26 de abril de 2006

La mirada de Paris

La universidad Autónoma de Sinaloa, El Colegio de Sinaloa y Siglo XXI Editores, decidieron convocar a un Premio Internacional de Ensayo cada año, iniciaron en 2003, fecha en la que ganó La mirada de Paris de Jordi Juliá (Barcelona, 1972), poeta, ensayista y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Es un texto de esos que atrapan desde el inicio, muy bien escrito, de lectura amena y del que se aprende mucho. En sus doscientas páginas hay todo un reconocimiento a la disciplina de la crítica literaria, y es interesante que lo hace a través de una metáfora que enlaza y da título al libro: el personaje mitológico de Paris, que lo considera el primer crítico existente. Fundamenta su reflexión bellamente:

"La tranquilidad del lugar invita, sin duda, a la reflexión; no importa que sea un eglógico locus amoenus, ni que se encuentre en una situación determinada o concreta, ni que cambien los gestos, los vestidos o los atributos u objetos que cada personaje porta. La historia de la pintura solamente reduce al máximo el número de personas, no para mantenerse fiel a la leyenda, sino para asegurar la máxima atención, la justa decisión de una de las figuras. Hay alguien que mira, que escruta la pura belleza concretada en tres cuerpos, que a veces se acaricia el mentón procurándose un gesto de duda, como en la famosa tela de Rubens de 1639, o que se muestra expectante y relajado, como una versión anterior de Rubens datada en 1632. Todo pronunciamiento, toda formulación del juicio y de las razones que lo justifican, lleva un tiempo de análisis, de duda, y por lo tanto de espera, con el tiempo detenido igual que en el cuadro de Lucas Cranach, el Viejo, de 1528. E incluso existe el momento de la disputa, del intento por convencer o coaccionar mediante palabras o quizá los regalos, y el instante en que el sujeto perceptor se encuentra menos dotado de seguridad personal, y experimenta una zozobra en el ánimo.

Una tela de 1520, de Lucas Cranach, el Viejo, muestra a Paris contemplando bajo un árbol a las tres diosas que se disputan la que será la famosa manzana de la discordia. Hermes suele acompañar y hacer recaer sobre él el designio de Zeuz: que entregue la fruta de oro a quien encuentre más hermosa. Paris, el bello joven creado por pastores, se ve obligado a fallar el pleito entre Hera, Atenea y Afrodita, y renunciar al poder (al Imperio de toda Asia) y a la prudencia (para vencer en todos los combates), al cambio del amor de Helena de Troya que Afrodita le había prometido. Pero antes de la decisión final, hay tiempo para volverse atrás, quizá sabedor de los conflictos que su decisión puede ocasionar, y tiempo para la feliz y concienzuda decisión de acercar la manzana hacia Afrodita, y dictaminar su máxima belleza, ante la ira o el desdén de las otras dos deidades, que se dirigen a abandonar la escena en una tela de 1825-1826 de William Etty.

En las pinturas que venimos comentando destaca la mirada de Paris dudando o diciendo sobre la belleza ante tres cuerpos hermosos. Ante todo juicio crítico también se produce una visión semejante, el mismo escrutinio, por parte de aquel que se ve destinado a decidir sobre objetos divinos: el crítico literario. De la misma manera que el crítico literario, con su sola mirada, puede decidir el valor, la belleza, la máxima expresión del arte, también está llamado a perpetuar el objeto, a salvarlo del olvido y del paso del tiempo, a petrificarlo -como hacía la mirada de Medusa. La mirada de Paris es el gesto de todo lector o lectora que se acerca a un texto literario y descifra sus signos y los interpreta críticamente, juzgando su valor: escoge, opina, valora, en definitiva, se formula en tanto que sujeto perceptor ante lo otro.

Antes la crítica precedía o sucedía a la creación; ahora la acompaña y es, diría, su condición. De manera que el juicio crítico puede ser ejecutado por el lector, por el contemplador ante el objeto artístico: todos somos Paris. El crítico literario tiene que destacar por ser un gran lector, el mejor lector, un lector modélico. Entre otras razones porque nos encontramos ante un intelectual -segun las palabras de la teórica catalana Dolors Oller- que ha escogido los fenómenos literarios para intentar explicarse el mundo, de la misma manera que otros escogen los físicos o los metafísicos. Que sabe su disciplina, a diferencia de los primeros, no es una ciencia exacta sino una reflexión destinada a construir sentido. Si la Teoría literaria se caracteriza por utilizar un método basado en la observación de los diferentes fenómenos literarios, la crítica literaria se opone a la teoría de la literatura por usar un método individualizado, centrado en la lectura e interpretación de una obra literaria que es necesario comprender y hacer comprender. Pero hay que tener bien en cuenta que si bajo una teoría literaria se encuentra una idea de literatura, la crítica literaria no existe sin la teoría, dado que el crítico se plantea los problemas de la entidad y el alcance de la literatura".

