Narrativas 7

Posted by Magda Díaz Morales in

Queridos amigos, ya está en línea el número siete de Narrativas. Revista de narrativa contemporánea en castellano. Nuevamente, se dan cita excelentes narradores, críticos literarios, reseñistas, traductores y periodistas culturales. Se ha abierto la sección "Literatura e imagen", la presencia de estupendos ilustradores cuya obra haga referencia a la literatura. Carlos Manzano y una servidora, deseamos que el número sea de su completo agrado.

ÍNDICE

ENSAYO

El discurso confesional en “El obsceno pájaro de la noche” de José Donoso, Mónica Barrientos
La degradación de El Carajo. “El apando” de José Revueltas, Juan Fernando Covarrubias Pérez
Roberto Bolaño: La parte de los crímenes, Miguel Esquirol

RELATO

"Tres cuentos del fotógrafo Manuel Martín Mormeneo", Antón Castro
"El epílogo de Kilgore", Eric Schierloh
"El collar", María Eugenia Caseiro
“Good girl”, Eva Díaz Riobello
"Newton el mago", Carlos Montuenga
“Maripaz”, Javier Munguía
"Mester de juglaría", Luis Antonio Marín
"El viaje", Carlos G. Burgos
"Bump", Gabriel Amador
"¿Espejismo de la psiquiatra Navarro?", Omar Piña
"Cuento de reyes", Julio Blanco García
"Pares", Rolando Revagliatti
"Colecciones", José Antonio Ruiz
"Gunter, el magnífico", Sandra Becerril
"Familia feliz", Guillermo J. Escribano
"Marina Salvidge", Javier Esteban Gayo
"Superviviente", Emilio Gil (Jio)
"Terapia de pareja", Gabriela Urrutibehety
"Valkiria del nuevo mundo", Pablo Lores Kanto
"El diario de un abogado", Orlando Mazeyra Guillén
"Un día en la vida de Michio Kaki", Lilia Morales y Mori
"Desde mis ojos una vida", Jonathan Minila
"Tu nombre estará en el cielo", F. R. Gafult
"El petrimetre", Jorge Cabrerizo
"De chivo los tamales", Ricardo Olvera
"Las malas costumbres", David Gerardo Colina Gómez
"La entrevista de trabajo", Una mujer desesperada
"Chivato", Juan Carlos Sánchez Gómez
"Concierto matutino", Sandro Cohen
"El lorito tonto", Lourdes Aso Torralba
"Fin de viaje para Desiderio Tackeray", Antonio Tudela Sancho

NOVELA

American Dream - Crónica de un viaje al purgatorio (Capítulo), Leo Zelada

NARRADORES

En esta ocasión, el espacio de Narradores está dedicado a los escritores Gustavo Nielsen y Pilar Adón

ENTREVISTA

Magdalena Lasala, por Raúl Tristan

RESEÑAS

“Los políticos - La plaga” de José Ovejero, Román Piña
“Cocaína (manual de usuario)” de Julián Herbert, Cristina Núñez Pereira
“Nadie me mata” de Javier Azpeitia, Eugenio Sánchez Bravo
“Fruta verde” de Enrique Serna, Magda Díaz y Morales
“Suspiro azul” de Sandra Becerril, Héctor López Bello
“Aquí no hay invierno”, de Varios Autores, Karina Falcón

MIRADAS

Memoria de la memoria de Isak Dinesen, por María Aixa Sanz
La Chicana: Tango del Sur, por Vanessa Alanís Fuentes Oliver
El desierto: mito y poesía del noroeste de México, Gabriel Trujillo Muñoz

LITERATURA E IMAGEN

Urco, el perro del mar. Ilustración de la artista aragonesa Blanca Bk Gimeno, basada en el relato del mismo nombre del escritor Antón Castro.

