28 de diciembre de 2007

La literatura y los cafés

Con lo que me gustan los cafés...

“Budapest es la ciudad de los cafés. El que quiera retratar la capital, que retrate sus cafés”, advierte en 1891 Ödön Gerő, uno de los primeros sociógrafos del país. El café, sin lugar a dudas, es una institución bien conocida en muchas partes del mundo, sin embargo, su significado varía de ciudad en ciudad. Lo que se conocía por café en Budapest, era, por un lado, un fenómeno difundido en todo el territorio de la monarquía austro-húngara: descendía de los cafés vieneses. Por otro, era un sitio especial, que distaba mucho de ser “un simple lugar donde se preparaba y se servía café”, y es que los cafés de Budapest constituían un mundo aparte.

La historia de los cafés de Budapest se remonta al siglo XVII, a los tiempos inmediatamente posteriores a la dominación turca, pero su época de esplendor fue a finales del siglo XIX y principios del XX. Solo después del nacimiento de la monarquía dualista los cafés de Budapest cobraron plena forma, con su exuberante arquitectura interior. En el año 1896, tan solo en la capital se contaban alrededor de 600 cafés, esta cifra nunca fue superada. En dicha época llegaron incluso a aprobar una ley que establecía que un café debía contar con una superficie mínima de 150 metros cuadrados y una altura de al menos 4 metros además de dos mesas de billar. Los demás establecimientos donde se vendía y servía café no estaban autorizados a presumir del título de “café”, y tenían que conformarse con el modesto nombre de “despacho de café”.

Pero, aparte de lo que constaba en la ley, ¿qué era lo que distinguía esos cafés, inmortalizados en un sinnúmero de obras literarias de la época, del resto de lugares similares? Los enormes ventanales y la ubicación (pues la mayoría se encontraba en una esquina) permitían a los clientes observar la vida por la calle, y, al mismo tiempo, permanecer en un lugar resguardado. Los cafés constituían un espacio transitorio entre la plena publicidad de la calle y la privacidad del hogar. De hecho, para muchas personas el café era un segundo hogar. Y no creamos que sólo los poetas bohemios y otros artistas en constante apuro económico pasaban sus días allí. Eran el lugar donde las diferencias sociales desaparecían, donde prácticamente todos los segmentos de la sociedad tenían cabida (“la utopía hecha realidad”, como afirma Wilhelm Droste). Hasta un aprendiz de dependiente o un barbero podía permitirse tomar un café, incluso en los más lujosos del centro de la ciudad. Y nadie obligaba a los clientes a consumir más. Con una taza de café se podía pasar horas sentado a la mesa. Y ¡cómo se trataba a la gente! Los dueños y los camareros respetaban a los clientes a más no poder. Todos podían sentirse señores por unas horas. En los cafés reinaba la democracia que fuera de sus muros era un concepto desconocido, aunque en realidad, esa igualdad fuera solo aparente.

El famoso dramaturgo y novelista Ferenc Molnár se quejaba de que el motivo de frecuentar en tropel los cafés era la pobreza y las míseras condiciones de vivienda de la época. En efecto, muchos se veían obligados a vivir en oscuras habitaciones de alquiler, y numerosos familiares tenían que compartir exiguos cuartos. En cambio, los cafés ofrecían enormes espacios, su mobiliario, en general, era cómodo y grandioso, entraba mucha claridad, y si no, las inmensas y espectaculares lámparas proporcionaban la suficiente luz como para que los clientes puedan sentirse en un mundo verdaderamente resplandeciente y olvidarse de sus míseros hogares. Muchas mujeres (porque iban también mujeres y hasta niños a los cafés) optaban por organizar reuniones con sus amigas en el café en lugar de en su propia casa, pequeña, y modesta. Una merienda en un café era la manera más barata de mantener relaciones con la gente.

Los cafés cumplían otra importantísima función, eran lugares donde se debatían públicamente las cuestiones que más le preocupaban a la gente. Como decía Molnár, “la vida pública de Budapest es dirigida desde los cafés”. Si una noticia se difundía en alguno de ellos, en apenas una hora era conocida ya en todos. No es de sorprender que los años 50 supusieran el final de los tradicionales cafés, ya que su importancia radicaba justamente en la libre circulación de la información. Como ejemplo baste que la revolución de 1848 tuvo su arranque precisamente en un café, el Pilvax.

