“Infancia, Adolescencia, Juventud, es la trilogía con la que León Tolstoi inaugura su obra literaria. En ella habla de su vida como la de “un simple mujik”, como la vida de uno de esos humildes campesinos rusos cuya vestimenta y costumbres, tan ajenas al hijo de una princesa y un conde, como lo era él, hizo suyas. "Yásnaia Poliana" se llamaba la finca que heredó y donde le gustaba pasar la mayor parte del tiempo, alejado de la vida social, dedicado a la escritura y a la meditación”.
Vivir a través de la escritura: Imre Kertész
Posted by Magda Díaz Morales in Entrevistas, Escritores austro/húngaros
Yo creo que siempre vivía en la irrealidad, siempre fui una invención, hasta que me empezaron a doler las muelas. El dolor de muelas me hizo comprender que existía (risas) e iba al dentista. Pero, aparte de esto, me tomo las cosas alejándome de la realidad; no siempre puedo diferenciar los distintos niveles y menos cuando escribo. Me sorprendo a mí mismo con algunas frases. Cuando estuve trabajando en Yo, el otro, una frase fue muy importante para mí: "La libertad no se puede experimentar en el mismo lugar donde uno ha sido esclavo". Esto, simplemente, lo había escrito así, como una frase clara con un ritmo, y diez años más tarde se había convertido en una profecía. Fue mi verdad existencial: tenía que marcharme de allí.
Crónica de la intervención, de Juan García Ponce
Posted by Magda Díaz Morales in Escritores, Escritores mexicanos, García Ponce
Eligen las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años
Las novelas Crónica de la Intervención, de Juan García Ponce; Noticias del Imperio, de Fernando del Paso y Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco; fueron escogidas como las tres mejores obras mexicanas de este género de los últimos 30 años. De acuerdo con los resultados de una encuesta dada a conocer hoy, organizada por la revista Nexos. Elsinore: un cuaderno, de Salvador Elizondo; y El desfile del amor, de Sergio Pitol, se ubican conjuntamente en la cuarta posición. Esos lugares los obtuvieron de una lista de 79 novelas mencionadas por los votantes.
Al dar a conocer los resultados, José Woldenberg, director de la revista fundada hace tres décadas, señaló que el objetivo del estudio es "reavivar" la discusión y polémica en torno al estado actual de la novela mexicana. La encuesta ubica además a Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada; y La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín, en la posición número cinco y En busca de Klingstor, de Jorge Volpi, en el lugar seis. Más abajo se ubican novelas como Dos crímenes, de Jorge Ibarguengoitia; El testigo, de Juan Villoro; y Lodo, de Guillermo Fadanelli.
Nota completa.
Inicio de Crónica de la intervención:
Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Lo dijo, eso fue lo que dijo. De regreso del baño, mirándonos a Anselmo y a mí acostados aquí en la cama y que la mirábamos también. Huelo a ella; todo huele a ella. Desnuda en el marco de la puerta. Alzó los brazos y era como si quisiera borrarse por completo. Pero su cuerpo no la dejaba. No sé qué puedo recordar. Corrió en seguida a la cama, como si no soportara estar lejos. ¿De qué no soportaba estar lejos? Cuando caímos en la cama por primera vez me tenía agarrado del sexo. Su mano en mi sexo. Ya le había visto las manos, desde que llegó. Era fascinante cómo las movía. Allí estaba la necesidad de darse. Pero, ¿por qué? Ella sólo nos oía. Con la pierna cruzada se le veían los muslos. No se pueden cruzar así las piernas. Ya sabía lo que iba a pasar. Pero ni siquiera me conocía. Por eso; era mejor. No saber lo que iban a hacer con ella. En la cama, Anselmo empezó a besarle los pechos. Pero cuando yo me le subí y entré dijo: “No, míralo, me está cogiendo. No lo dejes”.
Juan García Ponce, Crónica de la intervención, 2 vol. (México: Fondo de Cultura Económica, 2001) [España: Bruguera, 1982]
El recorrido se abre con el libro de André Breton Clair de terre (Paris 1923), realizado en las prensas de Montparnasse y del que se tiraron 240 ejemplares, y donde se pueden leer poemas automáticos de Breton. En su cubierta, la tipografía con letras blancas sobre fondo negro sugiere la inversión de la luz a que alude su título: Notre globe projette sur la lune un intense clair de terre. Les joues en feu del famoso bohemio Raymond Radiguet (1903-1923), con una estampa litográfica realizada con técnica de dibujo sobre papel reporte estampado en fototipia, o el libro Non vouloir (1942) de Georges Hugnet, con los poemas a favor de la resistencia francesa frente a la ocupación nazi, son otros libros expuestos.
En general, la exposición, en el Centro Cultural Conde Duque, explora la faceta más desconocida de Picasso, la del artista gráfico, a través de un viaje a su producción en las distintas técnicas, desde el grabado calcográfico a la litografía, pasando por el fotograbado o el offset, para dar una visión completa de su actividad en este campo".
Eran cinco cuadernos, el más antiguo parece abarcar los años 1908-1909 que, junto a algunas alusiones autobiográficas, contiene proyectos contra Sainte-Beuve y notas de lectura referentes a libros de Nerval, Baudelaire, Musset, Balzac, Barbey de Aurevilly y de Thomas Hardy. Los cuadernos siguientes contienen un panorama fragmentario de las distintas partes de su Investigación más otras adiciones como, por ejemplo, su proyecto de novela. Proust, los llamaba cuadernos Kerby.
La traducción es mía, muy libre. Pueden leer el comentario original de la imagen en Marcel Proust. L’ ecriture et les arts.
El Índice es el siguiente:
"Una cosa es redactar y otra, muy distinta, escribir": Sergio Pitol. Una entrevista.
ENSAYO:
“Verse a través del Otro en la Lima decimonónica”, Martín Palma Melena
" 'El tunel', ejercicio deconstructivo", Julio Salinas Lombard
"La poesía luminosa y feroz de Sol Acín", Mercé Ibarz
"Vigilancia y fuga en Mano de obra de Diamela Eltit", Mónica Barrientos
RELATO:
"Después de tantos años", José Ovejeros
"Cuando yo era sordo", Leopoldo de Trazegnies Granda
"Roma, laberinto de espejos", Carlos Montuenga
"La última cobardía", Jorge Carrasco
"Sin remitente", Gariela Urrutibehety
"El acompañante", Andrés Fabián Valdés
“Un ataque de lentitud”, Juan Carlos Chirinos
"La viuda negra", Rosa Silverio
"Las pestañas de Guimard", Juan Carlos Márquez
"El olor de la ceguera", Graciela Barrera
“Descubriendo sueños”, Mónica Gutiérrez Sancho
“Mientras siga escuchando la misma estación”, Iván Humanes Bespín
"La lámpara de plata”, José Manuel García Marín
"El Remolino”, Miguel Soler
"Azogue", Luis Pita
"La frontera es un buen lugar para vivir", Agustín Cadena
“La caperucita y el abuelo feroz”, Pablo Lores Kanto
"Una vieja historia", Luisa Miñana
"Las cien pesetas", Fernando Sarriá
“El juego de las Estatuas”, Antonia Romero
"La sonrisa de los hipócritas", Eduardo Martínez Carnicer
"Huidobro literal", Jorge Etcheverry
"Como un hombre que sobrevuela el mar", Pepe Cervera
"Pinche Lupita (o de cómo se me escapó)", Raúl Medrano
"La orilla", Moisés Sandoval
NARRADORES:
En esta ocasión, el espacio de Narradores está dedicado a la escritora, Ángela Ibañez
RESEÑAS:
La vida nueva de Orhan Pamuk, Blanca Vázquez
Un sueño comentado de Rubí Guerra, Agustín Cadena
Historia de la belleza de Umberto Eco, Antón Castro
Guía de hoteles inventados de Óscar Sipán y Óscar San Martín, Sabas Martín
MIRADAS:
"Irene Némirovsky y el abandono", María Aixa Sanz
"La historia de Joel, de Henning Mankell", Sfer
TIRAS INSULSAS
Emilio Jio - DaniFrame
NOVEDADES EDITORIALES
NOTICIAS
El Estridentismo * es un movimiento artístico que se inició a finales de 1921 en México, tras el lanzamiento del manifiesto ("hoja volante que a su vez es una declaración de principios, un golpe al Tradicionalismo, al Costumbrismo, al Modernismo") Actual no. 1 por el diplomático y escritor veracruzano Manuel Maples Arce, máximo representante -fundador- de este movimiento vanguardista:
Actual N° 1 se subtitulaba Hoja de vanguardia, comprimido estridentista de Manuel Maples Arce, y estaba acompañado por una foto del autor. Con este documento se demostró su carácter personalista en el movimiento, más allá del extenso Directorio de vanguardia que intentaba legitimar e internacionalizar al Estridentismo, compuesto por nombres tan estéticamente disímiles como Cansinos Assens, Jorge Luis Borges, Marinetti, Van Gogh, Picasso, Modigliani, Ortega y Gasset, León Felipe, Fermín y Silvestre Revueltas, Breton, Éluard, Duchamp, Kandinsky, Chagall y Alfonso Reyes, entre muchos otros. Esa utópica conjunción de varias figuras, a veces antagónicas, no dejó de ser una importante clave para entender el cometido y los derroteros del Estridentismo y de su entusiasta impulsor.
Panchito Chapopote o relación de un extraordinario sucedido de la Heroica Veracruz, del escritor estridentista Xavier Icaza, es un texto espléndido. La historia es sencilla, transcurre en el bello Puerto de Veracruz y se inicia cuando Panchito Chapopote está con un grupo de amigos en los portales del Hotel Diligencias, ocupan tres mesas aquí precisamente. Están festejando a la salud de Panchito Chapopote, tomando cerveza, mint-julep y agua de coco, al fin y al cabo que invita Panchito Chapopote que ha tenido la fortuna, o ¿la desgracia?, de volverse muy rico inesperadamente cuando se descubre que sus tierras, aparentemente sin valor, son una fuente petrolera. Y como sucedió en estos casos (¿y sucede?), de inmediato hicieron su aparición un agente de una empresa norteamericana y otro británico, que compiten por la posesión del petróleo:
El gobierno de don Porfirio cuida al gringo. Teme que algo pase al viejecito que busca petróleo. Para él, era Tio Sam un bicho de cuidado. Aun no descubría México el secreto. Habían de pasar muchos años, correr mucha sangre, para que aprendiera a reírse de él.
Yo buscaba un amor, mulata.
Te han de querer Panchito.
¿Lo crees, mulata?
No te pongas romántico
Tienes razón, mulata.
¿Una copa, Panchito?
Y otro beso, mulata.
* En la esquina de las calles Palma y Donceles, en un edificio hoy desaparecido, iniciaron los estridentistas su movimiento. Tuvieron en la colonia Roma un café, el Café de Nadie, como el título de un cuadro de Ramón Alva de la Canal. Poco después, este importante movimiento tuvo su sede en la capital del Estado de Veracruz, Xalapa.
Un cuadro (picar para ver en grande) titulado Bañistas, del pintor estridentista Fermín Revueltas, tomado del museo virtual Andrés Blaisten, patrocinado por la Fundación del mismo nombre y que muestra obras maestras del Arte Mexicano de los siglos XIX, XX y pintura colonial.
Estridentópolis, 30 de marzo del 2000
Querido Luis Mario:
La única ventaja de no tenerte de manera tangible entre nosotros, es poder expresar abiertamente nuestra admiración hacia la más nueva de tus aventuras. Quien te viera tan bien plantado y sólo te conociera superficialmente, no podía sospechar que te mortificaba el halago. Preferías el diálogo con el hermano del día o la conversación con el amigo de siempre a quien le soltabas verdades con una brutalidad que en ti era la lección del maestro, una posibilidad de crecimiento, un poner a prueba la fraternidad.
El estridentismo. La vanguardia literaria en México, el libro tuyo que reúne los trabajos y los días de un movimiento de jóvenes que nunca quisieron dejar de serlo, hoy se incorpora a ese retrato de Dorian Gray que es la Colección Biblioteca del Estudiante Universitario. Gracias a ella, los clásicos no permanecen en los estantes sino son resucitados por la imaginación en llamas de los jóvenes. Toda aproximación que hacemos del otro es un autorretrato. Una línea de la hoja volante Actual número 1 puede ser un manifiesto de tu odisea terrestre: "Vivir emocionalmente. Palpitar con la hélice del tiempo. Ponerse en marcha hacia el futuro".
Porque tú quisiste vivir y construir de esa manera, Luis Mario, sin interés por los monumentos, apasionado por la construcción sobria y útil. Así tu casa. Podías decir, como el jazzista de Julio Cortázar, "esto lo toqué mañana", porque siempre estabas en el día siguiente. En cuanto terminabas un trabajo -más bien lo interrumpías, porque ninguna es la última palabra- ya te estaban esperando nuevos proyectos. Hiciste de la investigación una creación en el mejor de los sentidos. Inventaste el estridentismo porque enseñaste a leerlo de otra manera, a sistematizarlo, a comprenderlo como una literatura de la estrategia donde importaba más la acción que la reflexión. Te acercaste a ese grupo que despertaba una admiración desmesurada o una injusta animadversión, pero que había sido sistemáticamente ignorado por los estudiosos. Utilizaste tus dotes de seductor, detective, poeta y académico para acercarte a ellos, para enseñarnos que esos veteranos de guerra estaban vivos, que había que desacralizarlos y hacer de su leyenda un objeto de conocimiento. Incluso fuiste entre ellos el mejor embajador, pues a ti se debe el reencuentro entre el dios Maples Arce y List Arzubide su profeta, cuando sus concepciones del arte y de la vida se habían ido por diferentes rutas.
Los estridentistas fueron narcisistas e hiperbólicos, valientes y desmesurados, bravucones e insolentes; inocuos cuando intentaban ser peligrosos, temibles cuando perdían la seriedad del papel que se sentían obligados a representar. Había que ser igual o mejor para acercárseles. Tú lo hiciste cuando no eran una moda. Lo hiciste además sin faltarles a los Contemporáneos, esos enemigos que los estridentistas no sólo querían derrotar sino destruir, como corresponde a todo movimiento de vanguardia que se precie de serlo. A la larga, Salvador Novo será el más estridentista de los Contemporáneos y en su etapa final, Maples Arce será el más Contemporáneo de los estridentistas. Incluso un autor en apariencia tan opuesto a los ismos como fue Carlos Pellicer, no deja de cantar la nueva religión: "Amo las máquinas, las grandes máquinas./ Mi cuerpo canta sobre un pedestal cuando escucho y veo y toco las máquinas." No quisiste demostrar que los estridentistas eran, como reclamaba sus bravuconadas, los únicos artistas del escenario. Te acercaste a ellos no con visión de antropólogo que va a buscar esplendores momificados sino con tu visión integral de amante de la plástica, consagrador del instante, intérprete de la dialéctica inherente a todo proceso cultural, como demostraste en tu libro Ruptura y continuidad. Por eso pudiste ayudarnos a comprender que el estridentismo "agrupó en sus filas poetas, ensayistas, dramaturgos, pintores, dibujantes, fotógrafos, grabadores y músicos, líderes y cortesanos". Nuevamente el autorretrato, Luis Mario. Tu casa de Malinalco era un desfile interminable de gremios, pues eras tan amigo -y casi siempre compadre- tanto del albañil como del cura y el presidente municipal. Por eso en tu casa no resultaban extrañas las exclamaciones "¡Muera el cura Hidalgo!" y "¡Viva el mole de Guajolote!", pues la irreverencia gozosa era, como para los estridentistas, una razón de vida, una poética existencial.
Como nos enseñas en tu libro, una de las contradicciones de los movimientos de vanguardia, donde se halla también su fuerza, es que la intención es siempre más importante que el resultado. Porque no deseaban sustituir al arte oficial con nuevas creaciones sino llamar la atención sobre la necesidad de buscar nuevas formas expresivas, el estridentismo forjó su mitología en un periodo relativamente breve: entre 1921, cuando tiene lugar la aparición del Primer Manifiesto Estridentista, y 1925, año en que Manuel Maples Arce es nombrado por el general Heriberto Jara secretario de Gobierno de Veracruz. En Jalapa establecen la capital del movimiento y fundan simbólicamente Estridentópolis, fugaz capital de la vanguardia; asisten a la construcción del estadio, todo lo estridentista que sus simpatizantes hubieran deseado, grito de modernidad ante la vetustez de los cerros a cuya accidentada geografía la arquitectura se enfrenta. A jalapa viajaste y en esa ciudad te estableciste, Luis Mario, para descifrar entre la niebla las señales de esos eternos muchachos.