Novedades editoriales

Con México en el corazón: Vila-Matas

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Me permito transcribir las hermosas letras del escritor catalán y veracruzano (ya lo hemos adoptado) Enrique Vila-Matas, publicadas en El País. Muchas gracias por ellas:

Con México en el corazón

1. Escribo en el nombre de México, del Hijo y del Espíritu independiente y libre de este gran festival, Fet a Mèxic, que tendrá lugar en Barcelona desde el próximo sábado 29 hasta el 6 de octubre. En realidad, escribo en el nombre de México desde hace dos décadas, desde que por primera vez vi ese país arrebatador, fascinante.

Aceptamos un despótico sofisma según el cual no tiene sentido preguntar por el momento antes del big bang. Pero en mi primer viaje a México tuve la impresión de que el país entero vivía precisamente en ese momento que precedió al universo. Ya en ese primer viaje, el país entero me pareció un espacio virgen para la imaginación, un lugar en el que toda ficción era todavía posible. Esa vida antes del big bang, esa vida en el sinsentido, explicaría que México entero -o, como diría Juan Villoro, esa indescifrable realidad que por convención llamamos México- resulte siempre un terreno abonado para la máxima imaginación narrativa, la alucinación y el ensueño.

País desatado y arrebatador, que me dejó fascinado. Creo que me ha llegado la hora de definir esa fascinación. Sí, me ha llegado la hora como si me encontrara en el Día de Muertos en Cuernavaca, en pleno crepúsculo, vestido de franela blanca, sentado bebiendo anís en la terraza del hotel Casino de la Selva. De entrada, México me fascina porque allí pierdo todo cristiano sentido de la culpabilidad. Allí, como si fuera súbdito de una religión de idioma olvidado, puedo sentir invadida el alma por grandes dioses pecadores.

México me fascina por su culto a los muertos y porque es un pueblo ritual y sobre todo porque, a diferencia del resto del mundo, conserva intacto el antiguo arte de la fiesta aunque -todo sea dicho- tiene una manera muy curiosa de divertirse: no se divierte. Como dice Octavio Paz, en los festejos el mexicano lo que quiere es sobrepasarse, gritar, cantar, disparar, saltar el muro de la soledad que tanto le incomunica normalmente. Cuando las almas estallan como lo hacen los colores, ¿se olvidan los mexicanos de sí mismos, muestran su verdadero rostro? Nadie lo sabe. México me fascina porque es el paraíso perdido de las máscaras. México me fascina por esa extrema y atractiva cortesía del mexicano, aunque sus silencios -todo sea dicho- hielan. México me fascina porque allí sin mala conciencia jugué en otros días a mostrar mi verdadero rostro en esas noches de muerte sin fin en las que siempre acababa pensando que había otro rostro detrás del que había yo descubierto. México me fascina porque, en su paraíso perdido de las máscaras, me encuentro a la deriva y paradójicamente en casa. Entonces me digo que soy de Veracruz.

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Juan García Ponce

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Juan García Ponce nació el 22 de septiembre de 1932, hoy hubiera cumplido 75 años. Lo recuerdo con mucho cariño y escribo estas sus palabras, junto a un largo abrazo:

"Yo comparto la opinión de que vivimos en un mundo corrupto, por eso precisamente no hay que serlo. Eso es muy sencillo, te paso la fórmula: basta creer en la belleza y despreciar el poder".
De su libro La aparición de lo invisible:

"El secreto del gran arte, de la gran obra, se encuentra en su capacidad de guardar el secreto y mantenerlo vivo. Su papel no sólo es el de un trasmisor, sino también el de un almacen en el que se conserva ese secreto en su verdad sin principio ni fin, contenida, como ha señalado Maurice Blanchot a propósito de la literatura crítica, en "el infinito de la palabra no dialéctica", ese infinito con miras a la acción interior, ligado al espacio creador, contenido en él, que la crítica debe seguir como una búsqueda de la posibilidad de la experiencia".

