El miércoles pasado me fui a trabajar con un sol resplandeciente, así que me fui con ropa ligera. A las 3 de la tarde que salí seguía el sol, pero a los cinco minutos, de pronto, se vino un muy fuerte aguacero y llegué a casa empapada. Y aunque muy rara vez me da gripe, esta vez no me salvé. Lo extraño fue que me duró un día, tuve fiebre, la voz completamente ida, dolor de ojos, etc., me sentía terrible. Pero hoy en la mañana amanecí como si nada hubiera sucedido, y no tomé más que un té de limón por la noche. Quien sabe que fue, tal vez un resfriado fuerte que afortunadamente no se quiso quedar conmigo.
La ilustración que acompaña este fragmento de El Libro de buen amor, me parece genial, muy simpática. El texto por supuesto muy medieval.

El pecado de la lujuria. El águila y el cazador
"Donde está el amor, está la lujuria. Quienes son lujuriosos, se matan a sí mismos, como pasó con el águila y el cazador. Un águila es alcanzada por una flecha de un cazador, que ha adornado sus armas con plumas de la propia ave. Cuando se ve herida de muerte, el águila exclama: “De mí salió quien me mató”. El lujurioso destruye su cuerpo y mata su alma. Tras practicar la lujuria, se siente tristeza y ello acorta la vida".
El Libro de buen amor, comentario de la obra de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. Por Antonio Tausiet.
Helga Schneider, Déjame ir, madre, Trad.: Elena de Grau Aznar (Barcelona: Salamandra, 2003)Más que una novela, Déjame ir, madre me parece una crónica. Si leemos la biografía de la escritora polaca Helga Schneider (1937), nos damos cuenta que exactamente lo que sucede en la narración, es lo que ella vivió. Bastaría con copiar los párrafos para reseñar la obra. Una historia muy dura y conmovedora en la que uno se pone a pensar cómo es posible que un ser humano haya podido soportar vivir de cerca la Gerra mundial, el Holocausto, el exterminio nazi.
Helga, la protagonista de la novela (como la escritora en la realidad de su vida), iba a cumplir ocho años cuando la guerra termina, pero le toca ver y vivir la posguerra en Berlin, donde vivía, y, en los primeros años de su vida, el abandono de la madre, el padre y la madrastra, Úrsula, una mujer que la detestaba; además, ser niña mientras la guerra está en su plenitud. A los cuatro años (Foto, con su hermano) vive la siguiente escena:
Mi madre me dio un beso rápido en la mejilla y se acercó a la maleta que había junto a la puerta de casa.
Me dominó el pánico.
-No te vayas -le supliqué.
Ella volvió sobre sus pasos y me miró exasperada.
-¿Así mantienes las promesas? Me has prometido que serías valiente y no dejas de lloriquear. Pero es inútil, Helga: tengo que irme, no me hagas las cosas más difíciles.
-No te vayas, mamá, por favor, no me dejes sola -volví a suplicar.
Cogió la maleta y, al volverse, dijo con el dedo levantado:
-Y cuando salga por la puerta no empieces a gritar y despiertes a tu hermano, ¿has entendido? ¿Me lo prometes?
Mi madre cerró la puerta detrás de ella. No volví a verla hasta trinta años después.
Al correr esos 30 años Helga la ve unos minutos, iba con su hijo, un encuentro frio y distante. Y la vuelve a ver 27 años después de este encuentro. En 58 años sólo la vio dos veces. La novela narra precisamente este segundo encuentro. La señora está en una residencia para ancianos en Viena, y tiene ya noventa años. Helga recibe una carta de Gisela Freihorst, amiga de su madre, diciéndole que estaba enferma: "Salia de la casa y se perdía, se olvidaba de cerrar los grifos del agua o, peor todavía, la espita del gas; en resumen, se había convertido en un peligro para ella y para los demás". Era un martes 6 de octubre de 1998.
El encuentro es impactante. La conversación que sostienen las dos mujeres va en narrar el pasado y el presente. La señora no se arrepiente de nada, sigue odiando a los judios, sigue sintiéndose orgullosa de haber sido miembro de las SS. Se habla de todos esos horrores en Birkenau, las cámaras de gas, de los crímenes cometidos. La hija no puede creer que su madre haya sido cómplice activa de todo esto...
Si ya vivir todos estos horrores de la historia debe de ser más allá de lo humanamente comprensible ¿qué será tener una madre que abandona a su familia para participar en todo esto tan terrible porque cree firmemente en que es lo mejor?
-¿Pero qué tenían todos en contra de los judíos?
-¿Todos quiénes? -se rebela
-Pues... -me encojo- todos: Hitler, Himmler, el régimen, las SS.
-Eran culpables -contesta con voz resuelta.
-¿De qué?
-De todo.
1. La característica que la define es el realismo mágico;
2. El realismo mágico fue el arma de batalla del Boom;
3. El éxito planetario del realismo mágico y del Boom opacó a las generaciones posteriores;
y 4. Los escritores más jóvenes no han tenido más remedio que enfrentarse violentamente con sus mayores para destacar.
El guión es perfecto: una trama lineal, con dosis de ambición, perfidia y celos, conforme a las reglas del culebrón típicamente latinoamericano. Pero es una visión llena de imprecisiones, y mentiras.