Uno de sus servicios primordiales era la oferta de periódicos y revistas. El café Nueva York, el más lujoso de la ciudad, ofrecía a sus clientes unos 400 artículos de prensa, de la más diversa índole. Entre ellos había diarios húngaros y extranjeros, semanales, revistas ilustradas, periódicos especializados. Otro de los cafés estaba incluso abonado a una revista española de la época.

Aparte de tomar café, comer, charlar y leer la prensa era posible practicar diversas actividades. Por ejemplo juegos como el billar o los naipes. En los cafés literarios estaban de moda los diferentes juegos lingüísticos y literarios o los rompecabezas así como diversos juegos de azar y destreza. La prostitución estaba presente también en los cafés, en alguno incluso de manera legal. Varios “negocios” de este tipo se concluían en los mismos espacios, algunos hasta ofrecían a los clientes sus habitaciones apartadas para ello. Existía también el café musical, donde generalmente tocaban orquestas gitanas o pequeñas bandas.

La llegada de la I Guerra Mundial puso fin a la época de esplendor de los cafés de Budapest, y con la instalación del régimen comunista todo indicaba que iba a desaparecer para siempre la rica cultura del café. Los pomposos edificios fueron devastados, su mobiliario saqueado o destruido. En su lugar se abrieron, por aquel entonces o más tarde, oficinas de correos, almacenes de artículos deportivos, clubes universitarios, salas de juego, sucursales de bancos, restaurantes de comida rápida. Afortunadamente, en la última década, Budapest parece ir recobrando su sumergida cultura del café, se han reabierto algunos de los legendarios cafés de antaño. Veremos si esto tendrá su repercusión en la literatura.

En: Una ciudad con aroma de café.

En la ciudad donde vivo, que es una ciudad cafetalera entre otras cosas, los hay muy bonitos, no tengo fotos pero voy a tomar para mostrárselos.

20 de diciembre de 2007

Mi literaturas!

Nace Mi Literaturas!, una Red Social dedicada al mundo de los libros. Es una iniciativa de Literaturas.com

Dice la nota: "Mi Literaturas! es una red de contactos personales entre lectores de la revista, escritores, editores, educadores, medios de comunicación especializados y en general con todas aquellas personas que quieran compartir información, conocimiento y conversaciones con otros miembros de la Red con intereses literarios".

17 de diciembre de 2007

Narrativas 8

Queridos amigos, ya está en línea el número ocho de Narrativas. Revista de narrativa contemporánea en castellano. Este número está especialmente dedicado al excelente narrador, ensayista, periodista cultural, y valioso ser humano: Enrique Vila-Matas.

Carlos Manzano y una servidora agradecemos profundamente a Vila-Matas, su aportación, cooperación y sencillez. Una vez más se comprueba, que las grandes personas poseen esa afabilidad que tanto se agradece y valora.

De la misma manera, damos las gracias a los narradores, críticos literarios, reseñistas y periodistas culturales, que se dan cita en este número.

Narrativas, cierra con broche de oro este 2007.


EXPLORANDO LOS ABISMOS DE ENRIQUE VILA-MATAS

Explorador de abismos: Retrato realizado por el artista mexicano Ricardo Olvera. Técnica mixta: acuarela y lápiz de color.
Entrevista a Enrique Vila-Matas, por Ana Solanes
Un catálogo de ausentes, por Enrique Vila-Matas

LECTURAS:

Un espía de letras. Nota sobre el viajero más lento que amaba a Carmen Miranda, por Antón Castro
Vila-Matas, viaje alrededor, por Miguel Sanfeliú
Pasavento o Matrix - una lectura, por Luisa Miñana
Algunos apuntes sobre El viento ligero en Parma, por Julio Salinas Lombard
Reseña de "Un Vila-Matas abreviado. Historia abreviada de la literatura portátil", por Blanca Vázquez
Reseña de "El mal de Montano", por Magda Díaz y Morales
Reseña de "Doctor Pasavento, por Gatito viejo
Reseña de "Exploradores del abismo", por Faustino Ángel Sánchez García
“Roxanne”, por Blanca Vázquez

ENSAYO:

La figuración circular del tiempo en la historia según Pao Cheng, por Omar Espinosa Cisneros
Universo finito. Antología del minicuento, por Homero Carvalho Oliva
Sócrates: diálogo frente a escritura. Notas al Crátilo de Platón, por
Eugenio Sánchez Bravo

RELATO:

"El circo nunca muere", por Gabriel Báñez
"Mario", por Fernando Sánchez Calvo
"La garrota", por José Marzo
"Doctor Paracelso", por Carlos Montuenga
"Sarto", por Genoveva Arcaute
"Actrices y debilidades, o vidas nebulosas", por Javier Guerrero Rodríguez
"Microcuentos", por Homero Carvalho Oliva
"La corriente", por Rolando Revagliatti
"Los pequeños", por Salvador Alario Bataller
"Flor de Capomo", por Paul Medrano
"El reloj de arena", por Carmen Fernández Etreros
"De una noche de verano", por Sergio Borao Llop
"El taquígrafo de versos", por Juan Carlos Márquez
"Marcela", por Mónica Gutiérrez Sancho
"El mural de la cantina", por Lilia Morales y Mori
"Yo te perdono", por Francisco Ortiz
"El zapato", por Miguel Rodríguez Otero
"Mi primera biblioteca", por Marta Navarro
"Como sólo tú sabes", por Fernando García Pañeda
"Amigos a la fuerza", por Javier Menéndez Llamazares
"Putrefacto", por Emilio Gil (Jio)
"Chivos expiatorios", por Ahmed Oubali
"La oración bajo el agua", por Diego Chozas
"Vecinos per versos", por Gustavo Marcelo Galliano
"Dos relatos", por Lady López
"Líder", por Luis Emel Topogenario
"Arquitexturas urbanas", por Héctor Huerga

ENTREVISTA:

Entrevista a Angélica Gorodischer, por Sandra Becerril

RESEÑAS:

Museo de la soledad” de Carlos Castán, por Antón Castro
Muertes de andar por casa” de Fernando Sánchez Calvo, por Ana Gorría
El príncipe negro” de Iris Murdoch, por M. Aixa Sanz
Mascarada” de Javier Munguía, por Caballero de Tauro
Santuario”, de Edith Wharton, por A. Iruela Vara

Novedades editoriales

15 de diciembre de 2007

Repete: Michaela Pavlátová

Hace unos días leí que la Filmoteca de Zaragoza ofreció un ciclo de animación checa. Busqué más información porque este tipo de cine me gusta especialmente y encontré que exhibieron el excelente cortometraje Repete (1995), de Michaela Pavlátová. Me interesa conocer su opinión, a mi me parece conmovedor, fuerte, para reflexionar profundamente sobre cómo somos muchas veces los seres humanos y de qué manera vivimos en el mundo...
Encontré también estos videos de la artista, de igual manera impresionantes. Mirando su trabajo se comprende perfectamente porque fue nominada a un Óscar en 1993 por su cortometraje de animación Reci, Reci, Reci (1991):

El carnaval de los animales
Etuda Z Alba
Forever & Forever

12 de diciembre de 2007

Un demoledor artículo de Hernán Casciari

Aunque no es para asombrarse, de todas maneras pienso que eso de escribir siempre es un riesgo y que hay quien no se le pasa ni disculpa nada, como en esta ocasión a Hernán Casciari. Leo esto a través de Escolar.net Transcribo tal cual lo leo en el blog del primero:

La abuelita de Rosa Montero
Hernán Casciari
12 de diciembre, 2007

Ayer apareció, en la contraportada de El País, un texto de Rosa Montero en el que la escritora arremete contra la serie Dexter. ¡Blasfema!

Ayer apareció, en la contraportada de este periódico, un texto de Rosa Montero llamado "Sadismo", en el que la escritora arremete contra la serie de televisión Dexter, culpándola, entre otras cosas, de provocar la agresividad y el sadismo gratuito entre los grandes y los chicos. La escritora escribe con soltura sobre una obra de ficción de la que, confiesa, sólo ha visto unos minutos porque le resultó "repugnante". Pero no quiero seguir explicando sus palabras, es imprescindible la lectura completa del texto, que no tiene desperdicio:

Sadismo
por Rosa Montero
(El País, 11 de diciembre de 2007)

Llega una nueva serie de televisión que ya estaba en el cable. Rizando el rizo de la venta al por mayor de la violencia, el protagonista es un psicópata encantador, un sádico simpático que busca la complicidad del espectador. Para endulzar la despampanante orgía de sangre, atrocidades perversas y refinada saña, este agradable asesino en serie sólo mata a los malos, es decir, a aquellos que a su vez son asesinos. Por cierto que no acaba con ellos por hacer justicia, sino porque disfruta haciendo sufrir. Ya digo que es un sádico. No pude terminar de ver ni siquiera un capítulo, así de repugnante es el producto.