Literatura y cosmética

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Literatura y cosmética
Rafael Gumucio

Es difícil no enamorarse por carta, por correo-e o por Messenger. Nada enamora más que la distancia, que la espera, que la impotencia, la imposibilidad de poseer al otro ahora mismo. El amor se nutre de los aplazamientos; el sexo puede detestar la impotencia, el amor es finalmente siempre una forma de ésta. Amamos lo que no tenemos, porque es nuestra única forma de tenerlo. O de sentir al menos por un segundo que lo tenemos. Amamos a la que se fue, porque a través de las cartas, de los Messenger, de la urgencia siempre aplazada de nuestros sentimientos, podemos mentirnos y pensar que no se ha ido. Amar es en gran parte una forma de salvar las distancias, de negar la muerte -esa distancia final.

Amamos por carta, por correo-e, por Messenger esa distancia, pero también admiramos a un extraño tipo de belleza que se abriga en la escritura. Pocas son las personas que logran ser feas por escrito. Basta que alguien nos escriba con cierta gracia, con cierta sinceridad, evitando los más vistosos lugares comunes, las más atroces pedanterías, para que le encontremos gracia, estilo. Si no conocemos a la persona que nos escribe, nos imaginamos una armonía sutil en su rostro, un cuerpo indestructible, una sonrisa plena que nos hace bien. Estamos acostumbrados a atribuirle al que escribe una cierta belleza estándar -que llamamos normalidad- que no existe fuera de las letras. Es quizás la verdadera razón por la que tantos se dedican a la literatura. Quieren igualar bajo la sintaxis los accidentes de su cutis. Quieren verse bien.

Solemos al leer saltarnos el contexto del que nos habla, la banalidad de una cara, la normalidad de un gesto que por escrito se parece al gesto de Dante. Nos sentimos solos frente a otro ser que, lo quiera o no, se convierte para nosotros en el momento de la lectura en un Dios. Lo sabe cualquier narrador: la belleza de un personaje no necesita ser casi descrita, con dos o tres trazos la imaginamos perfectamente; la fealdad en cambio, o la mediocridad, tiene que sernos descrita con precisión, con cuidado, para que la creamos.

Ante alguien que cuenta, somos los que escuchamos, los que leemos, impotentes y ciegos. Nos guía el narrador, nuestro lazarillo, nos convence -porque dependemos de su voz, porque es nuestro único contacto con el mundo- de que su rostro es perfecto, que su aliento es divino, que sus intenciones son las mejores del mundo. Nos enamoramos tarde o temprano de nuestro salvador, de nuestro amo, de nuestro abusivo guía. Le creemos hasta que otro guía lo desmienta, y nos enseñe hasta qué punto el guía anterior nos engañaba. Sócrates se hizo filósofo para, ante los ojos de sus auditores, transmutar su fealdad en poder, su vulgaridad de ateniense medio en verdad eterna. El ciego Homero contaba historias de Troya porque cuando recitaba parecía ser el único que veía. Los otros, los que lo oían, eran los ciegos.

La vanidad de los escritores no es espiritual o ideológica, es ante todo física. Se escribe para decir algo, o para ser querido -como decía García Márquez-, pero sobre todas las cosas se escribe para ser buenmozo. Los gordos escriben para ser flacos, los flacos para ser sólidos, los feos para acostarse con mucha gente, los buenosmozos para ser, de viejos, cuando sus rostros los abandonen, al menos interesantes. Nada de raro que los problemas y manías de los escritores -y más aún de esta contradictoria categoría de los escritores jóvenes- se parezcan a las modelos de pasarela. La vida sexual de muchos escritores, que sin la literatura permanecería en la rigurosa abstinencia o monogamia, es promiscua y deshilachada. Poseedores de una belleza artificial, de una belleza prestada, intentan una y otra vez probar los límites de su nueva apostura, hasta que ésta se gaste.

Los autores que rechazan sus fotos en las solapas, lo hacen por pura vanidad cosmética. Da lo mismo que en el relato confiesen tener una joroba, o alimentar tres verrugas en la nariz; la fealdad que puede imaginar un lector siempre es infinitamente menos desagradable, siempre más sublime o heroica, que la que el autor esconde en su pieza. No quieren que los lectores al ver la foto en la solapa bajen del pedestal al autor. La fealdad, la monstruosidad por escrito es siempre única, la fealdad -y la belleza- en la vida real es banal, generalmente común, se pierde en la calle, se confunde, fluye sin que la podamos tocar.