1. La literatura latinoamericana tiene dos siglos de existencia; en este tiempo, sólo unos pocos autores han practicado lo que se llama, por comodidad, realismo mágico; como en todas partes, hay escritores que han preferido el realismo, la literatura fantástica, el folletín, los géneros de misterio, aventuras o ciencia-ficción, e incluso todos los anteriores;
2. De los escritores del Boom, sólo uno de ellos, García Márquez, hizo uso del realismo mágico (y no siempre); Fuentes y Cortázar tienen textos fantásticos, pero nada cercano al estilo de su amigo; Vargas Llosa ni siquiera eso: siempre ha sido un escritor descaradamente realista; los compañeros de ruta del Boom (Donoso, Cabrera Infante, Edwards) tampoco hicieron uso del realismo mágico;
3. Muchos de los autores supuestamente opacados no pertenecen a la generación siguiente, sino que son sus contemporáneos (Elizondo, Saer, Pitol, Scorza) y otros, en cambio, son mayores (Yánez, Revueltas, Uslar Pietri); sí fueron un tanto olvidados, no por el Boom, sino por algunos escritores más jóvenes que imitaron sin tregua las fórmulas del realismo mágico (Allende, Esquivel) y por la perniciosa -y falsa- idea de que la realidad de América Latina es "mágica";
y 4. La dinámica de matar al padre no explica la tradición latinoamericana; ningún escritor latinoamericano ha querido asesinar al Boom o a García Márquez; en todo caso, algunos se han enfrentado ásperamente a quienes practican, por comodidad, el realismo mágico; de las generaciones posteriores, tanto los nacidos en los cuarenta y los cincuenta (Bolaño, Piglia, Villoro, Aira) como en los sesenta y setenta (Gamboa, Fuguet, Paz Soldán, Roncagliolo) no se enfrentan al Boom sino que se miden con él y prolongan así la tradición literaria latinoamericana.
En resumen, es imposible fijar una característica distintiva de la literatura latinoamericana. En su seno conviven todas las tendencias posibles, como en cualquier tradición. El Boom representa su momento de esplendor, pero sus miembros han alcanzado la inmediata condición de clásicos y por ello su sombra no ha ocultado a los escritores posteriores, sino que los ha animado o revuelto (uno se bate con los clásicos, no los elimina). Aun así, hay grandísimos escritores latinoamericanos desconocidos o poco leídos en el resto del mundo. Me limitaré a mencionar dos: la mexicana Inés Arredondo y el argentino Antonio Di Benedetto.
A la sombra del Boom.
Jaime Mesa, Rabia (México: Alfaguara, 2008)
La soledad del ser humano parece ser un habitante instalado en este siglo XXI. Una soledad que probablemente hastiada, ha encontrado en su camino de quien enamorarse: el internet. Una pareja que se avizora, vive en armonía. Las personas necesitan hablar, comunicarse, contar a otros sus intereses, éxitos, tristezas, preocupaciones, etc. Los llamados chats, los foros, las redes, los blogs, están llenos de todo tipo de personas con deseos de transgredir esa soledad de comunicación que habita alrededor. En estos espacios no tiene importancia la edad, el físico, si se es mujer u hombre, si se es soltero o casado, ni en qué lugar se viva, lo que importa es hablar y ser escuchado. Saber que alguien está ahí para nosotros, y nosotros para él. Buscar quizá intimidad, dentro de lo posible, aunque se sepa, como dice el protagonista de Rabia, "que en la red nada es lo que parece" y muchas veces se llega ya sea a idealizar o a desfavorecer a ese Otro, solo por alguna pasión humana que así lo decide y a través de lo que se cree percibir en él.
La novela está dividida en tres partes: "Beca", "Don" y "Matilda", las tres interrelacionadas. El protagonista es Leopoldo Rollins, le dicen Foster (por una fijación que tiene con la cerveza Foster's), un hombre de 33 años casado con Rebeca, o Beca, traductor, y adicto a la realidad virtual o ciberespacio. Es una persona de la que, siendo mujer, no se quisiera estar cerca: mentiroso, engaña constantemente, infiel (con varias amantes que toma y deja como apetece), resentido con su madre, de ánimo inconsistente, insensible muchas veces, agresivo otras, que igual le da tener relaciones sexuales con un hombre (sea joven o viejo) que con una mujer, que se enamora tan fácilmente como se desenamora, capaz de golpear a una mujer si algo le molesta, que aparece y desaparece de la vida de sus "seres queridos" a su antojo (seres queridos entre comillas porque parece que realmente no quiere a nadie), nunca tiene remordimientos, egoísta e irrespetuoso con la mayoría de las personas que lo rodean que son, en gran parte, mujeres: Beca, Julieta, Susana, Emilia, Sonia, Kate, Matilda (su madre).
El odio-amor que siente por su madre resulta un tanto patológico. Jamás se detiene a intentar comprenderla ni mucho menos tenerle consideración. Su lucha por sentir que es mejor que ella lo lleva a mentirle, le cuestiona en silencio, anhela hallar un video donde esté haciendo el amor con Raymond, su segundo esposo, no le perdona que un día dejara a su padre y a él y que haya decidido su propia vida. La madre vive en Estados Unidos, lugar donde se desarrolla la mayor parte de la acción narrativa puesto que Foster viaja desde la Ciudad de México a Chicago para encontrarse con Emilia, su amante. Foster es un hombre que, esencialmente, se siente solo.
Pero, también, Foster es un joven al que se admira por el anhelo que tiene de querer cambiar el mundo a través de hacer feliz a los demás, que ambiciona romper con las reglas establecidas que dañan, por eso le gusta el internet porque ahí no hay reglas impuestas y se es libre. Este deseo de cambiar el mundo también lo tuvo la generación que le antecede y con la cual parece estar en lucha o no comprender o no reconocer o, sencillamete, sentirse alejado, aunque no lo esté. Uno se pregunta al terminar de leer la novela ¿qué hizo la generación anterior a Foster, que heredó a esta nueva generación una sociedad donde la soledad es tan común? o ¿es la era digital quien lo cambió todo? o ¿no es así y solo es la natural evolución de los tiempos? ¿uno es Leopoldo (el real) y otro Foster (el virtual) o son el mismo? Asimismo, brota otra pregunta más: ¿el narrador se engaña, nos engaña a nosotros, como lectores, como engaña a los personajes del mundo virtual y todo es un juego donde la verdad está al alcance de quien pueda percibirla?
¿Toda esta vida tan compleja de Foster es virtual o real? Todas estas relaciones sexuales que disfruta ¿son reales o virtuales? Foster obtiene placer en cuanto se sienta en la computadora y entra a las salas de sexo de los chats. "A nadie le importa la verdad (...) En internet -dice- puedo defenderme, tomarme unos minutos para preparar respuestas inteligentes. Entonces permanezco". ¿Quiere vivir decenas de vidas y por eso engaña, como él mismo manifiesta?