En el prólogo a este libro nuevo indicas modestamente que se trata de una apretada síntesis de dos obras anteriores: El estridentismo. Una literatura de la estrategia y el estudio seguido de la bibliografía prácticamente total del movimiento. Me atrevo a discrepar contigo. Tú nunca fuiste, como los numerosos gesticuladores que pululan por nuestros centros de investigación, reciclador de sus propios trabajos. Por el contrario: siempre tenías nuevas maneras de aproximarte a un tema, propuestas distintas para leer de otro modo lo mismo. Tropical y fecundo como Pellicer, de quien reuniste su poesía integral, jamas te repetías y no te preocupaba el riesgo que siempre se corre cuando los trabajos se hacen con la celeridad dictada por la pasión. Cito algunos ejemplos: tu antología de los Contemporáneos propone leerlos como autores de un solo libro, mientras que en el volumen Los otros Contemporáneos atreves la tesis de otros mosqueteros que en tu opinión también formaban parte de esa cofradía de numerables lectores.
Por lo anterior, considero que este es otro libro sobre el estridentismo, una nueva forma de aproximarse a la más importante actividad gestual del siglo XX. El joven que se aproxime a esta antología de la vanguardia por ti preparada no puede imaginar las numerosas horas de trabajo que tiene detrás. Este breve e intenso libro está cargado de energía, como hubieran querido los estridentistas. Aquí se levantan los andamios interiores de Manuel Maples Arce; suenan la música inalámbrica y el pentagrama eléctrico de Salvador Gallardo Dávalos: cruzan los aires el avión de Luis Quintanilla, los tacones de la señorita Etcétera de Arqueles Vela, la carcajada de Germán List Arzubide, inmortalizada en una máscara por Germán Cueto.
El general Heriberto Jara, político revolucionario, supo comprender a los jóvenes estridentistas y les brindó su apoyo, pidió que a su muerte un helicóptero dispersara sus cenizas sobre el mar veracruzano. Sin saberlo o no, realizaba un acto estridentista, alegre, provocador y heterodoxo. Tú pediste algo menos espectacular pero no menos notable: que tu cuerpo quedara en Malinalco. Las notas de "Voz de la guitarra mía" que acompañaron tu última actuación corporal y el sol que teñía de cobre un impresionante circo de montañas, constituyeron el mejor escenario. Tu funeral tuvo toda la ortodoxia de un hombre de Dios, pero fue un ritual heterodoxo para un hombre de letras. En ese último acto, como en todos los que determinaron tu existencia, fuiste un estridentista honorario, un anarquista y un artista, como quería Chesterton. Y si los estridentistas hicieron de la estridencia un dogma, tu nombre seguirá haciendo ruido durante muchos años. Ahora que los estridentistas son tus compañeros de casa, sabemos que preparas nuevas formas de comunicarte con nosotros. Esta tarde, Luis Mario Schneider, lo has logrado gracias a la aparición de este libro que nos reafirma en la creencia de que apagaremos el Sol de un sombrerazo.
Vicente Quirarte.
En este cuadro, Manuel Maples Arce. La pintura es de Leopoldo Méndez, en esta referencia Maples Arce, lo recuerda...
Hoy, que la organización de la ONU para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) celebra el "Día Mundial de la Poesía", qué mejor que recordarlo escuchando, de la propia voz de Silvia Plath, su poema Daddy.
Es natural que unos autores citen a otros, porque casi todos leen. Las tradiciones literarias se forman en la lectura compartida, como largas conversaciones de lector a lector. No siempre fue así. En los textos arcaicos, se habla de dioses o de personajes que dijeron tal o cual cosa, pero no hay autores citados. El que compone el texto no se asume como parte de una conversación. En cambio, Aristóteles menciona o discute a un centenar de autores. A lo cual se llega cuando abundan los textos que ya no son sagrados: que se compran y se venden en el mercado de Atenas, y de los cuales hablan unos lectores con otros.
Citar es enlazar conversaciones, presentar a dos amigos que pueden serlo entre sí. Un autor que cita a otro reconoce una obra digna de tomarse en cuenta, no sólo en general, sino precisamente en el punto del cual está hablando. El reconocimiento va desde el homenaje (o la crítica) hasta la elemental justicia de no ignorar al otro, menos aún aprovechar su obra disimuladamente. La amistad al lector se manifiesta en pasarle información útil y presentarle autores de interés para el caso.
Pero citar (o no citar) puede ser menos noble: un acto calculado en beneficio del que escribe, no del lector amigo, ni del autor citado. Los manuales sobre cómo citar, los códigos de conducta sobre plagio, coautoría, difamación, no suelen incluir un capítulo de mañas para beneficiarse al menor costo posible. Pudieran empezar así:
Antes de enseñarle a nadie lo que piensas publicar, revisa la lista de los autores mencionados, para que no suceda lo siguiente.Si bien, aparecen y desaparecen menciones, dedicatorias, coautores, según las siguientes circunstancias:
1. Mencionar favorablemente, o simplemente mencionar,
a) a los enemigos o competidores de quienes deben dar el visto bueno para que el texto se publique (aunque la omisión sea imperdonable en ese tema);
b) a los autores no reconocidos como especialistas (aunque hayas aprovechado sus ideas);
c) a los especialistas superados, que estuvieron de moda, pero ya no los cita nadie que se respete en el gremio;
d) a los autores demasiado populares, que citan los aficionados, no los conocedores; menos aún, si escriben en países de segunda, ya no se diga si escriben en los periódicos.
e) a los autores impopulares por su vida depravada, ideas incorrectas o cercanía a grupos de lo peor.
Si la mención es inevitable, manifiesta claramente tu posición en contra o elegante desprecio. Al menos, ponte a salvo con oportunas salvedades.
2. Omitir o mencionar de manera insuficiente
a) a los dioses de la especialidad, la institución, el país, el momento;
b) a las magnánimas personas o instituciones que autorizaron o patrocinaron la publicación (aunque hayan titubeado, regateado o impuesto condiciones humillantes);
c) a los autores y textos que sirven de contraseña para entrar, demostrando que eres de los mismos, que estás al día y del lado correcto;
d) a los críticos y editores que probablemente reseñen o encarguen reseñas de tu libro, ya no se diga a quienes pueden considerarlo para un premio, o ponerlo en la lista de libros de lectura obligatoria, o darte una beca, o admitirte en una academia, o darte empleo;
e) y, por supuesto, a los jefes, amigos, maestros, compañeros, muy especialmente aquellos con los cuales quedaste en deuda, según la Regla de Oro: Si me citas, te cito.
1) A está empezando a publicar y cita a B, que ya es muy apreciado en ciertos círculos importantes para A. Pasa el tiempo, B se eclipsa: A deja de citarlo; o B se vuelve una celebridad: A se ostenta como uno de los primeros en reconocerlo. También puede suceder que A se vuelva más famoso que B y deje de citarlo, porque ya no lo necesita, o porque se ha identificado tanto con lo que aprendió de B que ya le parece suyo, y no se va a pasar la vida dándole gracias. Los bibliómetras pueden medir estas evoluciones, y observar, por ejemplo, cómo el último libro de A, que deriva enteramente de la obra de B, ya no lo menciona, aunque era citadísimo por A en sus primeros libros. 2)...Seguir leyendo
¡Loor a los que hacen la tarea! A los que citan para dar, no para recibir. A los que disfrutan la conversación y la enriquecen, presentando amigos que pueden serlo entre sí.
Antología del cuento literario, Selección y edición de Miguel Díez Rodríguez (Madrid: Alhambra, 2005)"El corazón delator", de Edgar Allan Poe, no es un cuento para leerse antes de dormir. El protagonista ¿está loco, por más que trate de hacernos creer que no lo está durante todo el acontecer narrativo? Nunca se sabe. Lo que sí nos enteramos es de que ha cometido un crimen, y no lo ha cometido porque odie o deteste a su víctima puesto que jamás le hizo nada, no tenía ningun motivo porque ni su dinero deseaba. De pronto le vino la idea a la cabeza y ya no se deshizo de ella, era una obsesión que llevaba de día y de noche.
Buscando en su cabeza el por qué de este deseo de asesinarlo, descubre que fue por su ojo. Resulta que la víctima tenía "un ojo de buitre, un ojo pálido recubierto con una telilla. Cada vez que este ojo caía sobre él se le helaba la sangre", por esto se decide a matar al viejo y librarse de ese modo de aquel ojo. Para lograr su objetivo todo lo realiza con mucha cautela, con previsión, con disimulo. Durante toda la semana anterior a matarlo fue especialmente amable, y hay que ver lo que hacía:
Cada noche, hacia las doce, giraba el picaporte de su puerta y la abría, ¡con toda suavidad!, hasta tener una abertura suficiente para que cupiera mi cabeza y entonces, introducía una linterna sorda, cerrada totalmente cerrada, para que no se filtrara ni un rayo de luz; después metía la cabeza. Me llevaba una hora introducir la cabeza porm las abertura hasta poder verlo tumbado en su cama. ¡Habría sido un loco tan prudente? Esto lo hice durante siete largas noches.
Estaba abierto, desorbitadamente abierto, y mientras lo miraba fíjamente me iba enfureciendo. Lo veía con toda claridad: todo de un pálido azul con el odioso velo sobre él, que helaba hastas el tuétano de mis huesos. Pero no veía nada más de la cara o del cuerpo viejo, porque instintivamente había dirigido el rayo de luz sobre el punto maldito. ¿No les había dicho yo que lo que toman equivocadamente por locura es sólo una hipersensibilidad de los sentidos?
Primero lo descuarticé. Le corté la cabeza, los brazos y las piernas. Quité después tres tablas del entarimado de la habitación y lo deposité todo allí. Luego, volví a colocar las tablas tan hábilmente, tan astutamente, que ningún ojo humano, incluso el suyo, podría haber encontrado allí algo anormal.
Antes de despertar, al narrador-personaje de "¿Dónde está mi cabeza?", de Pérez Galdós, se le presenta una angustia sospechosa y una tristeza muy honda. Al despertar, no quiere ni moverse, no posee el valor para reconocerse y "pedir a los sentidos la certificación material de lo que ya tenía en mi alma todo el valor del conocimiento". No obstante, puede más en él la curiosidad que el terror y alarga la mano para palparse de hombro a hombro y darse cuenta de que no tenía cabeza:
Imposible exponer mi angustia cuando pasé la mano sin tropezar con nada... El espanto me impedía tocar la parte, no diré dolorida, pues no sentía dolor alguno..., la parte que aquella increíble mutilación dejaba al descubierto... Por fin, apliqué mis dedos a la vértebra cortada como un troncho de col; palpé los músculos, los tendones, los coágulos de sangre, todo seco, insensible, tendiendo a endurecerse ya, como espesa papilla que al contacto del aire se acartona... Metí el dedo en la tráquea, tosí... no tenía cabeza.
Decide consultar, en su consultorio, a un amigo médico, el señor Miquis. Éste, sin mayores aspavientos, le sugiere que tenga paciencia, que la cabeza existe "¿Dónde está? Ese es el problema". Había que buscarla, en algún lugar aparecería. La esperanza lo alentaba. De regreso a casa del despacho del médico le da por caminar hasta el agotamiento, así que decide llevarla tranquila y ver los escaparates de las tiendas. De pronto, en la vitrina de una peluquería elegante...
Muy recomendable esta Antología, un libro que demuestra que en breve espacio (200 pp.) se puede ofrecer mucho. El estudio preliminar es de gran ayuda, ofrece una breve historia del cuento muy ilustrativa. La edición presenta cuentos cortos del siglo XIX y XX que incluye a once autores españoles, seis hispanoamericanos y ocho que llama extranjeros.
Cuento, etimológicamente, proviene de contar (del latín computare, que originariamente significaba contar numéricamente). De enumerar objetos se pasa a reseñar y describir acontecimientos, reales al principio y fingidos después. (...) Antes del siglo XIX el cuento se manejaba sin plena conciencia de su importancia como género literario con personalidad propia. El cuento literario que nace y se desarrolla durante el siglo XIX, alcanza en el XX una plena maduración, y evoluciona, al mismo tiempo, hacia formas nuevas.
Pobre Mister Wood, si bien la pata de palo quedó justamente como la pidió, mucho mejor de lo que la pidió, según le dijo su hacedor, en cuanto se la colocó y se puso en pié:
No hubo fuerzas humanas que fueran bastantes para detenerla, echó a andar la pierna por sí sola con tal seguridad y rapidez tan prodigiosa que, a su despecho, hubo que seguirla el obeso cuerpo del comerciante (...) Hace algunos años que unos viajeros recién llegados de Norteamérica afirmaron haberle visto atravesar los bosques de Canadá con la rapidez de un relámpago. Y poco hace se vio a un esqueleto desarmado vagando por las cumbres del Pirineo, con notable espanto de los vecinos de la comarca, sostenido por una pierna de palo...
En el primero, vemos a Marcel Proust intentando penetrar en el tiempo, según la mirada de Gus Bofa. Se lee a través del cristal, el nombre del estudio: A la recherche du temps perdu. Para el autor de este blog, "El ilustrador lo representa de espaldas, atareado en desmontar algun mecanismo de relojería". En el segundo, Maupassant sostiene su obra, encaramado sobre la de Flaubert y Balzac, en un cartel publicitario de la época. ¿Que pensarían, Flaubert y Balzac?
Está durmiendoLa traducción de este excelente poema es de Ramón Buenaventura, lo he tomado de aquí (también está el original).
Se despierta.
De repente, está pintando.
Toma una iglesia y pinta con una iglesia
Toma una vaca y pinta con una vaca
Con una sardina
Con cabezas, manos, cuchillos
Pinta con un nervio de buey
Pinta con todas las sucias pasiones de una pequeña ciudad judía
Con toda la sexualidad exacerbada de la provincia rusa
Para Francia
Sin sensualidad
Pinta con los muslos
Tiene los ojos en el trasero
Y de pronto es tu retrato
Es tú lector
Es yo
Es él
Es su novia
Es el tendero de la esquina
La vaquera
La comadrona
Hay cubetas de sangre
En ellas se lava a los recién nacidos
Cielos de locura
Bocas de modernidad
La torre en tirabuzón
Manos
Cristo
Cristo es él
Pasó su infancia en la Cruz
Se suicida todos los días
De pronto deja de pintar
Estaba despierto
Ahora está durmiendo
Se estrangula con la corbata
A Chagall le sorprende seguir viviendo
La escena tiene lugar el 29 de mayo de 1934, a las 19 horas, en el "Café de la Place Blanche" donde se reúne el grupo surrealista presidido por André Breton. El creador del movimiento está sentado de espaldas a la puerta cuando, de pronto, las miradas de los parroquianos (no las de sus apóstoles, inútil aclararlo, sino las de la "concurrencia vulgar"), adquieren ese "carácter hostil que, tanto en la vida como en el arte -escribirá más tarde Breton en L amour fou -, siempre me ha indicado la presencia de lo bello". Se da vuelta a mirar y, en efecto, así es. Iluminada "como si se desplazara en pleno día a la luz de una lámpara", una mujer de "cabellos pálidos", "escandalosamente bella", acaba de entrar al sacrosanto café. Lleva en la mano un cuadernito, se instala ante una mesa y, sin mirarlo, se dedica a escribir. Breton tiene la "vaga intuición" de que la vida de esa mujer se unirá con la suya. También intuye que ella le está escribiendo una carta. A él.
Nada más cierto. Sin embargo, el mozo no tiene la delicadeza de acercarle el sobre. Esa misma noche, Breton se encuentra en la calle con la muchacha de escandalosa hermosura, ella se asombra de que el mozo no le haya dado la carta y se presenta: Jacqueline Lamba, pintora y bailarina de ballet acuático en una vieja piscina de la rue Rochechouart transformada en music-hall. Breton se maravilla. El que la bella sea pintora lo fascina bastante menos que su condición de nadadora. Porque el arte femenino le inspira una genuina desconfianza; porque le encantan las criaturas fantásticas del music-hall (su ídolo es la cantante Musidora, "hada moderna adorablemente dotada para el mal, y pueril, ¡oh, su voz de niña!"); y porque su creencia en el "azar objetivo" lo lleva a valorar de manera exclusiva los encuentros signados por la predestinación. Dicho en otras palabras, nadie puede aspirar a sus favores si no se halla en perfecta adecuación con los grandes principios del surrealismo. En el caso de una mujer, ésta deberá encarnar el doble papel de vampiresa y de nena. Imposible presentarse ante él así nomás, porque sí, privados de atributos y señales surrealistamente correctos.