La vanidad de la escritura parece más duradera, más profunda, más interesante que la de las quinceañeras, o la de los modelos de Calvin Klein. Es a la postre más monstruosa, más patética, sobre todo cuando no va acompañada de talento. Un talento que sabe que es en el flujo vulgar de rostros que no nos dicen nada, en esa piel llena de errores que llevamos, en esa vulgaridad que escondemos detrás de las palabras, donde está el verdadero sentido de la escritura. El talento que sabe que ese poder, el del que cuenta, es también una dictadura; que esa belleza, la del que nos hipnotiza, es también una de las formas del horror.

El mercurio
16.09.07

Un ensayo sobre Cervantes

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Es muy cierto que Margarita Peña, es una destacada especialista mexicana en literatura del Siglo de Oro. Sin embargo, no estoy de acuerdo en algunas cosas que apunta en su ensayo publicado en el último Confabulario. Por supuesto que el que yo no esté de acuerdo vale nada, sólo es una opinión.

Su ensayo se llama Cervantes, rehén de la fortuna, y sus enigmas, y en él "revisa la hipótesis sobre la homosexualidad de Miguel de Cervantes, a partir de la precisa recreación de las desventuras de su vida privada". Quizá es mi formación semiótica la que me impide trabajar a un autor o a una obra tomando la vida privada del mismo. Obviamente que de ninguna manera dudo que se apoya para el desarrollo de su texto "en hipótesis establecidas por una crítica autorizada" y en su propia lectura, pero por ejemplo dice:

La posible homosexualidad de Cervantes, sugerida en los últimos años por estudiosos como Rosa Rossi, Ruth El Saffar, el propio Eisenberg y otros. Alude éste a que Rosa Rossi ha reparado en la sorprendente amistad de Cervantes con un homosexual durante el cautiverio de Argel (¿acaso Antonio Veneziano?); asimismo se refiere a la frecuente creación de parejas de amigos en las ficciones cervantinas; a la designación del joven Cervantes como “[caro] y amado discípulo” por el humanista López de Hoyos antes de 1569; al hecho de que su matrimonio sin hijos con Catalina Salazar estaba lejos de ser un matrimonio feliz, y finalmente a la posibilidad de que Cervantes haya sido escritor a sueldo de Cristóbal de Cháves en su Relación de la cárcel de Sevilla, que contiene referencias explícitas al amor homosexual femenino. Al hacer una revisión de la crítica cervantina, Alberto Sánchez menciona como obra clave en este tema la de Combet, Cervantes ou les incertitudes du désir, aunque advierte: “Claro está que no todos los biógrafos coinciden con esta línea discrepante. Jean Canavaggio [...] en su reciente y admirable biografía de Cervantes, admite juiciosamente el volumen de misterio que todavía encubre la personalidad del escritor”.

No se, no me convence. Y también me pregunto: ¿si fue o no fue homosexual tendrá trascendencia literaria?

La risa: El nombre de la rosa

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"La risa hace que los hombres parezcan monos"

El nombre de la rosa (Video)

Via | Fogonazos

Sónechka: Ludmila Ulítskaya

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Ludmila Ulítskaya, Sónechka, Trad. de Cristina Varas Largo (México: Era/Lom: 2007)

De Ludmila Ulítskaya no había leído nada, pero sí esta entrevista en El país que llamó mi atención. Así que cuando vi en el estante de la librería a Sónechka (Premio Médicis en Francia), no lo pensé dos veces y la compré. Y qué bueno que lo hice, es un novela estupenda.