Quizá el mundo real, el mundo que vivimos, es en ocasiones tan difícil que es mejor aislarse y optar por un mundo paralelo, ese ciberespacio que de la satisfacción de sentir que le importamos a alguien y que no se está tan solo, aunque esto sea o no sea verdad, lo importante es sentirlo de esta forma. En el mundo virtual, tal vez, la imaginación y fantasía logran hacer realidad esos deseos que se tienen en la vida... No lograrlos enoja, da impotencia y hasta rabia.
De eso se trata la frágil conexión entre los hombres; esos hilos que te jalan hacia un centro, hacia la confluencia de otras fuerzas que te dicen que perteneces a algo más grande y perpetuo aunque te sientas terriblemente solo.Foster, es ese interlocutor de un "puñado de seres que necesita hablar para no morirse...".
Octavio Paz, Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), México: Fondo de Cultura Económica, 2008.La llamada Generación de Medio Siglo en México, está conformada por Juan García Ponce, Julieta Campos, Tomás Segovia, Inés Arredondo, José de la Colina, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Huberto Batis y Fernando del Paso. Se le llama así, porque es a partir de los años cincuenta que empiezan a conocerse las publicaciones de estos escritores. También se le conocería como el Grupo de la Casa del Lago o como la Generación de la Revista Mexicana de Literatura o la Generación de la ruptura. Compartían afanes, lecturas, una concepción similar de la literatura y las mismas aspiraciones.
Esta generación creció en un medio literario influido por tres destacadas situaciones: a) la presencia de la figura de Alfonso Reyes, b) la herencia substancial de sus antecesores, el grupo de los Contemporáneos, c) el aliento y estímulo del interés crítico de Octavio Paz. Su espacio cultural estaba teñido por la inquietud aún existente, del nacionalismo de unos (la novela de la Revolución mexicana) y el cosmopolitismo de otros (los que buscaban salir de esa temática local para crear temas urbanos o sencillamente diferentes a los ya trabajados). El pasado inmediato de esta generación está, pues, asentado en la literatura de la Revolución, grandes escritores como Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Sergio Galindo, etc., contribuyeron a darle a la obra posrevolucionaria nuevos aspectos e identidad innovadora: sus concepciones del movimiento armado no eran ya propagandistas, sino cuestionadoras. La narrativa se encontraba en el inicio de una nueva época augurada, entre otros, por José Revueltas en los años cuarenta. Surgen entonces nuevas formas de narrar y con ello la consecutiva transformación estética.
La efervescencia cultural que se dio en México durante estos años, fue muy importante. En Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, que se encontraba coordinada por Jaime García Terrés, Juan García Ponce era jefe de redacción de la Revista de la Universidad, Tomás Segovia y Juan Vicente Melo dirigían la Casa del Lago, Inés Arredondo trabajaba en la Dirección de prensa, Juan José Gurrola presidía el teatro y la televisión universitarios, José de la Colina coordinaba los cines clubes y Huberto Batis tenía a su cargo la Dirección General de Publicaciones y de la Imprenta Universitaria.
La Revista Mexicana de Literatura, a la que me he referido anteriormente, fue una publicación substancial para toda esta Generación. Precisamente, el intercambio epistolar entre Octavio Paz y Tomás Segovia, que va de 1957 a 1985, se inició cuando, aun sin conocerse, un joven Segovia, poeta exiliado en México, envía su reseña del Arco y la Lira, publicada en la Revista Mexicana de Literatura en 1956, al poeta mexicano, entonces cercano a los 50 años de edad. Abajo de este texto, transcribo algunos fragmentos de las cartas escritas por Octavio Paz a Tomás Segovia, de las 55 que trae el libro. Su publicación, leemos en la introducción, fue posible gracias a la iniciativa de Marie José Paz, y la generosidad de Tomás Segovia, que lo custodió y lo puso a disposición del Fondo de Cultura Económica a solicitud de la esposa de Paz, para conmemorar los 10 años de la muerte del nobel mexicano.
Transcribo un bello fragmento de una carta fechada el 25 de mayo de 1965, desde la Embajada de México en Nueva Delhi donde estaba Octavio Paz, como embajador:
Querido Tomás:
Recibí dos números ya viejos de la Revista Mexicana de Literatura. En uno de ellos, un texto tuyo sobre el silencio. Me impresionó muchísimo, tanto que se lo di a Marie José, para que lo leyese: supongo que es un fragmento de algo más extenso. Quisiera comentarlo largamente pero no será posible, al menos por ahora. Tocas algo en verdad cardinal y más vasto que el amor, la amistad o el erotismo, aunque el centro de tu reflexión sea el amor, es decir, la desnudez total y sin intermediarios. El erotismo es fragmentario: no vemos el alma, ni siquiera a su cuerpo completo sino a sus fragmentos (un seno, una pierna, unos ojos).
Y sin embargo, el erotismo (o como quiera llamársele al contacto carnal, a condición de saber que el cuerpo es algo más que cuerpo) es una experiencia de la totalidad. Diría: la totalidad por la vía del desgarramiento, la totalidad a través de un fragmento. Pero la totalidad erótica es ciega. La de la amistad es visible y luminosa. Sólo que necesita una mediación: la cultura, las ideas, una fe compartida, una duda común, un estilo, una afición o manera de ser.
En el amor hay lucidez sin mediación, desnudez y no, como tu dices, "desnudeces..." No sigo. Tu texto me ha hecho pensar mucho y de la mejor manera: me ha obligado a pensar en mí mismo, en mi vida pasada y presente, en esa temible oscuridad del silencio que, al negar al otro, nos niega a nosotros mismos. Aquel refrán: "el que calla, otorga" debería cambiarse por este: "el que calla, reniega".
París, 28 de junio de 1964
Querido Tomás:
Hace muchos meses -cuando acababas de llegar a Montevideo, me imagino- Juan García Ponce me escribió y, al darme la noticia de tu salida, me sugería que te pusiese unas líneas y me daba la dirección. Perdí esa carta. Tiempo después escribí a García Ponce, pidiéndole tus señas. No me contestó. Olvidé el asunto (también yo vagaba por los páramos de mis pequeños infiernos, aburridos, privados e irremediables). A fines de marzo, cuando preparaba mi viaje europeo (ando de vacaciones y regreso a Delhi en agosto), sentí la necesidad de escribirte. Como no podía hacerlo, pues no sabía siquiera si todavía estabas en Montevideo, encontré la manera de citarte a la mitad de un largo artículo que estos días escribí (sobre Cernuda).