Jacqueline cae bien. Días atrás, en un bar, Breton ha conocido a una camarera a la que llaman "la Ondina". Más no necesita el poeta para que la aparición de una sirena rubia forme parte de los "hallazgos fortuitos y necesarios" que fundamentan su teoría. Durante toda la noche Breton y la rubia caminan por París. Casi no se hablan. A Breton le impresiona el modo de caminar de esa chica tan joven (él le lleva catorce años), como si apenas apoyara los pies en tierra. Pasan por Les Halles, por la torre Saint-Jacques, por el mercado de flores, cruzan el Sena, se besan. Después él la acompaña al Médical Hotel, donde ella vive. Unico punto flojo en el conjunto, el nombre de este hotel no pareciera pegar con nada. Pero el enamorado no se inmuta. Cuando alguien desea, con tamaña intensidad, meter la realidad en el corset del sueño, tironea, empuja y, al final, lo consigue. De modo que esa noche, André y Jacqueline se van a dormir, cada uno por su lado, con la sonrisa en los labios. La sonrisa que debe ser, la del "amor admirable" preconizado por el jefe del surrealismo, y sobre el que otro poeta, Paul Eluard, tanto más práctico en amores, suele mascullar entre dientes: "el amor admirable mata".
Sólo tiempo después André Breton se da cuenta de que el paseo nocturno ya ha sido escrito, y nada menos que por él mismo. Un poema de 1923, perteneciente a su período de mayor exaltación -el del reciente descubrimiento de la escritura automática-, intitulado "Tournesol" y que nunca le ha gustado gran cosa, vuelve incansablemente a su memoria. Al buscarlo entre sus libros, la revelación lo fulmina.
Todo está allí. "La viajera que atravesó Les Halles a la caída del verano/ caminaba en puntas de pie/... En El Perro que fuma/ donde acaban de entrar el pro y el contra/ Sólo podían verla mal y de soslayo/...Las promesas de las noches por fin se realizaban/ Las palomas mensajeras los besos de auxilio/ se unían a los senos de la bella desconocida/... Una granja prosperaba en pleno París/... algunos como esta mujer parecen nadar", etcétera. Poco importa que el verano, a fines de mayo, en Europa no haya siquiera comenzado, ni que el Café de la Place Blanche no se llame Au Chien qui fume . Las cosas son así y no de otra manera: Jacqueline ha llegado hasta él prefigurada por la Ondina, y por ese poema, decretado profético, donde la viajera atraviesa Les Halles, es "mal vista" en un café, envía mensajes, tiene senos, pasa por la "granja" (el mercado de flores) y parece nadar, en evidente alusión a esa profesión de nadadora que a Breton lo encandila.
A partir de este momento Jacqueline deja de ser la joven inteligente y ambiciosa que en realidad es, alumna de la Ecole des arts décoratifs, interesada por las posiciones políticas del surrealismo y que, de modo no accesorio, busca trabajo, para volverse la náyade soñada. "El veía en mí lo que deseaba ver, pero, de hecho, nunca me vio realmente", diría Jacqueline algunos años después, así como, poco antes, la precedente amiga de Breton, Suzanne Muzard, había declarado con tristeza: "Breton incensaba sus amores: modelaba a la mujer amada para que, de acuerdo con sus aspiraciones, se convirtiera a sus ojos en un valor seguro".
Todo había comenzado, para Breton, en 1926. Caminaba por la calle cuando se topó de improviso con una chica muy rara que pronunciaba frases "oraculares". El lo narra en Nadia , donde también reproduce sus paseos callejeros, tal como en L amour fou lo hará con Jacqueline. Nadia se transforma en "genio libre", en "alma errante", en hada Melusina, en sirena, en mujer-niña, en la "mujer surrealista" por excelencia, y en la amante del poeta. Esto último no le impide a Breton huir despavorido cuando ella se vuelve loca de verdad. "No quiero hacerte perder un tiempo necesario para las cosas superiores -le escribe Nadia desde el Sainte-Anne, ese hospital psiquiátrico donde tantos surrealistas, sobre todo mujeres, se irán dando cita con el correr del tiempo-. Es sabio no demorarse en lo imposible". Aceptando magnánimo la ofrenda de la jovencita (hacerse a un lado para no molestar), Breton cuida su tiempo y omite visitarla. En cambio Paul Eluard, el que descree de lo admirable pero no del cariño, tiene la gentileza de llevarle flores.
Para Breton los hallazgos de personas no se diferenciaban de los hallazgos de cosas. Estas, decía, nos ponen en contacto con nuestras zonas desconocidas y, al igual que los sueños, con nuestros actos futuros. Junto al pintor De Chirico y al escultor Giacometti, Breton vagaba por las calles en un estado pasivo y receptivo, idéntico al que dejaba pasar el flujo de la escritura, o al menos él se lo creía, sin intervención de su voluntad. ¿Las palabras "golpean al vidrio de la ventana" sin ser llamadas? Los objetos también. Criaturas inanimadas pero premonitorias, a veces están allí para decirnos algo que nos está dirigido en forma personal.
Hermosa imagen, y cierta, ésta del lenguaje que nos hace toc-toc en el vidrio. ¿Qué escritor no ha gozado alguna vez de esos inesperados obsequios, una frase o un verso llovidos del cielo, o entrados por la ventana, y que, además de "fortuitos y necesarios", suelen ser lo mejor que ese escritor haya escrito jamás? Lástima que la verdad de la imagen resulte oscurecida por lo mismo que el surrealismo manifestaba desechar: cierta decisión deliberada de concretar el hallazgo; cierto voluntarismo que terminó por encerrar una percepción sutil y un descubrimiento revolucionario dentro de criterios bastante estrechos. Susan Sontag se ha mostrado muy crítica en relación con esos surrealistas errabundos a los que llama "paseantes de clase media", ávidos de estremecimientos pero también de cosas para coleccionar. Lo innegable es que la manía acumulativa típica del anticuario no les fue ajena. Frecuentar los mercados de pulgas, tanto como programar sesiones colectivas de escritura "dictada", son formas activas y resueltas de institucionalizar el azar. Pero si las cosas esperan a que el coleccionista se desplace hacia ellas, algunas mujeres saben tomar por su cuenta las riendas del acaso. Mujeres de otra época, se entiende, inseguras de triunfar por sus propios medios, que se apoyaban en una complicidad femenina porque la masculina, por el momento, no se derramaba sobre ellas a manos llenas.
Es lo que sucedió con Jacqueline Lamba. Un día, cansada de estar sola y harta de ser pobre, le preguntó en confianza a Dora Maar, su compañera de estudios en la escuela de artes decorativas: "¿Y esos surrealistas de los que tanto se habla, cómo se hace para verlos? ¡Me vendría de bien conocer a alguno!". "No va a ser nada difícil -le contestó Dora-. Breton está todas las tardes en el Café de la Place Blanche". A él también se lo notaba solo. Acababa de divorciarse de su primera mujer, Simone Kahn, y Suzanne Muzard se había casado con otro que no encendía tanto incienso sobre su altar. Así fue como entre las dos amigas planificaron la llegada de la bella desconocida al susodicho café, con sus cabellos decolorados, bastante pajizos, y su cuaderno a la vista. La confabulación, como hemos visto, fue coronada por el éxito. Un año después, en octubre de 1935, la propia Dora habría de montar una puesta en escena que volvería a dejar por los suelos las ocurrencias de lo fortuito. Y aun más surrealista, si cabe: ¿acaso no decía Breton que la belleza "será convulsiva o no será"?
Dora Maar, una morena tempestuosa de padre croata y madre francesa, pero criada en Buenos Aires, no era una humilde huerfanita como su compañera, sino la hija de un arquitecto enriquecido en la Argentina, y una fotógrafa surrealista de extraordinario talento. Estaba en la cúspide de su carrera, dentro de los límites que el sexismo, surrealista o no, lo permitía por entonces. Pero si bien ella no necesitaba a un amante poderoso por razones de supervivencia, lo precisaba por ambición. Y por admiración. En esta ocasión el papel de Celestina le tocó al amigable Eluard, quien le avisó sonriendo con esa tolerancia tan suya: "Esta tarde voy a estar con Picasso en Les Deux Magots ".
La escena se la contó diez años después el propio Picasso a Françoise Gilot, la joven pintora por la que acababa de abandonar a Dora. El está con su corte de adulones en el célebre bar de Saint-Germain des Près, cuando entra una mujer escandalosamente bella, aunque de pelo azabache. Va vestida del color de su pelo. Tiene una expresión inmutable, un aire de tanguera que avanza por la pista con arrogante sumisión. Picasso pregunta quién es (ya ha visto su fotografía en el estudio del fotógrafo norteamericano Man Ray), Eluard se lo chismea al oído: "Ha sido la amante de Georges Bataille". El dato significa que la morocha se las trae (adorador del Marqués de Sade, el autor de la horripilante Histoire de l oeil no tiene fama de ser ningún angelito). Cuando Picasso la taladra con esa mirada que hace temblar las piernas de las mujeres, Dora se la sostiene sin pestañear. Después se quita los guantes, también negros pero con aplicaciones de florcitas rosadas, se sienta, saca de la cartera un cuchillo afilado, planta sobre la mesa la mano izquierda y, a toda velocidad, traza el contorno de sus dedos a punta de puñal. Algún error comete, pese a su precisión, ya que la mano sangra. Picasso, embelesado, se acerca a pedirle el guante manchado de rojo. Hasta el final de su vida conservará ese objeto en la vitrina donde amontona sus tesoros.
André y Jacqueline se casaron, tuvieron una hija, Aube, visitaron a Frida Kahlo y a Diego Rivera en la Casa Azul, donde conocieron a Trotzki que se espantó de la frivolidad del poeta francés (Breton interrumpía conversaciones serias para robarse los ex votos de las iglesitas indígenas) y, a su debido tiempo, se divorciaron. Dora y Pablo no se casaron ni tuvieron hijos pero estuvieron juntos durante toda una década; ella le inspiró el Guernica y una fabulosa colección de retratos que van desde la joven inocente hasta la prisionera, la loca, la calavera o el perro; y, cuando él la abandonó, se encerró en su casa durante cuarenta años sin ver a nadie. "Después de Picasso, sólo Dios", explicó simplemente.
Pero lo que me importa destacar en estas historias no es el final sino el instante del encuentro. Historias universales, en las que una mujer resuelve sacudir el destino como un peral. Cleopatra haciéndose envolver en un tapiz que se coloca a los pies de Julio César, para surgir ante él como un presente. Evita abriéndose camino a codazos para instalarse junto a Perón en el acto del Luna Park. O, para retomar otro cuento que relaté hace poco en estas mismas páginas, la espía Africa Las Heras seduciendo al escritor Felisberto Hernández por orden de los servicios secretos soviéticos.
Y sin embargo, en todos estos comienzos hay una parte azarosa, imposible de proyectar. Breton, Picasso, Perón, Julio César o Felisberto habrían podido no plegarse al designio femenino. Por pícara que sea, la tesis del complot no lo abarca todo. Si esas mujeres lograron su objetivo, fue porque otro titiritero tan malicioso como ellas, llámese química amorosa, sino, estrella o hasta voluntad divina, manejaba los hilos.
Lo cual nos lleva de regreso a las fulgurantes intuiciones de André Breton, opacadas por su autoritarismo, su pedantería y su inenarrable ingenuidad, pero de una profundidad tan admirable como el amor que él amaba. Jacqueline Lamba se complotó con Dora Maar para conquistar al jefe poderoso de un movimiento artístico, pero el jefe poderoso supo descubrirla en la realidad y, por qué no, identificarla en un poema y armonizar el augurio con la conjura.
No desvariaba en absoluto Breton al afirmarlo: disponerse al hallazgo hace que los regalos del azar, "manifestación de la necesidad interior que se abre camino en el inconsciente del hombre", se vuelvan perceptibles. Lo mejor de Breton está en haber propiciado, en un país racionalista como el suyo, ese estado de alerta y transparencia al que él llamaba de "distracción superior". Una forma fluida de la concentración, que permite oír los golpecitos en la ventana, dados por el poema, o por la cosa, o por unos nudillos humanos que han decidido despertarnos porque ya es hora".
Seguir leyendo.
Emocionada, Fina García Marruz agradeció el premio, que le será entregado por la presidenta Michelle Bachelet durante la "Cumbre Iberoamericana de Ministros de Cultura", en julio próximo en Santiago de Chile.
Desde su institución hace tres años, el premio ha sido ganado por el mexicano José Emilio Pacheco (2004), el argentino Juan Gelman (2005) y el peruano Germán Belli (2006)".
Es la primera vez que este premio se da a una mujer.
Vía | La ventana.
Enhorabuena por este excelente proyecto en el que puede participar quien lo desee si tiene algo que informar sobre Literatura, Didáctica, Escritores, Teoría Literaria, Crítica, etc. Basta con inscribirse (es muy rápido) y empezar a publicar.
El Instituto Cervantes ha presentado hoy en su sede central de Madrid la exposición Alfonso Reyes. El sendero entre la vida y la ficción, un homenaje al escritor, traductor, académico, periodista y diplomático mexicano Alfonso Reyes (1889-1959). Con ella el Instituto Cervantes quiere contribuir a la difusión fuera de México de la polifacética figura de uno de los autores más importantes en lengua española.
Organizada en el marco del 30 aniversario del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre España y México, se inaugurará mañana jueves, en un acto en el que intervendrán la ministra de Cultura, Carmen Calvo; el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, Sergio Vela; el director del Cervantes, César Antonio Molina, y el comisario de la muestra, el escritor y periodista mexicano Héctor Perea, autor de varios libros sobre Alfonso Reyes. La muestra podrá visitarse hasta el 20 de mayo en la sede del Instituto Cervantes.
Colaboran en la iniciativa importantes instituciones de México, en especial el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, la Secretaría de Relaciones Exteriores del Gobierno de México, el Gobierno del Estado de Nuevo León y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). También participan la Embajada de México en España, el Comité Regional Norte de Cooperación con la Unesco, la Universidad de Nuevo León, el Instituto Nacional de Bellas Artes de México, la Capilla Alfonsina o el Colegio de México, entre otros organismos.
Recorrido vital
La exposición hace un recorrido vital del escritor a través de múltiples objetos que datan de los años 1910 a 1950. Pueden verse un total de 35 óleos, dibujos y grabados de diversos artistas, que Reyes adquirió o que le regalaron a lo largo de su vida; dos bustos, diversos documentos, cartas, manuscritos, libros y numerosas fotografías, algunas de ellas inéditas.
También hay diverso material audiovisual que incluye un paseo virtual por la Capilla Alfonsina, Centro de estudios literarios Alfonso Reyes (México D.F.); fragmentos de películas, una exposición virtual del Centro Virtual Cervantes y material sonoro que reproduce la voz real del escritor mexicano.
La muestra Alfonso Reyes. El sendero entre la vida y la ficción viajará, tras su paso por Madrid, a los centros del Instituto Cervantes de París, Toulouse, Lisboa, Río de Janeiro, Sao Paulo, Brasilia, Chicago, Nueva York y Albuquerque, así como a México, durante 2007 y 2008.
Contra el préstamo de pago en biblioteca que pretende imponer la Unión Europea. Por la lectura
José Luis Sampedro 06/03/07
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen– a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio
b) es objeto de una sanción. Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
El escritor portugués Antonio Lobo Antunes ha ganado el "Premio Camoes de Literatura 2007", el mayor galardón literario en lengua portuguesa, anunció hoy el jurado en Río de Janeiro.
Enhorabuena, muy merecido.
Mucho antes de la batalla de Lepanto, nuestro eximio escritor aún muy joven, mató, en duelo con espada, a un tal Antonio de Sigura, conocido por la posteridad gracias a su deceso con Cervantes. Don Miguel fue condenado por la justicia española a ser amputado de la mano derecha y a diez años de cárcel por lo que huyó a Italia, permaneciendo allí cinco o seis años, uno de los cuales residió en Sicilia. Personalmente hice, el año pasado, un viaje que cubrió los sitios mencionados, pero los consulados se abren en octubre y yo estuve en septiembre. Por otra parte me he comunicado, vía internet, con el Instituto Cervantes, que me mandó la carta –inédita–que a continuación (vía mi amiga la doctora Teresa del Conde) envío a La Jornada Semanal, para información de los cervantistas que no la conozcan.
Por mi parte escribo ahora un opúsculo intitulado Cervantes en Italia.