Según un informe del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, los niños españoles pasan frente al televisor 930 horas al año, por 900 que están en el colegio. Cada hora ven entre cinco y diez actos violentos, y está demostrado que cuanta más violencia televisiva han visto, más agresivos son a los dieciocho. Se me ocurre que este nuevo carnicero dejará su huella en grandes y chicos.

En los años setenta, las películas que ofrecían dosis masivas de violencia bajo la tenue justificación de un justiciero solitario que mataba malos, como Harry el Sucio, eran consideradas reaccionarias. Hoy, en cambio, se diría que el sadismo está de moda, con el agravante de que ahora las carnicerías son infinitamente más perversas y realistas. Hoy Quentin Tarantino saca en primer plano cómo torturan a un tipo rebanándole la oreja lentamente y a todos los modernos les parece la bomba. Y lo mismo sucede con este nuevo héroe televisivo cruel y morboso: qué guay, un matarife psicopático. Diversión a tope. Explotar el sadismo para obtener más share se considera de lo más normal, forma parte de ese fofo "vale todo" en el que vivimos. A mí, sin embargo, me repele: debo ser una antigua.

Mi idea inicial fue debatir, en estas páginas, la enorme cantidad de boludeces que escribe Rosa Montero en su columna, pero sin embargo me llegó, a tiempo, un documento que la exonera de toda culpa. El problema de Rosa Montero no es su incapacidad de comprender la ficción televisiva. Ella no es, como el resto de los intelectuales quisquillosos, una especie culta que desprecia toda la tele sin excepción. No es de las que pueden hacer una crítica certera viendo sólo cinco minutos de una obra. No. Lo que tiene Rosa (casi igual que Dexter Morgan) es un problema con su pasado. Publico aquí, en exclusiva, una columna aparecida el 11 de diciembre de 1917 en el periódico La Vanguardia. La escribe Rosa Montero, la abuelita de la actual Rosa Montero:

Sadismo
por Rosa Montero
(La Vanguardia, 11 de diciembre de 1917)

Llega un nuevo folletín a mi biblioteca, que fue publicado en doce episodios por la revista rusa El Mensajero, hace ya cuarenta años, con el nombre de Преступление и наказание (aquí, creo, la llamarán Crimen y Castigo y aparecerá en forma de libro a principios de marzo de 1918). Rizando el rizo de la venta al por mayor de la violencia, el protagonista es un muchacho encantador, un asesino sádico la mar de simpático, llamado Raskolnikov, que busca la complicidad del lector. Una complicidad inaceptable.

Para endulzar la orgía de muertes, atrocidades perversas y refinada saña, este agradable asesino sólo mata ancianas, es decir, seres desvalidos que no le hacen mal a nadie. Por cierto que no acaba con ellas para hacer justicia, sino porque desea saber si es posible matar sin razón, sin dejar huella, y cometer de este modo el crimen perfecto. ¡Ya digo, es un sádico! No pude terminar de leer ni siquiera las primeras páginas, así de repugnante es el libro.

Según un informe del Centro Reina Victoria para el Estudio de la Violencia, los niños y jóvenes españoles consumen esta mal llamada 'nueva literatura' unas 930 horas al año, por 900 que están en el colegio. Cada hora son cómplices de entre cinco y diez escenas literarias violentas, y está demostrado que cuanta más violencia han leído, más agresivos son a los veintidós años. Se me ocurre que este nuevo asesino ruso dejará su huella en grandes y pequeños.

En 1840 apareció un libro que ofrecía dosis masivas de violencia bajo la tenue justificación de un gorila solitario que mataba gente. La novelita se llamó Los Crímenes de la calle Morgue, del ya olvidado escritorcito borracho Allan Poe, y fue considerada por mi madre (columnista de opinión también) una obra espantosa. Hoy, en cambio, se diría que el sadismo está de moda, con el agravante de que ahora los asesinatos no son ejecutados por primates, ni por chimpancés, sino por supuestos hombres decentes como el impresentable Raskolnikov.

En la actualidad de este flamante siglo XX, Howard P. Lovecraft ha escrito sin escrúpulos el asqueroso libro El caso de Charles Dexter Ward, la historia de un hombre degradado física y psicológicamente por su familia, que acaba (¡cómo no!) provocando un baño de sangre. Y lo mismo sucede con este flamante héroe ruso del tal Dostoyevski, este funcionario cruel y morboso llamado Raskolnikov: qué alegría, un soviético psicopáta. Diversión a troche y moche.