Querido Tomás:
Camilo José Cela me dice que sus hermanos acaban de fundar las ediciones Alfaguara y que él personalmente podría someter tus libros de ensayo a su consideración. Asimismo, desea publicar una selección de tus poemas en Papeles. Esto último quiere decir, me imagino, que publicaría seis o siete poemas tuyos en la revista, con la separata de costumbre. Creo que deberías enviarle a Cela lo que pide. José Luís Cano también me escribe para decirme que le parece difícil por el momento encontrar un editor para tus poemas pero que quizá podría lograr que se publique un libro de ensayos. Sugiere que le escribas. La dirección de Cela es: José Villalonga 87, Palma de Mallorca, España. La dirección de José Luís Cano es Av. de los toreros 51, Madrid 2, España.
Querido Tomás:
Hasta 1936, bien o mal (más mal que bien), Madrid fue el centro de la literatura hispanoamericana. Consagró a Darío (aunque olvidó a Lugones), celebró a Neruda (pero desdeñó a Vallejo y a Villaurrutia). Después de la guerra mundial, ninguna ciudad ha sustituido a Madrid. Los argentinos son demasiado cosmopolitas y, para colmo, han sufrido regímenes abyectos e ineficaces. México ha pecado por el extremo contrario: un exceso de nacionalismo.
Madrid ha vuelto a ser, espiritualmente, lo que fue antes de Felipe II: un gran villorrio, una capital de provincia. Barcelona es catalana. Y las otras capitales no cuentan. Así, cuando digo que lo urgente es comunicarnos entre nosotros, quiero decir: poner en circulación las obras de autores contemporáneos de nuestro idioma.
Querido Tomás:
Y esto me lleva a comentar un nuevo episodio: el Congreso Latinoamericano de Escritores. Por distracción, pereza o inconciencia, Pellicer entregó la organización de esta reunión a Mauricio Magdaleno y a sus escribanos. Lo que pudo ser una conferencia de escritores libres será otro acto oficial. El abrazo de dos burocracias, la nacional y la latinoamericana. Asunto para un mural de Siqueiros: el encuentro entre Pablo el Rojo y Jaime el Florido. Un genio protector me inspiró a tiempo y no acepté la invitación que me hicieron por trasmano, con ganas de que no aceptase. Fuentes me dice que él tampoco asistirá aunque no me aclara si recibió o no la invitación. En cambio, me cuenta que no invitaron a Cortázar, García Márquez, Onetti y otros muchos. Mi negativa obedeció a razones de orden personal. Iré a México en el segundo semestre de este año y, naturalmente, no puedo permitirme el lujo de dos viajes.
Los ceses de García Ponce, Batis, Melo y De la Colina son lamentables pero, en parte, se lo merecen. Fueron víctimas de una pequeña "hibris" que los llevó, por ejemplo, a atacar a Fuentes sin ton ni son. Fomentaron la desunión y muchas veces dieron armas a nuestros enemigos -que son los suyos. Los artículos de Batis casi siempre favorecen a los otros. Por ejemplo: la antología de Pellegrini y Poesía en movimiento (...) Batis condena el libro sin enterarse siquiera del propósito de Pellegrini y con un criterio mezquinamente nacionalista. Así les dio la razón a los que quisieron destruirnos, como Leiva y los demás resentidos.
Lo de Poesía en movimiento fue peor: en su nota -mal escrita, deshilachada- lo único que se le ocurre decir es ¡que falta Cuesta! García Ponce me hizo el mismo reproche. La verdad es que esa omisión -lamentable pero no esencial: Cuesta no es un gran poeta- les sirvió para no comentar el libro y así condenarlo con mayor facilidad. ¿Por qué no atacar a Aridjis, Mondragón y otros jóvenes y callarse ante Torres Bodet, Nandino y otros que me "impusieron" Chumacero y Pacheco? Ni Batis ni García Ponce se han tomado el trabajo de reflexionar durante cinco minutos sobre el sentido de ese libro que, a pesar de su eclectisismo, muestra que hay, de todos modos, una tradición poética en México distinta a la que nos ofrecen las antologías y las historias de la literatura (...)
Cito a Batis y a García Ponce pero podría decir lo mismo de casi todos los futuros miembros de ese hipotético grupo que propones. Todos se han portado de una manera igualmente caprichosa, egoísta y miope. No pido, claro, unanimidad ni complicidad. Al revés: pido crítica -verdadera, leal, rigurosa y apasionada. Acabo de leer dos excelentes artículos de García Ponce, uno sobre Cuesta y Villaurrutia, otro muy valiente y exacto sobre los premios de literatura y pintura. Necesitamos esa clase de crítica -no los pequeños ataques contra ese o aquel poeta joven.
Nueva Generación de Narradores Mexicanos (Vol 1)
Posted by Magda Díaz Morales in Noticias literarias
Antología: Grandes Hits. Nueva Generación de Narradores Mexicanos (Vol 1), su editor es el escritor Tryno Maldonado y le da sello la Editorial Almadía.El Consejo Consultivo estuvo formado por: Leonardo Da Jandra, Sergio Pitol, Guillermo Fadanelli, Javier García Galiano, Margo Glantz, Sergio González Rodríguez, Mario González Suárez, Patricia Laurent Kullick, Mónica Lavín, Rafael Lemus, Mauricio Montiel Figueiras, Eve Gil, Eduardo Antonio Parra, Cristina Rivera-Garza, Daniel Sada, J. M. Servín, Rogelio Villarreal y Juan Villoro.