Solía decir aquel tan gran Príncipe de la elocuencia romana (Tulio digo), que no había en el mundo cosa más contraria a la razón y a la constancia que la Fortuna, queriéndonos dar a entender que de ella estaban pendientes todos los acaecimientos que sobrevenir pudieran a los humanos. Semejantes a las cartas de Urías son las acciones nuestras, porque ellas solas labran nuestra desdicha; y ser esto verdad muy recibida de los más doctos varones y más sabios de la antigüedad latina, pruébalo Juvenal cuando dice que ninguno daría culto a la engañosa deidad de la Fortuna, si nosotros tuviéramos buen seso y prudencia, ya que para bien suyo y daño de nosotros nuestra mucha locura y poco saber la había hecho diosa.
Por muy fino disparate y por un viejo abuso canonizado por sus siervos los ambiciosos, he hasta agora tenido este idolatrar las gentes en la Fortuna, y aun a los tales los tuve por bobos como si vivieran en Bamba. Mas ya se han trocado los años; y ansí como aquel a quien tanto han amilanado las desventuras y el verse acabado y consumido de largas enfermedades, de las muchas navidades que ha vivido, y a más de la pobreza, último récipe de aquella tan mudable dama, dije: "A buen tiempo venís, desengaño. Antes me atrevería a hacer doméstica una fiera que dejar de adorar a la Fortuna: solicitaré su favor, pues imagino que esperallo della sin ruegos, es pedir peras al olmo o cerezas al cardo. Al hombre que della no fuere rendido esclavo, abridle la huesa, dalde por muerto, córtenle los lutos: alcanzar las dichas y el término redondo y fin de sus dolencias, agrillas serán. Afuera tristezas, afuera querellas, afuera sospiros: no vivamos más en la casa lóbrega de Lazarillo de Tormes; pues así pasa."
Puédese a voz viva publicar por el universo que ella no da favor más que a aquéllos que afeitan la fealdad de su mal vivir con mucho artificio. A éstos da oídos con gran llaneza y afabilidad: alienta a los inorantes para que se gallardeen con su mesma inorancia, saca sanos de todas las pendencias a los perdonavidas y manjaferros, dineros da al que de puro miserable y mezquino es un pan y ensalada, a los entremetidos y trafalnejas les da materia en que cebar sus deseos de bollicio, a los lebrones da cabida en el mundo como si fueran valientes, a los grajos les facilita ajenos oídos que escuchen sus parlerías, los Pedros de Ordimalas encuentran por ella felicidad en sus engaños y cautelas, los Satumos hallan melancolías con que más entristecerse, en sus dobleces y malos tratos alcanzan ventura los cuescos matreros, los nonadies tienen autoridad de hombres aptos para todo linaje de ejercicios, los borceguíes sin soletas y los tragamallas hallan siempre manjares que les aviven y despierten el apetito y no cansada glotonería. Mucho es de sentir que tan corrompido ande el mundo por el buen parecer de Doña Fortuna. Los hombres todos, como si jugasen con ella al juego de la carteta, no hacen otra cosa que pensar en el encuentro, en el azar, en el llevar, en el reparo, en el falso topa.
Pues vuestra merced, que florece en la agudeza del ingenio y en el donaire en el decir, deberá de haber experimentado esto que digo: vuestro Ingenioso Hidalgo D. Quijote corre con tanto aplauso por las naciones extranjeras, en compañía de mi Atalaya de la vida, siendo los dos más estimados libros que de poco acá se han compuesto. Es así. Iguales fuimos en el echar en plaza las llagas casi incurables de los mortales (aunque se abrase la envidia); iguales también fuimos y somos en las desdichas. ¿Queréislo ver? Pues considerad que tenemos por patria (si dijera mejor madrastra) a una tan cruel enemiga que de todo cuida menos del premio de los ingenios. ¡Oh necia, necia y mil veces necia! Pero mejor fuera decir, ¡oh loco, loco y mil veces loco, que no imaginabas que también en el ingenio tenía jurisdicción la Fortuna! Engañado he sido, y aún pudiera decir que escarmentado, si tan tarde y tan fuera de sazón y de tiempo no viniera el escarmiento.
Decidme, ¿qué piensa el mundo de los que siguen el ejercicio de las letras? ¿No imaginan que es llevar agua al molino, escribir libros para alumbrar los ciegos entendimientos de los inorantes? ¿No tienen por pequeño trabajo como si fuera el perejil de Juan de Mena tanto estudiar, tanto aprender, tan poco dormir?
Determinado estoy de seguir nueva senda que me lleve al puerto de mi ventura; por eso he hablado conmigo diciendo: "Ya poco habré de vivir: niño fui, mozo he sido, viejo soy, ¿qué me resta de vida?, ¿qué he aprovechado?, ¿de qué hacienda gozarán mis hijos? Nada en suma. Pues alto: vamos, como suele decirse en Salamanca, a Tuta que es tierra de limosna. Vamos a Nueva España, a ver si en ella no me persiguen con sus lenguas, para labrar mi descrédito, los maldicientes murmuradores de mis escritos, que me hacen tanto mal como si fueran maldiciones de Salaya. Ya es la tardanza cosa pesada: los méritos no se conocen en el mundo sino tarde y mal, y así se premian: la Fortuna ha sido para mí como la justicia de Peralvillo, que en la primera audiencia mandaba asaetear un hombre, y desque el triste moría de tan mala muerte, comenzaba a hacerle el proceso."
Pues por la estimación que vuestro libro ha conseguido, me persuado que muy cerca estáis de hartas desdichas, y paréceme que os cogerán muy desapercibido. No hacéis leña en buen monte, por eso yo me parto a lejas tierras; en éstas zúñenme los oídos. Y como si fuera yo hombre indigno y de poco valor y merecimiento, me desestima el vulgo de mi patria. Sea ansí; que por eso como la vejez no me permite morir como valiente con heridas en el pecho y honrosas, dadas por fuerte mano, y he de morir en las blanduras y sosiego de mi lecho, quiero que se diga que perdí el cacarear a la llana de Carrasa, y no con los cuidados y sobresaltos que lleva consigo el hombre que se parte desta engañosa vida, dejando por herencia a sus hijos la pobreza con pequeña hacienda y con deudas.
Vuestra merced, señor Cervantes, si no quiere ser despojo de Fortuna, hágase su servidor y captivo, siga mis pisadas, que ellas le llevarán a un morir más descansado lejos de la envidia de aquéllos que para nos herir tienen más libre, más suelta, más ligera, más desembarazada y más presta la lengua que el mesmo pensamiento, y aun más afilada que navaja para cortar las vidas y los escritos de otros. Fácil me es ya el huir: no hay cosa tan dificultosa que con buena diligencia no se consiga. Con el huir de mis invidiosos, podré decir en salvo está el que repica. No me azotaron, pero diéronme un jubón muy justo a raíz de las espaldas. Estoy a punto de volvérseme el juicio con los enredos de aquellos deslenguados. No es la vida de el leal mas de en cuanto quiere el traidor. Por vosotros, emponzoñadas víboras, se suele decir: Al facer ni can. Bastantes años me habéis traído a la melena y con el agua a la gola. Cansado estoy de buscar la gandaya y de hallarla. Por eso, acordándome de aquel antiguo cantar que ansí escomienza,
Velador que el castillo velas,
vélale bien y mira por ti;
que velando en él, me perdí.
me parto a Méjico en busca de la fortuna que hasta ahora huye de mí; y no me será fácil toparla por estas tierras aunque la busque con linterna flamenca. Y es ansí, porque como ya soy viejo y no mozo de buen aire y tengo la cara adornada de perigallos, esa dama tan esquiva se ausenta de mis ojos. Guarde Dios muchos y dilatados años, señor Cervantes, la vida de vuestra merced, para que ponga término a la segunda parte del Ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha. El mundo todo lo espera y lo desea, y yo más que ninguno, como tan amigo y servidor que soy de vuestra merced.
De Sevilla, a 20 de abril del año de 1607.
Mateo Alemán.
Nota introductoria de Sergio Fernández.
Vía | Suplemento LJS
Relatan en 600 mosaicos la historia de El Quijote
Posted by Magda Díaz Morales in Literatura y arte, Noticias literarias
El mural, realizado en la técnica de Talavera de Puebla, está representado por 600 mosaicos que relatan en secuencia narrativa la obra de Miguel de Cervantes Saavedra y basada en su mayoría en la obra de Gustave Doré, reconocido ilustrador y grabador francés.
LA HISTORIA EN VETERINARIA
Antes, todas las facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México estaban dispersas por la ciudad, Veterinaria estaba en el exconvento de San Jacinto. Esto se mantuvo hasta el momento que se construyó Ciudad Universitaria (UNAM) y la Facultad se instaló ahí, motivo por el cual se cerró el internado y muchos jóvenes se quedaron sin un sitio donde vivir. Lo anterior provocó muchos problemas, pero también el coraje de los alumnos para encontrar una solución. Fue así como se dedicaron a buscar un sitio en donde vivir (para seguir estudiando en la Universidad) y encontraron una granja desocupada en Iztapalapa. "Los chavos empezaron a investigar, y resulta que la granja era de un funcionario poblano que tenía problemas con Hacienda, Fue así como los alumnos fueron y tomaron el lugar", explicó el maestro de genética de la facultad.
Con la ayuda del rector de esa época, el doctor Nabor Carrillo Flores, se buscó llegar a un acuerdo con el presidente de México, Ruiz Cortines, y la granja fue donada a la UNAM. "Ahí los alumnos trabajaban, hacían exámenes, comían y estudiaban; por las mañanas un camión los traía para que tomaran clases", relató el doctor en Medicina Veterinaria. La granja tenía una construcción admirable, pues la distinguía un estilo colonial californiano de los años cuarenta. Contaba con una serie de habitaciones con su baño, que en conjunto formaban una fila, y en cada cuarto había una imagen religiosa. "Tenía una sala espectacular y una cocina espléndida, cubierta de Talavera, todo formado con mosaicos", dijo con emoción el doctor Berruecos, al recordar sus vivencias en este recinto.
A mediados de los ochenta se empezaron a crear escuelas de veterinaria, motivo por el cual la demanda estudiantil disminuyó y las protestas por parte de la gente aumentaron debido a que la granja despedía un olor poco agradable a causa de los animales que ahí habitaban, aunado a estos problemas, la obtención del agua, por la ruptura de los sistemas de Iztapalapa con el terremoto de 1985, era casi imposible. Fue así como en el año de 1988 se decidió cerrarla. "Ese lugar ya no servia como granja, así que se vendió como terreno, pero al venderse resulta que en la parte de atrás, en el jardín, se encontraba el Quijote", declaró el rector de la facultad de ese periodo.
Era bien sabido que al venderse la granja, iba a llegar un tractor para poder construir en el terreno. Por este motivo, el director de aquella época, el doctor Luis Zarco Quintero, decidió rescatar el Quijote para llevarlo a Ciudad Universitaria: "Esta decisión fue tomada por una razón: muchos colegas veterinarios, incluso muchos profesores de la facultad, pudieron estudiar la carrera gracias a que existía la granja. Egresados de la granja deben haber sido más de 200 veterinarios. Históricamente esto es importante. Por esto, bajo esta tónica, se rescató el Quijote", aseguró el doctor Berruecos.
La obra de arte se montó mosaico por mosaico en una rejilla de solera metálica y se llevó a la Facultad el 12 de mayo de 1998, donde hoy día podemos admirarla, todo esto con el fin de representar un monumento de memorias de la comunidad, así como el recuerdo de la forma como se solidificó la carrera de Veterinaria y Zootecnia de la UNAM.
EL DATO MÁS INTERESANTE
El mural fue tomado de los grabados de Gustave Doré y aunque no sabe quien lo pintó, se tiene la referencia de que se hizo en un taller en Puebla, que sin duda se basó en la obra del artista. De los 206 grabados del Quijote de Doré, hasta el momento se han identificado 176 mosaicos, lo que corresponde a 124 grabados, considerando que en algunos casos un grabado sirve para varios mosaicos. Un ejemplo lo encontramos en el mosaico donde aparece Sancho besando a su burro después de recuperarlo. Realizado en la más clara técnica de Talavera de Puebla, los grabados perfectamente bien delineados hacen la inclusión de todos los colores, además de tener una clara definición del tema. En el extremo derecho, fuera del mural, están los retratos de Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra y Sancho Panza, hechos con la misma técnica. Cabe mencionar que debajo de las fotografías hay una cita del libro, así como a un extremo del mural.
Foto: Sergio Ley
Derechos Reservados Organización Editorial Mexicana.
Vía | Noticias. Aquí se ve la imagen.
Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.
Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.
José Agustín Goytisolo
El proyecto piloto lanzado en Inglaterra, es respaldado por 14 colegios y una autoridad local. De resultar exitoso, el esquema de distribución de este tipo de libros será extendido a todo el país.
Alguno de los títulos:
"El rey y el rey": Un rey se enamora de uno de los hermanos de una princesa y se casa con él. "La astronauta": Una niña que va al espacio cae enferma y es atendida por sus dos madres Loula y Neenee. "Y con Tango son tres": Dos pingüinos varones se enamoran, así que en el zoológico les regalan un huevo de donde nace Tango, el primer pingüino con dos papás.
Fuente: Proponen cuentos gay para niños.
El Violín, dirigida por el mexicano Francisco Vargas Quevedo, narra la historia de la doble vida que llevan los hombres del clan Hidalgo (padre, hijo y nieto), que son músicos rurales callejeros y activos simpatizantes de una rebelión campesina en contra de un brutal gobierno militar.
Por cierto, días antes, El violín también ganó el premio al mejor largometraje latinoamericano del 34 Festival de Cine de Gramado (Brasil), y su compatriota Mezcal, de Ignacio Ortiz Cruz, fue reconocido con el premio especial de la crítica. Asimismo, El Violín se llevó el premio de mejor guión, de Francisco Vargas Quevedo y de mejor actor, Don Ángel Tavira. Mezcal consiguió la mejor dirección.
Nota completa.
Estaba leyendo ayer unas declaraciones de Murakami o Marikuni o Karamumi, o sea el de 'Tokio Blues' (que por cierto ha sacado hace dos o tres meses 'Kafka en la orilla', también en Tusquets, y que espero tengan ustedes la gentileza de ahorrarme la lectura, al menos hasta que se convierta en imponderable)…
El boom de la literatura japonesa
La cultura japonesa seduce en forma permanente, su exotismo llama la atención más allá del sushi, el manga y el animé. Ahora es la literatura japonesa la que fascina, provoca y convoca a lectores fans que agotan las ediciones de escritores como Haruki Murakami o Banana Yoshimoto y hasta se inician en el estudio del japonés con la secreta ilusión de leer en la lengua original. Y hay también lectores que, reflexivos y obsesivos, indagan en los orígenes de la letra japonesa, van en busca de otros autores y libros que hablen del Japón perdido.
Hay algo de desconcertante en el trazo japonés. Y no sólo es una cuestión de fina y elegante caligrafía, lo es también el resultado de las tramas de las novelas japonesas, de esos relatos que por momentos son nebulosos y donde los recuerdos se turnan con el realismo para tejer una trama en una zona donde la porosidad de la frontera entre la vida real y la imaginada se agudiza y el relato, agitado, al fin fluye. Esas imágenes poco claras suelen armar historias fascinantes que, sin duda, seducen en un primer acercamiento desde la rareza. Japón todavía es un país exótico a los ojos occidentales, y esa característica es la puerta de entrada para adentrarse en una cultura tan compleja como atractiva.
En las novelas japonesas siempre muere alguien. Pero la muerte no es un tema de fondo ni un ruido externo, es parte determinante de la trama. Y no es extraño porque la muerte está presente en la cultura japonesa y muchas veces los protagonistas de las novelas, y de la vida real, mueren y deciden morirse de diferentes formas. Hay un deambular distinguible en la singularidad de cada historia que hace que lo imprevisto rompa calmas que parecían perpetuas o que la trama psicológica, de suspenso, se mezcle con lo místico, con la muerte y con la vida más allá de la muerte.
Nombres como Murakami, Yoshimoto o Yasunari Kawabata son casos de ventas llamativos que a su vez provocan el efecto de búsqueda de clásicos como Yukio Mishima, Kazuo Ishiguro, Kenzaburo Oé, Junichiro Tanizaki, Yasushi Inoué, Hisako Matsubara, Ryunosuke Akutagawa, Sei Shonagon entre otros. En los últimos años, y especialmente desde 2005, las cifras de ventas de libros de literatura japonesa superaron los 160 mil ejemplares, de los cuales más de 60 mil corresponden a libros de Kawabata y casi 45 mil a los de Murakami. Esto sin tener en cuenta libros de haiku, filosofía, cocina, fotografía, entre otras inquietudes.