Explotar el sadismo para obtener más ventas literarias se considera de lo más normal, forma parte de ese fofo vale todo en el que vivimos en este nuevo siglo XX tan extraño. A mí, sin embargo, me repele: debo ser demasiado moderna.

Ojalá un día llegue la famosa televisión y se acaben todas estas porquerías literarias.

Las fotografías son del blog de Casciari

La Chocolata

La Chocolata es una historia escrita por Marisa Núñez (Sarria-Lugo 1961), galardonada con Primer Premio Internacional del Libro Infantil que otorga la Fundación Espace Enfants de Suiza. El texto está ilustrado por la artista austriaca Helga Bansch, aquí podrán ver preciosas imágenes: Cuentos de nunca acabar. Además, encontrarán una reseña del cuento.

La mano de un artista sea a través del lápiz o del pincel logra expresión, significado, emociones a través de los personajes. El arte es alimento del espíritu, sin duda. Cuando se mira la cara del monito y de la hipopótama, muchas cosas se pueden interpretar: éxtasis por la lectura, un momento feliz, compartir gustos, amistad, disfrute de la naturaleza, y tantas cosas más.

6 de diciembre de 2007

Bariloche: Andrés Neuman

Andrés Neuman, Bariloche (Barcelona: Anagrama, 1999)

Sin duda, con el talento se nace. A los 22 años el escritor argentino Andrés Neuman, escribe Bariloche, obra que resultó finalista en el Premio Herralde de Novela 1999. La novela la sentí un poco aplastante, con ello me refiero a que a través de la vida anodina del protagonista, Demetrio Rota, se desvela toda esa cotidianidad que viven gran cantidad de seres humanos que los lleva, tarde o temprano, a sentir desencanto y fastidio por la vida, como si ésta perdiera todo sentido y de pronto se decidiera la autodestrucción como ofrenda…

Demetrio Rota es recolector de basura y tiene por compañero y amigo al Negro. Los dos trabajan de noche en un camión en el que van subiendo toda la basura que les toca en turno. Al terminar de recorrer las calles, Demetrio regresa a su departamento en el barrio de Chacarita, “después del almuerzo solía pasar la tarde durmiendo”, mientras el Negro va a su otro trabajo. Demetrio, es soltero y el Negro, está casado con Verónica. Demetrio y Verónica, tienen una relación, engañan al Negro.

Antes de salir a trabajar Demetrio se pone a armar rompecabezas, éstos tienen dibujos de Bariloche, el lugar donde nació. A través de éstos, rememora su pasado del que nos vamos enterando conforme va armando los rompecabezas. Esto es muy interesante, como lo es el juego de voces narrativas que se presentan: El Negro habla con un castellano porteño:

¿Sabés lo que pasa? Que yo a mi mujer la veo escarmentada, haceme caso che que bien junadita la tengo. La pobre se la bancó bien, yo le armé todo el quilombo que quise y le grité una noche entera y ella escuchando nomás sentadita, bien piola. Ya se que dije que la iba a dejar y que la iba a cagar a palos, pero qué querés Demetrio, uno perdona para que lo perdonen y además ella tiene razón, cómo voy hacerle esa macana a los pibes que todavía están creciendo y encima con la casa de tantos años, yo que me voy, ¿a otra casa me voy?, ¡no, nada que ver!, mirá, es muy simple, ella agarró y cogió con el primer boludo que se encontró porque estaba triste y se sentía sola como vos decís, entonces fue y bueno, en mi propia casa, eso es lo que más me jode.

La voz del narrador es en castellano y la voz que trae los recuerdos mientras Demetrio arma sus rompecabezas, es poética. Esta mezcla del castellano y el intercalar la primera y tercera persona en la voz narrativa, son diferentes planos que hacen aun más interesante la lectura de Bariloche.