24 de abril de 2006

Los límites de la interpretación

Umberto Eco, Los límites de la interpretación, trad. Helena Lozano (Barcelona: Lumen, 1998).

Me parece que todos los interesados en la Hermenéutica o interpretación de los textos, en la Teoría de la recepción o, sencillamente, en la lectura, no deben de perderse Los límites de la interpretación de Umberto Eco. El problema de si a la hora de interpretar un texto debemos o no introducir al autor, ha producido debate en determinados ámbitos. En la crítica literaria del siglo XIX ello era común, el autor se interpretaba como si estuviera dentro del texto y formara parte de la historia que se narra, aunque en el momento en el que el lector leía la novela el escritor estuviera ya muerto o probablemente de vacaciones. Los cotilleos biográficos o los acontecimientos psicológicos eran parte central con o sin prueba alguna. Recuerdo que, y de esto hace un par de años, un crítico señaló que García Ponce "era un pervertido" porque podía imaginar lo que hacía "mientras escribía su obra" y, añadía, "estaba seguro de que miraba a su ayudante con mirada libidinosa mientras le dictaba" (y no transcribo el grupo de adjetivos groseros con que lo calificaba sólo porque "lo imaginaba", no lo conoció ni a él ni obviamente a su obra). Y Balthus o Nabokov ¿no fueron tildados de pedófilos por alguna crítica?

Richard Rorty reflexiona sobre la existencia de "dos tipos de textualismo":

El primero es el de aquellos que no se ocupan de la intención del autor y tratan al texto trabajándolo como si contuviera un principio privilegiado de coherencia interna, causa suficiente de los efectos que provoca en su presunto lector ideal. La segunda tendencia estaría ejemplificada por aquellos críticos que consideran cada reading como una misreading y que no se dirigen ni al autor ni al texto para preguntar cuáles son sus intenciones, sino que, normalmente "modelan al texto para adaptarlo a sus propósitos".
Aunque esta distinción es "demasiado lineal" como bien señala Eco, le sirve al semiólogo italiano para ofrecernos la distinción "entre utopía de la interpretación semántica única y teoría de la interpretación crítica (que se propone conjeturalmente como la mejor, pero no necesariamente la única) como explicación de por qué un texto consiente o estimula interpretaciones semánticas múltiples". El misreader "usa un texto para encontrar en él algo que está fuera del texto, algo más real que el texto mismo". Son lectores o críticos que señalan a la Teoría Literaria o a la Semiótica como si fuera un "complot de quien quiere hacernos creer que el lenguaje sirve para la comunicación del pensamiento", lectores que prefieren la intentio lectoris haciendo a un lado la intentio operis. Es como si interpretaran una novela a través de la sospecha, aquello de "me parece que el personaje guarda profundo dolor porque su autor sufrió mucho en la vida", situaciones que pertenecen más a la sociología de la literatura o a la psicología, que a una crítica literaria basada en lo que la intentio operis, el mismo texto, nos "dice".

Puede haber varias lecturas (interpretaciones) de una misma novela, pero "un metalenguaje crítico no es un lenguaje diferente del propio lenguaje objeto (el texto). Es una porción del mismo lenguaje objeto y, en este sentido, es una función que cualquier lenguaje desempeña cuando habla de sí mismo":

La iniciativa del lector consiste en formular una conjetura sobre la intención de la obra. Esta conjetura debe de ser aprobada por el conjunto del texto como un todo orgánico. Esto no significa que sobre un texto se pueda formular una y sólo una conjetura interpretativa. En principio se pueden formular infinitas. Pero, al final, las conjeturas deberán ser aprobadas sobre la coherencia del texto, y la coherencia textual no podrá sino desaprobar algunas conjeturas aventuradas.
El texto mismo prevé la participación del lector, la comprensión que éste tenga del mismo es muy importante. Se puede o no tomar en cuenta este momento pragmático, pero sería pertinente no olvidar que los signos literarios "son una organización de significantes" que producen un significado, y que este significado no está en el autor sino en su intención (intentio auctoris) representada en la intención de la obra (intentio operis) que el lector (intentio lectoris) interpretará. En este libro Eco insiste en que tengamos cuidado en distinguir entre interpretación de los textos y uso de los textos, no inferir lo que la novela o el cuento no ofrece, como, por ejemplo, la vida privada del autor.

He subrayado lo difícil que es decir si una interpretación es buena o no. Sin embargo, he decidido que es posible establecer algunos límites más allá de los cuales se puede afirmar que una interpretación determinada es mala e inverosímil. Como criterio, mi crítica cuasi popperiana quizá sea demasiado débil, pero es suficiente para reconocer que no es cierto que todo sirve.