Martín Schifino
El sábado 16 de abril de 1977, mientras preparaban el prólogo a una edición de Thomas de Quincey, Borges y Bioy Casares redactaron las siguientes frases sobre el escritor inglés: «Fue amigo personal de Wordsworth, de Coleridge, de Charles Lamb y de Southey [...]. Al describirlos, no vaciló en registrar sus pequeñas vanidades, sus flaquezas y aun el rasgo íntimo que puede parecer indiscreto o irrespetuoso, pero que nos permite conocerlos con vividez. Las reminiscencias de De Quincey son parte integral de la imagen que tenemos de ellos ahora». Bioy llevaba entonces casi treinta años escribiendo un diario en el que registraba sus encuentros habituales con Borges y, desde luego, no se le escaparon las similitudes entre su situación y la de De Quincey. Lo anterior, anota sugerentemente, «debería preceder, si me resignara alguna vez a presentarme como monstruo de inmodestia, mis reminiscencias de Borges».
Es difícil imaginar un autor tan modesto como Bioy, o de modales tan impecables con el lector, pero aquella duda se convirtió en la década del noventa en un proyecto concreto: publicar los diarios íntimos que había escrito durante cincuenta años y de los que sólo se conocían fragmentos. Una primera antología, Descanso del caminante, apareció en 2003. Y del mismo material se desprende este enorme y magnífico Borges , preparado en 1997-1998 con ayuda de su albacea, en el que se reúnen todas las referencias a su gran amigo. Desde 1947 hasta 1986, son casi cuatro décadas de anécdotas, opiniones y hasta confidencias, intercambiadas mayormente cuando Borges cenaba en casa de Bioy y su esposa Silvina Ocampo. La conversación era variadísima, pero el tono inconfundible. Alberto Manguel ha escrito que «escuchar a los tres amigos era como escuchar una orquesta de cámara improvisando un concierto. Una voz sugería un tema, las otras lo seguían, hacían variaciones, después lo abandonaban para encarar simultáneamente otros, todo salpicado de citas, anécdotas, retazos de información esotérica y chistes» [ 1 ] . Si la conversación es un arte efímero por excelencia, una de las magias puntuales de Bioy fue la de preservarlo.
La literatura aunó a Borges y Bioy y, naturalmente, la literatura es el tema recurrente, el estribillo, de sus charlas. A estas alturas son muy conocidas las preferencias de los amigos, más las de Borges (literatura inglesa, cuento policial, Dante, etc.). Pero el ámbito privado no coincide exactamente con el de la opinión en público. La gran retórica a que nos tiene acostumbrados Borges es lo primero que desaparece. Los dos amigos comentan libros de igual a igual, no sólo entre sí, sino con respecto a los autores. Ante la reverencia institucional por los clásicos, Borges dice que éstos «son chambones, como todo el mundo» (16 de mayo de 1958). Nadie es inmune a priori: el mismo examen implacable se aplica a académicos, antiguos, modernos o contemporáneos. Cuando un texto funciona, Borges emite un entusiasta «está bien», lo que parece haber sido un gran elogio en su vocabulario. (Teniendo en cuenta todo lo que le parecía mal, lo que estaba bien estaba de veras muy bien.) Cuando no, puede redondear un juicio con un expresivo: «¡Qué animal!». No en vano escribió Borges el ensayo «El arte de injuriar»: es un experto en maledicencia. Y Bioy no se queda atrás.
Hay un excelente ensayo de Juan José Saer, «Borges francófobo», en el que se revela el encono de Borges por la literatura francesa durante los años treinta. Estos diarios prueban que, con el tiempo, la animadversión, si acaso, empeoró. Baudelaire es un buen ejemplo. Borges contó en su autobiografía que de joven aprendió de memoria Les Fleurs du Mal; pero ese desliz se transformó en su madurez en recelo. Llega a preferir, característicamente, a Dante Gabriel Rosetti, porque siente «mejor la literatura inglesa» (4 de noviembre de 1957). Stephane Mallarmé fue un anglófilo tan dedicado como Borges, pero eso no le impide a este último decir que «la prosa de Mallarmé es una inmundicia» (11 de octubre de 1959). La desconfianza hacia lo francés es una constante que muchas veces llega a la necedad; sobre un gran estilista de la lengua, Gustave Flaubert, Borges dice: «nunca pude leer L' éducation sentimentale ni Madame Bovary»; y Salammbô «está mal escrita» (20 de julio de 1971). Rabelais suscita únicamente invectivas. Por lo demás, salvo Verlaine, ningún «gran escritor francés» parece convencerlo. Sus gustos acogen más bien a poetas menores, como Laforgue y Toulet, o a un novelista entretenido, pero lateral, como el autor de Adolphe : «Bioy: "Benjamin Constant. Lo estuve releyendo en Pardo. Creo que es el mejor escritor francés". Borges: "Yo creo que sí"» (16 de octubre de 1971).
La literatura española queda, si es posible, peor parada. Recordando que Groussac había caracterizado la frase «la ciencia española» de oxímoron, Borges no puede contenerse y propone, como ejemplo de esa figura retórica, «la literatura española» (2 de diciembre de 1966). En una entrevista que Bioy cita con cierto pasmo, llega a decir que «el gran aporte de España a la cultura de Occidente es el galicismo» (7 de mayo de 1967). De los clásicos, pondera a Cervantes, aunque con reservas; el primer capítulo del Quijote está admirablemente bien escrito, pero ni Galatea ni las Novelas ejemplares ni Los trabajos de Persiles y Segismunda -«una orgía de disparates» (29 de abril de 1963)-le parecen aceptables. Gracián «no tenía oído para los versos» (1 de septiembre de 1957), «ni un solo momento de dignidad, ni de elevación» (15 de noviembre de 1957). De hecho, «en él llega al apogeo ese estilo, vacuo y retórico, que tiene las formas del pensamiento y no contiene un solo pensamiento. Ese estilo hizo estragos en la literatura española» (1 de julio de 1962), dice Borges. Y es ese estilo lo que le molesta en Quevedo, «una suerte de malevo, un espadachín», cuya «retórica no es buena, porque no nos convence de su sinceridad» (11 de abril de 1960). El juicio es interesante porque, en una polémica de juventud en contra de Dámaso Alonso, Borges había entronizado a Quevedo por encima de Góngora. En cuanto a Góngora, alcanza una calma ambivalencia; pero con Lope vuelve a la carga, descartando todo el teatro en favor de los sonetos.
Cuando llegamos a los modernos, casi nadie sale ileso. El 22 de noviembre de 1959, Borges espeta acerca de Lorca: «Poeta en Nueva York es Tilingo en Nueva York»; cuatro años después amplía: «El mejor Lorca es el que escribe poemas andaluces y gitanos. Cuando creyó que podía escribir de todo, cuando escribió los versos libres de Poeta en Nueva York, escribió poemas horribles» (5 de junio de 1963). Nótese, más allá del ataque, la condescendencia implícita en el elogio: más le hubiera valido al granadino quedarse en su provincia. Al menos no lo azota como a Neruda, «un discípulo de Lorca, mucho peor que Lorca» (ídem). Este último hace de vara tanto para medir como para golpear. Al leer a Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Gerardo Diego -autores «arbitrarios»- Borges piensa que, comparativamente, «Lorca no era tan malo» (11 de octubre de 1959). La otra bête noire de Borges es Ortega y Gasset, «un bruto», que «sigue engrupiendo a medio mundo. La cursilería no lo perjudica» (11 de mayo de 1977). Los lectores españoles no deben sentirse heridos en su orgullo literario. Sin distinciones de nacionalidad, Borges vapuleaba por igual a los escritores argentinos. A Ernesto Sábato y Manuel Mujica Láinez, pese a que no se parecen en nada entre sí, los mata de un solo tiro experto: «son dos faroleros» [31 de mayo de 1958. ¿Quién complace a Borges? Rubén Darío («nadie habrá tenido mejor oído» (15 de noviembre de 1957)].
Revista de Libros nº 123
Marzo 2007
Seguir leyendo.
Nuestro querido y admirado poeta Tomás Segovia, tiene blog: "La página de Tomás Segovia".
TUS PECHOS SE DORMÍAN EN SOSIEGO
Tus pechos se dormían en sosiego
entre mis manos, recobrando nido,
fatalmente obedientes al que ha sido
el amor que una vez los marcó al fuego;
tu lengua agraz bebía al fin el riego
de mi saliva, aún ayer prohibido,
y mi cuerpo arrancaba del olvido
el tempo de tu ronco espasmo ciego.
Qué paz... Tu sexo agreste aún apresaba
gloriosamente el mío. Todo estaba
en su sitio otra vez, pues que eras mía.
Afuera revivía un alba enferma.
Devastada y nupcial, la cama olía
a carne exhausta y ácida y a esperma.
Y SIN EMBARGO, A VECES, TODAVÍA...
Y sin embargo, a veces, todavía,
así de pronto, cuando te estoy viendo,
vuelvo a verte como antes, y me enciendo
del mismo modo inútil que solía.
Y me pongo a soñar en pleno día,
y reprocho al destino, corrigiendo,
como los locos, lo que fue; y no entiendo
cómo no pude nunca hacerte mía.
E imagino que anoche me colmaste
de placeres sin nombre, y que esa chispa
perversa y de ternura en tu mirada
prueba que lo otro es nada -que gozaste,
que a ti también este limbo te crispa,
¡que al fin te di el orgasmo!- y lo otro es nada.
Foto: Juan Ballester.
La pretensión de esta página "es dar cabida tanto a las escritoras que gozan de indudable reconocimiento como a aquellas que permanecen en un injustificado olvido: a las ya incluidas se irán sumando otras mujeres de letras, como María de Zayas (del siglo XVII) y Josefa Amar y Borbón (XVIII)".
Muerte simbólica. El “centinela de la lucha por la libertad y los derechos” fue asesinado por negarse a aceptar una ley antiterrorista promulgada por el gobierno que ordena a los superhéroes a entrenarse de manera similar a los militares y policías. La decisión causó una revuelta entre los superhéroes, que derivó en la formación de dos facciones de poder: una de resistencia, liderada por el Capitán América, y otra partidaria de la decisión del gobierno, conducida por el Hombre de Hierro".
En esta Antología participa Juan Carlos Márquez, un estimado amigo virtual desde hace mucho tiempo, es un excelente escritor. Enhorabuena.
Un abrazo afectuoso de felicitación a Javier Celaya por este proyecto. Enhorabuena por este tercer aniversario, y que vengan muchos más.
Hace varias semanas ya que el jurado del concurso Sudamericana–La Nación revocó el premio a Sergio Di Nucci por su novela Bolivia construcciones. Mientras los jurados y casi todos los escritores consultados sostuvieron que un plagio no podía ser avalado, una parte importante del mundo crítico académico justificó a Di Nucci, apelando a la intertextualidad y a la falta de propiedad privada en la literatura. El debate debe seguirse, aunque los medios, por motivos que ignoro, parecen no percibir su importancia. Se dieron argumentos que me alarman mucho, y creo que es importante discutirlos (...)Seguir leyendo.
No conocía a Sergio Di Nucci. Me alegré mucho, y lo dije públicamente en las dos columnas sobre libros que tenía entonces, en dos radios, cuando supe que había ganado. Me alegré porque era otro escritor joven que venía a integrar la valiosa generación literaria sobre la cual en este momento estoy escribiendo. Me alegré porque me gustaron sus declaraciones periodísticas. Lo que siguió me llevó a releer Nada de inmediato (la había leído a los 16 años). El resultado fue muy decepcionante.
Mi posición apareció en la revista Veintitrés, demasiado abreviada. Figuraba lo esencial: conociendo las dos novelas y habiendo pensado y escrito la obra del grupo Bajtín, que introduce el concepto de intertextualidad, habiendo escrito yo misma novelas, considero evidente que Bolivia construcciones no utiliza el procedimiento de la intertextualidad en relación a Nada, de Carmen Laforet, sino que la plagia. En el mismo artículo se publicó la posición de quien es, a mi juicio, uno de los grandes críticos de hoy: Jorge Panesi. Firmante de una carta de apoyo al autor de Bolivia…, Panesi afirmaba no solamente que se trataba de intertextualidad, sino que la literatura es toda, necesariamente, robo.
¿Licencia para robar?
“Todo aquel que escribe, roba, la literatura implica la suspensión de la moral. Esto cambia cuando está la ley de por medio. Y un jurado, un premio y el dinero son las representaciones de la ley en la institución literaria. (…) Creo que el jurado está compuesto por lectores de primera línea. De cualquier modo, cuando leyeron y premiaron Bolivia construcciones por primera vez, leyeron la novela como literatura. Cuando la leyeron por segunda vez, la leyeron desde el punto de vista institucional, desde el punto de vista económico, del qué dirán.”
Para Panesi no es preciso leer a Di Nucci y a Laforet y determinar si hay procedimiento de intertextualidad. Parte del hecho cierto de que el lenguaje no tiene propiedad privada y de que su condición dialógica le es inherente, para llevar esto a una posición extrema (“la literatura es el territorio del robo”), y usa su legitimidad de especialista para dar a los trabajadores de la literatura licencia para robar. Si para el Servicio de Inteligencia Inglés preservar el orden del mundo capitalista justifica dar licencia para matar a los agentes doble 0, para Panesi, preservar el Espacio Santo de la Literatura, justifica dar licencia para el delito.
¿Por qué entonces existen los derechos de autor? ¿Por qué los escritores participan de concursos donde es su figura y su autoría lo que está en juego? ¿Por qué la persona que gana acepta ser única protagonista y responsable de una creatividad propia, específica, incluso si agradece a quienes la ayudaron, y sube sola a un escenario, posa sola para fotógrafos, responde entrevistas donde el yo y la figuración del yo son el centro? ¿Por qué al ganador se le da dinero y él acepta recibirlo, y lo dona, si quiere, asumiendo que le pertenece?
El profesor Panesi responde: todas estas preguntas aluden a la vida cotidiana, esa vulgaridad. Pero una cosa es la conducta de los escritores, otra, la de todos los demás trabajadores de la tierra. En nombre de la Sagrada Literatura, los escritores se burlan de la ley, las burdas reglas de la vida son para los giles. O, dicho de otro modo: la vida ignora la refinada y sutil Condición de los especialistas en Literatura. Incluso “lectores de primera línea” se exilian del Reino, obligados a razonar según la propiedad privada y las instituciones sociales y económicas, presos de sus trabajos pagos, preocupados por “qué dirán” todos los demás seres de la tierra. Las leyes humanas no tocan el Reino. ¿Robo? ¡Claro que sí! No me vengan con razonamientos mundanos.
Panesi comprende que el jurado haya tenido que actuar como actuó: él está sentado en la Academia, gana su dinero por estar imbuido en la verdad impoluta de la literatura, pero esos pobres señores ganan su dinero por publicar libros o hacer periodismo cultural, por ser jurados de concurso, de modo que están condenados a actuar en la vida, a donde importan las nimiedades. ¿En el jurado que otorgó y revocó el premio participan algunos de los más grandes escritores latinoamericanos vivos del siglo XX? ¿Y con eso, qué? Es Panesi quien comprende la Verdad de la Literatura. Los que, en lugar de participar en el mundo mediocre, vivimos en el arcano y complejísimo universo de la Academia Literaria sabemos que la propiedad privada es una estupidez y aún una canallada, la noción de autor murió con Foucault y desde Bajtín y Derrida todo es intertextual, todo remite a otro signo, etc.
Quiero dejar sentados los presupuestos a mi juicio gravísimos de la argumentación de Jorge Panesi.
El primero...
Marcel Proust, Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana (Barcelona: Tusquets, 2005)Qué gran placer es terminar de leer un libro tan maravilloso como éste, escritos que posteriormente darán lugar a su novela En busca del tiempo perdido.
¿Qué decir sobre el libro? Primeramente necesitaría definir si es novela o es ensayo estos documentos (que pueden clasificarse en tres grupos) que Proust preparó y redactó entre el invierno de 1908 y el otoño de 1909, y que nunca se publicaron en vida del autor. Al principio, el escritor duda la forma que dará al libro, simultáneamente a la redacción de este ensayo, Contra Sainte-Beuve, escribe los primeros esbozos de un relato en el que defiende, según se nos cuenta en el Prólogo, "la importancia de la memoria involuntaria frente a la facultad de la inteligencia, relato que comienza con la escena del despertar de una mañana cualquiera y la visita de su madre" que se acerca a su cama para dialogar con él sobre literatura.