John Fante, Pregúntale al polvo, Prólogo de Charles Bukowski, Trad.: Antonio-Prometeo Moya (Barcelona: Anagrama, 2001)Arturo Bandini, un joven de veinte años, llega a Los ángeles procedente de Colorado, con ciento cincuenta dólares en el bolsillo y grandes proyectos en la cabeza. Se hospeda en el cuarto 678 de Alta loma, una pensión de la señora Hargraves. Eran los años treintas. Bandini soñaba con ser un gran escritor. Consigue publicar un cuento, "El perrito que reía", en una revista pero nada más, aunque él no se cansaba de comentar a quien pudiese que era un autor excelente.
Bandini soñaba con las chicas mexicanas, pensaba: "¡Quién pudiera estar con una chica mexicana!". Para él, "ellas eran princesas aztecas y princesas mayas", hasta iba a misa para encontrarlas. Una noche que recibe diez dólares que le envia su madre, decide salir en busca de una mujer. Mientras camina fantasea y habla consigo mismo, proyecta argumentos para sus libros, pide por tener alguna idea para escribir un cuento, y recuerda que obligado por la pobreza (nace en el seno de una familia de campesinos) llega a Los ángeles esperando escribir un libro que lo hiciera rico.
Al pasar frente a una antigua iglesia, mientras se dirige al barrio mexicano, decide entrar a ésta por motivos sentimentales, mientras tanto piensa: "La iglesia debe de desaparecer, es el refugio del Mester de patanería, de los patanes y pelmazos y toda la charlatanería de tres al cuarto". Se hinca, y reza esta genial oración:
Dios todopoderoso, lamento ser ateo ahora, pero ¿has leído a Nietzsche? ¡Un libro estupendo! Dios todopoderoso, voy a jugar limpio. Voy hacerte una proposición. Haz que sea un gran escritor y volveré al seno de la iglesia. Y otro favor, Dios de mi vida: haz que mi madre sea feliz. El viejo no me preocupa; él tiene su vino y su salud a prueba de bomba, pero mi madre me preocupa. Amén.
—¿Tiene trabajo? —preguntó.
—Soy escritor —respondí—. Espere, puedo demostrárselo.
Abrí la maleta y saqué un ejemplar.
—Yo lo escribí —le dije. En aquella época yo era muy impaciente, muy soberbio—. Se lo voy a regalar. Se lo dedico.
Tomé la pluma del escritorio, pero estaba seca y tuve que mojarla en el tintero; moví la lengua mientras pensaba en algo simpático que ponerle.
—¿Cómo se llama usted?— le pregunté.
—Soy la señora Hargraves —me dijo sin el menor entusiasmo—. ¿Por qué? Como le estaba haciendo un favor, no tenía tiempo de responder a ninguna pregunta, así que escribí en la parte superior de la página donde comenzaba el relato: “Para una dama de encanto inefable, de maravillosos ojos azules y sonrisa generosa, del autor, Arturo Bandini”.
La verdad es que tenía una sonrisa que le destrozaba la cara, ya que le acentuaba el mapa de arrugas que le agrietaba la piel reseca de la boca y las mejillas.
—No soporto las historias sobre perros —dijo, escondiendo la revista. Me miró por encima de las gafas desde una atalaya más elevada aún.
—¿Es usted mexicano? —preguntó.
Me señaló con el dedo y rompí a reír.
—¿Mexicano yo? —negué con la cabeza—. Soy americano, señora Hargraves. Además, tampoco es un cuento sobre perros. Es sobre un hombre y está muy bien. No sale ni un solo perro en toda la historia.
—En esta pensión no admitimos mexicanos —dijo.
—No soy mexicano. Y el título del cuento lo saqué de la fábula. Ya sabe: “Y el perrito rió al ver una cosa tan rara”.
—Tampoco judíos.
La vida de Camila es muy dura en un país sin nada para ella, una sociedad cruel cuyo "sueño americano" es una farsa. Una sociedad que no le permite tener ninguna esperanza. Para Arturo Bandini, las cosas no son tan radicales, probablemente a Camila le faltó encontrar un Hackmuth (el editor y mentor de Bandini) en su vida...
Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Angeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía, se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente. Había que volver a los autores anteriores a la Revolución Rusa para encontrar algo de aventura, un poco de pasión. Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos. A pesar de todo lo que podía haberse aprendido en los siglos precedentes, los autores modernos no eran lo que se dice muy hábiles.
Cogía de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz por encima de la de los demás?
Probé en las distintas secciones de la biblioteca. La sala de Religión me pareció un páramo tan vasto como inútil. Fui a la de Filosofía. Di con un par de alemanes resentidos que me estimularon una temporada, hasta que los olvidé. Probé con las matemáticas, pero las matemáticas superiores no se diferenciaban de la religión. no me afectaban en absoluto. Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer en ninguna parte.
Probé con la geología, y al principio sentí cierta curiosidad, pero me resultó insustancial a la postre.
Descubrí ciertos libros sobre cirugía y me gustaron los libros sobre cirugía: las palabras eran nuevas y maravillosas las ilustraciones. En concreto, me gustaron y memoricé los detalles de las operaciones del mesocolon.
Al final abandoné la cirugía y volví a la gran sala abarrotada de autores de novelas y cuentos. (Cuando tenía morapio en abundancia no iba por la biblioteca. Una biblioteca era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada para comer o beber y cuando la dueña de la casa le perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al lavabo sin problemas.) Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, y casi todos dormidos sobre el libro abierto.
Seguí recorriendo la sala general de lectura, cogiendo libros de los estantes, leyendo unas cuantas líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación.
Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.
Tenía tarjeta de lector. Rellené la hoja del servicio de préstamo, me llevé el libro a casa, me tumbé en la cama, me puse a leerlo y mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba Pregúntale al polvo y el autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros. Acabé Pregúntale al polvo y busqué más libros de Fante en la biblioteca. Encontré dos. Dago red y Espera a la primavera, Bandini. La calidad era la misma, se habían escrito con el corazón y las entrañas y no hablaban de otra cosa.
Sí, Fante tuvo sobre mí un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo le gritaba: “¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!”.