18 de abril de 2006

"Para siempre": Inés Arredondo

En la literatura mexicana del siglo XIX y XX, como en casi toda la literatura latinoamericana, existió una gran ausencia de erotismo, de sensualidad carnal; ello se complementaba con una codificación persistente de la mujer, lo tan consabido: ama de casa-madre-esposa o prostituta. La mujer en la literatura aparecía y reaparecía como dolida, supeditada, dependiente o sencillamente como esa maléfica que intentaba perjudicar a quien tuviera enfrente. La mujer, pues, durante décadas, existió literariamente, salvo en algunos escritores excepcionales, o como una donadora o como utilidad pública.

Hoy muchas cosas han cambiado, aunque aun falta mucho por lograr. Se ha ido formando otra reflexión sobre el vínculo entre la carne y la idea, entre el ser sensible y su pensamiento, entre lo visible y lo invisible que la mujer revela, comunica y asume en la experiencia erótica. En este trascendente proceso, la inteligencia, la sensibilidad y la creación de las mujeres intelectuales está presente a través de su palabra escrita; su pensamiento racional y su discurso reflexivo son una exhortación para que disfrutemos de una nueva forma de percibir la vida donde a nadie se le niegue el espacio ontológico que le corresponde. En el centro de la literatura latinoamericana contemporánea escrita por mujeres podemos buscar la construcción de esos nuevos sentidos para la comprensión del mundo, a partir de su propia experiencia y su sensibilidad intelectiva, las escritoras trazan preguntas, proponen, argumentan, evidencian, demuelen, eligen su representación concertando su propia expresión. Precisamente, deseo describir, brevemente, la construcción de uno de estos sentidos, concretamente el de la sensualidad carnal o erotismo, en el discurso literario de una de las más grandes escritoras mexicanas de finales del siglo XX: Inés Arredondo.

Mi interpretación se sitúa en el plano del significado, intentaré ofrecer el resultado del sistema estructurado de las relaciones entre elementos significantes que los efectos de sentido percibidos en los discursos y en los textos presuponen, para, de esta manera, ofrecer una dirección posible de lectura. He elegido para ello a "Para siempre" (en La señal, su primer libro), uno de los cuentos de esta escritora que considero paradigmático de la manifestación literaria erótica. Inés Arredondo perteneció a la llamada Generación de Medio Siglo (Juan García Ponce, líder de la Generación, Juan Vicente Melo, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Tomás Segovia, Julieta Campos, José de la Colina) y aunque su producción literaria es escasa, escribió sólo un ensayo: "Acercamiento a Jorge Cuesta" y tres libros de cuentos: La señal, Río subterráneo y Los espejos, es considerada como una de las más importantes narradoras mexicanas contemporáneas. Del corpus de sus cuentos hemos elegido éste por tematizar con maestría este aspecto de la vida humana que intento dilucidar: el erotismo.

El relato se desarrolla en primera persona; es decir, desde el punto de vista de la narradora-personaje que desde su presente rememora la vivencia que le abrió la senda a lo extraordinario, a esa experiencia de la concomitancia entre el cuerpo y la vida total desde el artejo con el Otro. El sentido de lo percibido la lleva a acceder a un campo de la realidad que le dio certezas trascendentales rehaciéndola, abriéndole un nuevo horizonte de conocimiento: "Muchas cosas pasaron después en mi vida –dice la protagonista–, pero ésta fue la más importante".

Antes de continuar, nos detendremos (recordando que anteriormente a todo análisis del contenido podemos manifestar la estructura narrativa) en la descripción de las acciones para descubrir esta estructura del universo representado y comprender más claramente la intencionalidad narrativa: la protagonista envía una carta a Pablo, su pareja amorosa, donde le informa su decisión de terminar su relación con él porque va a casarse con otro. Pablo no entiende que, así de pronto, ella haya tomado esta determinación y necesitando una explicación le pide lo visite en su departamento; la protagonista acude a su llamado y enfrenta la situación. Después de unos momentos difíciles, de manifestaciones nerviosas, de lágrimas, remordimiento y contradicciones, en que "la realidad perdida y un presentido mundo informe se mezclaban", ella es conducida por Pablo a la entrega de la sensualidad carnal: "No me di cuenta de que Pablo me había desvestido y me pareció natural que caminara con mi cuerpo desnudo en sus brazos". Por medio de la desnudez los cuerpos se abren a esa continuidad donde la protagonista va penetrando con su cuerpo vivo, abierto a la contingencia y a las cosas, como sujeto de lo que está aconteciendo porque es su cuerpo el que enuncia, decide y siente:

Me besó con delicadeza, como si hubiera querido guardar en sus labios, partícula por partícula, todo mi cuerpo. Me pareció extraordinaria aquella fidelidad tensa y sostenida, aquella emoción que se alargaba sin desfallecimientos hasta envolverme toda. [...] Yo sabía que mi cuerpo esplandecía, otra vez hermoso y perfecto.