Que ilimitado es el castellano, el de México, el de Argentina, el de España, el de Cuba, el de todo Latinoamérica. Es una misma lengua y sin embargo hay localismos y regionalismos que lo hacen diferente y que muchas veces no entendemos. Pero esto no importa, todo el castellano, de cualquier lugar, es muy rico y conforma uno solo con sus variedades. “Somos lo que hablamos”, dice Heidegger…

4 de diciembre de 2007

Ancho en París: Juan Gelman

A mis amigos poetas les he expresado lo dificil que es para mi comentar un poema, salvo que se lleve a cabo un estudio crítico sobre la obra de un poeta, pero esto lleva tiempo y ya sería otro tema diferente. El arte poético me es sumamente dificil de interpretar, repito, aunque no de sentir. Sin embargo, hay poemas ante los que uno se queda como en otra dimensión, que nos llevan adonde ellos quieren y nos dejan con tal admiración que jamás los olvidamos porque nos enamoran, como éste que nos cuenta toda una historia...

Ancho en París

Al que extraño es al viejo león del zoo,
siempre tomábamos café en el Bois de Boulogne,
me contaba sus aventuras en Rhodesía del Sur
pero mentía, era evidente que nunca se había movido del
Sahara.

De todos modos me encantaba su elegancia,
su manera de encogerse de hombros ante las pequeñeces
de la vida,
miraba a los franceses por la ventana del café
y decía "los idiotas hacen hijos".

Los dos o tres cazadores ingleses que se había comido
le provocaban malos recuerdos y aun melancolía,
“las cosas que hace uno para vivir" reflexionaba
mirándose la melena en el espejo del café.

Sí, lo extraño mucho,
nunca pagaba la consumición,
pero indicaba la propina a dejar
y los mozos lo saludaban con especial deferencia.

Nos despedíamos a la orilla del crepúsculo,
él regresaba a son bureau, como decía,
no sin antes advertirme con una pata en mi hombro
"ten cuidado, hijo mío, con el París nocturno".

Lo extraño mucho verdaderamente,
sus ojos se llenaban a veces de desierto
pero sabía callar como un hermano
cuando emocionado, emocionado,
yo le hablaba de Carlitos Gardel.

2 de diciembre de 2007

¿Qué es ser culto hoy? y otro

¿Qué es ser culto hoy? tiene puntos interesantes para la reflexión, tomo algunos fragmentos:

Como todas las certezas, se terminó la idea de que ser culto consistía en haber leído muchos libros, hablar francés y en lo posible inglés (british, obvio), pertenecer a la aristocracia autóctona, tener un abono en el Colón o en el Mozarteum y apreciar las pinturas colgadas en los museos de aquí, allá y todas partes. Ser culto, en pocas palabras, ya no tiene el valor social que solía tener.

En estos tiempos, ser "culto" no vale lo que pesa la palabra. La cultura ya no es patrimonio individual sino social. No está únicamente en manos de artistas y literatos, sino también en los creadores de la cumbia villera, en los que interpretan los números del Indec, en los que están al tanto de las tendencias en diseño de ropa o muebles, en los que buscan fósiles de dinosaurios de millones de años de antigüedad, en los que disfrutan "La noche de los Museos", en los nuevos cocineros que dibujan nimiedades sobre enormes platos. ¿La forma acaso le ganó al contenido? ¿Es más culto quien sabe reconocer un traje de Armani por la calle que quien leyó el Quijote? Los antropólogos dirían que los libros no vuelven más culta a una persona, ya que cada comunidad tiene su cultura. Por su parte, el escritor español Vicente Verdú confesó que muchos amigos suyos, todos ellos intelectuales, se jactaban de no conocer las marcas. Y él creía que era un nuevo tipo de analfabeto, puesto que las marcas son señales culturales de la época.

Ya ni se plantea si alguien es culto, coinciden varios especialistas consultados por adn cultura. "Ser culto no sirve ni para barniz hoy. Ser doctor no es lo mismo que ser docto. Es cierto que todavía hay un poder de enunciación, pero hoy no es necesario haber pasado por la Academia para ser culto ni intelectual", reflexiona Margarita Martínez, licenciada en Comunicación Social. "Hoy un intelectual se dedica a cambiar conocimiento por dinero y no hay diferencias entre alta cultura y cultura popular, hay una circulación permanente. La cultura no es manejar discursos ni escribir bien. Es una curiosidad, un movimiento tan vital como el aire que se respira, un recorrido individual que ni siquiera implica saberes técnicos, incluyendo al libro dentro de estos saberes.

