23 agosto, 2007

Seda: Alessandro Baricco

Alessandro Baricco, Seda (Barcelona: Anagrama, 2005)

Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda. Siguiendo los consejos del inteligente Baldabiou (productor de seda), se convierte en constante viajero a Japón. Necesita conseguir huevos sanos ante las epidemias que afectan a los gusanos de seda en Francia. Viajar tantos kilometros no era nada sencillo en aquella época, era 1861, cuando "Flaubert estaba escribiendo Salammbô, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Lincoln estaba combatiendo en la guerra cuyo final no vería". Apremiaba salvar no sólo su negocio, también otras hilanderías de Lavilledieu, el pueblo adonde vivía al lado de Hélène, su esposa.

Después de meses de viajar llega ante el "hombre más inexpugnable del Japón", Hara Kei, que, sentado con las piernas cruzadas en el suelo, tenía como "el único símbolo visible de su poder a una mujer tendida junto a él, inmóvil, con la cabeza apoyada en su regazo, los ojos cerrados, los brazos escondidos bajo el amplio vestido rojo que se extendía a su alrededor, como una llama, sobre la estera color ceniza. Él le pasaba lentamente una mano por los cabellos: parecía acariciar el pelaje de un animal precioso y adormecido". Cuando después de un rato, y de pronto, la muchacha abre los ojos, Hervé Joncour percibe que "aquellos ojos no tenían sesgo oriental, y que se hallaban dirigidos, con una intensidad desconcertante, hacia él: como si desde el inicio no hubieran hecho otra cosa, por debajo de los párpados".

Quisiera detenerme especialmente en esta mujer de ojos "sin sesgo oriental" y en Hélène, la esposa de Joncour. De la primera, hay comentarios que opinan que Joncour se enamora de ella y que lo hace porque: "no parece oriental (¿puede ser racista?), tiene el rostro de una chiquilla ¿será también pederasta?) y es muda (así no le hace reproches)". En mi lectura no he hallado indicios de si la joven con ojos "sin sesgo oriental" es muda o no, tampoco si realmente Joncour se enamora de ella o sencillamente siente una fuerte atracción por una mujer joven, enigmática, sensual, que es capaz de asir la taza de te de Joncour y tomar en el mismo lado adonde él acaba de poner sus labios (todo ello sucede frente a Hara Kei). Una mujer que poco antes de regresar a su pueblo le deja en la mano una hoja de papel con un ideograma escrito en tinta negra que, más tarde, Madame Blanche le traduce: "Regresa o moriré". Una mujer a la que le busca los ojos y siempre los encuentra, "era una especie de triste danza, secreta e impotente". El único contacto que tienen es cuando un día Joncour regresa a su casa (la que usaba mientras estaba en Japón) y encuentra a dos mujeres, a una oriental y a ella:

No le dejó tiempo para hacer nada. Se acercó, le cogió una mano, se la llevó a la cara, la rozó con los labios, y después, apretándola fuerte, la puso sobre las manos de la muchacha que estaba a su lado, y la mantuvo allí, durante unos instantes, para que no pudiese escapar (...) y salió corriendo.

¿La historia de amor que narra la novela es ésta? ¿O es la de Hélène? ¿O las dos? ¿O ninguna de las dos son historias de amor? ¿Acaso puede existir una historia de amor cuando se engaña con el mejor amigo o con una joven de ojos sin sesgo oriental? ¿O es que Hélène no lo engaña con Baldabiou? Me parece que esta novela es mucho más que estas dos historias de amor o de desamor. El contexto histórico es muy importante, y dentro de él esa soledad del ser humano que lo lleva a cometer acciones inimaginables. La bellísima carta que supuestamente escribe la joven de ojos sin sesgo oriental, que en realidad escribe Hélène, muestra no solamente el amor tan grande de su esposa, sino ese erotismo que abarca toda la narración, una carta que queda fija, por inolvidable y particularmente significativa, al terminar de leer Seda:

Sigue así, quiero mirarte, yo te he mirado mucho pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate donde estás, tenemos una noche para nosotros, y yo quiero mirarte, nunca te he visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si te es posible, y acaríciate, son tan bellas tus manos, he soñado con ellas tantas veces, ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, te lo ruego, continúa, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate, amado señor mío, acaricia tu sexo, te lo ruego, despacio, es hermosa tu mano en tu sexo, no te detengas, a mí gusta mirarla y mirarte, amado señor mío, no abras los ojos, todavía no, no debes tener miedo, estoy cerca de ti, ¿me sientes?, estoy aquí, te puedo rozar, esto es seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, de repente sentirás el calor de mis labios sobre de ti, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de repente, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las pestañas, sentirás entrar el calor en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea en tu sexo, apoyaré mis entreabra mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva descenderá por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te deseo, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te deseo, y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en el corazón tú serás mío para siempre, si no me crees abre los ojos, amado señor mío, y mírame, soy yo, quién podrá borrar este instante que sucede, y este cuerpo mío ya sin seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que deslizas debajo de mí, aferras mis caderas, me levantas, dejas que me deslice sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote lentamente, tus manos en mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves lentamente pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me alza, tus brazos que no dejan que me marche, los golpes dentro de mí, es violencia dulce, veo tus ojos que buscan en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, amado señor mío, no hay final, no acabará, ¿lo ves?, nadie podrá borrar este instante que sucede, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos separando las lágrimas de mis pestañas, mi voz dentro de la tuya, tu violencia que me tiene aferrada, no queda tiempo para huir ni fuerza para resistirse, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, amado señor mío, este instante existirá, de ahora en adelante, existirá, hasta el final.
-No nos veremos más, señor.
-Lo que era para nosotros, lo hemos hecho, y vos lo sabéis. Creedme: lo hemos hecho para siempre. Preservad vuestra vida resguardada de mi. Y no dudéis un instante, si fuese útil para vuestra felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora os dice, sin añoranza, adiós.

El énfasis en "esto es seda", es mío.