Su cuerpo, exaltado ya por la intención que lo enhebra, recibe el cuerpo y el deseo de Pablo y los dos cuerpos y deseos juntos acceden al ser embebidos de espiritualidad puesto que:

El cuerpo [...] se encuentra atravesado por [...] una significación o un sentido, tiene un alma, pero en el sentido en que se dice que las cosas o las obras de arte tienen alma: a la manera de un sentido viviente, de una configuración expresiva; no como una cierta entidad [...] metafísica. Entre el cuerpo y el alma no hay separación. Pero su unidad no se convierte en una identidad, en un ser indiferenciado. Se trata de un proceso de reversibilidad y entretejimiento mutuo: el alma está encarnada y el cuerpo está animado (1)

Así, el relato de la protagonista cierra el discurso, no sin antes expresar: "Pablo me había devuelto a mí misma a riesgo de no volverme a ver nunca". Es comprensible que el poder de la experiencia del abrazo carnal le haya brindado significaciones que dieron sentido a su vida, el cuerpo es carne, es idea sensible, es fuerza fructífera y operante; el erotismo es delicia, placer, éxtasis, goce, afectividad, sexo. Cuerpo y erotismo contiguos son los recintos donde las individualidades excelsamente se revelan.

En la vida sensible y carnal no podemos poner en duda que a través del Otro hallamos lugar y sentido, ubicación en el mundo, "confirmo al otro –señala Merleau-Ponty– y el otro me confirma", yo soy para él como él es para mi. El Otro y lo del Otro me seduce y juntos, Yo y el Otro, en el encuentro amatorio, acoplamos nuestras sensibilidades, nuestros horizontes, nuestros cuerpos, nuestros eros. En esto que hay sólo entre dos, el eros femenino es carne y deseo, sensación y expresión, es un eros que vive en su feminidad, en su cuerpo pensante y sensible, que aporta al conocimiento humano puesto que el pensamiento emana de una conciencia vinculada a su cuerpo. El cavilar del eros femenino, su realización y manifestación, su potencia creadora está en la mujer, surge de sí misma y lo hace y rehace continuamente, lo goza y lo comparte, como en "Para siempre" de Inés Arredondo.

(1) Mario Teodoro Ramírez, Cuerpo y arte. Para una estética merleaupontiana, (México: UAEM, 1996), p. 77.

17 de abril de 2006

María Zambrano y Roberto Bolaño

Reyes y Zambrano, una amistad epistolar
Virginia Bautista
Excelsior
17-04-06

Una María Zambrano (1904-1991) enamorada de México, y en especial de Morelia, la ciudad que la acogió durante ocho meses en 1939; donde se sorprendió con el color de las bugambilias y disfrutó las tardes en el Café de la Soledad. La cotidianidad de la filósofa española que consideraba "únicos" los volcanes del Valle de México, sus 20 años en el exilio, su itinerario intelectual y, sobre todo, su gran amistad con el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959), se revelan en la correspondencia que sostuvieron los humanistas. Días de exilio (Taurus), un libro que el estudioso Alberto Enríquez Perea trabajó durante ocho años, da cuenta de la relación epistolar "cordial y respetuosa" que mantuvieron entre 1939 y 1959 los pensadores "que determinaron los derroteros de la hispanidad del siglo XX".

Zambrano-Reyes, Reyes-Zambrano. "Dos personalidades de mucha altura intelectual. Dos almas poéticas con empatía profunda. Dos gigantes cuyos destinos confluyeron y se retroalimentaron a través de las cartas, un vínculo que sólo rompió la muerte de Reyes", comenta el politólogo de la UNAM. El experto en la obra del escritor regiomontano señala que Zambrano, quien llegó a México con su esposo, Alfonso Rodríguez, el 24 de marzo de 1939, sintió una atracción especial por este país. "Le encantó el trayecto de Veracruz al Distrito Federal, el gran valle verde. Los volcanes la hechizaron, decía que eran únicos, nunca los olvidó".

La discípula de José Ortega y Gasset vivió en tierras aztecas la tristeza por la caída de la Segunda República española y encontró en Morelia, Michoacán, su primera casa como exiliada, tras aceptar dar clases en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo. Reyes escribió por primera vez a Zambrano el 28 de abril de 1939, en su calidad de presidente de la Casa de España en México, cargo que ocupó tras 25 años de ausencia, con breves intervalos, en los que se desempeñó en el servicio exterior mexicano en España, Francia, Argentina y Brasil.