Fante fue para mí como un dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz, que no hay que llamar a su puerta. Sin embargo, me ponía a hacer conjeturas sobre el punto exacto de Angel’s Flight en que al parecer había vivido y hasta pensaba que a lo mejor seguía viviendo allí. Casi todos los días pasaba por el lugar y me preguntaba: ¿será ésa la ventana por la que se deslizaba Camila? ¿Es ésa la puerta de la pensión? ¿Es ése el vestíbulo? No lo he sabido nunca.
Treinta y nueve años más tarde he vuelto a leer Pregúntale al polvo. Quiero decir que lo he vuelto a leer este año y que todavía se sostiene, al igual que las demás obras de Fante, pero que éste es el libro que prefiero porque constituyó mi primer encuentro con la magia. Escribió otros libros, además de Dago red y Espera a la primavera, Bandini. Por ejemplo, Plenitud de vida y The brotherhood of the grape. En la actualidad está escribiendo otra novela, A dream of Bunker Hill.
Al final, gracias a otras vicisitudes, he conocido al novelista este mismo año. Queda mucho por decir de la vida de John Fante. Una vida con una suerte extraordinaria, con un destino horrible y llena de una valentía tan natural como insólita. Es posible que se cuente algún día, aunque creo que a él no le gustaría que yo la contase aquí. Permítaseme decir, sin embargo, que en su forma de escribir y en su forma de vivir se dan las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión.
Es todo. A partir de este momento, el libro pertenece al lector.
Charles Bukowski
5 de junio de 1979
El último encuentro: Sándor Márai
Posted by Magda Díaz Morales in Escritores austro/húngaros, Libros
Sándor Márai, El último encuentro Trad.: Judit Xantus Szarvas (Barcelona: Salamandra, 2007)"Quien no acepta los detalles, probablemente es que lo quiere todo, absolutamente todo"
La crítica ha repetido que El último encuentro de Sándor Márai, habla de la amistad. Y sí, habla de ella, de lo que significa y del valor que posee. Pero también habla de la no amistad y, tal vez, de su inexistencia. El último encuentro es la novela que hasta ahora más me ha gustado de este escritor húngaro, es una estupenda novela. Mientras se lee, podemos casi oler esas flores de lavanda que crecen en los jardines del Castillo de Buda o imaginar cómo serían esas fiestas que se realizaban en la mansión del protagonista (un castillo en Hungría, al pie de los Cárpatos) a las que incluso asistía el emperador de Austria, que era rey de Hungría, o viajar a Viena y ver pasar a nuestro lado a la emperatriz Sissi (que en 1867 fue coronada reina de Hungría, y celebró su victoria con el Tratado de Reconciliación, que concedía cierta autonomía a Hungría bajo la corona de los Habsburgo), caminando en silencio con una sombrilla en la mano...
Es la época del imperio austro-húngaro. Inicia la novela tiempo después, ya las cosas han cambiado, el esplendor está en decadencia. El protagonista, Henrik, un general retirado del antiguo ejercito astro-húngaro, tiene 75 años y está solo, sus seres queridos han muerto, vive nada más acompañado en su mansión, que fuera de sus abuelos y de sus padres, por Nini, la anciana nodriza que desde niño estuvo a su lado. Instalado en este aqui y ahora narrativo, un narrador en tercera persona, que todo lo sabe y lo ve, nos cuenta la niñez, la adolescencia, la juventud, la edad madura del general. Por él, nos enteramos de esa amistad que nace en la infancia entre Henrik y Konrád. El primero, Henrik, era burgués, hijo de un capitán de la guardia imperial húngara y una condesa francesa. El segundo, Konrád, no tenía dinero. Su padre era funcionario del estado de Galitzia y su madre era polaca. Konrád, amaba la música (era pariente de Chopin, además). Henrik, no. Los dos estudiaron en la Academia militar cerca de Viena. Y desde que se conocieron a los diez años, supieron que su encuentro prevalecería durante toda su vida.
Henrik, se casa con Krisztina y es Konrád, quien se la presenta. Konrád, pasa mucho tiempo en la mansión de su amigo, los dos son como hermanos. Un día, despues de ir de caza y cenar en casa de Henrik, Konrád se va para siempre. Pasan cuarenta y un años para que los dos amigos se reencuentren justo en el mismo lugar donde se vieron por última vez, el castillo de Henrik. Mientras cenan, brotan muchas cosas, esencialmente la búsqueda de la verdad de los acontencimientos.
Es una novela habitada por la soledad, la melancolía, las descripciones detalladas, la nostalgia de tiempos que se han ido pero que a pesar de ser irrecuperables, viven en el recuerdo. Una obra que deja pensando y sintiendo tristeza por la naturaleza humana...
¿Existe realmente la amistad cuando las pasiones humanas se cruzan en la vida? ¿Por qué el ser humano en ocasiones transgrede los límites del respeto al Otro?
Antes de entregarme a esta odisea, quiero comentarles que hace un par de días he recibido un espléndido regalo que agradezco mucho a Ana Muñóz. Se trata de la Antología poética Parque de atracciones, editada por Libros del imperdible y 1001 Ediciones, 2008. Les recomiendo mucho leerla. En ella participan: Ana Muñóz, Ana Gijón, Analía Basualdo, Clara Santafé, Laura Tajada, Nerea Ferrez y Rut Sanz.
Ana Muñoz (Teruel, 1987), ha colaborado en la revista Eclipse y en la revista Turia. Apareció en la antología Más detectives salvajes (selección de Manuel Vilas para Criaturas Saturnianas#7) y es parte de la mesa de redacción de la revista Cuello de Botella. Comparto con ustedes uno de sus poemas:
Ha sido un placer leerla. Felicidades por este excelente trabajo poético.Carpe noctem
Poema que puede ser introducido por cualquier cita de Manuel Vilas -en la noche-
Carpe noctem, dicen.
Y ellas hacen la vendimia y venden sus pezones como
uvas. Y las lunas se les clavan en sus ojos de esquirlas
y lamen la sangre que cae de sus anhelos tan
lentamente.
Quien juega con fuego, dicen.
Y a ellas no les importa quemarse saltando una
hoguera tras otra.
Saben que la mujer es de noche y el hombre es de día.