Todo inicia cuando el narrador nos cuenta que cada día le otorga menos valor a la inteligencia, esa "esencia íntima de nosotros mismos". Está pensando en ello cuando, de pronto, lo que reflexiona lo lleva a recordar, pero lo hermoso de esto es que el recuerdo, de mano de la memoria, llega a través de las sensaciones que le ofrecen las cosas o los objetos: una tela, un té, un paisaje, un tren, una habitación, la noche, una postura del cuerpo, un olor:
Al atravesar el otro día una recocina, un trozo de tela verde que tapaba una parte de la mampara, que estaba rota, me hizo parar en seco y escuchar dentro de mi. Me llegaba un efluvio de verano. ¿Por qué? Traté de hacer memoria. Veía unas avispas en un rayo de sol, un olor a cerezas en la mesa, no pude recordar. Por un instante, fui como esos durmientes que al despertarse por la noche no saben adonde están, que procuran orientar el cuerpo para cobrar conciencia de donde están, sin saber en qué cama, en que año de su vida se hallan. Seguí dudando un instante, buscando en torno al cuadrado de tela verde el lugar y el tiempo en que mi recuerdo, que apenas se despertaba, debía situarse.
Me quedan muchas cosas por decir de esta obra, probablemente su poética se encierra en estas palabras que expresa el narrador:
Recuerdo que Pavese decía en El oficio de vivir: "mis palabras han sido sólo sensaciones”...La realidad verdadera es interior y puede desligarse de una impresión común, incluso frívola o mundana, cuando se halla a cierta profundidad y liberada de esas apariencias. Quizá cuando nos hallemos ante un artista de verdad que, tras romper las apariencias, haya descendido a la vida auténtica, podamos, al tratarse de una obra de arte, interesarnos más por una obra que ponga en juego problemas más extensos.
Al parecer, Fidel Castro e Isabel Custodio vivieron un romance en México hacia 1956, cuando el comandante se preparaba para iniciar la Revolución cubana. Leía que se vieron por primera vez en el patio de una cárcel mexicana, donde el ahora presidente de la isla permanecía preso junto con otros combatientes cubanos, mientras ella acompañaba al fotógrafo Néstor Almendros, quien retrataba a sus compatriotas. Han transcurrido casi 50 años de aquel romance, los mismos que han pasado desde que Fidel Castro se embarcó en el Granma, en el puerto de Tuxpan, Veracruz, con la firmeza de hacer la guerrilla en Sierra Maestra, y es hasta ahora que Custodio, en esta novela, decidió narrar esta relación secreta.
No es un libro que recomiende. Pienso que es oportunista y considero que no va más allá de ser una crónica muy sui géneris.
Recado a Isabel Custodio
Dionicio Morales
Mi querida Isabel:
Cuando me comentaste por teléfono la publicación de tu libro en Plaza & Janés sobre tu relación —desconocida para muchos, entre ellos yo— con Fidel Castro, te dije que me había quedado, de pronto, como dice mi amiga Susana Alexander, ano nadado y sobre cogido, lo cual te hizo reír de una manera muy abierta y por un rato muy largo. Ignoraba esta historia, como afortunadamente ignoro muchas cosas de ti, sacada a la luz pública cincuenta años después con un personaje mundialmente conocido que, todavía, sigue siendo noticia de primeras planas en el terreno político en los periódicos del orbe: Fidel Castro. ¿Por qué me sorprendió? Porque no es fácil conocer, entre otras cosas, las pasiones —las bajas pasiones, que dicen son las más fuertes— de los líderes políticos del mundo, con ciertos lujos de detalles, y mucho menos contado, narrado, por la protagonista principal, es decir por la susodicha: tú.
El adelanto de tu plática antes de que me regalaras el ejemplar, llenó de interrogantes mi cabeza y, confieso, que una curiosidad malsana se fue apoderando de mi pensamiento, ocupado en imaginar cómo sería la historia. Cuando tuve el ejemplar en mis manos me di cuenta que el título del libro El amor me absolverá. La pasión secreta de Fidel Castro en México, me podría recordar el nombre de alguna de las novelitas de Corín Tellado —aunque recuerdo la frase prounciada por el líder: La historia me absolverá—, lo cual de entrada me disgustó, aunque entendí que, el subtítulo estaba pensado para vender la edición: “La pasión secreta de Fidel Castro en México”. Hice a un lado estas disquisiciones intrascendentes y me aboqué a la lectura de tu libro. Yo, como no soy especialista en nada, menos en narrativa —pero sí creo ser un lector atento— no sé si tu texto es una novela, no sólo en el sentido clásico del término sino también en el que se ha ganado dentro de la modernidad literaria donde a veces los géneros se funden y se confunden. Lo que sí sé es que nos cuentas una historia extraordinaria. Y no es que ignoremos muchos de los detalles que escribes de la estancia de Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Raúl Castro, entre otros, en México, antes de que se embarcaran hacia Cuba en su viaje final para que triunfara la nueva revolución, sino que con los datos y momentos y situaciones que tú narras nos ayudas a entender mejor esta causa, al mismo tiempo que rememoras, reconstruyendo, al México —y a la Ciudad de México— de aquellos años, a sus gobernantes, a su gente, a varios exiliados cubanos, a algunos republicanos españoles, lo cual no es decir poco.
Antes de continuar, quiero comentarte lo que me distrae —para mal— de tu libro: Los textos y definiciones políticas que vas intercalando en tu narración; no les veo que tengan mucho sentido, pero no me hagas mucho caso. Isabel, me gusta tu historia, porque es el encuentro de dos seres exiliados, a los que se les han roto muchas cosas por fuera, pero se les han roto más cosas por dentro. Los dos arrastran un abandono terrenal, viven en un país que no es el suyo, aunque lo hayan hecho suyo —él momentáneamente, tú para siempre—. Creo que es aquí, en un texto como este, donde el uso de la primera persona, considerado por los literatos sabihondos como una prueba de falta de oficio, y qué equivocados están, justifica su presencia porque el libro es también un testimonio de primera mano que nos atrapa y nos mete de lleno en tu mundo y en el de los personajes principales, entre ellos Fidel Castro. La memoria está exhibiendo en la pantalla de la página una cinta cinematográfica narrada con conocimiento de causa. No me extraña que el primer encuentro entre los dos personajes principales de El amor me absolverá, se haya dado de un flechazo a primera vista, como a veces sucede en las novelas de Corín Tellado, porque existe una serie de elementos que, a pesar de que tú eras una niña bonita, bien educada, acomodada, universitaria, consentida, caprichosa, te hacían arrastrar el dolor, no tan ajeno, de lo que tus padres vivieron en carne propia en la guerra civil española que conforme fuiste creciendo, entendiendo, asimilando, aprendiendo, hiciste tuyo, contrastaba, de alguna manera, con la personalidad de él, cuyo objetivo en su lucha de clases era derrocar del poder a los militares de su país y pensar en causas nobles para los desheredados. A veces los extremos se tocan, y otras, como en esta ocasión, hasta se incendian, y justo es reconocer que, a esa edad, tú ya traías lo tuyo —aquí no hablo de tu belleza física—, en lo que a las visiones de luchas de clases se refiere. Tu narración, a lo largo del libro, tiene un poco de todo.
Aquí continúa.
Baudrillard, uno de los fundadores de la revista Utopie y próximo a Roland Barthes, publicó medio centenar de obras, entre ellas Le système des objets (1968), La société de consommation (1970), Simulacres et simulation (1981), La guerre du Golfe n'a pas eu lieu (1991) o Amérique (1997).
Jean Baudrillard: la teoría como ficción.
Para empezar, se rescata una entrevista concedida a Radio Habana en 1976, la cual permaneció guardada en una cinta durante mucho tiempo. Ahí, García Márquez habló de su pasión por el periodismo, y de “los trucos de la carpintería secreta” que da forma a sus novelas. Cuando Orlando Castellanos le dice: "Estoy hablando con Gabriel García Márquez y no le he preguntado nada sobre Cien años de soledad y sobre El otoño del patriarca. Vamos a tener que hablar de Cien años de soledad. Creo que no te vas a disgustar por eso", García Márquez responde: "Lo que pasa es que yo no la he leído", "Pero hiciste lo más grande, que fue escribirla", le dice Castellanos, y el escritor colombiano radicado desde hace muchos años en México, expresa:
Fíjate, Cien años de soledad fue la primera novela que yo empecé a escribir cuando tenía... al principio, cuando estaba trabajando en el periódico ese de que estábamos hablando antes. Debía tener 18 años o algo así. Ya había publicado cuentos. Recuerdo que la decisión que tomé era escribir una novela en la cual sucediera todo. Y me senté y tenía una noción bastante clara de cómo debía ser la novela. Y rápidamente me di cuenta, y ahora me alegro porque fue una decisión que revelaba una gran modestia, que no estaba preparado para escribirla, que me faltaba mucha experiencia vital, mucha experiencia literaria, mucho aprendizaje. Y, digamos, mucha cultura literaria y cultura en general. Para escribir a los 18 años una novela en la cual sucediera todo.
Entonces me hice proyectos más modestos que fui desarrollando. Escribí una novela: escribí La hojarasca. Escribí El Coronel no tiene quien le escriba. Escribí un libro de cuentos que se llama Los funerales de la Mamá Grande. [...] Y seguía siempre pendiente de esa novela que yo quería escribir y que era la novela en que sucediera todo. Lo intenté otra vez recién llegado a México, en 1961. Y me parecía que ya salía mejor, pero no era todavía la concepción que yo tenía del libro. Y entonces me di cuenta, no de lo que me di cuenta la primera vez: que no estaba preparado culturalmente, profesionalmente, sino que la estaba abordando por un lado que no era.
A fines de 1964 iba yo hacia Acapulco —con Mercedes y mis dos hijos— y, entonces, como una revelación, encontré exactamente el tono que necesitaba. Y el tono era contarlo como contaba las cosas mi abuela. Porque yo recuerdo que mi abuela contaba las cosas más fantásticas, y lo contaba en un tono tan natural, tan sencillo, que era completamente convincente. Y entonces no llegué a Acapulco. Regresé y me senté a escribir Cien años de soledad. Desde el primer momento me di cuenta que había vencido el gran obstáculo, que era el tono. El tono era exactamente eso: contarlo como lo contaba mi abuela, sin asombrarme yo mismo de las cosas que sucedían. Ver con absoluta naturalidad las cosas más extraordinarias, que es como es la realidad, la realidad en el Caribe. Porque en este continente de la América Latina hay un país que no es de tierra, sino de agua, que es el Caribe. En Colombia tú te encuentras que un hombre de Barranquilla o de Cartagena se parece más a un hombre de Puerto Rico o de Venezuela que a un hombre del interior, de Bogota. En Venezuela sucede lo mismo: los venezolanos de la costa se parecen más a los cubanos que a los venezolanos del interior.
Entonces me di cuenta de que esa realidad del Caribe era la realidad que a mí me había interesado siempre, porque era la realidad. Yo quería escribir una novela donde todo sucediera y ese mundo donde todo sucede es el Caribe. [...] No hay un solo episodio de Cien años de soledad, por fantástico, extravagante y raro e inverosímil que parezca que no tenga un origen en la realidad de algo que yo vi, de algo que me sucedió, de algo que me contaron. Y lo que hice fue empezar a sacar de los recuerdos de ese baúl de cosas viejas que es la infancia de un hombre en el Caribe todas las leyendas, supersticiones. Además, empecé a darme cuenta que la realidad, pues, no es solamente la historia importante ni son los acontecimientos que lo afectan a uno realmente, sino es también la subjetividad, son también las supersticiones, son los miedos, son las creencias, las alegrías, todas esas cosas.
Y el libro fue saliendo con una absoluta naturalidad que no me costó absolutamente ningún trabajo escribirlo.
¿En qué lapso lo escribiste?
Lo escribí en dos años... en 18 meses. Sólo que tuve problemas en el camino porque yo no tenía dinero para escribirlo. Ese es un libro que la única manera de escribirlo es como lo escribí: me encerré en el cuarto y salí dos años después con el libro. Ahora, eso presentaba un problema logístico muy serio. En realidad, nosotros vivíamos de lo que yo trabajaba. No podíamos parar dos años. Yo nunca había recibido un centavo por mis libros. Los libros no se vendían. Se vendían 700 ejemplares, 500 ejemplares. Inclusive, yo sabia a quién. Conocía el nombre de los clientes: fulano, zutano, por orden alfabético.
Entonces, nada, nos pusimos de acuerdo Mercedes y yo. Dije: “Hagamos una cosa, tú te haces cargo de la casa por dos años, y te prometo que yo me hago cargo por el resto de la vida”. Teníamos un automóvil y lo empeñé. Estuvo empeñado casi todo el tiempo. Además, eso generaba otro problema: era que cada cierto tiempo había que pagar los intereses del préstamo del automóvil. Pero, en fin, así nos íbamos defendiendo de muchas maneras. Y salió el libro. Ahora, lo que es extraño y lo que si no tengo nada que ver ni he tenido que ver jamás es con el éxito del libro: tiene algo mágico. Y digo algo mágico no en términos metafísicos, sino en que hay algo que todavía no me puedo explicar racionalmente. Indudablemente, el libro lleva más de 3 millones de ejemplares en castellano, está traducido a 21 idiomas. Solamente aquí, en Cuba, debieron hacer 120 mil, una cosa así. Y si no se vende más, si no circula más, es porque no ha habido más papel para editar más. Pero por la gente que yo trato, por la gente que conozco, me doy cuenta de que se pudiera seguir vendiendo indefinidamente. Es un libro que ha tenido, además, una cosa extraordinaria que no le sucede a otros libros, y es que ha pasado de una generación a otra. Es un libro que le gustó a una generación y le gustó también a otra generación, y eso le asegura a un libro una larguísima vida. Pero lo que yo no entiendo, además, me doy cuenta objetivamente, es que es un libro que lo han vendido mis lectores. Es un libro que se ha vendido con muy poca publicidad. Lo que pasa es que el que lo lee quiere hablar de él y quiere que sus amigos lo lean para poder hablar del libro. O lo presta y los libros circulan de mano en mano.
La Habana, julio de 1976
a) De cómo fue creada la fábula de los Buendía.
b) El orígen de Macondo.
c) Más que influencia, en Rulfo halló coincidencias.
d) “Lo que sé de Gabriel”, texto de Álvaro Mutis
e) García Márquez, mexicano de pura cepa: Monsiváis
f) La terrorífica historia de un ojo morado.
g) COBERTURA
1) FOTOGALERÍA de El Universal .
2) FOTOGALERÍA de El país.
VIDEOS:
a) La génesis de Cien años de soledad.
b) Los vecinos del Gabo.
c) Opinión de varios escritores.
Asturias y García Márquez: Epílogo de una tragicomedia
José Emilio Pacheco
La nueva comedia de las equivocaciones empezó el sábado 19 de junio y se ha prolongado una semana. En la historia del periodismo nacional nunca antes una noticia literaria había ocupado las ocho columnas de una primera plana. La “Extra”, como se llama en el habla de la ciudad a la segunda edición de Últimas Noticias, informó: “Asturias acusa de plagio a García Márquez. Cien años de soledad es una grosera copia de una novela de Balzac”. El Premio Nobel de Literatura 1967 fue entrevistado en Madrid por el periódico Triunfo. Dijo a Luis Chao que la novela de García Márquez plagiaba La búsqueda de lo absoluto. Le Monde citó a Triunfo. France Press divulgó por todas partes lo que decía Le Monde. El mismo 19 de junio en la propia “Extra” Carlos Fuentes señaló lo absurdo de la acusación y sin proponérselo inició el deporte practicado los siete días siguientes: “Péguele a Asturias”.
Guillermo Ochoa interrogó por teléfono a García Márquez el martes 22. Se limitó a reír y a callar con la certeza de que ante sus críticos la única respuesta posible de un escritor es su obra. Pero en todo el ámbito de la lengua española se ha lanzado un clamor unánime contra Asturias. Poco antes de su muerte, Witold Gombrowicz protestó contra el lenguaje brutal y sin el menor asomo de respeto humano que se emplea en las controversias literarias. Lo que se ha dicho contra Asturias es un buen ejemplo: “viejo chocho, gagá, ablandado, idiota, ignorante, rencoroso y plagiario a su vez del Tirano Banderas de Valle Inclán en El señor presidente.