La filósofa-poeta, cuenta el doctor en América Latina Contemporánea, respondió al autor de Visión de Anáhuac el 5 de mayo de 1939 y desde entonces ambos compartieron reflexiones sobre sus respectivas obras, alegrías personales, preocupaciones económicas y las impresiones de la malagueña en las ciudades que recorrió durante sus 20 años de exilio en México, La Habana, Puerto Rico, Italia y Francia. "En las cartas con Reyes se aprecia, paso a paso, cómo Zambrano va perfilando sus obras Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía, y cómo vive su intensa actividad literaria. Son reveladoras de su itinerario intelectual".

La autora de El hombre y lo divino, Los sueños y el tiempo y Persona y democracia tenía tanta confianza en el creador de El deslinde que le pedía desde recomendaciones para hacerse acreedora a becas hasta apoyo para enviarle dinero a su madre. En la última carta que Reyes envía a María Zambrano a su casa de Roma, el 6 de enero de 1959, parece despedirse: "Yo también la recuerdo siempre, con interés y vivo afecto". Y ella, al evocarlo 20 años después, comentó que "[…] la presencia de Reyes, como la presencia de todos los sabios, no deja nostalgia […], sino que nos acompaña en el presente, como nos acompañan todos los verdaderos mediadores".

Alicia Reyes, nieta del autor de Homilía por la cultura y El cazador, piensa que la sostenida con Zambrano es una de las correspondencias más importantes de su abuelo. "Su relación tenía una intensidad maravillosa. Había una empatía muy grande entre los dos. La ayudó en sus días de exilio mexicanos, porque él sabía mucho de eso, pues se tuvo que ir a España, de 1914 a 1924, tras la muerte de su padre, el general Bernardo Reyes. "Tuve el honor de conocer a María en Madrid en 1985, en un homenaje que le rindieron a mi abuelo. Haber visto su mirada y oírla hablar de sus recuerdos hacia él ha sido uno de los mayores regalos que he recibido", añade.

* * *

Recuerdan a Bolaño
Virginia Bautista
Excelsior
8-04-06

El novelista sudamericano no aceptaba la menor crítica sobre nuestro país ni tampoco toleraba los elogios a Chile.

"Nuestro México adorado no es asfixia, sino oxígeno... El México que somos todos, del Río Grande hasta el Atlántico… anda con su México a cuestas en el seso y la imaginación… El que nos sigue naciendo todavía… México único de la imaginación y el coraje… El pueblo más mundo”. Así se refirió el poeta chileno Gonzalo Rojas (1917), "en un texto inédito que hizo hace unos días", al país que acaba de albergar la fundación que lleva su nombre y que la noche del jueves realizó su primera actividad, Celebración a Roberto Bolaño (1953-2003), en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Rodrigo Rojas, hijo del escritor que obtuvo el Premio Octavio Paz en 1998, leyó el mensaje en el que su padre confiesa su “hambre de México” y recuerda a tres amigos que marcaron su vida: Alfonso Reyes, quien lo recibió en su casa; Diego Rivera, al que vio en Chile en un mercado de mariscos, y Octavio Paz, quien “es más oxígeno y más México que nadie”. Tras el regalo inédito de Gonzalo Rojas –cuya fundación nació hace un año y ya tiene sedes en Chile, Madrid y México–, los escritores Juan Villoro, Fabienne Bradu y Roberto Brodsky evocaron a Bolaño y a su obra. Bradu, presidenta de la Fundación Gonzalo Rojas en México, describió los múltiples momentos en los que pudo encontrarse con el autor de 2666 en Chile, Francia o Barcelona y cómo, sin embargo, no conoció al considerado mejor escritor de su generación. Juan Villoro recordó al amigo que conoció en 1976, quien le llamaba por teléfono desde España y con quien convivió en Barcelona. Al poeta que pasaba la noche escribiendo sin calefacción, y no aceptaba la menor crítica sobre México ni toleraba los elogios a Chile. Contó que Bolaño quería reencarnar en un colibrí, la mesa de un escritor suizo o en un reptil de Sonora. “Le gustaba conversar con voz cantante. Hablaba como si los detalles fueran cuestión de honor. Recordar a alguien es permitirle que no muera”.