Desde que era muy pequeña, Sónechka o Sonia (en ruso, formas diminutivas del nombre Sofía -dice el traductor-) se sumergió en la lectura. Efrem, su hermano mayor y el graciosito de la familia, siempre le decía, según él en broma, que "con tanta lectura el trasero de Sónechka tomó forma de silla, y su nariz, de pera". Y el narrador que todo lo ve y todo lo sabe en esta novela nos cuenta que, por desgracia, no había gran exageración en la broma:

Su nariz era, en verdad, vagamente periforme, mientras que la misma Sónechka, larguirucha, de hombros anchos, piernas flacas y un trasero aplanado de tanto estar sentada, tenía una sola gracia: unos grandes pechos de mujer, crecidos tempranamente y como fuera de lugar en su cuerpo delgado. Ella doblaba los hombros, se encorvaba y usaba trajes anchos, avergonzándose de su inútil riqueza por delante y de su penosa planicie por detrás. Sónechka, también era miope.

De los siete a los veintisiete años, Sónechka leyó sin parar, "caía en la lectura como en un desmayo, que terminaba con la última página del libro". La lectura de Sónechka tampoco la dejaba cuando dormía, "sus sueños también los leía: soñaba con interesantes novelas históricas, y de acuerdo con el carácter de la acción adivinaba el tipo de letra, sentía de manera extraña los párrafos y los puntos y aparte. Ese desplazamiento interno, asociado a su pasión enfermiza, incluso se agudizaba en sus sueños, donde ella actuaba como héroe o heroína de pleno derecho". Se tituló de bibliotecaria y comenzó a trabajar en el depósito de una biblioteca vieja. Era de los pocos trabajadores que les dolía que terminara la jornada laboral porque tenía que interrumpir el placer de seguir leyendo. Para ella la literatura era una actividad sagrada.

Después de varios años de servir como "monja enclaustrada en el depósito de libros" sigue el consejo de su jefa, otra lectora poseída, y decide presentar los exámenes para entrar a la Universidad, al Departamento de Literatura rusa. En eso está cuando todo cambia en un instante: inicia la guerra. Junto a su padre, deja Moscú al ser evacuada a la ciudad de Sverdlovsk "donde muy pronto fue a parar al único lugar seguro: la biblioteca, localizada en un subterráneo" y a la cual un día llega Robert Víctorovich en busca de un catálogo de libros en francés. Víctorovich es un pintor de cuarenta y siete años que ha vuelto de París y de los campos siberianos. Dos semanas después de este encuentro contraen matrimonio, Víctorovich y:

La limpia alma de Sónechka, envuelta en un capullo hecho de los miles de tomos leídos; adormecida por el fragor ahumado de los mitos griegos, por los sonidos hipnóticos de la flauta del Medioevo, por la melancólica nebulosa y ventosa de Ibsen, la pesadez detallista de Balzac, la música astral de Dante, el canto de Sirenas de las agudas voces de Rilke y Novalis; seducida por la desesperación de los rusos, moralizadora y dirigida al corazón del mismo cielo, comienzan su vida en pareja en medio de la difícil época de la evacuación.
Un mes antes de que naciera su única hija, Tania, la pareja tiene que trasladarse al poblado de Davlekánovo, en Bashkiria y posteriormente a Moscú, nuevamente. Los problemas de la posguerra eran muy grandes, además de la ayuda del padre de Sónechka, sin la cual no hubieran sobrevivido, la familia era alimentada por Sónechka que había heredado la máquina de coser de su madre. Después de muchas penalidades, y gracias al enorme trabajo y a los esfuerzos de Sónechka, en los años cincuenta se pueden semicomprar una vivienda. "La casa era estupenda, había permanecido a un abogado famoso de la revolución". Por fin lo que soñaba Sónechka se hacía realidad: Tania tenía su pieza aparte, una buhardilla en el segundo piso; el padre de Sónechka, "que vivía su último año, ocupaba el cuarto esquinero; en la terraza, adaptada para el frío, Víctorovich instaló su taller. También mejoraron las cosas en cuanto al dinero".

