9 de mayo de 2008

De Diario de un mal año: J. M. Coetzee

Sobre la vida erótica

Un año antes de suicidarse, mi amigo Gyula me habló de cómo concebía el erotismo en el otoño de su vida.

Gyula me dijo que, de joven, en Hungría, había sido un gran mujeriego. Al ir envejeciendo, aunque seguía siendo tan agudamente receptivo a la belleza femenina como siempre, la necesidad de hacer el amor carnal con las mujeres se desvaneció. Tenía toda la apariencia de haberse convertido en el más casto de los hombres.

Me dijo que esa castidad externa era posible porque había dominado el arte de vivir una aventura amorosa en todas sus etapas, desde el enamoramiento hasta la consumación, en el interior de su cabeza. ¿Cómo podía hacer semejante cosa? El primer paso indispensable era captar lo que él llamaba una «imagen viva» de la amada, y hacerla suya. Luego daba cobijo a esa imagen y le insuflaba aliento, hasta llegar a un punto en el que, todavía en el reino de la imaginación, pudiera empezar a hacer el amor con ese íncubo suyo y, finalmente, conducirla al éxtasis; y de toda esta historia apasionada el original terreno no tendría la menor idea. (Sin embargo, el mismo Gyula también afirmaba que a ninguna mujer puede pasarle desapercibida la mirada del deseo que se posa en ella, incluso en una sala atestada, incluso aunque no pueda detectar su origen.)

—Aquí en Batemans Bay han prohibido las cámaras en las playas y en los centros comerciales —dijo Gyula (Batemans Bay fue donde pasó sus últimos años)—. Dicen que es para proteger a los niños de las depredadoras atenciones de los pedófilos. ¿Qué harán a continuación? ¿Arrancarnos los ojos cuando pasamos de una determinada edad? ¿Hacernos ir por ahí con los ojos vendados?

Su interés erótico por los niños era escaso; aunque coleccionaba imágenes (había sido fotógrafo de profesión), no era un pornógrafo. Había vivido en Australia desde 1957 sin sentirse nunca a sus anchas. La sociedad australiana era demasiado puritana para sus gustos.

— Si supieran lo que pasa por mi mente —decía—, me crucificarían. Quiero decir —añadía como una ocurrencia nueva—, con clavos auténticos.

Le pedí que me describiera los apareamientos imaginarios, que me dijera si le procuraban algo que se aproximara a la misma satisfacción que hacer el amor en el mundo real. Y por cierto, proseguí, y le planteé si había reflexionado alguna vez sobre que el deseo de violar mujeres en la intimidad de sus pensamientos podría ser una expresión no de amor sino de venganza, una venganza contra las jóvenes y hermosas por desdeñar a un feo viejo como él (éramos amigos, podíamos hablar así).

Se echó a reír.

—¿Qué crees que significa ser un mujeriego? —replicó (era una de sus palabras favoritas en inglés, le gustaba hacerla girar en la lengua, wo-man-i-zer. Un mujeriego es un hombre que te desmonta y vuelve a montarte convertida en mujer. Es como un atomizador (a-tom-i-zer), que te descompone en átomos. Solo los hombres detestan a los mujeriegos, por celos. Las mujeres aprecian a un mujeriego. Una mujer y un mujeriego se compenetran de un modo natural.

— Como un pez y un anzuelo —le dije.

— Sí, como un pez y un anzuelo —contestó—. Dios nos ha hecho el uno para el otro.

Le pedí que me contara más acerca de su técnica.

Me dijo que todo consistía en ser capaz de captar, mediante la más profunda atención, ese gesto peculiar e inconsciente, demasiado ligero o huidizo para que lo note el ojo normal, con el que una mujer se entregaba, es decir, entregaba su esencia erótica, su alma. La manera en que giraba la muñeca para consultar su reloj, por ejemplo, o la manera en que se agachaba para ajustarse la correa de una sandalia.