Me había resistido a opinar sobre el tema porque considero indefendible la apresurada tesis de Asturias y me repugna sumarme a la cargada contra un escritor de 72 años que, de un tiempo a esta parte, ha visto levantarse en contra suya el favor y el prestigio de que gozó en otros tiempos. Sin embargo el escándalo prosigue. Ayer, viernes 25, arremetieron el diario Informaciones de Madrid y el escritor dominicano Juan Bosch, que equiparó a García Márquez con Cervantes y a su novela con El Quijote. Ya es tiempo de hacer una modesta proposición para que se devuelva este asunto al limbo del que nunca debió haber salido. La corriente de la época milita en desfavor de Asturias. Él representa lo pasado, lo establecido, lo oficial, todo aquello que es obligatorio detestar: recibió el Nobel en tanto que Jean-Paul Sartre lo rechazó; aceptó ser embajador de un gobierno genocida, en tanto que García Márquez rehusó un puesto consular en Barcelona...
Atareados en decir que Asturias es un viejo chocho (y todos seremos viejos chochos a menos que la muerte nos dé oportuna licencia), nadie se ha tomado la molestia de comparar ambos libros. La algarabía es jubilosamente contemplada por aquellos sacristanes del antiintelectualismo que se desviven presentando a los escri- tores como bufones envidiosos, peleoneros, serviles, enredados en pleitos de comadres y por completo ajenos a la trágica realidad de nuestros días.
Honoré de Balzac nació en 1799, un siglo antes que Asturias. En 1834, entre La duquesa de Langeais y Papá Goriot, escribió La búsqueda del absoluto. En la organización final de La comedia humana esta novela figura entre Los estudios filosóficos. La edición mexicana traducida por Aurelio Garzón del Camino la incluye en el tomo XIV, páginas 525-689. En Dovai, en el Flandes francés, Balzac sitúa la historia de Baltasar Claes, un discípulo de Lavoisier. A los 49 años, tras quince de matrimonio con Josefina Temnick, Claes habla con un polaco errante y se obaesiona por cumplir el sueño de los alquimistas: hallar lo absoluto, el principio que da unidad a todos los elementos, “la sustancia común a todo lo criado y modificada por una fuerza única”. Al encontrarla Claes podrá transmutar el plomo en oro, competir con la naturaleza y repetirla. (Como se sabe, hoy las transmutaciones se realizan por medio del bombardeo de los elementos en el ciclotrón y en el reactor nuclear. La búsqueda alquímica que permitiría a los seres humanos igualar a los dioses concluyó fáusticamente en los infiernos de Hiroshima y Nagasaki). Los experimentos de Claes lo conducen al naufragio de su vida familiar y a la ruina total. Termina apedreado en la calle como un brujo. Moribundo, se incorpora en el lecho para repetir el “eureka” de Arquímedes. Expira con un terrible gemido mientras su yerno lee en un periódico que el polaco errante vendió a otra persona el secreto de lo absoluto.
El deber de un crítico para con un autor es leer su libro de principio a fin y palabra por palabra. Quienes, según Asturias, “han denunciado en América y Berlin las semejanzas entre las dos novelas” son incapaces de penetrar la sintaxis española o aplicaron la llamada “lectura dinámica” al dominio de la crítica. Allí debiera estar prohibido un método que antes del triunfo de la terminología sobre el lenguaje se llamaba simplemente “ojeadita” (con o sin hache). O bien, abandonaron Cien años de soledad en la página 125 y dejaron para otra ocasión las 226 restantes. Porque la única semejanza entre Balzac y García Márquez, tan remota que cancela hasta la simple sospecha de plagio, es la historia del primer José Arcadio Buendía, una entre las muchas que forman esta novela. Las demás no tienen nada que ver cón La búsqueda de lo absoluto ni con ninguna otra narración balzaciana.
Como se recordará, el fundador de Macondo queda deslumbrado por lo que el gitano Melquiades llama “la octava maravilla de los sabios alquimistas de Babilonia”: el imán: José Arcadio supone que el imán le servirá para sacar oro de la tierra. Sin embargo lo único que logra extraer es una armadura oxidada. En otra vuelta de los gitanos José Arcadio descubre las posibilidades incendiarias de la lupa gigante. Trata de emplearla como arma de guerra y sufre graves quemaduras. Más tarde obtiene de Melquiades algunos viejos mapas, un astrolabio, una brújula y un sextante. Se encierra al fondo de su casa y emprende arduos experimentos al final de los cuales descubre que la Tierra es redonda.
En otras aventuras José Arcadio logra que vuele la canastilla de su hija Amaranta; se queda con el estudio daguerrotípico de Melquiades y quiere aprovecharlo para obtener una prueba científica de la existencia de Dios. Antes de que lo avasalle el frenesí del pensamiento, trata de aplicar los principios del péndulo a todo aquello capaz de moverse. Por último, entre 44 hombres lo amarran a un castaño del patio y, delirando en latín y discutiendo de teología, permanece macerado por el sol y la lluvia. Su muerte provoca una silenciosa tormenta de flores amarillas. Con esta simple guía puede probarse en el cotejo de ambos libros qué absurda e infundada es la acusación de plagio, como indicó desde un principio Carlos Fuentes. Por lo demás, si al juzgar a Asturias tenemos presentes sus errores y flaquezas, no olvidemos tampoco lo que Luis Harss escribió en Los nuestros, antes del premio y antes de la embajada: “Asturias ha hecho de su obra una especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas, templo de piedad y justicia donde claman las voces de los desposeídos. Los pobres han dormido en su umbral, esperando audiencia. Y él, solidario y fraterno, los ha escuchado siempre”.
Junio 26 de 1971
José Emilio Pacheco. Escritor mexicano, autor de obras como Morirás lejos, Las batallas en el desierto y El principio del placer.
Volando de regreso a Providence, leía yo el primer capítulo de las memorias de Gabriel García Márquez cuando advertí que mi vecino leía otro libro suyo. Al mirar hacia la fila de al lado comprobé que alguien más estaba leyéndolo, y ya no me extrañó que en la fila posterior una lectora hiciera lo mismo. ¿Y si todos los pasajeros de ese vuelo estuviesen leyendo a García Márquez? Consideré las posibles explicaciones: l) estas novelas tienen la duración promedio de un vuelo, como otrora las de Stendhal suponían un viaje en tren; 2) se trataba de una nueva ola migratoria del Sur que hacía de estos libros su documento de identidad; 3) leer volando es otra nostalgia del realismo mágico.
Pero en seguida concluí que cada lector no sólo leía un libro diferente sino a un autor distinto. Aun si el libro era el mismo, cada uno estaría leyendo otra novela. Me pareció entender que García Márquez había convertido a la lectura en el acto novelesco por excelencia. Gabo, me dije, nos ha convencido que leemos sus libros como sagas de la comedia humana latinoamericana. Pero, en verdad, en sus libros hemos aprendido que la lectura misma es la biografía de nuestro tiempo. Al modo de Cervantes y Borges, ha construido una enciclopedia de leer y de releernos como padres e hijos de la letra. Sus libros nos dicen que leer nos ha hecho lo que somos, y que la novela nos salva del pelotón de fusilamiento gracias a que seguimos leyendo. El tiempo se prolonga en una frase.
Bien visto, lo que leemos es el espectáculo del mundo como la disputa de las interpretaciones por explicarlo, habitarlo y, con mucha lectura, humanizarlo. Ocurre en estas novelas, una y otra vez: los hechos son debatidos, contradichos, recontados y, al final, releídos. A veces, como en Crónica de una muerte anunciada, las interpretaciones exigen una víctima, y Santiago Nasar es sacrificado como el primer mártir de la hermenéutica. Como las buenas víctimas propiciatorias, él es el único que ignora la intensa lectura que lo elige como muerto. En El general en su laberinto Bolívar es el héroe de la interpretación infinita, porque sigue disputando con su demanda de emancipación el sentido de cada pregunta por América Latina. En cambio, en Del amor y otros demonios, la niña ilegible que ha sido mordida por un perro rabioso en el sopor del siglo XVIII caribeño, suscita la interpretación como juicio relativo. Ella es el ángel criollo de la lectura: su supuesta enfermedad es leída abusivamente. Enclaustrada, acusada de bruja y endemoniada, al final, bajo la autoridad mayor de la lectura, la de la Iglesia, es exorcisada y muerta.
No me extrañó descubrir, antes de aterrizar en Providence, que el propio García Márquez ha leído de modo distinto sus novelas. Al comienzo de todo, como si fueran hijas del asombro y la abundancia, de esa primera lectura de América Latina, cuando la palabra “palmas” ponía de pie a las primeras palmas. Por qué no me van a creer, si le creen a la Biblia, recuerdo que solía decir. Después, favoreció la lectura de Cien años de soledad como documental, y juró que podía probar que cada página venía directamente de la realidad. Pronto abandonó las licencias del realismo mágico (ahora mismo hay en inglés tres nuevas novelas sobre las propiedades sobrenaturales del chocolate), y sugirió que su Bolívar era hijo legítimo de la documentación. La Academia Colombiana de la Historia trató de refutarlo; pero, advirtió un historiador resignado, al final esa novela será leída como verdad histórica.
A esta saga de la lectura le faltaba su poética, y el autor la propone en Vivir para contarla. El memorable primer capítulo plantea una interpretación de la vida como una creación de la lectura. Desde su mismo nacimiento, sus padres se convierten en sus primeros personajes. Gracias a ellos, Fermina y Florentino viven en la inminencia epifánica de su novelización. Y a esta biografía de leer le faltaba todavía su modelo de lectura: un Gaborio, digamos, donde los lectores testimonien su parte de ficción encendida por esas novelas. Este taller de leer estaría en movimiento perpetuo, y sería permutante e ilimitado. Cada lector lo puede hacer suyo, sumar su testimonio, y operar el recomienzo de esta biolectura. Los cien años de esta edad solar de la lectura son también los cuarenta de su rotación, y el instante de su recomienzo.
Alfredo Bryce Echenique: La deuda impagable
A casa de Gabo llegué arrastrándome y, además, me caí del automóvil al bajar. Se me atracó un pie con un cinturón de seguridad que andaba suelto y aterricé sobre una rodilla. Gabo se quedó realmente preocupado y yo aproveché para pedirle un whisky. Me trajo un whisky, ordenó que me dejaran la cama lista, y comprobó que yo en efecto me estaba acostando y no escapando. Le rogué que me consiguiera una máquina de afeitar y me juró que, a las 5 am, la tendría. Me quedé seco con la luz encendida y el whisky sin probar sobre la mesa de noche. Y a las cinco en punto me despertó una voz que decía: “Tómala y devuélvela”. Era Gabo, con una máquina de afeitar. “Qué hombre éste —pensé—, uno ni se ha despertado bien todavía y ya está endeudado con él”.
Enrique Vila-Matas: Lecturas en un puente
Debieron sucederle a García Márquez muchas cosas en el puente de Saint-Michel, camino de la buhardilla donde imitaba, como podía, la vida o la escritura de su admirado Hemingway. Porque no he podido nunca olvidar ese día del que algunas veces él ha hablado, ese día en el que sintió los pasos en la niebla de un hombre que pensó que era un perseguidor, ese día en que, a diferencia de Hemingway, se sentía pobre y muy infeliz en París y se había pasado toda la noche calentándose en el “vapor providencial de las parrillas del metro”, eludiendo los policías que le golpeaban en cuanto le veían, pues le confundían con uno de los tantos argelinos a los que masacraban en aquellos días en París: “De pronto, al amanecer, se acabó el olor de coliflores hervidas, el Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint-Michel, sentí los pasos de un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en el que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando”.
Ese encuentro con su falso perseguidor en el puente de Saint-Michel me trae el recuerdo de la escena final de “Isabel viendo llover en Macondo”, el recuerdo de las primeras líneas que de García Márquez subrayé (tenía yo 21 años) y que modificaron discretamente mi concepción de la escritura, esas líneas que describían sucintamente la aparición de un perseguidor en la niebla tropical, una persona invisible que sonreía (la del puente de París, en cambio, lloraba) en la oscuridad. En “Isabel viendo llover en Macondo”, tras el largo diluvio que se desploma sobre Macondo durante el lapso de tiempo que va de un domingo por la mañana a otro (y que hace que las personas del pueblo, paralizadas y narcotizadas por la lluvia, floten como en una niebla ardiente y que todo se detenga y quede anulado), el tiempo de pronto comienza a cambiar y escampa y se extiende un silencio, una tranquilidad, un estado tan perfecto como imaginamos que debe ser la muerte. En ese silencio misterioso y profundo se oye una voz clara y completamente viva. Luego un viento fresco sacude la hoja de la puerta, hace crujir la cerradura, y un cuerpo “sólido y momentáneo, como una fruta madura”, cae profundamente en la alberca del patio. Entonces llegan las frases que subrayé como un loco: Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.
Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado.
Cuando en los días de mi juventud leí estas líneas, creí entender que el hombre invisible era Dios y que la escena que estaba leyendo evocaba en el paradisíaco trópico el comienzo de la Creación. Creí leer esto (porque estaba un poco loco, supongo) y también (ahí se ve que no lo estaba tanto) creí leer que la realidad cotidiana, transformada por la sensación de anulación del Tiempo producida por el diluvio, se parecía muy poco a la realidad a la que me habían acostumbrado, y me dije que tal vez, a partir de aquel día, tendría que entrecomillarla siempre. Todo eso fue lo que leí o me dije cuando en mi extrema juventud me acerqué —loco y cuerdo al mismo tiempo— por primera vez a la escritura de García Márquez. Pero esta mañana, con la idea de escribir estas líneas, he vuelto 34 años después a leer “Isabel viendo llover en Macondo” y desde el primer momento he sido consciente de que el cuento seguía siendo tan impresionante como lo recordaba, pero por motivos distintos. Esta mañana lo que me ha impresionado del cuento es la creación de una atmósfera que sólo dejará de ser fascinante cuando la realidad vuelva a ser la de antes de que lloviera, es decir la de antes de que existiera el cuento.
Algo ha cambiado en mí esta mañana tras la operación de releer ese cuento en el que sólo llueve. ¿Sólo? Aunque no hayamos leído a Dante, todos sabemos que en el Purgatorio el poeta nos dice: “Poi piovve dentro a l’alta fantasia” (Llovió después en la alta fantasía). Y también sabemos que un día Italo Calvino dio una conferencia partiendo de esta maravillosa constatación: la fantasía es un lugar en el que llueve. Tal vez eso pueda explicar que el cuento de García Márquez termine precisamente cuando en Macondo deja de llover, lo que convierte en triste e indeseable nuestro regreso a la baja fantasía de la realidad de antes de la lluvia. Y es que querríamos volver a Macondo. No querríamos alejarnos de la compañía de Isabel y de la lluvia. Como todos los buenos cuentos, se acaba demasiado pronto. Y más cuando, como hoy ha sido mi caso, nos sobra el tiempo. Hoy tenía todo el tiempo del mundo para escuchar el ruido de la lluvia y de la alta fantasía, pues terminé ayer la novela en la que llevaba trabajando meses y, salvando todas las distancias, me sentía como García Márquez el día en que, tras haber escrito dieciocho meses, todos los días, de nueve de la mañana a tres de la tarde, supo que aquella era la última jornada de trabajo, supo que su primera novela estaba terminada, sólo que terminada de forma demasiado intempestiva, a las once de la mañana: “Mercedes no estaba en casa, y no encontré por teléfono a nadie a quien contárselo. Recuerdo mi desconcierto como si hubiera sido ayer: no sabía qué hacer con el tiempo que me sobraba y estuve tratando de inventar algo para poder vivir hasta las tres de la tarde”.
Ayer terminé de escribir mi libro. Habla de los días en que, a mediados de los setenta, viví en París en una buhardilla de la rue Saint-Benoit tratando de imitar a Hemingway en París era una fiesta. Y de paso, sin saberlo (como si me hubiera convertido, sin saberlo, en aquel perseguidor fantasma del puente de Saint-Michel o en el perseguidor del relato de Simenon), tratando de imitar a García Márquez, que vivió muchos años en una buhardilla de la rue Cujas, con su ventana que daba a los tejados del Quartier Latin y desde la que oía el reloj de la Sorbonne dando la hora, siempre escribiendo frente a la foto (clavada en la pared con un alfiler) de su novia, siempre con las rodillas pegadas al radiador de la calefacción, escribiendo una novela que se llamaría La mala hora, a la que seguiría La hojarasca, de entre cuyos borradores nacería un cuento que se desprendería de esos borradores y tendría fantasía y vida propia y mucho diluvio en él y se llamaría “Isabel viendo llover en Macondo”.