Saben que la mujer es húmeda y fría y que se hacen
espuma de mar sus deseos.
Saben que no son brujas y por eso enseñan todo
el polvo que guardan en sus camas y esconden
escobas. Escobas que hacen volar, dicen. Escobas que
son pelos de coño muy rizados, como pasados por
fuego.
Os cortaremos las alas, dicen.
Y ellas ríen con su cuerpo vendido. Porque son ángeles
del diablo, cuerpo vendido y alma vendida. Epístolas de
sello rojo.
Y vuelan con el pecado de la lujuria y una virtud de
luna creciente.
Y ellas vuelan y vuelan, las prostitutas del hambre,
con el deseo entre las piernas y una promesa de dormir
siempre sucias. Y vuelan. Y hacen la vendimia de sus
pechos y escancian el vino como fruta madura que
también es pecado y toda la espuma de su sangre
derramada. Y mar. Porque es de noche. Y sólo de
día, carpe diem, los hombres secos y calientes como
los desiertos que atraviesa la mente serán capaces de
cortarles las alas o fundírselas en un gemido, como
hiciera Ícaro.
Los hombres son sólo hombres. Y desde el templo de
Apolo las prostitutas del hambre les ofrecen sus alas
para la noche, sólo para la noche.
Sobre la vida eróticaUn año antes de suicidarse, mi amigo Gyula me habló de cómo concebía el erotismo en el otoño de su vida.
Gyula me dijo que, de joven, en Hungría, había sido un gran mujeriego. Al ir envejeciendo, aunque seguía siendo tan agudamente receptivo a la belleza femenina como siempre, la necesidad de hacer el amor carnal con las mujeres se desvaneció. Tenía toda la apariencia de haberse convertido en el más casto de los hombres.
Me dijo que esa castidad externa era posible porque había dominado el arte de vivir una aventura amorosa en todas sus etapas, desde el enamoramiento hasta la consumación, en el interior de su cabeza. ¿Cómo podía hacer semejante cosa? El primer paso indispensable era captar lo que él llamaba una «imagen viva» de la amada, y hacerla suya. Luego daba cobijo a esa imagen y le insuflaba aliento, hasta llegar a un punto en el que, todavía en el reino de la imaginación, pudiera empezar a hacer el amor con ese íncubo suyo y, finalmente, conducirla al éxtasis; y de toda esta historia apasionada el original terreno no tendría la menor idea. (Sin embargo, el mismo Gyula también afirmaba que a ninguna mujer puede pasarle desapercibida la mirada del deseo que se posa en ella, incluso en una sala atestada, incluso aunque no pueda detectar su origen.)
—Aquí en Batemans Bay han prohibido las cámaras en las playas y en los centros comerciales —dijo Gyula (Batemans Bay fue donde pasó sus últimos años)—. Dicen que es para proteger a los niños de las depredadoras atenciones de los pedófilos. ¿Qué harán a continuación? ¿Arrancarnos los ojos cuando pasamos de una determinada edad? ¿Hacernos ir por ahí con los ojos vendados?
Su interés erótico por los niños era escaso; aunque coleccionaba imágenes (había sido fotógrafo de profesión), no era un pornógrafo. Había vivido en Australia desde 1957 sin sentirse nunca a sus anchas. La sociedad australiana era demasiado puritana para sus gustos.
— Si supieran lo que pasa por mi mente —decía—, me crucificarían. Quiero decir —añadía como una ocurrencia nueva—, con clavos auténticos.
Le pedí que me describiera los apareamientos imaginarios, que me dijera si le procuraban algo que se aproximara a la misma satisfacción que hacer el amor en el mundo real. Y por cierto, proseguí, y le planteé si había reflexionado alguna vez sobre que el deseo de violar mujeres en la intimidad de sus pensamientos podría ser una expresión no de amor sino de venganza, una venganza contra las jóvenes y hermosas por desdeñar a un feo viejo como él (éramos amigos, podíamos hablar así).
Se echó a reír.
—¿Qué crees que significa ser un mujeriego? —replicó (era una de sus palabras favoritas en inglés, le gustaba hacerla girar en la lengua, wo-man-i-zer. Un mujeriego es un hombre que te desmonta y vuelve a montarte convertida en mujer. Es como un atomizador (a-tom-i-zer), que te descompone en átomos. Solo los hombres detestan a los mujeriegos, por celos. Las mujeres aprecian a un mujeriego. Una mujer y un mujeriego se compenetran de un modo natural.
— Como un pez y un anzuelo —le dije.
— Sí, como un pez y un anzuelo —contestó—. Dios nos ha hecho el uno para el otro.
Le pedí que me contara más acerca de su técnica.
Me dijo que todo consistía en ser capaz de captar, mediante la más profunda atención, ese gesto peculiar e inconsciente, demasiado ligero o huidizo para que lo note el ojo normal, con el que una mujer se entregaba, es decir, entregaba su esencia erótica, su alma. La manera en que giraba la muñeca para consultar su reloj, por ejemplo, o la manera en que se agachaba para ajustarse la correa de una sandalia.
Una vez percibido ese movimiento peculiar, la imaginación erótica podía explorarlo a placer hasta que el secreto más recóndito de la mujer quedaba al descubierto, sin excluir cómo se movía en los brazos de un amante, cómo llegaba al momento culminante. Desde el gesto revelador, todo se seguía «como si estuviera determinado por el destino» [...]
* Inscribo aquí las palabras que nos deja el escritor Francisco Ferrer Lerín, en los comentarios. Me parecen pertinentes e ilustrativas, con un final muy acertado:
Alonso Fernández de Palencia en su “Universal vocabulario en latín y en romance” (Sevilla, 1490) da, para Mujeriego, la equivalencia “femellarius, dado a las fembras”. El Diccionario de Autoridades (Madrid, 1734) recoge, entre otras habituales, una acepción sustantiva y colectiva que ilustra con el ejemplo “en un lugár hai mui buen mugeriégo”, el entrañable “buen ganado” que aún se oye por ahí. Coetzee y su “Womanizer” no pueden contener esos significados ramplones, un hombre que encanta a las mujeres es siempre mucho más que un mujeriego, sería incluso posible que fuera un libertino o un seductor pero, lo que las mujeres realmente aprecian (o sería mejor decir “detectan y aprecian”) es al connaisseur, al cómplice, al hombre que se acopla a ellas en el juego de la inteligencia y el erotismo.