La hija crece, una hija bastante especial: tenía encuentros sexuales con sus compañeritos de escuela, toca la flauta, no termina la escuela, no se conduele de lo que sufre su madre, y cuando conoce a una huérfana, Iasia, "hija de comunistas polacos que habían huido de la invasión fascista", se enamora de ella. Cuando Tania invita a Iasia a su casa, Sónechka se conduele de ella y la invita a vivir con ellos. Iasia se enamora del hogar de Tania y del papá de Tania, con quien mantiene relaciones. Sónechka se entera de ello cuando va muy triste al taller de Víctorovich para avisarle que ha recibido un papel adonde le informan que van a demoler su casa, y a las del barrio, y a reubicar a sus habitantes. Así, se trasladan al "deprimente barrio Lijobori, a un incómodo departamento de tres ambientes, donde todo era de una pobreza humillante".

Pero veamos los absurdos que se presentan: Iasia no se va de la casa, junto con Sónechka y Víctorovich viven en armonía, como si fueran mamá, papá e hija, y cuando Víctorovich muere en la cama con Iasa, Sónechka agradece a Dios que su esposo haya tenido dicha en su vejez. Iasia y Sónechka, después de la muerte de Víctorovich, viven juntas varios años, Sónechka la cuida tiernamente. Iasia, gracias a Sónechka, regresa a Polonia con sus tías y su abuela, se casa con un joven guapo y rico francés y vive en Paris, y Tania se ha casado ya tres veces y se ha divorciado otras tantas, tiene un hijo, vive en Israel y tiene un estupendo cargo en Naciones Unidas.

La vieja y gorda Sofía Iósifovna, antes Sónechka, vive en el barrio Libori, en la tercera planta de un edificio de cinco pisos de los tiempos de Jruschov. No desea trasladarse a su patria histórica, Israel, donde tiene ciudadanía su hija, ni a Suiza, donde ahora trabaja, y ni siquiera a París, tan amado por Robert Víctorovich, adonde la llama permanentemente la segunda niña, Iasia.

Su salud deteriora. Al parecer sufre del mal de Parkinson. El libro tiembla en sus manos.

El perseguido espíritu de Conrad, Javier Marías

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De Javier Marías es este artículo, publicado hoy en Adncultura de La nación. ¿Qué les parecen estos mensajes de ultratumba?

Hace meses recibí de un librero de viejo un panfleto de 1932 publicado por la Mark Twain Society y escrito por la viuda de Joseph Conrad. Conrad se había casado con ella tardíamente, a los 38 años, cuando Jessie acababa de cumplir 23. Eso (y su barba) explica seguramente que durante su luna de miel en la costa francesa, un joven huésped del hotel en que se alojaron -y que en el comedor de mesa larga y común ocupaba asiento junto a la recién casada- se mostrara un día tras otro demasiado atento con ella, para suspicacia del escritor e incomodidad de la esposa.

Hasta que por fin el francés decidió dirigirse a Conrad y, tras una reverencia, le preguntó: "Señor, ¿podría concederme el honor de cortejar a su hija?". Fue la primera vez que Jessie Conrad hubo de contener a su marido para que no se batiera en duelo al instante. Por el par de libros que escribió sobre él tras su muerte, se ve que era una mujer juiciosa, con sentido del humor y que lo había querido mucho. En este raro panfleto explica que su admiración por Conan Doyle era enorme, pero que habría sido cabal si el creador de Sherlock Holmes no la hubiera importunado con una carta en 1929. (Es sabido, y es lástima, que a tan gran escritor, en los últimos años de su vida -murió en 1930- se le diera por el ocultismo y el espiritismo y, por lo que viene a continuación, se debiera de convertir en un plasta.) Sin haber tenido contacto previo, Conan Doyle le escribió para comunicarle que estaba seguro de que su difunto marido -Conrad había muerto en 1924- deseaba entrar en contacto con ella, y añadía que para los muertos eso no resultaba fácil sin ayuda de los vivos, ya que aquellos seguían tan sujetos a leyes como nosotros.

A través de una médium, aseguraba Conan Doyle en su carta, Conrad había manifestado su deseo de que el autor de misterios terminase por él un libro "de historia francesa" que había dejado inconcluso. Según Jessie, Sir Arthur estaba muy mal informado: no solo a Conrad jamás lo habría tentado semejante y vago tema, sino que, sobre todo, nunca le habría pedido a nadie, ni siquiera a un insigne colega, que acabase por él una obra suya. La viuda de Conrad añadía que otras tres personas habían tratado de pasarle "mensajes" de su marido más adelante, los cuales se había negado a recibir en redondo.