Carlos Fuentes: Amigo de los amigos
En sus memorias, La paja y el grano, Mitterrand recuerda que fue otro queridísimo amigo común, Pablo Neruda, quien le dijo: “Lea inmediatamente Cien años de soledad. Es la más bella novela producida por la América Latina desde la pasada guerra”. Mitterrand conoce a García Márquez y escribe: “Es un hombre idéntico a su obra. Cuadrado, sólido, risueño y silencioso”. Con William Styron, Arthur Miller y García Márquez, asistía a la rumbosa toma de posesión del Presidente Mitterrand en mayo de 1981. Durante el almuerzo de Estado en el Elíseo, el nuevo presidente nos pidió que lo acompañáramos a su despacho a fin de atestiguar su primer acto de gobierno: firmar sendos decretos otorgándoles la nacionalidad francesa a Milan Kundera y a Julio Cortázar, ambos exiliados por las dictaduras, comunista la de Praga, fascista la de Buenos Aires. La cultura literaria de un presidente francés nunca sorprende. Neruda me contó que sus reuniones con el presidente Pompidou, siendo Pablo embajador de Chile en Francia, tenían como pretexto discutir la política económica del Club de París, pero en realidad eran largas pláticas sobre la poesía de Baudelaire. Lo que sorprende es que un presidente de los Estados Unidos lea libros. Cosa que descubrimos Gabo y yo una noche en Martha’s Vinyard, escuchando a Bill Clinton recitar de memoria pasajes enteros de Faulkner, demostrar que él sí había leído El Quijote y por qué Marco Aurelio era su autor de cabecera. Pregunta innecesaria: ¿Qué habrá leído Bush? Y para cerrar el capítulo político, otro lector estadista: Felipe González, un hombre que habla como un libro, porque piensa como un libro porque ha leído todos los libros, y sin embargo —oh, Mallarmé—, no está triste. Digo que amigos y enemigos literarios Gabo y yo hemos tenido —no siempre compartido— muchos. Pero mirando nuestra vida de capítulos intercambiables, creo que hay un amigo escritor o mejor dicho un escritor amigo de ambos al que Gabo y yo colocamos por encima de todos. Es Julio Cortázar, y creo que ni Gabo ni yo seríamos lo que somos o lo que aún quisiéramos ser sin la radiante amistad del Gran Cronopio. En Cortázar se daban cita el genio literario y la modestia personal, la cultura universal y el coraje local (“Las Malvinas son argentinas —solía decir—. Los desaparecidos también”). Lo había leído todo, visto todo, sólo para compartirlo todo. Una de las noches inolvidables de nuestra amistad ocurrió en el tren París-Praga en diciembre de 1968. Íbamos invitados por Kundera a mantener la ficción —es decir, la esperanza— de una cultura checa independiente en un país rodeado de tanques soviéticos.
Cortázar fue hilvanando temas como un cuentista árabe de la plaza de Marrakech. Recordó todas las novelas que sucedían en trenes, en seguida las películas en trenes, y por último, a partir del swing de Glenn Miller, el ritmo de locomotora del jazz y, en particular, una memoria asombrosa, la relación entre el jazz y el piano... Cuando llegamos de madrugada a Praga, nos esperaba en la estación Kundera, que nos llevó a Gabo y a mí a un sauna y, cuando pedimos una ducha para quitarnos el calor, Milan nos condujo al río Ultava y nos empujó, encuerados como lombrices, al agua congelada. Recuerdo el comentario de Gabo cuando salimos morados del río: “Por un instante, Carlos, creí que íbamos a morir juntos en la tierra de Kafka”.
László Scholz: Retrato del lector joven húngaro
En los años 1940, en Zipaquirá —a una hora de tren de Bogotá— un joven colombiano, exiliado de la costa, lee y relee todo lo que le cae en las manos, “casi siempre a escondidas, durante las clases”, en el Liceo Nacional, instalado en un viejo claustro que lleva “un letrero tallado en el pórtico de piedra: El principio de la sabiduría es el temor de Dios”. El ambiente es liberal, falto de dogmatismo, los profesores son de mentalidad moderna, uno de ellos guarda supuestamente “un retrato de Lenin o de Marx” en su oficina. Al joven no le atraen las asignaturas académicas, considera su estadía una especie de cautiverio, y se desahoga en una lectura que no deja de traerle sorpresas y más sorpresas por debajo del pupitre: San Juan de la Cruz, Friedrich Engels, Sigmund Freud, Eustasio Rivera, Alfonso Reyes.
En los años 1960, en Hatvan —a una hora de tren de Budapest— un joven húngaro, exiliado con su familia de la metrópoli, aprende español a escondidas durante las clases de ruso, física y química en el liceo de la ciudad que funciona en un edificio de preguerra, ya adaptado a las nuevas circunstancias: en el escudo nacional reluce la estrella roja, estatuas de Marx y citas de Lenin pueblan las aulas, recortes periodísticos de la última hora cubren el noticiero mural. El ambiente se define por la presencia monolítica del Partido, no hay liberalismo ni dogmatismo, hay sólo un vacío en el cual prevalece el miedo y la ley histórica de “obedecer sin cumplir”.
Dos jóvenes lejanísimos en el tiempo y el espacio, leyendo a escondidas durante las clases del liceo: ¿quién juzgaría posible su futuro encuentro?
En la Hungría de los años 1950-60 la lista de las lenguas extranjeras enseñadas en las escuelas era, para decirlo diplomáticamente, desproporcional: el ruso era obligatorio para todos, en todos los niveles, sin dejar espacio suficiente al resto, o sea, a los idiomas “burgueses”, el inglés, alemán, francés e italiano; el latín y griego, huelga decir, quedaron desterrados por décadas y sus profesores reciclados para enseñar ruso. ¿Y el español? No había ninguna tradición de impartirlo en la enseñanza media: de hecho, salvo unas tentativas esporádicas, la cultura hispanohablante —en contraste con la alemana, francesa e italiana— nunca ejerció influencia mayor en tierras magiares. Mi deseo de aprender el castellano iba evidentemente contra la corriente, y como tal, carecía de los medios más elementales, entre ellos, de libros de texto y diccionarios apropiados. Guardo todavía mi primer manual de español de 1964 que traía lecciones con un contenido que hoy nos parece, al menos, ridículo (“Juan Vargas trabaja de obrero en una fábrica de papel. Juan es un obrero diligente y concienzudo. Los jefes de la fábrica están contentos con el trabajo de Juan”); con un vocabulario antediluviano que incluía palabras como la fosforera o el fumista. Ni en la biblioteca del liceo, ni en la municipal había libros en español, ni hablar de periódicos o revistas. La única persona con quién podía hablar en español era un compañero de clase en cuya mente había surgido primero el proyecto de aprender español, y luego con nuestro profesor de inglés, quien parecía interesarse por otro idioma “burgués”. Nos reuníamos los sábados después de clases en su casa —un apartamento de las colmenas soviéticas de hormigón armado de los años 1960— y de la manera más quijotesca conversábamos los tres en castellano: “—Señor, ¿tendría la amabilidad de decirme qué hora es? —A sus órdenes, caballero. Son las ocho y media”. “Dispénseme usted, caballero. ¿Habla usted español? —¡Qué casualidad más dichosa! Aunque no hablo bien el castellano, lo chapurreo”.
Sea como fuera, un día gris de octubre de 1968 me llama un director del taller de traducción literaria porque necesita un cuento hispanoamericano para una antología; busco a mi profesora de literatura latinaomericana, quien me indica que hay un cuento reciente de García Márquez en una revista mexicana, y encuentro milagrosamente el texto en la biblioteca de la Academia de Ciencias, se llama “Blacamán el Bueno, vendedor de milagros”, y me deja con la boca abierta, totalmente noqueado (dijo Cortázar que el cuento gana por knockout, no por puntos como la novela). Es magistral e irresistible, hasta hoy sigo oyendo la voz de su curandero en la feria caribeña, y aún siento el vértigo de esa primera lectura de Blacamán.
Hago una copia del texto (a mano, las revistas no se prestan a los estudiantes, ni hay, por supuesto, fotocopiadoras), llamo al editor con el entusiasmo de mis veinte años, diciendo que “He encontrado el mejor cuento del siglo”, y le muestro el texto de Blacamán a mi profesora que me da una lección más declarando: “Ya ves, un genio nunca deja de serlo”. Y me pongo a traducir. Aun hoy, con más de cincuenta obras latinoamericanas traducidas al húngaro, pienso que Blacamán, mi primera publicación, es un desafío para cualquier traductor. Las dificultades léxicas eran desalentadoras, no aparece en mis diccionarios “mapaná”, ni “pacotilla”, “tenderete de chanchullos”, “calanchín”; no tenía ni idea cómo será la Guajira, ni una “glándula de los presagios” o las famosas “astromelias”; la sintaxis es enmarañada, barroca, espasmódica. En mi desesperación trato de encontrar en Budapest a algún hispanohablante colombiano o caribeño que me ayude a descifrar unas frases y me topo con unos sindicalistas colombianos que asisten a un congreso, pero sus “explicaciones lingüísticas” me enseñan para toda la vida que el hablante nativo que no entienda de literatura es de más daño que de provecho para el traductor. Leo y releo el cuento, lo recito en voz alta y baja, lo trago, mastico, absorbo del todo. “Ningún problema tan consustancial con las letras y con su modesto misterio como el que propone una traducción”, dice Borges al hablar de Valéry, y la razón es que hay muy pocas lecturas tan profundas como la que se hace durante el proceso de la traducción, según lo afirma Subirat, traductor de Joyce (“Traducir es el modo más atento de leer”), o Gabo mismo al hablar de la traducción de Paradiso al italiano (“Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer”). Ésta es en realidad la verdadera lectura a escondidas que no sólo da las espaldas al exterior sino también se aísla de gran parte del mundo interior; es abrumadora la soledad pero conlleva la posibilidad de un encuentro nunca sospechado.
Federico Vegas: La novela robada
Un fin de semana me invitaron a Puerto Azul. El sábado en la mañana la madre de la novia se instaló en su silla de extensión bajo una mata de almendrón y se dispuso a devorar unos cuantos libros. Lo hacía con una cierta lánguida pasión, que podía tornarse agresiva si alguien se acercaba a molestarla. Varias veces le escuché decir:
—Si algún derecho tiene una viuda es a estar sola.
Yo era uno de los pocos que podía acercarse, y cada tanto mi novia me enviaba a buscar en el gigantesco bolso de playa de su madre una toalla o el pote de bronceador. Varias veces tuve el privilegio de llegar y encontrarla dormida. Había que acercarse mucho para decidir si sus ojos estaban realmente cerrados, porque el libro se mantenía firme entre sus manos y no se le quitaba nunca la expresión risueña y complacida de quien disfruta un buen texto.
Ese sábado, como a las once de la mañana, el libro que leía se había deslizado de sus manos y yacía entreabierto sobre la arena. Antes de arriesgarme a tocar sus pertenencias me cercioré de la calidad de sus sueños: eran profundos, de boca entreabierta con algo de puchero y abandono.
Una vez más aproveché la ocasión para observar con descaro a una mujer plena y soberana. Me fascinaba imaginar que esa misma piel sería la de mi novia y me gustaba que me gustara. Ahora voy entendiendo que buena parte del sentido del amor es que no duela tanto ponerse viejo, pero esa mañana me juraba inmortal y el paso del tiempo nada significaba. Amaba mi propia vitalidad esparciéndose y alimentándose en visiones superpuestas de la madre y de la hija.
Tomé el libro con dos dedos y soplé con delicadeza sus páginas hasta dejarlas limpias. La arena seca abandonaba las hojas con docilidad y pronto brotó un incitante olor a libro nuevo y caliente. ¡Han pasado tantos años y tantas cosas desde entonces! Es difícil imaginar un mundo en el que unos pocos elegidos habían pronunciado la frase: “Cien años de soledad”. Yo tenía diecisiete años y jamás en mi vida había escuchado nombrar a Gabriel García Márquez. Mi estado era similar al de los españoles que en el 1600 les tocó en suerte agarrar un libro de un tal Cervantes e inaugurar la legión que por primera vez se enfrentaba en singular y eterno combate a Don Quijote de la Mancha. Los demás llegamos a iglesia llena y con el sermón empezado, a compartir una seducción cundida de resonancias ancestrales.
Leí las primeras líneas virginal e inocente; más no lerdo. Desde el principio adiviné que asistía a una revelación capaz de darle un vuelco a generosos trozos de mi vida. Puedo dar hoy testimonio de esta súbita conversión, porque esa misma mañana cometí un sombrío pecado: me robé el libro que estaba leyendo la bella y feroz madre de mi novia. Para los mexicanos “soplar” equivale a “robar”; yo pasé sin pensarlo de un verbo al otro. Esta incursión al reino de la lectora durmiente la hice por iniciativa propia. Mi novia ignoraba que yo había ido a buscar un encendedor en el bolso de playa y nada supo cuando, libro en mano y con furtivos pasos de carterista, me fugué al único lugar seguro en todo el club Puerto Azul: el baño de caballeros en los vestuarios de la piscina.
Allí se iniciarían mi lectura y mis espasmos. Era difícil contener las emociones celebratorias en el cubículo metálico donde encontré asiento por varias horas. Creía estar solo y me explayaba recitando en voz alta los párrafos que me desbordaban —que eran todos—. Alguien debe haberme escuchado hablar de hielos y fusilamientos porque recuerdo rumores de vísceras en el cubículo contiguo. Aquel sujeto, que entró y salió sin darse por aludido, nunca supo que asistía a un acontecimiento cultural en la historia del club Puerto Azul, y quizás de todo el Caribe venezolano: la primera lectura en un lugar público de Cien años de soledad.
Julio Ortega. Escritor y critico peruano (radicado en USA), autor de Puerta Sechín, Contra la violencia en Perú (México, Jorale, 2005).
En su taller "Encuadernación. La Antigua", Dulce María se ha dedicado a la conservación de los materiales escritos con la idea de mantener siempre la importancia cultural de la encuadernación así como la calidad máxima en los materiales y la mano de obra con que se desarrolla este arte. Usted puede pulsar el menú para observar su catálogo de productos y servicios: libretas y diarios, libros encuadernados y obra personal así como proyectos especiales para clientes específicos.
Nacida en la ciudad de México, Dulce María estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y aprendió a encuadernar en el taller de su padre desde hace tres décadas. En 1990 estableció el taller de Encuadernación La Antigua como un ámbito de trabajo propio. Ahí ha desarrollado diversos proyectos para instituciones como El Fondo de Cultura Económica o para las librerías Rizzoli y Kate's Papier, de la ciudad de Nueva York, así como para empresas privadas.
Dulce María ha trabajado también en materiales para escritores, profesores, artistas y público en general, combinando la encuadernación tradicional con la encuadernación de arte contemporánea".
Vía Hispanoamérica. Artes del libro.
Un tanto agobiado por el pesado encargo habló con su amigo Auggie, quien presto le dio una solución. Auggie le contaría una historia que le había ocurrido, algo tan insólito que únicamente un escritor como Paul podría haber escrito. El cuento de Auggie no sólo tenía el tono de Auster sino que ocurría en Navidad. Además, para que el asunto resultara mejor, en el cuento había un ladronzuelo y una anciana ciega. A cambio del cuento Auster le invitó el almuerzo a su amigo y le prometió que lo escribiría tal como se lo había contado.
The New York Times recibió el cuento y lo publicó en la Navidad de 1990. El cineasta Wayne Wang lo leyó, habló con Auster y el cuento, cinco años más tarde, formó parte de Smoke (1995), película dirigida por uno y escrita por otro. Si bien todo lo anterior también parece un cuento de Auster, es lo que él contó acerca de cómo surgió este libro.
Hasta aquí la historia de cómo esta idea llegó a convertirse en un libro es fácil. Luego, la información sobre quién la publicó primero, si fue Lumen en español o Holt Henry and Company en inglés, se vuelve confusa. Lo que sí está claro es que los editores, Lumen o Henry Holt and Company, consideraron que el cuento de Auster era el germen para un buen libro, al cual sólo le faltaban unas buenas ilustraciones. Así entró en escena la talentosa Isol y el libro El cuento de Auggie Wren o Auggie Wren’s Christmas Store fue publicado en 2004, nueve años después de que el cuento fuera publicado por The New York Times.
Via Sobre edición.
Datos personales
Etiquetas
Dietario
* La historia de Jean (impactante y muy triste).
* Clásicos en la biblioteca.
* Nabokov según Amis.
* Wallander ¿pierde la vida?