10 de abril de 2006

Amores contrariados: Colette

Marcel Proust: Señora, sus libros son los de un joven Narciso con el alma llena de lujuria.
Colette: Señor, usted delira. Mi alma está llena de frijoles y panceta"

Sidonie-Gabrielle Colette, mejor conocida como Colette (1873-1954), fue una mujer que rompió con los patrones establecidos de su época. De inicio, se casó muy joven con "Monsieur Willy", un escritor mucho mayor que ella y que se apropió de la autoría de sus primeras novelas, la serie de Claudine. Juan Gelman señala que:

Se codeaba con Debussy, Valéry, Toulouse-Lautrec, herederas y herederos de grandes fortunas, el refinado Marcel Schwob era su íntimo; pero también hacía giras por burdeles y fumaderos de opio guiada por Jean Lorrain, el periodista mejor pagado de París, homosexual declarado y amigo de las lujosas cortesanas del momento. Roto su matrimonio, Colette se dedica al music-hall y al teatro, muestra sus pechos, no vacila en representar a personajes de sus novelas en obras de ocasión y gana una fama equiparable a la de Sarah Bernhardt. Sale de esa vida y del ostracismo social al casar con el barón Henry de Jouvenel, director del diario Le Matin, y se convierte en influyente crítica teatral. Esta respetabilidad dura no muchos años: a los 47 de edad se apasiona por el hijo adoptivo de su segundo esposo, un muchacho de menos de 20.

Pero es mucho más interesante recurrir a su obra que hablar de ella retornando "al cuento de la mujer ordinaria que se libera de la sujeción de un hombre idiota (para eso, además, ya tenemos a Ibsen)", como expresa María Minera. Ella está ahí, en el valor de su obra y en sus propositivos escritos sobre crítica de teatro. Fue, además, la primera mujer admitida en la Academia Goncourt.

Anoche terminé de leer Amores contrariados, un libro que reúne tres de sus novelas cortas, y ha sido una grata lectura. El tema no es espectacular, ha sido tratado ya muchas veces, aunque es un tema actual: la imposibilidad de las relaciones amorosas a través del deterioro que el tiempo va ejerciendo en la pasión y el amor, pero está contado con maestría literaria. La voluptuosidad, la delectación y el sensualismo, conforman en este libro un erotismo sugestivo que nos desvela los lúdicos entretelones de los integrantes involucrados en el abrazo amatorio.

8 de abril de 2006

La mujer zurda: Handke

El narrador de la La mujer zurda del autor teatral, narrador, dietarista, periodista y cineasta Peter Handke, nos cuenta la historia de una mujer de treinta años, Marianne, con un hijo de ocho años, Stefan, y casada con Bruno, jefe de ventas de una sucursal que vendía una marca de porcelana conocida en toda Europa. Al iniciar la historia, una noche de invierno, regresaba de Escandinavia después de un viaje de negocios, así que va a buscarlo al aeropuerto y él la invita a cenar a un hotel cercano, después alquilan una habitación ahí mismo para pasar la noche. La mujer (Marianne es nombrada así generalmente, con este sustantivo genérico) se despierta al alba y le expresa a Bruno que quiere regresar a casa. En el camino, de pronto, le dice:

-He tenido de repente una iluminación. Que te vayas de mi lado, que me dejes sola. Sí, es eso: márchate Bruno. Déjame sola.

¿Por qué ella toma esta decisión? Lo sabemos casi al final de la novela, una narración adonde la soledad es el destinador (el que hace hacer) y los personajes sus destinatarios (los que llevan a cabo la acción, el hacer ser): el editor, el chofer del editor, la vendedora, Fransiska (la amiga de la mujer), el actor, el padre de Marianne, y la pareja. El narrador no interviene para explicarnos nada referente a los personajes que pueblan su historia, los deja ser y hacer y sólo nos refiere lo que ve, no lo que piensa o siente de sus actos.

La mujer es semejante a la protagonista de una canción (que da título a la novela) que Marianne escucha una noche estando sola en su cuarto de estar:

Salía con otros de un paso subterraneo.
Comía con otros en un autoservicio.
Esperaba con otros en una lavandería,
pero una vez la vi sola delante de un puesto de periódicos.
Estaba sentada con otros junto a un rectángulo de arena,
pero una vez la vi por la ventana jugando al ajedrez sola.
(...) Pues allí entre los demás te veré sola por fin.
Y tu me verás entre otros mil.
Y por fin iremos el uno al encuentro del otro.
A partir de la ruptura con su esposo así es su vida: sin comunicación con nadie, a pesar de estar con otras personas (hasta con el mismo Bruno), pero los otros personajes también viven esa gran soledad. Desconocemos como era su vida antes de esta separación, sólo se connota un poco a través de una frase que emite mientras se mira al espejo: "-No te has traicionado. ¡Y ya nadie te va a humillar!".

El relato retrata esa individualidad en la que vivimos los seres humanos, el no entendimiento entre personas, el no escucharnos ni comprendernos, la ira que muchas veces provoca el no poder realizar una vida en común con la pareja elegida en determinado momento, las dificultades de sobrevivir en un mundo en el que cada quien piensa en sí mismo y para sí mismo provocando que cada vez se esté más solo, como una isla en medio de la inmensidad del océano.