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El portero de noche

Posted by Magda Díaz Morales in

El portero de noche El portero de noche, dirigida por Liliana Cavani (1974), es una película con un argumento conocido: una adolescente judía, Lucía (interpretada por Charlotte Rampling), que durante la Segunda Guerra Mundial es torturada y abusada sexualmente por Max Theo Aldorfer, oficial de las SS (interpretado Dirk Bogarde) en un campo de concentración, esos campos de exterminio nazi en los que habitaba la ruina ética y psicológica, descubiertos tras la derrota alemana y la liberación de las naciones ocupadas.

En 1957, trece años después, los personajes coinciden en un lujoso hotel vienés, el Opere, donde él trabaja como encargado (portero) y ella llega con su esposo, un famoso director de orquesta que anda de gira. Es la Austria que apenas tiene dos años de desocupación (la ocupación se mantuvo en Austria hasta 1955). Obviamente que la consternación de este encuentro los afecta profundamente. Paralelamente, viejos compañeros organizan entre ellos juicios falsos para cada uno de los miembros del grupo, esto les ayuda para silenciar un poco sus complejos de culpa. En estos momentos del encuentro casual de Lucía y el guardia nazi, se va a realizar precisamente el juicio de éste y teme que ella vaya a declarar en su contra puesto que no sabe concretamente a que ha venido a Viena.

A partir de este momento nos vamos enterando, gracias a escenas retrospectivas (flashback) que conectan momentos diferentes y transladando la acción al pasado, de acciones sucedidas durante la estancia en ese campo de concentración y de otros detalles que tienen lugar, especialmente sobre otros personajes como el bailarín (un personaje impresionante) o Klaus. Cuando el esposo tiene que seguir su gira y ella decide quedarse en Viena para ir supuestamente de compras, empieza lo que para uno es incomprensible pero no para la lógica de los personajes totalmente afectada por lo vivido en el pasado aunque de diferente manera, pero en el mismo trasfondo histórico y político que describe la película.

Lucía, que ya tenía una vida tranquila junto a su esposo, decide quedarse al lado del que fuera su cruel verdugo. Las humillaciones recibidas parecen no importarle ni tampoco que él siga siendo agresivo, colérico, ofensivo, áspero. Qué terrible ver cómo fue obligada a realizar actos sexuales en ese campo de exterminio. La maltrata, la somete, la oprime, la fuerza a hacer lo que a él le viene en gana gracias al poder que las circunstancias le otorgan. Tan inmenso dolor, incomprensible para quien no lo ha vivido, sólo puede tener como resultado la pérdida de cualquier valor hacia sí misma y el deseo (consciente o inconsciente) de dejar de existir porque ya no se es nada en este mundo. Se está dañada totalmente y el resultado lo vemos transcurrir en un pequeño departamento...

Si bien no hay que perder de vista que la película es una coproducción entre Italia y Estados Unidos y sus particulares visiones propagandistas de todos estos hechos (recordemos el muy feo final de La vida es bella), sabemos que estos casos se dieron en la realidad y qué dificil es comprender que se pueda hablar de ellos en la actualidad con naturalidad...

Muchas gracias a Luisa Miñana, por la recomendación de esta película.

El lector: Bernhard Schlink

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El lector, Bernhard Schlink Bernhard Schlink, El lector, Trad. Joan Parra Contreras (Barcelona: Anagrama, 2006)

Muchos son los elogios para ponderar esta novela. Es muy hermosa. Desearía comentarles el final y todo lo que sucede para llegar a éste; asimismo, contarles paso a paso los momentos cumbres que se abren sorpresivamente frente a nuestros ojos y nos dejan impactados. La obra guarda perturbadores asombros y hermosos descubrimientos que ustedes deben de disfrutar plenamente como se van presentando. Es como ir caminando en una calle y de repente, al dar la vuelta en una esquina, hallarnos ante lo inimaginable.