Tampoco parece interesar mucho la acumulación del conocimiento. "Googlear" es suficiente para acceder a cualquier saber. Y la velocidad con que se consumen nuevos saberes, experiencias reales o virtuales, documentales o noticieros convierte en "culto" a quien domina sin ayuda los secretos de las computadoras, hiperlinks, subidas y bajadas de contenidos, pixeles, Youtoubes y coartadas para acceder a lo que está prohibido sin tener que pagar por ello. Por supuesto, Internet es un mar donde hay que saber pescar. Navegar sin saber lo que se busca suele conducir a naufragios. "Hoy, cuando se bajan 3.000 libros por día de Internet en todo el mundo, hay que reconocer que hay una readministración de la lectura, además de una transformación de la cultura en diversas culturas", señala Aníbal Ford, profesor en la Carrera de Comunicación Social de la UBA. Por otra parte, existen seres "cultos" y, sin embargo, analfabetos en cuestiones tecnológicas. Es el famoso gap del que hablan los que piensan en términos de cibercultura, como el gurú Nicholas Negroponte, del MIT, quien hace campaña actualmente por vender laptops muy baratas para escuelas y chicos de países subdesarrollados como forma de cerrar la tan mentada "brecha digital".

Otro articulo que me ha dejado realmente asombrada, no puedo creer que lo que dice sea en serio, es el de Juan Manuel de Prada. Miren lo que expresa:

Vidas al desagüe

Forzaban los partos inyectando a las embarazadas sustancias químicas que provocaban fortísimas contracciones en el útero; a los fetos de siete u ocho meses, les inyectaban calmantes para evitar que pataleasen y luego, apenas asomaban la cabeza, los decapitaban, o les introducían un catéter por la región occipital que les succionaba el cerebro. Para desprenderse de sus cadáveres, los introducían en una máquina trituradora que los reducía a papilla orgánica y los arrojaban al desagüe. La truculencia de los métodos empleados en esos mataderos barceloneses que, misteriosamente, la prensa insiste en llamar «clínicas» ha servido para que, siquiera durante unas horas o días, la opinión pública se estremezca de horror. Por supuesto, se trata de un estremecimiento hipócrita, el repeluzno momentáneo del monstruo que no soporta contemplar su monstruosidad reflejada en un espejo; pero basta dar la espalda al espejo para que el monstruo pueda seguir viviendo plácidamente. En apenas unos días, nuestra memoria selectiva habrá borrado la reminiscencia de tanto horror; y se seguirá abortando a mansalva, con idénticos o parecidos métodos, ante la indiferencia de los monstruos.

A las tropas americanas y británicas que, en su avance hacia Berlín, iban liberando los campos de concentración donde se hacinaban espectros de hombres no les espantaba tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cuerpos sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: mucho más horrendo que el crimen de esos matarifes que trituran fetos de siete u ocho meses y arrojan sus restos al desagüe es la connivencia silenciosa de una sociedad que vuelve la espalda ante tanta bestialidad, que ya no dispone de resortes morales para sublevarse contra semejante forma de muerte industrial, que finge que no le incumbe, que incluso formula justificaciones rocambolescas que la amparen. Y que, en el colmo de la vileza, urde simulacros compasivos que traigan placidez a su existencia de monstruos: quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio.

Escribíamos el otro día que nuestra época había dejado de ser humana. Tal vez este proceso de deshumanización no sea irreversible; tal vez las generaciones que nos sucedan vuelvan a contemplarse en un espejo y reúnan el valor suficiente para renegar del monstruo que les hemos cedido en herencia. Tal vez esas generaciones futuras quieran saber cómo eran sus antepasados; y entonces se desplegará ante sus ojos el espectáculo dantesco del aborto, los millones de vidas que fueron trituradas y arrojadas al desagüe cuando ni siquiera podían defenderse. Pero no les espantará tanto ese cómputo innumerable como la impiedad de aquellos antepasados que consintieron tanta bestialidad. Y todavía les espantará más saber que aquellos mismos hombres que habían renegado de su humanidad maquinaron coartadas que les permitieran sobrellevar una vida plácida mientras la trituradora se atoraba, incapaz de deglutir tanta vida reducida a papilla. Les espantará hasta la náusea saber que mientras las trituradoras de la muerte industrial trabajaban a destajo sus antepasados lloriqueaban farisaicamente recordando a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones contra el cambio climático: simulacros de fingida humanidad en una época que había dejado de ser humana.

A esas generaciones futuras sólo les restará un consuelo: saber que, mientras sus antepasados renegaban de su condición humana, había un Dios que abrazaba amorosamente tanta vida arrojada al desagüe.

Actualización: Lo que dice Lidia Falcón, al respecto.