea porque no deja nada, porque no conviene a determinados intereses, porque no es importante para ciertos grupos o por otros motivos, aunque su trabajo ni se conozca. La crítica literaria es hermosa; une al escritor, al libro y al crítico, el texto del crítico literario es creación, es otro texto, otro libro muchas veces. No considero justo que exista elitismo para realizarla porque, entonces, ¿dónde queda el compromiso con lo que hacemos?

El trabajo crítico, ejercido de corazón, exige un compromiso con la inteligencia y la belleza y puede lograr que, al final, sea posible equilibrar el peso de las apegos o las conveniencias. Cierto, todo crítico tiene, en mayor o menor medida, filias, intereses y grupos de referencia, pero quizá algunos indicadores para que el lector informado calibre su compromiso con la lectura sean su curiosidad y generosidad para rebasar su círculo de afectos e intereses, su facultad de ponderar argumentos o su congruencia en opiniones, posturas y actitudes. Por eso, tal vez aun hoy, la actividad crítica pueda ser una mínima moral de la lectura y una simple reseña bien escrita y argumentada funcione como una modesta resistencia contra la publicidad letrada, contra los propios pequeños poderes, contra todo.

Christopher Domínguez explica: Ausencias y presencias.

Liniers

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1. "La lógica y la razón..."

2. "Si no mirás la parte de los besos..."

Rulfo y Borges

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Rulfo y Borges. La inmortalidad y otras fatigas

Jorge Luis Borges visitó la ciudad de México en 1973. Amable, accedió a todos los "impiadosos compromisos" que, según sus palabras,"confundían a un modesto autor con un pésimo actor". A su llegada al país, el escritor argentino "pidió un favor" a sus anfitriones. Quería hablar con Juan Rulfo. Le sugirieron entonces un desayuno. "Pido clemencia -respondió-. Prefiero los atardeceres. Las mañanas me derrotan. Ya no tengo el brío ni las fuerzas para entregar al día lo que se merece. Hoy el crepúsculo me sienta mejor. Sólo quiero conversar con mi amigo Rulfo".

Reproducimos la conversación sin reclamo alguno de precisión. Las fuentes son demasiado vagas para permitirlo:

RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.

BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos "maestro", dígame Jorge Luis.

RULFO: Que amable. Usted dígame entonces Juan.

BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.

RULFO: ¿Cómo así?

BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

RULFO: Así ya me puedo morir en serio.

Fuente | Borges y Rulfo, "La inmortalidad y otras fatigas", Fractal n° 1, abril-junio, 1996, año 1, volumen I, pp. 159-160.