La novela me gustó, pero me parece mejor La tarde de un escritor.

Narrativas 1

Carlos Manzano y una servidora, les presentamos el primer número de este proyecto: la revista Narrativas. Revista de literatura contemporánea en castellano. El índice de este primer número, es el siguiente:

Ensayo:

"La écfrasis literaria en 'Un día en la vida de Julia' de Juan García Ponce", de Magda Díaz Morales.

Relatos:

Alesia,Óscar Sipán
Madre Medea, Pilar Adón
Las fauces del cocodrilo, de Martín Piedra
Toñita, de Beatriz E. Mendoza
El último inquilino, de Pedro M. Martínez
La idea de dios, de Carlos Manzano
Las vueltas que da la vida, de María Dubón

Narradores:

María Dubón

Novedades editoriales
Reseñas
Noticias

4 de abril de 2006

Una excelente noticia


Magda Díaz Morales ha sido galardonada con el Premio Nacional de Literatura.

La noticia, anunciada ayer por la mañana en todos los diarios del mundo, ha sido recibida con gran beneplácito en el ámbito literario.

Entrevistada en su casa hace unos minutos, Magda dijo estar muy agradecida con el jurado y con todos los que hacen posible este prestigioso premio.

Se rumora, muy seriamente, que será la próxima ganadora del Premio Nobel de Literatura 2007 (ya que este año se le concedió a María Dubón), porque aunque su obra no entraña creación narrativa ni poética, se tiene contemplado hacer, por esta ocasión, una excepción y otorgarlo a la crítica literaria nada más.

¡Enhorabuena!


He recibido la noticia hace unos momentos, me siento muy contenta. Si gustas puedes inscribirte, a lo mejor también te otorgan un premio: ATB Cards

3 de abril de 2006

El peso del mundo: Peter Handke

Poseo admiración por los escritores austriacos, como por Peter Handke. Hoy encontré un archivo guardado con una parte de El peso del mundo, fue publicado en Página/12 hace tres años. "A lo largo de El peso del mundo, Handke, como Greta Garbo, sólo quiere una cosa: estar solo. Las visitas lo perturban; le molesta que le hablen desconocidos por la calle; va de visita a casa de alguien y sólo siente bienestar cuando lo dejan solo en una habitación durante un rato. "Un escritor o cualquiera que ya no soportara estar solo no podría interesarme". (Crónica de un hombre solo. Nota madre).

El peso del mundo

24 de marzo

Durante mucho tiempo de mi vida rechacé con toda mi alma el mundo exterior y ahora que creo estar abierto a él, el mundo exterior ataca mi cuerpo. ¡Ojalá de una vez por todas, como ahora, el miedo a la muerte, amenazante y ensordecedor, se convierta en un tranquilo dolor corporal! (Ya ni me escucho a mí mismo).

El frío teléfono

Lo que me pareció un maligno chisporroteo mecánico entre la gente del parque, resultaron ser unos carritos para bebés.

Me doy cuenta de que en los momentos de pánico mortal tengo las patas levantadas como un conejo, saco el trasero, una especie de homosexual.

Incluso al subir un cierre pensar que ése va a ser el golpe de muerte.

Quizá el pánico mortal durante el cual todo me golpea de muerte –un grano de arroz pegado en el fondo de la olla, el chillido de un corcho– me cure de mi falta de control. Sin embargo, hace un ratito, cuando estaba ese matrimonio de idiotas y yo pensaba que debía deshacerme escuchando lo que decían, aprehendiendo lo que ellos son, mi estado fue peor: creí poder huir de mí mismo percibiendo a los otros o alguna otra cosa, y me di cuenta de que era eso lo que me enfermaba.

El presidente de la república, hablando en la televisión, está intimidado y tiene los rasgos de las caricaturas que siempre hacen sobre él; a veces, antes de decir una palabra, hace en el aire movimientos equivocados con la lengua, hasta que por fin encuentra el principio correcto de la palabra. (El presidente nunca va a aceptar que franceses disparen contra franceses).

Cuando se termina la televisión a medianoche, estoy de nuevo en peligro. (Me volví a reír con los chistes).

En el momento más terrible quise comprar un diario para simular un día normal.

Levantarse y caminar, ¡qué felicidad!

A pesar de todo, siguen los presentimientos y alusiones a un esqueleto de dolor dentro de mí, dentro de mi suave y casi insensible borrachera.

Mi incapacidad para dejar que me ayuden: es también una especie de frialdad, de indiferencia.

Y este que se está cambiando, éste sigo siendo yo.

Alguien me llamó por teléfono para visitarme al día siguiente y no sé por qué le dije que insistiera con el timbre.