Una vez percibido ese movimiento peculiar, la imaginación erótica podía explorarlo a placer hasta que el secreto más recóndito de la mujer quedaba al descubierto, sin excluir cómo se movía en los brazos de un amante, cómo llegaba al momento culminante. Desde el gesto revelador, todo se seguía «como si estuviera determinado por el destino» [...]

* Inscribo aquí las palabras que nos deja el escritor Francisco Ferrer Lerín, en los comentarios. Me parecen pertinentes e ilustrativas, con un final muy acertado:

Alonso Fernández de Palencia en su “Universal vocabulario en latín y en romance” (Sevilla, 1490) da, para Mujeriego, la equivalencia “femellarius, dado a las fembras”. El Diccionario de Autoridades (Madrid, 1734) recoge, entre otras habituales, una acepción sustantiva y colectiva que ilustra con el ejemplo “en un lugár hai mui buen mugeriégo”, el entrañable “buen ganado” que aún se oye por ahí. Coetzee y su “Womanizer” no pueden contener esos significados ramplones, un hombre que encanta a las mujeres es siempre mucho más que un mujeriego, sería incluso posible que fuera un libertino o un seductor pero, lo que las mujeres realmente aprecian (o sería mejor decir “detectan y aprecian”) es al connaisseur, al cómplice, al hombre que se acopla a ellas en el juego de la inteligencia y el erotismo.
No quiero dejar de pasar la oportunidad de felicitar a Francisco Ferrer Lerín, por su nuevo libro: Papur. Aquí la portada y contralomo. Quienes tengan la oportunidad de asistir a la presentación del libro no dejen de hacerlo, la Editorial Eclipsados y Fnac Plaza de España invitan. Además del autor, se contará con la presencia de J. J. Ordovás e Ignacio Escuín. Será en el Fórum de la Fnac. (C/ Coso, 25), el martes 27 de mayo, a las. 20:00 hrs., en Zaragoza.

J. M. Coetzee, Diario de un mal año

Autor de la traducción.

17 comentarios:

SONIA FIDES dijo...

Magda me encanta este autor. Su libros no dejan nada al azar siendo un nido de azares. Es frío, inmovible, nunca se aleja de la exactitud, tiene un pulso magistral a la hora de contar. Lo descubrí con "Esperando a los bárbaros" y desde entonces no dejo de encontrarme con su concienzudos informes "forenses".

Un abrazo.

39escalones dijo...

Pues no he leído nada de él, por desgracia, aunque sí he leído sobre él.
Prometo ponerme a ello.
Un abrazo

malvisto dijo...

Me encanta: separa muy bien lo que es el erotismo, de la pornografía, o de la aburrida lista de palabras obscenas. Tal y como lo dice el erotismo ocurre en la mirada, y se desarrolla en la imaginación. A veces sin la participación de alguien más: pero no siempre, porque qué gracia tendría saber mirar.

un abrazo, Magda

Orlando dijo...

Su definición de lo que es un mujeriego es singular: "Un mujeriego es un hombre que te desmonta y vuelve a montarte convertida en mujer", no la entiendo muy bien.

hechizos dijo...

Me lo apunto para leerlo en mi lista de "Escritores y libros pendientes".

Un abrazo

Raúl dijo...

Aquí una reseña que escribí sobre la novela:
http://viajeroaitaca.blogspot.com/2007/11/viejo-coetzee.html

Tengo una relación extraña con sus libros; a pesar de ello, es el mejor premio Nobel de los últimos años. Muy grande.

Apostillas literarias dijo...

Comparto tu opinión sobre Coetzee, Sonia. Recuerdo la ceremonia de la entrega del nobel, qué señor tan elegante y agradable.

Alfredo, si deseas saber donde está lo de la foto que te comenté, enviame un correo-e y te digo con gusto.

Andrés, paralelamente a lo que dices, me parece que en esta novela hay una carga erótica melancólica especial. Quizá porque el protagonista es un personaje ya grande y percibe que la vida está acabandose, no se.