No quiero dejar de pasar la oportunidad de felicitar a Francisco Ferrer Lerín, por su nuevo libro: Papur. Aquí la portada y contralomo. Quienes tengan la oportunidad de asistir a la presentación del libro no dejen de hacerlo, la Editorial Eclipsados y Fnac Plaza de España invitan. Además del autor, se contará con la presencia de J. J. Ordovás e Ignacio Escuín. Será en el Fórum de la Fnac. (C/ Coso, 25), el martes 27 de mayo, a las. 20:00 hrs., en Zaragoza. J. M. Coetzee, Diario de un mal año
Autor de la traducción.
Le fue tan bien en México y quiso tanto al país que lo recibió que se nacionalizó mexicano, además una gran mayoría de su obra importante fue realizada en México: Viridiana, Los olvidados, Gran Casino, Subida al cielo, entre muchas otras más (me parece que fueron 21 filmes en total los que realiza aquí). Respecto a Los olvidados, nos recuerda Antón Castro:
Octavio Paz, comisionado por el gobierno mexicano para el Festival de Cannes, logró convencer al embajador de México en Francia para que Los olvidados acudiese al certamen, donde ganó el premio a la mejor dirección. Louis Aragon y André Breton, que llevaban 20 años alejados, la vieron en una sesión privada para los surrealistas. El estremecimiento fue unánime: aquella era una obra maestra, que daba “un apasionado retrato de los olvidados, en una forma brutal pero honesta, trágica y poética”, según ha considerado la UNESCO. Hemos dicho que la película triunfó en Cannes y que el propio Octavio Paz, según recuerda Agustín Sánchez Vidal, escribió un texto deslumbrante –“bellísimo”, diría Buñuel- que editó en octavillas a ciclostyl y repartió a los espectadores.
En México no se conoce a San Valero, al menos yo jamás lo había escuchado. Me llamó la atención la Carta a Pepin Bello en el día de San Valero (en Luis Buñuel. Obra literaria), dice el cineasta como apostilla al final:
Mi hermana reconoce que el día de San Valero era muy extraño en Zaragoza. "Se encontraba una la calle de San Pablo con gente inacostumbrada, baronesas, condesas, las de Parellada con grandes sombreros. Luego, para entrar en la iglesia de San Pablo, había que bajar unos escalones y en el interior, en un altarucho, estaba San Valero, que es un santo negruzco con un dedo levantado y un roscón de velas. Luego en casa nos comíamos un San Valero de azucar y todos estaban muy alegres y muy tristes. Tal vez porque ese día murió nuestro abuelo".
Anaïs Abreu D'Argence, es una excelente poeta mexicana. Comparto con ustedes uno de sus poemas que tomo de su blog:
Sueño húmedo
tengo un antojo morboso de soñar contigo
de hacerte cosas que despierta no te hago
un poco por vergüenza
otro poco por quedarme con las ganas
mi madre se fue hoy al mediodía
¿quién va a hacer ahora
un análisis exhaustivo de mis sueños?
por otra parte Freud y mi madre
podían resultar bastante siniestros
demostrando que yo
como el resto de los seres humanos
soy una pervertida
admito que en efecto
este sueño que tengo ganas de soñar
no tiene ningún límite
ni siquiera en la cantidad imposible
de orgasmos que tendremos
yo me pregunto
si acaso estoy siendo
demasiado animal
no sé que sueñen los tigres
o los delfines
que según sé
son animales muy sexuales
papá dice que los pájaros sueñan
que lo leyó en una revista
yo no sé si eso sea cierto
o lo inventó
con la facilidad que inventa esos poemas
sin embargo
yo si sueño
y esta noche voy soñarte como yo quiera
voy a decirte esas cosas vulgares
que se me ocurren cuando no tienes ropa
y estas en mi cama
o en cualquier cama de cualquier parte
hoy te voy a gritar
esas palabras que guardo
en el bote de las cosas sucias
apenitas cierre los ojos
apenitas entre en ese mundo
donde una puede ser
lo que le venga en gana
voy a darte besos en el uyuyuy
y ayayay me vas a dar tú
te voy a morder hasta arrancarte un pedazo
que con esa maravilla que es soñar
no te va a doler
ni un poquito mañana por la mañana
ni te va quedar ninguna marca
que más adelante
cuestione tu mamá
o el fulano de la tienda
o la vieja cascarrabias del metro
que una vez que yo cierre los ojos
no van a existir
disculpa
pero no te pido ningún permiso
sin embargo
te doy toda mi autorización
de que en tu cama en tu sueño
o en la vida cotidiana
me hagas todo lo que tú quieras
si este poema resulta un tanto jarioso
cochino sucio
lluvioso húmedo empapado
puedo asegurarte que no lo es tanto
comparado con ese sueño
que esta noche voy a tener contigo
no habrá nada que me lo impida.
La señora dice: "Sólo ha hecho daño a los que le rodean. Houellebecq había comentado en alguna entrevista que su madre estaba muerta, pero no sólo está viva sino que va a cantarle las cuarenta a su hijo en un libro en el que no se queda corta en reproches, L’Innocente.
Ceccali está indignada por la manera en que su hijo la evoca en Las partículas elementales, publicada a finales de los años noventa. En la novela, la madre de los dos protagonistas, que también se llama Ceccaldi, es una mujer egoísta, intratable e indiferente, inmersa en los movimientos de liberación de mayo del 68. El personaje abandona a sus dos hijos, los hermanastros Bruno y Michel (personaje en el que quizá no sea aventurado ver a un trasunto del propio autor), para embarcarse en una aventura de liberación sexual hedonista.
Vaya con la señora (foto), seguro se va a quedar esperando sentada.
Las vergüenzas de Houellebecq
* El Premio de la Feria Internacional del libro, FIL, ha renunciado a usar el nombre de Rulfo. Ahora se llamará Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.
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