Toda la novela es una analepsis, una historia que ya pasó y nos es relatada desde el presente narrativo por un abogado y escritor, Michael Berg, el narrador-personaje que nos cuenta su propia vida y la de Hanna Schmitz. En la primera parte de la novela, Michael Berg tiene quince años cuando al volver de la escuela se siente mal y una mujer un tanto ruda pero guapa, veinte años mayor que él, se acerca a ayudarlo. Lo lleva a su casa, lo asea y luego lo acompaña a su domicilio. El médico le diagnostica hepatitis. Cuando se alivia, por consejo de su madre, va a buscarla con un ramo de flores para darle las gracias. Este es el inicio de una relación en la que siempre antes del abrazo erótico él tiene que leerle a ella en voz alta, ya después se bañan (es obsesiva de la limpieza) y luego el amor. Era un ritual. Hanna escuchaba con mucha atención, seguía la trama, emitía sus opiniones, disfrutaba profundamente la lectura. Michael Berg vive al lado de Hanna lo que a todo adolescente, y sus hormonas juveniles, le apetece vivir. Esto le da seguridad, alegría, confianza, pero también a veces siente miedo:

Del contacto, de los besos, de no gustarle, de no ser bastante para ella. Pero cuando ya llevábamos un rato abrazados, cuando me empapé de su olor y sentí plenamente su calidez y su fuerza, todo cobró sentido: me puse a explorar su cuerpo con las manos y la boca, nuestras bocas se encontraron, y por fin la tuve encima de mí, mirándome a los ojos, hasta que llegué al clímax y cerré los ojos con fuerza, y al principio intenté contenerme, pero luego grité tan fuerte que ella tuvo que taparme la boca con la mano.

Hanna es una mujer especial, hablaba poco, indiferente a muchas cosas, fuerte de carácter, sin ningún apego a nada, "se crió, nos dice el narrador, en la parte alemana de Rumanía, a los diecisiete años emigró a Berlín y encontró trabajo en Siemens, y a los veintiuno fue a parar al ejército. Desde el final de la guerra había ido saliendo adelante con diferentes trabajos de poca monta". En este momento de la historia trabaja como revisora de billetes de tranvía. Eran felices juntos hasta que un día el jovencito llega a casa de Hanna y no la encuentra, ella ha desaparecido sin dejar rastro.

Han pasado siete u ocho años cuando Michael Berg, ya todo un estudiante de derecho, vuelve a ver a Hanna. Berg, asistía a una clase que le llamaban el "Seminario de Auschwitz", en el que se revisaban particularmente los horrores del pasado nazi. El maestro del curso envía a los estudiantes para que asistan a ver un juicio al Palacio de Justicia y puedan seguir y evaluar el proceso. El juicio era contra criminales de guerra, cinco mujeres estaban acusadas de ser las responsables de la muerte de varias personas en el campo de concentración del que eran guardianas, entre las acusadas está Hanna Schmitz.

En este momento da inicio la segunda parte de la novela. Lo que sucede a partir de aquí nos conmueve profundamente. Caminamos al lado de Michael Berg, perteneciente a la generación postnazi. También vamos junto a Hanna Schmitz, criminal de guerra. Comprobamos los desgarros de los dos aunque cada uno desde la posición que le tocó vivir en el mundo. Lo que sucede con esa literatura que los une, con sus sentimientos, sus recuerdos, sus culpas, su dolor, sus decisiones, sus deseos, sus vidas, nos deja estremecidos.

Cuando nos abrimos,
tú a mí y yo a ti,
cuando nos sumergimos,
tu en mi y yo en ti,
cuando nos olvidamos,
tú en mí y yo en ti.

Sólo entonces
yo soy yo
y tú eres tú.
Este poema se lo escribe Michael Berg a Hanna, cuando empiezan sus lecturas antes del abrazo erótico y hasta su manera de hacer el amor cambia.

Una gran novela.