Fernanda, a ver si alguien nos ofrece una interpretación de esta definición del ser mujeriego que expresa este texto.

Bien, José

Raúl, lei tu reseña cuando la publicaste y en algo no estoy de acuerdo contigo, para mi Coetzee no es el mejor premio nobel de los últimos tiempos, lo supera Kertész. Pero esto es mi opinión, en esto entra el gusto personal, por supuesto.

Raúl dijo...

Uff. No puedo con Kertész. Sí, para gustos...

Víctor González dijo...

Ese final que talla su agudeza me impresiona. Gracias por la ilustración, yo también me lo apunto.

FRAC dijo...

Insólita la relación de Cortzee con un personaje húngaro.
De Coetzee he leído solo la "Edad de hierro", y me gustó lo suficiente como para enamorarme del autor, su estilo preciso, ese pulso, (estoy de acuerdo con la comentarista anterior), la capacidad de mezclar suavidad y dureza.

También me maravilla Kertész.

Un saludo

Ferrer Lerín dijo...

Alonso Fernández de Palencia en su “Universal vocabulario en latín y en romance” (Sevilla, 1490) da, para Mujeriego, la equivalencia “femellarius, dado a las fembras”. El Diccionario de Autoridades (Madrid, 1734) recoge, entre otras habituales, una acepción sustantiva y colectiva que ilustra con el ejemplo “en un lugár hai mui buen mugeriégo”, el entrañable “buen ganado” que aún se oye por ahí. Coetzee y su “Womanizer” no pueden contener esos significados ramplones, un hombre que encanta a las mujeres es siempre mucho más que un mujeriego, sería incluso posible que fuera un libertino o un seductor pero, lo que las mujeres realmente aprecian (o sería mejor decir “detectan y aprecian”) es al connaisseur, al cómplice, al hombre que se acopla a ellas en el juego de la inteligencia y el erotismo.

Baakanit dijo...

"(Sin embargo, el mismo Gyula también afirmaba que a ninguna mujer puede pasarle desapercibida la mirada del deseo que se posa en ella, incluso en una sala atestada, incluso aunque no pueda detectar su origen.)
"

Me gustó mucho este fragmento, sumamente remarcable. Muchos tienen el poder de detectar cuando las miradas aterrizan sobre ellos.

Desconocía a este autor, tu escrito me ha motivado a conseguir el libro.

Saludos Magda, espero que tengas un buen día.

Ferrer Lerín dijo...

Gracias, Magda, por anunciar la presentación de mi libro "Papur". Sólo aclarar que será en Zaragoza, España.

Acamaca dijo...

¿Acaso no le corresponde al misógino en su juventud lo que a un faldero(me parece mas acorde) en su vejez?

Gran libro y gran autor. Gracias por recordarmelo.

Un saludo

Apostillas literarias dijo...

* Frac, que bueno saludarte. Te habia echado de menos por estos lares.

* Querido Francisco, gracias por tu comentario que transcribiré arriba

* Baakanit, este fragmento que citas, también me llamó la atención. Me parece precioso.

* Al contrario Francisco, ha sido un placer. Será una excelente presentación. Seguro éxito.

juan carlos dijo...

Magda, a veces pienso que tenemos algún tipo de conexión. Ayer fuí a la biblioteca de mi barrio y me llevé justamente este libro. Y hoy, después de no visitar tu blog (lo que hay que reconocer que es casi un pecado), me encuentro con esta anotación de hace unos días. Fantástico. Como siempre que leo algo en tu blog, se me abre el apetito lector. Y tengo el manjar en mi mesa, a punto para hincarle el diente.
(Como te he dicho, hacía tiempo que no te visitaba, así que no había visto la nueva plantilla. Me encanta)

Apostillas literarias dijo...

Acamaca, un gran libro, asi es. Gracias por los enlaces.

Juan Carlos, no te preocupes, se lo ocupado que estás. Eres bienvenido cuando puedas y cuando desees.

Un abrazo

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