25 de marzo

Me desperté con pánico en la oscuridad y salí a la calle, apenas un sobretodo y el pijama; un pájaro silba como cuando un dueño llama a su perro.

Pequeño y estrecho mundo del asustado.

Caminaba rápido por la calle, pasó un ómnibus y descubrí en la oscuridad a algunos pasajeros. El ómnibus todavía no tenía las luces de adentro encendidas.

Como salvación, adecuarse a otro dolor.

Si alguna luz está encendida, casi seguro que es en las buhardillas.

De pronto, aunque pasan muy pocos autos, la sensación de que se ha desatado el infierno (anotaciones del pánico).

La lluvia en los ojos, fría y reconfortante.

Después de una larga “indescriptibilidad” por fin conseguí volver a percibir mis pensamientos (anotar lo más mínimo enseguida, para saber qué es lo que me ha calmado).

Por primera vez en mucho tiempo, mientras comía uvas y escupía las semillas en la mano, parado frente a la pileta de la cocina, pude pensar en un futuro (de noche).

26 de marzo

Estiraron encima de mí la sábana sobre la cual estaba acostado.

Estar acostado en la ambulancia en contra de la dirección de marcha, en un embotellamiento en la autopista; el sol brillaba muy fuerte y yo para nada tenía la necesidad de estar acostado, ellos me obligaron. En el hospital: cuando le pregunté a la doctora si quizá podría salir mañana, ella respondió: “Eso no está descartado”.

Ya he vuelto a hablar conmigo, aunque sólo interiormente: ¿una buena señal?

Leyendo Bajo la rueda: escribir para darle a la juventud la dignidad que se le niega en la vida.

El único instante de tranquilidad, de silencio, durante el horario de visitas, le es concedido a mi compañero de habitación cuando la esposa se despide de su esposo enfermo con dos besos en las mejillas... mejor dicho, un momento después.

27 de marzo

La doctora le preguntó al viejo enfermo (tres infartos de corazón) la fecha de nacimiento y cuando él respondió, en agosto, ella estalló en un suave y fingido entusiasmo: “¡Oh, justo en mitad de las vacaciones!” Me di cuenta de que para todas las historias ella tenía preparadas las mismas preguntas y observaciones: que había que buscar en uno la causa de la enfermedad, que a ella también las cosas le iban así, etc. ¡Con qué rebosante ausencia nos miraba y se quedaba con nosotros! A menudo, aparentando gran interés y atención, preguntaba lo mismo dos veces. ¡Había olvidado no sólo la respuesta sino también su propia pregunta! Su mente estaba en otro lado con expresiones y gestos de estar con nosotros. (En realidad me gustaría probar al menos una vez a esta mujer, para “mi placer privado”). Hace un ratito vino y dijo mientras hacía un gesto tranquilizador con la mano: “¡Conserven la calma! ¡No hagan montañas de sus problemas! ¡No se queden atrapados en el túnel! (Y su reemplazante nos observa a los ojos con una mirada igual de larga y vacía).

Sentí que la doctora antes de irse me iba a dar la mano y sostuve mis manos contra la corriente de aire para que no sudaran.

Esa cosa que durante la noche saltaba bajo mi cama, como si estuviera dentro del colchón; y cuando me tiré en otra cama, sin saber si se trataba de una pesadilla, volvió a saltar algo, como atrapado, algo salvaje, con claustrofobia. Y dos días después encontré una rata agonizante respirando sin hacer ruido sobre el rojo piso plástico de la cocina; la barrí con la escoba de mano y la pala y la tiré en una bolsa de plástico; después puse la bolsa en el patio junto a la basura.

Los médicos dicen a menudo “un poquito”, “un poquitito”: “Volvió a escupir hoy un poquito de sangre”. “Su presión sanguínea subió un poquitito”.

Todas estas personas desconocidas, todo este ajetreo ruidoso... de hecho tranquilizan “un poquito”.

Sentirse de nuevo señor de sí y del propio cuerpo: ¡sentimiento señorial!

De pronto la idea de que cuando me abandone la opresión en el pecho también me abandonará el sentimiento de estar vivo.

El anciano, después de su tercer infarto, acompaña todo lo que cuenta, incluso las bromas, con un movimiento que consiste en dejar caer con resignación sus brazos o manos.

Miedo mortal: no poder sentir ninguna de las cosas que uno ve, porque uno ya no tiene humor.

Asesinado por la realidad ortodoxa.

Cuando el doctor dijo que yo debía volver a la sala de reanimación, el paciente de al lado puso enseguida en mi mesita un diario que le había prestado.

Casi espero con ganas el momento en que me saquen sangre.

La luz intermitente del cardiógrafo y la luz intermitente de los aviones que aterrizan delante de la ventana.